CONCERTACIÓN
FACULTAD PARA EL DESARROLLO DE UNA NUEVA REFORMA
 
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La Parousia

LA PARUSÍA 3a parte

EXAMEN DE LA PROFECIA DEL
MONTE DE LOS OLIVOS

I. Preguntas de los discípulos
II. Respuesta de Nuestro Señor a los discípulos
(a) Sucesos que más remotamente habrían de preceder a la consumación
(b) Más indicaciones de la cercana condenación de Jerusalén
(c) Los discípulos advertidos contra los falsos profetas
(d) Llegada del "fin", o la catástrofe de Jerusalén
(e) La Parusía ha de tener lugar antes de que pase la generación actual
(f) Certeza de la consumación, pero incertidumbre de su fecha exacta
(g) Lo repentino de la Parusía, y el llamado a estar vigilantes
(h) Los discípulos advertidos de lo repentino de la Parusía (Parábola del señor
de la casa)



I. PREGUNTAS DE LOS DISCÍPULOS

Mateo 24:1-3

"Cuando Jesús salió del templo y se iba, se acercaron sus discípulos para mostrarle los edificios del templo. Respondiendo él, les dijo:

¿Veis todo esto? De cierto os digo, que no quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada.

Y estando él sentado en el Monte de los Olivos, los discípulos se le acercaron aparte, diciendo: Dinos, ¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida y del fin del siglo [época]?"

Marcos 13:1-4

"Saliendo Jesús del templo, le dijo uno de sus discípulos: Maestro, mira qué piedras, y qué edificios.

Jesús, respondiendo, le dijo: ¿Ves estos grandes edificios? No quedará piedra sobre piedra, que no sea derribada.

Y se sentó en el monte de los Olivos, frente al templo. Y Pedro, Jacobo, Juan y Andrés le preguntaron aparte: Dinos, ¿cuándo serán estas cosas? ¿Y qué señal habrá cuando todas estas cosas hayan de cumplirse?"

Lucas 21:5-7

"Y a unos que hablaban de que el templo estaba adornado de hermosas piedras y ofrendas votivas, dijo:

En cuanto a estas cosas que veis, días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra, que no sea destruida.

Y le preguntaron, diciendo: Maestro, ¿cuándo será esto? ¿y qué señal habrá cuando estas cosas estén para suceder?"






Podemos concebir la sorpresa y la consternación que sintieron los discípulos cuando Jesús les anunció la completa destrucción que se avecinaba sobre el templo de Dios, cuya belleza y cuyo esplendor había excitado su admiración. No es sorprendente que cuatro de ellos, que parecen haber sido admitidos a una más íntima familiaridad que el resto, buscasen información más completa sobre un tema tan intensamente interesante. El único punto que requiere aclaración aquí se refiere a la extensión de su interrogatorio. Marcos y Lucas lo representan como haciendo referencia al tiempo de la catástrofe predicha y a la señal de la inminencia de su cumplimiento. Mateo varía la forma de la pregunta, pero es evidente que tiene el mismo sentido: "Dinos, ¿cuándo serán estas cosas? ¿y qué señal habrá de tu venida, y del fin del mundo [época]?" Aquí nuevamente es el tiempo y la señal lo que forma el tema de la pregunta. No hay razón en absoluto para suponer que en sus mentes consideraban la destrucción del templo, la venida del Señor, y el fin de la época, como tres acontecimientos distintos o ampliamente separados entre sí; sino que, por el contrario, es completamente natural suponer que los consideraban a todos ellos como coincidentes y contemporáneos. Qué idea precisa tenían con respecto al fin de la época y a los acontecimientos conectados con él, no lo sabemos; pero sí sabemos que estaban acostumbrados a oir hablar a su Maestro de que vendría nuevamente con su reino, en su gloria, y durante la vida de algunos de ellos. También le habían oído hablar del "fin del siglo"; y es evidente que relacionaban su "venida" con el fin de la época. Por lo tanto, los tres puntos abarcados por su pregunta, como los presenta Mateo, eran considerados por ellos como contemporáneos; por eso, no encontramos ninguna diferencia práctica en los términos de la pregunta de los discípulos como está registrada por los autores de los evangelios sinópticos.

II. RESPUESTA DE NUESTRO SEÑOR
A LOS DISCÍPULOS

(a) Sucesos que más remotamente debían preceder la consumación

Mateo 24:4-14

"Respondiendo Jesús, les dijo: Mirad que nadie os engañe. Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo; y a muchos engañarán. Y oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca; pero aún no es el fin. Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares. Y todo esto será principio de dolores. Entonces os entregarán a tribulación, y os matarán, y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre. Muchos tropezarán entonces, y se entregarán unos a otros, y unos a otros se aborrecerán. Y muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos; y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará. Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo. Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, por testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin".

Marcos 13:5-13

"Jesús, respondiéndoles, comenzó a decir: Mirad que nadie os engañe; porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo; y engañarán a muchos. Mas cuando oigáis de guerras y de rumores de guerras, no os turbéis, porque es necesario que suceda así; pero aún no es el fin. Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá terremotos en muchos lugares, y habrá hambres y alborotos; principios de dolores son estos. Pero mirad por vosotros mismos; porque os entregarán a los concilios, y en las sinagogas os azotarán; y delante de gobernadores y de reyes os llevarán por causa de mí, para testimonio a ellos. Y es necesario que el evangelio sea predicado antes a todas las naciones. Pero cuando os trajeren para entregaros, no os preocupéis por lo que habéis de decir, ni lo penséis, sino lo que os fuere dado en aquella hora, eso hablad; porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu Santo. Y el hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; y se levantarán los hijos contra los padres, y los matarán. Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo".

Lucas 11:8-19

"El entonces dijo: Mirad que no seáis engañados; porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo, y: El tiempo está cerca. Mas no vayáis en pos de ellos. Y cuando oigáis de guerras y de sediciones, no os alarméis; porque es necesario que estas cosas acontezcan primero; pero el fin no será inmediatamente.

Entonces les dijo: Se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá grandes terremotos, y en diferentes lugares hambres y pestilencias; y habrá terror y grandes señales del cielo. Pero antes de todas estas cosas os echarán mano, y os perseguirán, y os entregarán a las sinagogas y a las cárceles, y seréis llevados ante reyes y ante gobernadores por causa de mi nombre. Y esto os será ocasión para dar testimonio. Proponed en vuestros corazones no pensar antes cómo habéis de responder en vuestra defensa; porque yo os daré palabra y sabiduría, la cual no podrán resistir ni contradecir todos los que se opongan. Mas seréis entregados aun por vuestros padres, y hermanos, y parientes, y amigos; y matarán a algunos de vosotros; y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá. Con vuestra paciencia ganaréis vuestras almas".

Es imposible leer esta sección sin percibir su clara referencia al período entre la crucifixión de nuestro Señor y la destrucción de Jerusalén. Cada una de las palabras fue dirigida a los discípulos, y solamente a ellos. Imaginar que el "vosotros" de este discurso se aplica, no a los discípulos a quienes Jesús hablaba, sino a algunas personas desconocidas y todavía inexistentes en una lejana época en el futuro es una suposición tan absurda que no merece que se le preste atención seria.

De que las palabras de nuestro Señor tuvieron plena verificación durante el intervalo entre su crucifixión y el fin de aquella época, tenemos el más amplio testimonio. Falsos Cristos y falsos profetas comenzaron a aparecer al comienzo mismo de la era cristiana, y continuaron infestando el país hasta el final mismo de la historia judía. En la procuraduría de Pilatos (36 d. C.), apareció uno de ellos en Samaria, y engañó a grandes multitudes. Hubo otro en la procuraduría de Cuspio Fado (45 d. C.). Josefo nos dice que, durante el gobierno de Félix (53-60), "el país estaba lleno de ladrones, magos, falsos profetas, falsos mesías, e impostores", que engañaban al pueblo con promesas de grandes acontecimientos. (1) La misma autoridad nos informa que en aquellos días abundaban las conmociones civiles y enemistades internacionales, especialmente entre los judíos y sus vecinos. En Alejandría, Seleucia, Siria, y Babilonia, hubo violentos tumultos entre judíos y griegos, y entre judíos y sirios, que habitaban en las mismas ciudades. "Cada ciudad estaba dividida", dice Josefo, "en dos bandos". En el reinado de Calígula, había gran aprensión en Judea por la posibilidad de una guerra con los romanos, a consecuencia de la propuesta del tirano de poner una estatua suya en el templo. Durante el reinado del emperador Claudio (41-54 d. C.), hubo cuatro temporadas de gran escasez. En el cuarto año de su reinado, la hambruna en Judea fue tan severa, que el precio de los alimentos era enorme, y pereció gran número de habitantes. Ocurrieron terremotos durante los reinados de Calígula y de Claudio. (2)

El Señor dio a entender a sus discípulos que tales calamidades precederían el "fin". Pero no eran sus antecedentes inmediatos. Eran el "principio del fin"; pero "todavía no es el fin".

En este punto (ver. 9-13), nuestro Señor pasa de lo general a lo particular; de lo público a lo personal; de las fortunas de naciones y reinos a las fortunas de los discípulos mismos. Mientras estos sucesos ocurrían, los apóstoles habrían de ser objetos de sospecha por parte de los poderes gobernantes. Habrían de ser llevados delante de los concilios, gobernantes, y reyes; habrían de ser encarcelados, azotados en las sinagogas, y odiados por todos los hombres por amor a Jesús.

Cuán exactamente se verificó todo esto en la experiencia personal de los discípulos, podemos leerlo en los Hechos de los Apóstoles y en las epístolas de Pablo. Pero la divina promesa de protección en la hora de peligro se cumplió de modo notable. Con la sola excepción de "Santiago, el hermano de Juan", ningún apóstol parece haber sido víctima de malévola persecución por parte de sus enemigos hasta el fin de la historia apostólica, como se registra en Hechos (63 d. C.).

Otra señal habría de preceder y entronizar la consumación. "Será predicado este evangelio del reino en todo el mundo [oi.koume,ne] por testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá el fin". Ya hemos notado el cumplimiento de esta predicción en la era apostólica. Tenemos la autoridad de Pablo para la difusión universal del evangelio en sus días, que verificaría el dicho de nuestro Señor. (Véase Col. 1:6, 23). De no ser por este testimonio explícito del apóstol, sería imposible persuadir a algunos expositores de que las palabras de nuestro Señor se habían cumplido en algún sentido antes de la destrucción de Jerusalén; tal idea habría sido considerada mera extravagancia y capricho. Ahora, sin embargo, la objeción no puede alegarse razonablemente.

Aquí puede ser adecuado recordar la observación de tiempo, dada a los discípulos en una ocasión anterior como indicación de la venida de nuestro Señor: "De cierto os digo, que no acabaréis de recorrer todas las ciudades de Israel, antes que venga el Hijo del Hombre" (Mat. 10:23). Comparando esta declaración con la predicción que tenemos delante (Mat. 24:14), podemos ver la perfecta consistencia de las dos afirmaciones, y también el "terminus ad quem" en ambas. En un caso, es la evangelización del territorio de Israel; en el otro, la evangelización de Imperio Romano al cual se hace referencia como el precursor de la Parusía. Ambas afirmaciones son verdaderas. Ocuparía el espacio de una generación llevar las buenas nuevas a cada ciudad en Israel. Los apóstoles no tenían mucho tiempo para su misión en su propio país, pues tenían en sus manos una misión tan vasta en territorio extranjero. Obviamente, tenemos que tomar en sentido popular el lenguaje empleado por Pablo, así como por nuestro Señor, y no sería justo llevarlo al extremo de la letra. La amplia difusión del evangelio tanto en Israel como a través del Imperio Romano es suficiente para justificar la predicción de nuestro Señor.

Hasta ahora, tenemos un discurso continuo, relacionado con un solo acontecimiento, y referido y dirigido a personas particulares. Encontramos cuatro señales, o series de señales, que habrían de anunciar la aproximación de la gran catástrofe.

1. La aparición de falsos Cristos y falsos profetas.

2. Grandes disturbios sociales, y calamidades y convulsiones naturales.

3. Persecución de los discípulos y apostasía de los creyentes profesos.

4. Difusión general del evangelio a través del imperio romano.

Esta última señal anunciaba especialmente la cercana proximidad del "fin".




(b) Más indicaciones de la cercana condenación de Jerusalén

Mateo 24:15-22

"Por tanto, cuando veáis en el lugar santo la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel (el que lee, entienda), entonces los que estén en Judea, huyan a los montes. El que esté en la azotea, no descienda para tomar algo de su casa; y el que esté en el campo, no vuelva atrás para tomar su capa. Mas ¡ay de las que estén encintas, y de las que críen en aquellos días! Orad, pues, porque vuestra huida no sea en invierno ni en día de reposo; porque habrá entonces gran tribulación, cual no la ha habido dese el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá. Y si aquellos días no fuesen acortados, nadie sería salvo; mas por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados".

Marcos 13:14-20

"Pero cuando veáis la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel, puesta donde no debe estar (el que lee, entienda), entonces los que estén en Judea huyan a los montes. El que esté en la azotea, no descienda a la casa, ni entre para tomar algo de su casa; y el que esté en el campo, no vuelva atrás a tomar su capa. Mas ¡ay de las que estén encintas, y de las que críen en aquellos días! Orad, pues, que vuestra huida no sea en invierno; porque aquellos serán de tribulación cual nunca ha habido desde el principio de la creación que Dios creó, hasta este tiempo, ni la habrá. Y si el Señor no hubiese acortado aquellos días, nadie sería salvo; mas por causa de los escogidos que él escogió, acortó aquellos días".

Lucas 21:20-24

"Pero cuando viereis a Jerusalén rodeada de ejércitos, sabed entonces que su destrucción ha llegado. Entonces los que estén en Judea, huyan a los montes; y los que en medio de ella, váyanse; y los que estén en los campos, no entren en ella. Porque estos son días de retribución, para que se cumplan todas las cosas que están escritas. Mas ¡ay de las que estén encintas, y de las que críen en aquellos días! porque habrá gran calamidad en la tierra, e ira sobre este pueblo. Y caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones; y Jerusalén será hollada por los gentiles, hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan".

No se necesita ningún argumento para probar la referencia estricta y exclusiva de esta sección a Jerusalén y a Judea. Aquí no podemos detectar ningún rastro de doble sentido, de cumplimiento primario y ulterior, de sentidos subyacentes y típicos. Todo es nacional, local, y cercano; "la tierra" es la tierra de Judea; "este pueblo" es el pueblo de Israel, y "la vida de los discípulos" -- "cuando veáis".

La mayoría de los expositores encuentran una alusión a los estandartes de las legiones romanas en la expresión "la abominación desoladora", y la explicación es altamente probable. Las águilas eran para los soldados objetos de culto religioso; y el pasaje paralelo en Lucas es evidencia casi concluyente de que éste es el verdadero significado. Sabemos por Josefo que el intento de un general romano (Vitelio) en el reinado de Tiberio, de hacer marchar sus tropas a través de Judea, fue resistido por las autoridades judías basándose en que las imágenes idólatras de sus emblemas serían una profanación de la ley (3). ¡Cuánto mayor fue la profanación cuando esos emblemas idólatras fueron exhibidos a plena luz en el templo y la Santa Ciudad! Esta sería la última señal que anunciaba que la hora de la destrucción de Jerusalén había llegado. Su aparición había de ser la señal para que todos los que estaban en Judea escaparan más allá de las montañas [e.pi.ta.o.rh], pues luego se iniciaría un período de sufrimiento y horror sin paralelo en los anales de la historia.

Que la "gran tribulación" [qliyij mega,lh] (Mat. 24:21) hace referencia expresa a las terribles calamidades que acompañaron al sitio de Jerusalén, que fueron especialmente severas para el sexo femenino, es demasiado evidente para ser puesto en duda. Que aquellas calamidades fueron literalmente sin paralelo, lo pueden creer fácilmente todos los que han leído la horrorosa narración en las páginas de Josefo. Es notable que el historiador comienza su relato de la guerra judía con la afirmación de "que, en su opinión, la suma del sufrimiento humano desde el principio del mundo sería ligero en comparación con el de los judíos". (4)

La siguiente descripción gráfica presenta la trágica historia de la desdichada madre cuya horrible comida puede haber estado en el pensamiento de nuestro Salvador cuando pronunció las palabras registradas en Mateo 24:19:

"Incalculable fue la multitud de los que perecieron de hambre en la ciudad, e indescriptibles fueron los sufrimientos que experimentaron. En cada caso, si aparecía en alguna parte siquiera una sombra de alimento, se producía un conflicto; los que estaban unidos por los más tiernos lazos luchaban entre sí ferozmente, arrebatándose el uno al otro los miserables sostenes de la vida. Ni siquiera a los moribundos se les permitía satisfacer su necesidad; no, aún aquéllos que estaban en el momento de expirar eran esculcados por los bandoleros, por si acaso alguno fingía estar muerto y ocultaba algún alimento entre los pliegues de sus ropas. Boquiabiertos de hambre, como perros enloquecidos, iban tambaleándose de un lado para otro, rondando, golpeando las puertas como borrachos, y desconcertados penetrando en la misma casa dos o tres veces en una hora. La urgencia de la naturaleza les llevaba a morder cualquier cosa, y lo que sería rechazado por los más sucios de la creación bruta de buena gana lo recogían para comerlo. Al final, no pudieron refrenarse de comer ni siquiera los cinturones y los zapatos, y arrancaban y masticaban el cuero mismo de sus escudos. A algunos les servían de alimento las briznas de paja vieja; porque las fibras eran recogidas y las cantidades más pequeñas eran vendidas por cuatro piezas de Ática.

Pero, por qué hablar del hambre como despreciable restricción en el uso de lo inanimado, cuando estoy a punto de relatar un caso de ella para el cual, en la historia de los griegos y los bárbaros, no se encuentra paralelo, y que es tan horrible de relatar e increíble de oír? Ciertamente, con gusto habría omitido mencionar lo sucedido, no fuera a ser que las generaciones futuras pensaran que yo me ocupaba de lo maravilloso, si no tuviese innumerables testigos entre mis contemporáneos. Además, haría a mi pueblo un flaco favor si suprimiera la narración de las calamidades que en realidad sufrió". (5)

Que nuestro Señor tenía en mente los horrores que habrían de descender sobre los judíos durante el sitio, y no ningún acontecimiento subsiguiente al final del tiempo, es perfectamente claro por las palabras finales del versículo 21: "Ni la habrá".

(c) Los discípulos advertidos contra los falsos profetas

Mateo 24:23-28

"Entonces, si alguno os dijere: Mirad, aquí está el Cristo, o mirad, allí está, no lo creáis. Porque se se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos. Ya os lo he dicho antes. Así que, si os dijeren: Mirad, está en el desierto, no salgáis; o mirad, está en los aposentos, no lo creáis. Porque como el relámpago que sale del oriente y se muestra hasta el occidente, así será también la venida del Hijo del Hombre. Porque dondequiera que estuviere el cuerpo muerto, allí se juntarán las águilas".

Marcos 13:21-23

"Entonces si alguno os dijere: Mirad, aquí está el Cristo; o, mirad, allí está, no le creáis. Porque se levantarán falsos Cristos y falsos profetas, y harán señales y prodigios, para engañar, si fuese posible, aun a los escogidos. Mas vosotros mirad; os lo he dicho todo antes".

Todavía no hemos encontrado ninguna interrupción en la continuidad del discurso; ni la más ligera indicación de que ha tenido lugar una transición hacia algún otro tema o algún otro período. La narración es perfectamente homogénea y consecutiva, y fluye hacia adelante sin apartarse ni a la derecha ni a la izquierda.

Lo mismo es cierto con respecto a la sección que ahora nos ocupa. La mera primera palabra indica continuidad. "Entonces" [to,te], y cada una de las palabras subsiguientes está claramente dirigida a los discípulos mismos, para su advertencia e instrucción personales. Es claro que nuestro Señor les da indicios de lo que ocurriría en breve, o por lo menos lo que podían esperar ver con sus propios ojos si estaban vivos. Es una vívida representación de lo que en realidad ocurrió en los últimos días de la comunidad judía. Los desdichados judíos, y especialmente el pueblo de Jerusalén, eran alentados con falsas esperanzas por impostores especiosos que infestaban el país y trajeron ruina sobre sus miserables primos. Tal era el engaño producido por las jactanciosas pretensiones de estos impostores que, como nos enteramos por Josefo, cuando el templo estaba de veras en llamas, una vasta multitud del pueblo engañado cayó víctima de su credulidad. El historiador judío afirma:

"De tan grande multitud, ni uno solo escapó. Su destrucción fue causada por un falso profeta, que en aquel día proclamó a los que permanecían en la ciudad, que 'Dios les había mandado que subieran al templo, donde recibirían las señales de su liberación'. En ese tiempo había muchos profetas sobornados por los tiranos para que engañaran al pueblo, diciéndoles que esperaran ayuda de Dios, para que hubiese menos deserciones, y para que los que no tenían ni temor ni control fueran alentados con esperanzas. Bajo la presión de la calamidad, el hombre en seguida cede a la persuasión, pero cuando el engañador le presenta la liberación de males apremiantes, entonces el sufriente es completamente influido por la esperanza. Fue así como los impostores y pretendidos mensajeros del cielo engañaron a los desdichados en aquel tiempo". (6)

Nuestro Señor advierte a sus discípulos que su venida a aquella escena de juicio sería conspicua y repentina como el relámpago, que se revela y parece estar en todas partes al mismo tiempo. "Porque", añade, "dondequiera que estuviere el cuerpo muerto, allí se juntarán las águilas". Esto es, dondequiera que se encontraran los culpables y devotos hijos de Israel, allí les abrumarían los destructores ministros de la ira, las legiones romanas.

(d) La llegada del "fin", o la catástrofe de Jerusalén

Mateo 24:29-31

"E inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los cielos serán conmovidas. Enonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria. Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro".

Marcos 13:24-27

"Pero en aquellos días, después de aquella tribulación, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potencias que están en los cielos serán conmovidas. Entonces verán al Hijo del Hombre, que vendrá en las nubes con gran poder y gloria. Y entonces enviará sus ángeles, y juntará a sus escogidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo".

Lucas 21:25-28

"Entonces habrá señales en el sol, en la luna, y en las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, confundidas a causa del bramido del mar y de las olas, desfalleciendo los hombres por el temor y la expectación de las cosas que sobrevendrán en la tierra; porque las potencias de los cielos serán conmovidas. Entonces verán al Hijo del Hombre, que vendrá en una nube con poder y gran gloria. Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca".

Aquí también la fraseología prohibe absolutamente la idea de cualquier transición del tema de que se habla a otro. No hay nada que indique que la escena ha cambiado, o que un nuevo tema ha sido introducido. La sección que tenemos delante se conecta con toda claridad con la "gran tribulación" de que se habla en el versículo 21 de Mateo 24, y es inadmisible suponer cualquier intervalo de tiempo en vista de la presencia del adverbio "inmediatamente" (e.uqe,uj de). Pero la escena de la gran tribulación es innegablemente Jerusalén y Judea (ver. 15, 16), de manera que no hay lugar para ninguna interrupción en el tema del discurso. Nuevamente, en el versículo 30, leemos que "lamentarán todas las tribus de la tierra [pa/sai ai, fulai. th/j gh/j], refiriéndose evidentemente a la población del territorio de Judea; y nada puede ser más forzado ni antinatural que hacer que la expresión incluya, como hace Lange, a "todas las razas y todos los pueblos" del globo terráqueo. El sentido restringido de la palabra (gh) [=tierra] en el Nuevo Testamento es común; y cuando está conectada, como lo está aquí, con la palabra "tribus" [fulaii], su limitación a la tierra de Israel es obvia. Esta es la posición adoptada por el Dr. Campbell y Moses Stuart, y en realidad se explica por sí sola. Encontramos una expresión similar en Zac. 12:12 - "Todas las familias [tribus] de la tierra", donde su sentido restringido es obvio e indiscutible. Los dos pasajes son, de hecho, exactamente paralelos, y nada podría ser más confuso que entender la frase como si incluyera a "todas las razas de la tierra". La estructura del discurso, pues, resiste inflexiblemente la suposición de un cambio de tema. Tiempo, lugar, circunstancias, todo continúa lo mismo. Por lo tanto, es con no fingido asombro que encontramos a Dean Alford comentando de la siguiente manera: "Toda la dificultad que se ha supuesto que esta palabra [inmediatamente - e.uqe,wj] involucra ha surgido de confundir el cumplimiento de la profecía con su cumplimiento último. La importante inserción en los ver. 23, 24 de Lucas 21 nos muestra que la 'tribulación' [qliyij] incluye a o.rgh. e,n tw/law tou,tw (ira sobre este pueblo), qur todavía está siendo infligida, y el hollamiento de Jerusalén por los gentiles, continúa todavía; e inmediatamente después de aquella tribulación, que sucederá cuando se llene la copa de iniquidad de los gentiles, y cuando este evangelio haya sido predicado por testimonio, y rechazado por los gentiles, sucederá la venida del Señor mismo ... (La expresión en Marcos indica igualmente un intervalo considerable - en aquellos días después de aquella tribulación). Siéndo conocidos de Él el hecho de su venida y sus circunstancias acompañantes, pero desconocido el tiempo exacto, habla sin tener en cuenta el intervalo, que sería empleado en espera de Él hasta que todas las cosas sean puestas bajo sus pies", etc. (7)

Puede decirse que en este comentario hay casi tantos errores como palabras. En realidad, no es la explicación de una profecía cuanto una profecía hecha por el propio comentarista. Primero, está la hipótesis sin fundamento de su doble sentido, su cumplimiento parcial y su cumplimiento final, para lo cual no hay fundamento en el texto, sino que es una mera suposición arbitraria y gratuita. Luego, tenemos su "tribulación", no "acortada", como declara el Señor, sino prolongada, de modo que todavía continúa en la actualidad. Cuando se hace que la palabra "inmediatamente" se refiera a un período que todavía no ha llegado, de modo que entre el ver. 28 y el ver. 29, donde el ojo por sí solo no puede percibir ningún rastro de línea de transición, el crítico intercala un inmenso período de más de dieciocho siglos, con la posibilidad de duración infinita, además. Más todavía. Tenemos una contradicción implícita de la afirmación de Pablo de que el evangelio fue predicado "en todo el mundo" (Col. 1:5, 23), y la suposición de que el evangelio ha de ser rechazado por los gentiles. Luego el comentarista descubre que Marcos sugiere un "considerable intervalo", mientras que Marcos dice expresamente "en aquellos días, después de aquella tribulación" [en ekeinaij taij hmeraij meta thn qliyin ekeinhn], imposibilitando en absoluto cualquier intervalo, y por último tenemos lo que parece una excusa por la veracidad de la predicción, con el argumento de que nuestro Señor, no sabiendo el momento en que tendría lugar su venida, "habla sin tener en cuenta el intervalo", etc.

Es obvio que, si esta es la manera en que la Escritura ha de ser interpretada, las leyes ordinarias de exégesis deben ser echadas a un lado por inútiles. El mejor intérprete es el adivinador más osado. ¿Hay algún libro antiguo que un gramático pueda tratar así? ¿No sería declarado intolerable y anticrítico si se tomara tales libertades con Homero o con Platón? ¿No sería burla proponer tales acertijos a los discípulos como respuesta a su pregunta: "¿Cuándo serán estas cosas?"?

¿Cómo podían ellos saber de cumplimientos parciales y finales, y dobles sentidos? ¿Qué efecto se produciría en sus mentes, excepto amarga perplejidad y desconcierto? No podemos evitar protestar contra tal tratamiento de las palabras de la Escritura, por ser, no sólo nada erudito y nada crítico, sino presuntuoso e irreverente al más alto grado.

Pero, se nos contesta, el carácter del lenguaje de nuestro Señor en este pasaje requiere esta aplicación a una grande y terrible catástrofe que está todavía en el futuro, y puede entenderse correctamente nada menos que de la disolución total de la estructura del universo y del fin todas las cosas. ¿Cómo puede alguien pretender, se dice, que el sol se ha oscurecido, que la luna ha dejado de dar su resplandor, que las estrellas han caído del cielo, que el Hijo del hombre ha sido visto en las nubes del cielo con poder y gran gloria? ¿Ocurrieron estos fenómenos en la destrucción de Jerusalén, o pueden aplicarse a cualquier cosa menos la consumación de todas las cosas?

Argumentar de esta manera es perder de vista la naturaleza misma y el espíritu de la profecía. El símbolo y la metáfora pertenecen a la gramática de la profecía, como lo debe saber todo lector de los profetas del Antiguo Testamento. ¿No es razonable que la destrucción de Jerusalén fuera presentada en lenguaje tan vivo y retórico como la destrucción de Babilonia, o Bosra, o Tiro? ¿Cómo entonces describe el profeta Isaías la caída de Babilonia?

"He aquí el día de Jehová viene, terrible, y de indignación y ardor de ira, para convertir la tierra en soledad, y raer de ella a sus pecadores. Por lo cual las estrellas de los cielos y sus luceros no darán su luz; y el sol se oscurecerá al nacer, y la luna no dará su resplandor.... Porque haré estremecer los cielos, y la tierra se moverá de su lugar, en la indignación de Jehová de los ejércitos, y en el día del ardor de su ira" (Isa. 13:9, 10, 13).

Se verá en seguida que las imágenes empleadas en este pasaje son casi idénticas a las de nuestro Señor. Por lo tanto, si estos símbolos eran correctos para representar la caída de Babilonia, ¿por qué serían incorrectos para describir una catástrofe aun mayor, la destrucción de Jerusalén?

Consideremos otro ejemplo. El profeta Isaías anuncia la desolación de Bosra, la capital de Edom, con el siguiente lenguaje:

"Y los montes se disolverán por la sangre de ellos ... Y todo el ejército de los cielos se disolverá, y se enrollarán los cielos como un libro; y caerá todo su ejército, como se cae la hoja de la parra, y como se cae la de la higuera. Porque en los cielos se embriagará mi espada; he aquí que descenderá sobre Edom en juicio, y sobre el pueblo de mi anatema", etc. (Isa. 34:4,5).

Aquí tenemos nuevamente las mismas imágenes usadas por nuestro Señor en su discurso profético. Y si la suerte de Bosra pudo ser descrita correctamente en un lenguaje tan elevado, ¿por qué debe considerarse extravagante emplear términos similares al describir la suerte de Jerusalén?

Nuevamente, el profeta Miqueas habla de una "venida del Señor" para juzgar y castigar a Samaria y a Jerusalén - una venida para juicio que incuestionabblemente había tenido lugar mucho antes del tiempo de nuestro Salvador - ¡y con qué magnífico lenguaje representa esta escena!

"Porque he aquí, Jehová sale de su lugar, y descenderá y hollará las alturas de la tierra. Y se derretirán los montes debajo de él, y los valles se hendirán como la cera delante del fuego, como las aguas que corren por un precipicio" (Miq. 1: 3,4).

Sería fácil multiplicar ejemplos de esta cualidad característica del lenguaje profético. La naturaleza de la profecía es la de la poesía, y representa los acontecimientos, no en el estilo prosaico del historiador, sino en las vívidas imágenes del poeta. Añádase a esto que la Biblia no habla con la corrección fría y lógica de los pueblos occidentales, sino con el fervor tropical del oriente espléndido. Pero sería incorrecto llamar a tal lenguaje extravagante o sobrecargado. La grandiosidad moral de los acontecimientos que tales símbolos representan puede ser más correctamente descrita como convulsión y cataclismo en el mundo natural. Ni es necesario construir una gramática de simbologías y una analogía para cada jeroglífico sagrado, por medio de las cuales traducir cada metáfora particular a su equivalente correcto, porque esto sería convertir la profecía en alegoría. Las siguientes observaciones sobre el lenguaje figurado de la Escritura son sensatas. "Lo que es grandioso en la naturaleza se usa para expresar lo que es digno e importante entre los hombres - cuerpos celestes, montañas, árboles majestuosos, reinos, o los que están en posición de autoridad ... Los cambios políticos son representados por terremotos, eclipses, tempestades, el convertirse las aguas y los mares en sangre". (8)

La conclusión, entonces, a la que somos llevados irresistiblemente, es que las imágenes empleadas por nuestro Señor en su discurso profético no son inapropiadas para describir la disolución del estado y el gobierno judíos, que tuvo lugar en la destrucción de Jerusalén. Son apropiadas porque concuerdan con el estilo reconocido de los antiguos profetas, y también porque la grandiosidad moral del acontecimiento es tal que justifica el uso de tal lenguaje en este caso particular.

Pero podemos ir más allá, y afirmar que la imágenes son, no sólo apropiadas al aplicárselas a la destrucción de Jerusalén, sino que esta es su aplicación verdadera y exclusiva. No encontramos ningún vestigio ni indicación de que nuestro Señor tuviese en mente ningún significado ulterior u oculto. Pero sí encontramos que difícilmente hay algún rasgo de esta sublime y tremenda descripción que Él mismo ya no hubiese anticipado, y fijado en su aplicación a un suceso particular y a un tiempo en particular. Compare el lector cuidadosamente la descripción que se da en el pasaje que nos ocupa, del "Hijo del hombre viniendo en las nubes del cielo, con poder y gran gloria" (Mat. 24:30) (9) con la declaración de nuestro Señor (Mat. 16:27) - "Porque el Hijo del Hombre vendráe; en la gloria de su Padre con sus ángeles" - un acontecimiento que Él afirma expresamente sería presenciado por algunos de los discípulos que entonces vivían. Nuevamente, el enviar a sus ángeles a reunir a los escogidos corresponde exactamente a la representación de lo que tendría lugar en la "siega" al final del eón, como se describe en las parábolas de la cizaña y la red (Mat. 12:41-50). "Enviará el Hijo del Hombre a sus ángeles, y recogerán de su reino a todos los que sirven de tropiezo, y a todos los que hacen iniquidad". "Así será al fin del siglo [eón]: saldrán los ángeles, y apartarán a los malos de entre los justos, y los echarán en el horno de fuego". Aquí la profecía y la parábola representan la misma escena, el mismo período: ambos hablan del fin de la era o época, no del fin del mundo o del universo material; y ambos hablan de la gran época judicial diciendo que se ha acercado. Con cuánta claridad Lucas, en su registro de la profecía del Monte de los Olivos, representa la gran catástrofe como ocurriendo durante la vida de los discípulos: "Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca" (Lucas 21:28). ¿No fueron dichas estas palabras a los discípulos, que escuchaban el discurso? ¿No se les aplicaban a ellos? ¿Hay en alguna parte una sospecha siquiera de que se referían a otro auditorio, a miles de años de distancia, y no al ansioso grupo que bebía las palabras de Jesús? Ciertamente, tal hipótesis lleva colgada al frente su propia refutación.

Pero, como para impedir toda posibilidad de equivocación o error, en el siguiente párrafo nuestro Señor traza alrededor de su profecía una línea tan clara y tan palpable, encerrándola por completo dentro de un límite tan definido y claro, que debería ser decisivo para zanjar toda la cuestión.




(e) La Parusía ha de tener lugar antes de que pase la actual generación

Mateo 24:32-41

"De la higuera aprended la parábola: Cuando ya su rama está tierna, y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca. Así también vosotros, cuando veáis todas estas cosas, conoced que está cerca, a las puertas.

De cierto os digo que no pasará esta generación sin que todo esto acontezca".

Marcos 13:28-30

"De la higuera aprended la parábola. Cuando ya su rama está tierna, y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca. Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, conoced que está cerca, a las puertas.

De cierto os digo, que no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca".

Lucas 11:29-32

"También les dijo una parábola: Mirad la higuera y todos los árboles. Cuando ya brotan, viéndolo, sabéis por vosotros mismos que el verano está ya cerca. Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios.

De cierto os digo, que no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca".

Si este lenguaje, pronunciado en una ocasión tan solemne, y que es de una importancia tan precisa y expresa, no afirma la estrecha cercanía del gran acontecimiento que ocupa el discurso entero de nuestro Señor, entonces las palabras no tienen ningún significado. Primero, la parábola de la higuera indica que, así como las ramas tiernas en los árboles anuncian la cercanía del verano, así también las señales que él acababa de especificar anunciarían que la consumación predicha estaba cerca. Ellos, los discípulos a quienes Jesús estaba hablando, habrían de ver aquellas señales, y cuando las vieran, reconocerían que el fin estaba cerca, a las puertas. Luego, nuestro Señor hace un resumen, con una afirmación calculada para eliminar todo vestigio de duda o incertidumbre:

"DE CIERTO OS DIGO, QUE NO PASARÁ ESTA GENERACIÓN SIN

QUE TODO ESTO ACONTEZCA"

Uno supondría razonablemente que, después de una nota de tiempo tan clara y expresa, no habría lugar para la controversia. Nuestro Señor mismo ha dirimido la cuestión. Noventa y nueve personas de cada cien sin duda entenderían sus palabras en el sentido de que la catástrofe predicha ocurriría durante la vida de la generación existente. No que todos vivirían probablemente para presenciarlo, sino que la mayoría o muchos de ellos estarían vivos cuando aquello ocurriese. No puede haber duda de que ésta sería la interpretación que los discípulos le darían a sus palabras. A menos, por lo tanto, que nuestro Señor se propusiera deconcertar a sus discípulos, les dio a entender claramente que su venida, el juicio de la nación judía, y el fin de aquella época, ocurrirían antes de que aquella generación hubiese pasado por completo, o sea, dentro de los límites de su propia existencia. Como ya hemos visto, esta no era una idea nueva, sino una idea que él mismo había expresado antes.

Sin embargo, lejos de aceptar esta decisión de nuestro Salvador como final, los comentaristas han resistido violentamente lo que parece ser el significado natural y sensato de sus palabras. Han insistido en que, porque los sucesos predichos no ocurrieron así en aquella generación, la palabra generación (genea) no puede significar lo que generalmente se entiende que significa, la gente de aquella era o aquel período particular, los contemporáneos de nuestro Señor. Afirmar que estas cosas no ocurrieron es dar la respuesta por sentada, y algo más.

Pero entendemos que a los gramáticos les toca no ser aprensivos de posibles consecuencias, sino establecer el verdadero significado de las palabras. Sin peligro, podemos dejar que las predicciones de nuestro Señor se cuiden por sí solas; a nosotros nos toca tratar de entenderlas.

Muchos argumentan que en este lugar la palabra genea debe traducirse como "raza, o "nación", y que las palabras de nuestro Señor sólo significan que la raza o nación judía no pasaría, o no perecería, sino hasta que ocurrieran las predicciones que Jesús había pronunciado. Este es el significado que Lange, Stier, Alford, y muchos otros expositores, le atribuyen a la palabra, y que es sostenido con conspicua capacidad y copiosa erudición por Dorner en su tratado "Do Oratione Christi Eschatologica". No hay duda de que es verdad que la palabra genea, como muchas otras, tiene diferentes matices de significado, y que, a veces, en la Septuaginta y los autores clásicos, puede referirse a una nación o a una raza. Pero creemos que es demostrable, sin sombra de duda, que la expresión "esta generación", tan a menudo empleada por nuestro Señor, siempre se refiere única y exclusivamente a sus contemporáneos, el pueblo judío de su propia época. Puede dejarse sin peligro al honesto juicio de cada lector, sea erudito en griego o no, decidir si esto es o no así. Pero, como el punto es de gran importancia, puede ser deseable aducir las pruebas de este aserto.

1. En el discurso final de nuestro Señor al pueblo, pronunciado el mismo día que su discurso del Monte de los Olivos, declaró: "Todo esto vendrá sobre esta generación" (Mat. 23:36). Ningún comentarista ha propuesto jamás entender esto como que se refiere a otra que no sea la generación existente.

2. "¿A qué compararé esta generación?" (Mat. 11:6). Aquí admiten Lange y Stier que la palabra se refiere a "la última generación de Israel entonces existente" (Lange, in loc, Stier, vol. ii, 98).

3. "La generación mala y adúltera demanda señal". "Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta generación". "La reina del Sur se levantará en el juicio con esta generación". "Así también acontecerá a esta mala generación" (Mat. 12:39, 41, 42, 45).

En estos cuatro pasajes, Dorner trata de establecer que nuestro Señor no está hablando de sus contemporáneos, los hombres de su propia época. "Porque" - dice - "los gentiles (los habitantes de Nínive y la reina del Sur) se oponen a los judíos; por lo tanto, "esta generación" [h, genea.a[uth] "debe significar la nación o raza de los judíos" (Dorner, Orat. Christ. Esch., p. 81). Su argumento, sin embargo, no es convincente. Ciertamente la generación que demandaba señal era la que entonces existía; ¿y puede suponerse que era contra cualquier otra generación, diferente de la que resistía predicaciones como la de Juan el Butista y de Cristo, que los gentiles habrían de levantarse en juicio? Hay una sola interpretación posible de las palabras de nuestro Señor, y es la de que sus palabras se refieren a su propios perversos e incrédulos contemporáneos.

4. "Para que se demande de esta generación la sangre de todos los profetas" (Lucas 11:50, 51).

Aquí Dorner mismo admite que es de la generación existente (hoc ipsum hominum ovum) de la que se dicen estas palabras (p. 41).

5. "Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora" (Marcos 8:38).

6. "Pero primero es necesario que padezca mucho, y sea desechado por esta generación" (Lucas 17:25). Sólo es necesario citar estos pasajes para establecer que Jesús sólo se refiere a la generación particular que rechazó al Mesías.

Estos son todos los ejemplos en los que ocurre la expresión "esta generación" en los dichos de nuestro Señor, y estos ejemplos establecen, más allá de todo cuestionamiento razonable, la referencia de las palabras en la importante dclaración que ahora consideramos. Pero, supongamos que adoptáramos la traducción propuesta, y aceptáramos que genea significa raza, ¿qué propósito o significado tendría entonces la predicción? ¿Puede alguien creer que la afirmación que nuestro Señor hizo tan solemnemente: "De cierto os digo", etc. no equivale más que a esto: "La raza hebrea no se habrá extinguido sino hasta que todas estas cosas se hayan cumplido"? Imaginemos a un profeta en nuestro propio tiempo prediciendo una gran catástrofe en la cual Londres sería destruido, la catedral de San Pablo y las Cámaras del Parlamento serían arrasadas, y se perpetraría una terrible matanza de los habitantes; y que cuando se le preguntase: "¿Cuándo sucederán estas cosas?" contestase: "¡La raza anglosajona no se extinguirá sino hasta que todas estas cosas se hayan cumplido!" ¿Sería ésta una respuesta satisfactoria? ¿No sería una respuesta como ésta considerada como despectiva para el profeta, y como una afrenta para sus oyentes? ¿No tendrían ellos razón para decir: "¡No hay peligro en profetizar cuando el suceso es colocado a una interminable distancia!"? Pero la mera suposición de tal sentido en la predicción de nuestro Señor demuestra que es un reductio ad absurdum. ¿Era para esto que los discípulos debían esperar y velar? ¿Era ésta la lección que enseñaba la parábola de la higuera? ¿No era sino hasta que la raza judía estuviese a punto de extinguirse que ellos debían "erguirse, y levantar sus cabezas"? Una hipótesis tal es su propia refutación.

Nos sostenemos, por lo tanto, en la única interpretación sostenible y posible, la que entendemos que nuestro Señor tenía en mente, en la que, en otras tantas palabras, Él dice que los acontecimientos especificados en su predicción ocurrirían con toda certeza antes de que pasara por completo la generación actual. Esta es la única interpretación que las palabras soportan; todas las demás involucran forzar el lenguaje y hacer violencia a la interpretación. Además, la interpretación está en armonía con la uniforme enseñanza de nuestro Salvador. Mucho tiempo antes, había asegurado a sus discípulos que algunos de ellos vivirían para presenciar su retorno en gloria (Mat. 16:27, 28).

Les había dicho que, antes de que hubiesen completado su misión apostólica a las ciudades de Israel, el Hijo del hombre vendría (Mat. 10:23). Había declarado que toda la sangre derramada sobre la tierra, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, sería requerida de aquella generación (Mat. 23:35, 36). Era, por lo tanto, de aquella generación de la cual hablaba. Jamás debe olvidarse que había algo especial en aquella generación. Era la última y la peor de todas las generaciones de Israel, que había heredado la culpa de todas sus predecesoras, y estaba a punto de ser visitada con juicios señalados y sin paralelo. Si la catástrofe predicha ocurrió o no, es otra cuestión, que será considerada en su propio lugar. (10)

Otras interpretaciones que se han sugerido, como la de la "raza humana", "la generación de los justos", y "la generación de los impíos", no requieren discusión.

Puede que se necesite decir una palabra o dos con respecto al tiempo que cubre una generación. Por supuesto, no es una medida de tiempo exacta, como una década o un siglo, sino que posee cierta cualidad de indefinición o elasticidad, pero dentro de ciertos límites, digamos de treinta o cuarenta años. En el libro de Números, encontramos que la generación que provocó que el Señor le excluyera de la tierra de Canaán, y que fue condenada a caer en el desierto, habría de morir en el espacio de cuarenta años. En el Salmo 95 leemos: "Cuarenta años estuve disgustado con la nación". En la tabla genealógica que da Mateo, tenemos información para estimar la duración de una generación. Allí encontramos que "desde la deportación a Babilonia hasta Cristo", hubo catorce generaciones. (Mat. 1:17). Ahora, se dice que la fecha de la cautividad, en el reino de Sedequías, fue cerca del año 586 a. C., lo cual, dividido entre catorce, da cuarentiún años y fracción como duración promedio de cada generación. La guerra judía bajo el emperador Nerón estalló en el año 66 d. C., y suponiendo que nuestro Señor haya tenido como treinta y tres años de edad cuando fue crucificado, esto nos daría un espacio de como treinta y tres años en que las señales que anunciaban la aproximación del "fin" comenzaron "a suceder". La destrucción del templo y la ciudad de Jerusalén tuvo lugar en septiembre del año 70 d. C., esto es, como treinta y siete años después de la profecía del Monte de los Olivos, un espacio de tiempo que satisface ampliamente los requisitos del caso. No es ni tan corto que sea inapropiado decir: "No pasará esta generación", etc., ni tan largo que exceda la duración de la vida de muchos que podrían haber visto y oído al Salvador, o la vida de los mismos discípulos.

"Aquella generación" ciertamente habría estado pasando, pero no habría pasado por completo.

(f) Certeza de la consumación, pero incertidumbre de su fecha precisa

Mateo 24:35, 36

"El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Pero del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, sino sólo mi Padre".

Marcos 13:31, 32

"El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Pero de aquel día y de la hora nadie sabe, ni aun los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre".

Lucas 21:33

"El cielo y la tierra pasarán,. pero mis palabras no pasarán".

Aunque nuestro Señor ha definido los límites de tiempo dentro de los cuales tendría lugar la consumación predicha, queda un cierto grado de indefinición con respecto al momento de su llegada. Él no especifica la fecha exacta, ni "la hora, ni el día", ni siquiera el mes del año. Esto no significa que la cuestión entera del tiempo haya quedado sin especificar: se refiere meramente a la fecha precisa. La consumación habría de caer dentro del término de la generación existente, pero la hora precisa en que el campanazo de condenación sonaría no fue revelada a hombre, ni a ángel, ni (lo que es aún más extraño) al mismo Hijo del hombre. Era el secreto que el Padre "puso en su sola potestad". Sin duda, había suficientes razones para esta reserva. Haber especificado "el día y la hora" - haber dicho: "En el año treinta y siete, en el mes sexto, al octavo día del mes, la ciudad será tomada y el templo destruido a fuego" - no sólo habría sido inconsistente con la manera de la profecía, sino que habría quitado una de las más fuertes motivaciones para la vigilancia constante y la oración - la incertidumbre del momento preciso.

(g) Lo repentino de la Parusía, y el llamado a estar vigilantes

Mateo 24:37-42

"Mas como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre. Porque como en los días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, casándose y dándose en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca, y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre. Entonces estarán dos en el campo; el uno será tomado, y el otro será dejado. Dos mujeres estarán moliendo en un molino; la una será tomada, y la otra dejada. Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor".

Lucas 17:26-37

"Como fue en los días de Noé, así también será en los días del Hijo del Hombre. Comían, bebían, se casaban y se daban en casamiento, hasta el día en que entró Noé en el arca, y vino el diluvio y los destruyó a todos. Asimismo como sucedió en los días de Lot; comían, bedbían, compraban, vendían, plantaban, edificaban; mas el día en que Lot salió de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre, y los destruyó a todos. Así será el día en que el Hijo del Hombre se manifieste. En aquel día, el que esté en la azotea, y sus bienes en casa, no descienda a tomarlos; y el que en el campo, asimismo no vuelva atrás. Acordaos de la mujer de Lot. Todo el que procure salvar su vida, la perderá; y todo el que la pierda, la salvará. Os digo que en aquella noche estarán dos en una cama; el uno será tomado, y el otro será dejado. Dos mujeres estarán moliendo juntas; la una será tomada, y la otra dejada. Dos estarán en el campo; el uno será tomado, y el otro dejado.
Y respondiendo, le dijeron: ¿Dónde, Señor? Él les dijo: Donde estuviere el cuerpo muerto, allí se juntarán también las águilas".




Mateo 24:42

"Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor".

Marcos 13:33,35-37

"Mirad, velad, y orad; porque no sabéis cuándo será el tiempo. Velad, pues, porque no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa; si al anochecer, o a la medianoche, o al canto del gallo, o a la mañana; para que cuando venga de repente, no os halle durmiendo. Y lo que digo a vosotros, a todos lo digo: Velad".

Lucas 21:34-36

"Mirad también por vosotros mismos, que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez y de los afanes de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día. Porque como un lazo vendrá sobre todos los que habitan sobre la faz de toda la tierra. Velad, pues, en todo tiempo orando que seáis tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar en pie delante del Hijo del Hombre".

Todas las representaciones dadas por nuestro Señor de la catástrofe venidera y sus acontecimientos concomitantes implican que tomarían a los hombres por sorpresa. Así como el diluvio vino de repente sobre los antediluvianos, y la tormenta de fuego y azufre cayó sobre las ciudades de la llanura, así también la catástrofe final alcanzaría a Jerusalén y a Judea a una hora inesperada, cuando los negocios y los placeres de la vida ocupasen las manos y los corazones de los hombres. En Lucas 17, tenemos tenemos el registro más completo del discurso de nuestro Señor sobre este punto. Si el pasaje de Lucas fue traspuesto por él desde su conexión original, o si nuestro Señor pronunció las mismas palabras en ocasiones separadas, no es asunto que nos concierna particularmente aquí. Neander es de opinión que "Lucas proporciona la conexión natural de estas palabras", y que en Mateo "están puestas con muchos otros pasajes similares que se refieren a la última crisis". (11) Dudamos de esto; pero, soslayando esta cuestión, una cosa es indudable, a saber, que tanto Mateo como Lucas describen la misma cosa, el mismo período, la misma catástrofe. Es sorprendente encontrar a Alford afirmando, en relación con el pasaje de Lucas: "No hay una sola palabra en todo esto acerca de la destrucción de Jerusalén". Sería más correcto decir: "Cada una de las palabras en este pasaje habla de la destrucción de Jerusalén". Obsérvese la nota de tiempo tan claramente marcada por nuestro Señor: "Pero primero es necesario que padezca mucho, y sea desechado por esta generación" (Lucas 17:25). ¿Cuál otra catástrofe pertenece al período de esa generación, que podría correctamente compararse con la destrucción del mundo antediluviano por medio de un diluvio de aguas, y con la destrucción de Sodoma y Gomorra por medio de un diluvio de fuego?

De la certeza y lo repentino de la cercana consumación, nuestro Señor extrae la lección que impresiona en sus discípulos - la necesidad de estar vigilantes. Aqu&iiacute; pronuncia por primera vez la amonestación que desde aquel tiempo nunca dejó de ser la consigna de sus discípulos a través de la era apostólica: "¡Velad y orad!" Descubriremos cuán constante y urgentemente dirigían los apóstoles este llamado a los fieles en sus días, y cómo se repite constantemente, hasta el último momento en que captamos el sonido de una voz apostólica. Esta vigilancia era esencial para la seguridad de los seguidores de Jesús, porque, tan súbita sería la catástrofe, que alcanzaría a los no preparados y a los descuidados, como aves que son atrapadas en una red. "Porque como lazo vendrá sobre todos los que moran en la faz de toda la tierra (pashj thj ghj) - palabras que sugieren claramente la naturaleza local del acontecimiento.

En la historia de Josefo, tenemos un notable comentario sobre este pasaje. Dando cuenta del prodigioso número de los masacrados durante el sitio de Jerusalén - un millón cien mil - dice: "De éstos, la mayor parte eran de sangre judía, aunque no nativos del lugar. Habiéndose congregado desde todas partes del país para la fiesta de los panes sin levadura, fueron súbitamente rodeados por la guerra. En esta ocasión, la nación entera había sido encerrada, como en una prisión, por el destino; y la guerra encerró a la ciudad cuando ésta estaba atestada de gente". (12) Es imposible concebir una verificación más exacta de la predicción de nuestro Señor (Lucas 21:35).

En todo esto, observamos la continuación de aquel discurso personal directo que demuestra que nuestro Señor hablaba a sus discípulos de aquello que a ellos personalmente les concernía. No hay el más leve asomo de que hubiese un significado "subterráneo" en sus palabras, y de que cuando dijo "Jerusalén" y "esta generación" y "vosotros", quisiera decir "el mundo" y "épocas distantes" y "discípulos que todavía no han nacido".

En este punto, Marcos y Lucas cierran su registro de la profecía del Monte de los Olivos, y no puede negarse que la terminación es natural y apropiada. Si embargo, en el evangelio de Mateo tenemos una serie de parábolas añadidas al discurso de nuestro Señor, como las que Él solía emplear para enseñar a la gente. Nos llama la atención como un poco singular el hecho de que nuestro Señor hablase a sus discípulos en parábolas, especialmente en esta ocasión; y no es poco lo que hay que decir en favor de la opinión de Neander, que "era peculiar que el editor de nuestro Mateo en griego dispusiese juntos los dichos similares de Jesús, aunque hubiesen sido pronunciados en diferentes ocasiones y en diferentes circunstancias. Por lo tanto, no es necesario que nos asombremos si encontramos imposible trazar líneas de distinción en este discurso con entera exactitud; ni es necesario que tal resultado nos lleve a interpretaciones forzadas, inconsistentes con la verdad, y con el amor de la verdad. Es mucho más fácil hacer tales distinciones en el relato de Lucas (cap. 21), aunque esto no carece de dificultades. Al comparar Mateo con Lucas, sin embargo, podemos trazar el origen de la mayoría de estas dificultades al hecho de haber mezclado juntas diferentes porciones, cuando los discursos de Cristo fueron dispuestos en colecciones". (13)

Pero, sin discutir esta cuestión, es muy evidente que las parábolas registradas por Mateo en relación con este discurso, aunque no hubiesen sido pronunciadas en esta ocasión particular, están estrictamente relacionadas con el tema; mientras que, si este es su verdadero lugar en la narración, su relación con el asunto que nos ocupa es aún más estrecho e íntimo.

Ahora procedemos a considerar las parábolas y los dichos parabólicos de nuestro Señor, registrados en relación con esta profecía, principalmente por Mateo.




(h) Los discípulos advertidos de lo súbito de la Parusía
Parábola del mayordomo fiel

Mateo 24:43-51

"Pero sabed esto, que si el padre de familia supiese a qué hora el ladrón habría de venir, velaría, y no dejaría minar su casa. Por tanto, también vosotros estad preparados; poque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis. ¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, al cual puso su señor sobre su casa para que les dé el alimento a tiempo? Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, le halle haciendo así. De cierto os digo que sobre todos sus bienes le pondrá.

Pero si aquel siervo malo dijere en su corazón: Mi señor tarda en venir; y comenzare a golpear a sus consiervos, y aun a comer y a beber con los borrachos, vendrá el señor de aquel siervo en día que éste no espera, y a la hora en que no sabe, y lo castigará duramente, y pondrá su parte con los hipócritas; allí será el lloro y el crujir de dientes".

Marcos 13:34-37

"Es como el hombre que, yéndose lejos, dejó su casa, y dio autoridad a sus siervos, y a cada uno su obra, y al portero mandó que velase.

Velad, pues, porque no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa; si al anochecer, o a la medianoche, o al canto del gallo, o a la mañana; para que cuando venga de repente, no os halle durmiendo. Y lo que a vosotros digo, a todos l digo: Velad".

Lucas 12:39-46

"Pero sabed esto, que s supiese el padre de familia a qué hora el ladrón había de venir, velaría ciertamente, y no dejaría velar su casa. Vosotros, pues, también estad preparados, porque a la hora que no penséis, el Hijo del Hombre vendrá. Entonces Pedro le dijo: Señor, ¿dices esta parábola a nosotros, o también a todos? Y dijo el Señor: ¿Quién es el mayordomo fiel y prudente al cual su señor pondrá sobre su casa, para que a tiempo les de su ración? Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, le halle haciendo así. En verdad os digo que le pondrá sobre todos sus bienes. Mas si aquel siervo dijere en su corazón: Mi señor tarda en venir; y comenzare a golpear a los criados y a las criadas, y a comer y beber y embriagarse, vendrá el señor de aquel siervo en día que éste no espera, y a la hora que no sabe, y le castigará duramente, y le pondrá con los infieles".

Se verá que este dicho parabólico de nuestro Señor está registrado en una relación bastante diferente por Mateo y por Lucas. La semejanza verbal, sin embargo, es demasiado exacta para hacer probable que fuese pronunciado en dos ocasiones diferentes. La más ligera atención satisfará al lector de que el informe de Lucas es el más completo y circunstancial, y que él le asigna su verdadera posición cronológica. Esto se ve por el hecho de que la pregunta de Pedro, registrada sólo por Lucas, dio lugar a las observaciones concluyentes de nuestro Señor, las cuales, como las presenta Mateo sin este eslabón, parecen algo incoherentes y abruptas. Además, apenas podemos suponer que Pedro, conversando en privado con sólo otros tres discípulos en compañía del Señor, preguntase: "¿Dices esta palabra a nosotros, o también a todos?" - una pregunta que era de lo más natural cuando, como nos lo dice Lucas, Jesús hablaba a sus discípulos en presencia de una gran multitud. (Lucas 12:1). Es digno de notarse también que en Marcos 13:34-37, donde podemos detectar trazas de esta parábola, la pregunta de Pedro es contestada claramente: "Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: Velad", una afirmación que estaría fuera de lugar cuando nuestro Señor hablaba a cuatro personas, pero bastante apropiada cuando hablaba a una multitud.

No hay ninguna impropiedad, por lo tanto, en suponer que Mateo, percibiendo las palabras de Jesús, pronunciadas en otra ocasión, y que ilustran admirablemente la necesidad de velar en vista de la venida del Señor, las insertase en este discurso escatológico. Stier sugiere que Marcos da un breve resumen de Mateo 24:43, con las dos parábolas del siervo, Mat. 24:45-51 y 24:14, y aún con un ligero eco de la parábola de las vírgenes. (14) No tenemos más razón para esperar una disposición estrictamente cronológica en los evangelistas que informes estrictamente al pie de la letra: ni lo uno ni lo otro entraba en sus planes.

Pero lo que es principalmente importante para nosotros es la relación de esta parábola, si así se le puede llamar, entre el mayordomo de la casa que vigila contra el ladrón de medianoche, y el discurso precedente de nuestro Señor. Nada puede ser más evidente que esta relación está entrelazada en la trama misma de ese discurso. No se introduce ningún nuevo tema en el versículo cuarenta y tres del capítulo veinticuatro de Mateo: ninguna transición a otra catástrofe, ni otra venida, diferentes de las que Él había estado hablando desde el principio. No hay ningún hiato, ninguna interrupción, en la continuidad del discurso; ninguna indicación de pasar del gran acontecimiento que absorbía los pensamientos de los discípulos a otro en el muy distante futuro. Parece increíble que cualquier juicio crítico eligiera a Mateo 24:43 como el comienzo de un nuevo tema de discurso. Y sin embargo, esto es lo que hace el Dr. Ed. Robinson, que dice: "Aquí nuestro Señor hace una transición, y procede a hablar de su venida final en el día del juicio. Esto se ve por el hecho de que la materia de estas secciones es añadida por Mateo después de que Marcos y Lucas han concluído sus informes paralelos relativos a la catástrofe judía; y aquí Mateo comienza, con el vers. 43, el discurso que Lucas ha presentado en otra ocasión, Lucas 12:39, etc." (15) Pero no hay la más leve sombra de ninguna transición. El instrumento más fino no consigue trazar ninguna línea divisoria entre las partes del discurso, y asignar una porción al juicio de la nación judía y otra al juicio de la raza humana. No hay transición, sino continuación, en el ver. 43. Nada pueder ser más consecutivo y concatenado. "Velad, pues", les dice nuestro Señor a los discípulos en el ver. 42, "porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor". "Por tanto, también vosotros estad preparados", les dice en el ver. 44, "porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis". La sugerencia de que un nuevo tema, que se refiere a un suceso totalmente diferente, en una época muy distante en el tiempo, se introduce aquí, es completamente arbitraria y sin fundamento.




Notas:

1. Jos. Antiq. bk. xx.x.xiii, § 5, 6.

2. Conybeare and Howson, Life and Epist. of St. Paul, c. iv.

3. Jos. Antiq. bk. xviii. c. v, § 3.

4. Traill´s Jos. Jewish War, pref. ~ 4.

5. Traill's Jos. Jewish War, bk. vi. c.v. § 3.

6. Traill´s Jos. Jewish War, bk. vi. c.v. § 2.

7. Véase Alford Gr. Test, Matt. xxiv.29.

8. Angus' Bible Handbook, p. 20, p. 20, § i.

9. Los fenómenos descritos por nuestro Señor como que acompañan la Parusía (ver. 29) no pueden explicarse con los portentos y prodigios que, según Josefo, precedieron la toma de Jerusalén (Jewish War, bk. vi.c.v. § 3). Que por lo menos algunos de esos portentos aparecieron realmente allí no parece haber razón para dudarlo, y sirven para verificar la predicción de Lucas 21:11: "Habrá terror y grandes señales en el cielo".

10. La nota en la obra de Robinson "Armonía de los Cuatro Evangelios", parte vii, § 128, es excelente. "Esta generación", etc. Estas palabras (genea) no pueden entenderse (como algunos han explicado) como que se refieren a la nación judía o a la raza humana. El significado es que no todos los hombres de aquella época morirían (Véase Mat. 16:28, en el párr. 74) antes de que la profecía se cumpliera, lo cual comenzó a ocurrir treinta y siete años después de que se pronunció, en la destrucción de Jerusalén", etc.

11. Life of Christ. c. xii, § 214, nota.

12. Traill´s Josephus, Jewish War, b. -vi. ch. ix, §§ 3, 4.

13. Life of Christ, § 254, Nota.

14. Reden Jesu, vol. iii, p. 304.

15. Harmony of the Four Gospels, § 129.



II. Respuesta de Nuestro Señor a los discípulos (continuación):

(i) La Parusía, un tiempo de juicio tanto para los amigos como para los
enemigos de Cristo (Parábola de las vírgenes prudentes y las vírgenes
insensatas)
(k) La Parusía, un tiempo de juicio (Parábola de los talentos)
(l) La Parusía, un tiempo de juicio (Parábola de las ovejas y los cabritos)



(i) La Parusía, un tiempo de juicio tanto para los amigos
como para los enemigos de Cristo

Parábola de las vírgenes prudentes y las vírgenes insensatas








Mateo 25:1-13. Entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes que tomando sus lámparas, salieron a recibir al esposo. Cinco de ellas eran prudentes y cinco insensatas. Las insensatas, tomando sus lámparas, no tomaron consigo aceite; mas las prudentes tomaron aceite en sus vasijas, juntamente con sus lámparas. Y tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron. Y a la medianoche se oyó un clamor: ¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle! Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron, y arreglaron sus lámparas. Y las insensatas dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite; porque nuestras lámparas se apagan. Mas las prudentes respondieron diciendo: Para que no nos falte también a nosotros y a vosotras, id más bien a los que venden, y comprad para vosotras mismas. Pero mientras ellas iban a comprar, vino el esposo; y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta. Después vinieron también las otras vírgenes, diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos! Más él, respondiendo, dijo: De cierto os digo que no os conozco. Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir".

Casi todos los expositores suponen que ahora Jerusalén e Israel desaparecen enteramente de la escena, y que nuestro Señor se refiere exclusivamente a la consumación final de todas las cosas y al juicio de la raza humana. Esta supuesta transición se le facilita al lector de habla inglesa por medio de un nuevo capítulo que comienza en este punto.

Pero, ¿ha abandonado realmente nuestro Señor el tema con el cual Él y sus discípulos han estado ocupados hasta ahora? ¿Ha pasado del tiempo cercano e inminente a una lejana y distante, separada de su propio tiempo por cientos y miles de años? Si fuese así, seguramente podríamos esperar alguna indicación muy clara del cambio de tema. Pero no hay absolutamente ninguna. Por el contrario, la suposición de que un nuevo tema es introducido por esta parábola queda completamente impedida por los términos expresos con los cuales la parábola comienza y termina. Comienza con una nota de tiempo muy explícita: "Tote", entonces, en aquel tiempo. No hay absolutamente ningún hiato entre el final del capítulo 24 y el comienzo del capítulo 25. El eslabón "entonces" lleva adelante el discurso, y entreteje en él una estrecha conexión con relación al tema, el tiempo, y las personas a las cuales se dirigió. Esto queda confirmado, además, por el hecho de que la moraleja de la parábola de las diez vírgenes es precisamente la misma que la del señor de la casa en el capítulo anterior, es decir, la necesidad de vigilar. Las palabras finales: "Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora", tan evidentemente dirigidas a los discípulos, son las mismas que nuestro Señor ya ha pronunciado en el capítulo 24:42; de modo que en ambos pasajes debe ser al mismo suceso.

No entra en nuestros propósitos hacer una exposición detallada de esta parábola. Hay teólogos que encuentran un misterio en cada palabra; en el número diez, en la virginidad, en las lámparas, en el aceite, etc. (Véase Lange in loc.) Como observa Calvino sarcásticamente: "Multum se torquent quidam, in lucernis, in vasis, in oleo". Baste notar aquí la gran lección de la parábola. Es la necesidad de estar preparados constantemente y estar vigilantes, esperando el súbito y pronto regreso del Hijo del hombre. El no estar vigilantes y no estar preparados conllevaría al castigo que recayó sobre las vírgenes insensatas, es decir, la exclusión de la cena de bodas del Cordero.

Encontramos, pues, en esta parábola una conexión orgánica con todo el discurso anterior de nuestro Señor. Todavía es el gran tema del cual está hablando - la consumación que habría de tener lugar dentro de los límites de la generación que existía - y en relación con la cual los discípulos expresaban una ansiedad tan natural.

(k) La Parusía, un tiempo de juicio

Parábola de los talentos

Mateo 25:14-30: Porque el reino de los cielos es como un hombre que yéndose lejos, llamó a sus sievos y les entregó sus bienes. A uno dio cinco talentos, y a otro dos, y a otro uno, a cada uno conforme a su capacidad; y luego se fue lejos. Y el que había recibido cinco talentos fue y negoció con ellos, y ganó otros cinco talentos. Asimismo el que había recibido dos, ganó también otros dos. Pero el que había recibido uno fue y cavó en la tierra, y escondió el dinero de su señor. Después de mucho tiempo vino el señor de aquellos siervos, y arregló cuentas con ellos. Y llegando el que había recibido cinco talentos, trajo otros cinco talentos, diciendo: Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado otros cinco talentos sobre ellos. Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor. Llegando también el que había recibido dos talentos, dijo: Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado dos talentos sobre ellos. Su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel; sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor. Pero llegando también el que había recibido un talento, dijo: Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por lo cual tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo. Respondiendo su señor, le dijo: Siervo malo y negligente, sabías que siego donde no sembré, y que recojo donde no esparcí. Por tanto, debías haber dado mi dinero a los banqueros, y al venir yo, hubiera recibido lo que es mío con los intereses. Quitadle, pues, el talento, y dadlo al que tiene diez talentos. Porque al que tiene, le será dado, y tendrá más; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado. Y al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes".

En esta parábola encontramos una evidente continuación del mismo tema, aunque presentado en un aspecto algo diferente. La moraleja de la parábola precedente era vigilancia; la de la ésta es diligencia. Difícilmente puede decirse que en esta parábola se ha introducido un nuevo elemento, porque la representación de la venida de Cristo como un tiempo de juicio corre a través de todo el discurso profético de nuestro Señor. Es este hecho lo que da propósito y urgencia al llamado, a menudo reiterado, a ser vigilantes. No sólo habría de ser un tiempo de juicio para Jerusalén e Israel, sino hasta para los discípulos mismos de Cristo. También ellos tenían que "estar de pie delante del Hijo del hombre". Había peligro de que "aquel día" viniera sobre ellos sin que estuvieran preparados y estando descuidados. Esta asociación de juicio con la Parusía aparece en la parábola del señor de la casa, y todavía más en la de los siervos buenos y malos. Queda expresada aún más vívidamente en la parábola de las vírgenes prudentes y las vírgenes insensatas, y tiene todavía mayor prominencia en la parábola de los talentos; pero alcanza el clímax en la parábola final, si puede decirse, de las ovejas y los carneros.

No es necesario entrar en los detalles de la parábola de los talentos. Sus principales características son sencillas y obvias. Contiene una solemne amonestación para que los siervos de Cristo sean fieles y diligentes en ausencia de su Señor. La parábola apunta a un día en que Él regresaría y haría cuentas con ellos. Establece la abundante recompensa de los buenos y los fieles, y el castigo del siervo infiel.

Sin embargo, el punto que nos concierne principalmente en esta investigación es la relación de esta parábola con el discurso precedente. ¿Qué puede ser más claro que la íntima conexión entre la una y la otra? La partícula conectiva "porque" en el versículo 14 marca claramente la continuación del discurso. El tema es el mismo, el tiempo es el mismo, la catástrofe es la misma. Hasta este punto, pues, no encontramos ninguna interrupción, ningún cambio, ninguna introducción a un tema diferente; todo es continuo, homogéneo, uno. Ni por un momento se ha desviado el discurso del gran tema que todo lo absorbe, la cercana condenación de la ciudad culpable, con los solemnes acontecimientos que la acompañan, todo lo cual debe tener lugar dentro del período de aquella generación, y todo lo cual presenciarían los discípulos, o algunos de ellos.

(l) La Parusía, un tiempo de juicio

Parábola de las ovejas y los cabritos

Mateo 25:31-46 - "Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda.

"Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí. Entonces los justos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos? ¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti? Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.

"Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no me cubristeis; enfermo, y en cárcel, y no me visitasteis. Entonces también ellos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo, o en la cárcel, y no te servimos? Entonces les responderá diciendo: De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos má pequeños, tampoco a mí lo hicisteis. E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna".

Hasta este punto, hemos encontrado que el discurso de Jesús sobre el Monte de los Olivos es una profecía conectada y continua, que se refiere únicamente a la gran catástrofe que se cernía sobre la nación judía, y que habría de tener lugar, según la predicción de nuestro Señor, antes de que pasara la generación que existía. Ahora, sin embargo, encontramos un pasaje que, en opinión de casi todos los comentaristas, no puede entenderse como que se refiere a Jerusalén o Israel, sino a toda la raza humana y a la consumación de todas las cosas. Si el consenso de los expositores puede establecer una interpretación, sin duda este pasaje debe ser considerado como que se aparta por completo del tema de las preguntas de los discípulos, y describe la última escena de todas en la historia del mundo.

Puede admitirse libremente que esta parábola, o descripción parabólica, tiene muchos puntos de diferencia con la porción precedente del discurso de nuestro Señor. Parece estar separada y ser distinta del resto, sin los enlaces que hemos encontrado en otras secciones. Aún más, parece tener un alcance mayor que Jerusalén e Israel; parece el juicio, no de una nación, sino de todas las naciones; no de una ciudad o un país, sino del mundo; no una crisis pasajera, sino la consumación final.

Es, pues, con un profundo sentido de la dificultad de la tarea que nos atrevemos a impugnar la interpretación de tantos hombres sabios y buenos, y argumentar que el pasaje, no sólo es parte integral de la profecía, sino que pertenece por entero al tema del discurso de nuestro Señor, el juicio de Israel y el fin de la era [judía].

1. Esta parábola, aunque en nuestra versión inglesa está separada y desconectada del contexto, está en realidad conectada con ,i un enlace muy suficiente con lo que aparece antes. Este es un vocablo padre en griego, donde encontramos la partícula (griego), cuya fuerza reside en indicar transición y conexión -- transición hacia una nueva ilustración, y conexión con el contexto anterior. Alford, en su Nuevo Testamento revisado, conserva la partícula de continuidad: "Pero el Hijo del hombre habrá venido en su gloria", etc. Con igual propiedad, podría haber sido traducida -- "Y cuando", etc.

2. Esta "venida del Hijo del hombre" ya ha sido predicha por nuestro Señor (Mat. 24:30 y pasajes paralelos), y el tiempo expresamente definido, siendo incluido en la abarcante declaración: "De cierto os digo: No pasará esta generación, sin que todo esto acontezca" (Mat. 24:34).

3. Merece observarse en particular que la descripción de la venida del Hijo del hombre en su gloria, que se hace en esta parábola, se ajusta en todos los puntos a la de Mat. 16:27,28, de la cual se afirma expresamente que sería presenciada por algunos que estaban presentes en el momento en que la predicción se hizo.

Puede ser bueno comparar las dos descripciones.



Mat.16:27,28

"Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según sus obras.

"De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino".

Mat. 25:31-33

"Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones", etc.

Aquí el lector notará que:

a) En ambos pasajes, el tema al que se refieren es el mismo, es decir, la venida del Hijo del hombre - la Parusía.

b) En ambos pasajes, Él es descrito como viniendo en gloria.

c) En ambos, es acompañado por los santos ángeles.

d) En ambos, viene como Rey. "Viniendo en su reino". "Se sentará en su trono. Entonces el Rey", etc.

e) En ambos, viene para juicio.

f) En ambos, el juicio es representado como universal en cierto sentido. "Dará a cada uno" "Delante serán reunidas todas las naciones".

g) En Mateo 16:28, se afirma expresamente que esta venida en gloria, etc., habría de tener lugar durante la vida de algunos de los que estaban allí presentes. Esto fija la ocurrencia de la Parusía dentro de los límites de una vida humana, estando así en perfecto acuerdo con el período definido por nuestro Señor en su discurso profético. "No pasará esta generación", etc.

Nos sentimos plenamente autorizados, pues, para considerar la venida del Hijo del hombre de Mat. 25 como idéntica a aquella a la que se hace referencia en Mat. 16, que algunos discípulos habrían de vivir para presenciar.

Así, pues, a pesar de las palabras "todas las naciones" de Mat. 25:32, llegamos a la conclusión de que de lo que se habla aquí no es "la consumación final de todas las cosas", sino del juicio de Israel al final de la era judía, o del eón judío.

4. Pero todavía se objetará que queda una formidable dificultad en la expresión "todas las naciones". Sin embargo, la dificultad es más aparente que real; porque

1) No es nada raro encontrar en las Escrituras proposiciones universales que deben entenderse en un sentido limitado o restringido.

Hay un ejemplo de esto en este mismo discurso de nuestro Señor. En Mat. 24:22, hablando de la "gran tribulación", Él dice: "Y si aquellos días no fuesen acortados, nadie sería salvo". Ahora, es evidente que esta "gran tribulación" estaba limitada a Jerusalén, o, en todo caso, a Judea, y sin embargo, tenemos una expresión usada en relación con los habitantes de una ciudad o país, que es lo bastante amplia para incluir a la raza humana entera, en el sentido en que Lange y Alford en realidad la entienden.

2) Hay gran probabilidad en la opinión de que la frase "todas las naciones" equivale a "todas las tribus de la tierra" (Mat. 24:30). No hay ninguna impropiedad en designar a las tribus como naciones. La promesa de Dios a Abraham era que sería padre de muchas naciones (Gén. 17:5; Rom. 4:17, 18).

En el tiempo de nuestro Señor, era usual hablar de los habitantes de Palestina como que comprendían varias naciones. Josefo habla de "la nación de los samaritanos", "la nación de los bataneos", "la nación de los galileos" - usando la misma palabra (e;tnoj) que encontramos en el pasaje que estamos considerando. Judea era una nación distinta, a menudo con su propio rey; lo mismo ocurría con Samaria, Idumea, Galilea, Perea, Batanea, Traconitis, Iturea, Abilene -- todas las cuales, en diferentes épocas, tuvieron príncipes con el título de Etnarca, un nombre que significa gobernante de una nación. No es, pues, violentar el lenguaje entender (pa,nta ta.e;nh) en el sentido de que se refiere a "todas las naciones" de Palestina, o "todas las tribus de la tierra".

Esta posición recibe fuerte confirmación del hecho de que la misma frase en la comisión apostólica (Mat. 28:19): "Id y haced discípulos a todas las naciones" no parece haber sido entendida por los discípulos en el sentido de que se refería a la población entera del globo, o a alguna nación más allá de Palestina. Se supone comúnmente que los apóstoles sabían que habían recibido la tarea de evangelizar al mundo. Si efectivamente lo sabían, eran culpables de haber descuidado el ocuparse de ello. Pero puede suponerse que las palabras de nuestro Señor no transmitieron ninguna idea como ésta a sus mentes. El erudito profesor Burton observa: "No fue sino hasta 14 años después de la ascensión de nuestro Señor cuando Pablo viajó por primera vez, y predicó el evangelio a los gentiles. Y no hay ninguna evidencia de que, durante ese período, los otros apóstoles traspasaron los límites de Judea". (1)

El hecho parece ser que el lenguaje de la comisión apostólica no llevó a las mentes de los apóstoles ninguna idea ecuménica de esta clase. Nada les dejó más atónitos que el descubrimiento de que "también a los gentiles había dado Dios arrepentimiento para vida" (Hechos 11:18). Cuando Pedro fue acusado de "reunirse con incircuncisos y comer con ellos", no parece que él defendiese su conducta apelando a los términos de la comisión apostólica. Si la frase "todas las naciones" hubiese sido entendida por los discípulos en su sentido literal y más abarcante, es difícil imaginar cómo habrían dejado de reconocer una vez el carácter universal del evangelio y su comisión de predicarlo a judíos y gentiles por igual. Se necesitó una clara revelación del cielo para vencer los prejuicios judíos de los apóstoles, y darles a conocer el misterio de "que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio" (Efesios 3:6).

En vista de estas consideraciones, tenemos por razonable y y justificable dar a la frase "todas las naciones" un significado restringido, y limitarla a las naciones de Palestina. En este sentido, la frase armoniza bien con las palabras de nuestro Señor: "No acabaréis de recorrer todas las ciudades de Israel, antes de que venga el Hijo del Hombre" (Mat. 10:23).

5. Una vez más, a la peculiar prueba de carácter aplicada por el juez en esta descripción parabólica se opone fuertemente la idea de que esta escena representa el juicio final de la raza humana entera. Se observará que el destino de los justos y los impíos se hace girar alrededor del tratamiento que respectivamente ofrecieron a los sufrientes discípulos de Cristo. Todas las cualidades morales, toda conducta virtuosa, toda fe verdadera, quedan aparentemente fuera de las cuentas, y sólo se toman en cuenta los actos de caridad y beneficencia hacia los angustiados discípulos. No es de sorprenderse que esta circunstancia haya causado gran perplejidad tanto a teólogos como a lectores en general. ¿Es ésta la doctrina de Pablo? ¿Es ésta la base para la justificación delante de Dios que se establece en el Nuevo Testamento? ¿Debemos llegar a la conclusión de que el destino eterno de la raza humana, desde Adán hasta el último hombre, dependerá finalmente de su caridad y su simpatía hacia los perseguidos y sufrientes discípulos de Cristo?

La dificultad es seria, en la suposición de aquí tenemos una descripción del "juicio general en el día final", y no debería ser pasada por alto, como comúnmente lo es. ¿Cómo podrían las naciones que existieron antes del tiempo de Cristo ser enjuiciadas por este modelo? ¿Cómo podrían las naciones que nunca oyeron hablar de Cristo, o las que florecieron en las épocas en que el cristianismo era próspero y poderoso, ser enjuiciadas por este modelo? Es manifiestamente inapropiado e inaplicable. Pero la dificultad se resuelve fácil y completamente si consideramos esta transacción judicial como el juicio de Israel al final de la era judía. Es el rechazado Rey de Israel el que es el juez: es la generación hostil e incrédula, la última y la peor de la nación, a la que se hace comparecer ante Su tribunal. El tratamiento que le dieron a los discípulos, especialmente a los apóstoles, podría, apropiada y justamente, ser el criterio de carácter para "discernir entre los justos y los impíos". Una prueba como ésta sería muy apropiada en una época en que el cristianismo fue una fe perseguida, y es evidente que esto se supone por los términos mismos de las palabras del Rey: "Tuve hambre y sed, fui extranjero, estuve desnudo, enfermo, y en prisión". Las personas designadas como "estos mis hermanos", y que son tomados como representantes de Cristo mismo, son evidentemente los apóstoles de nuestro Señor, en los cuales tuvo hambre y sed, estuvo desnudo, enfermo y en prisión. Todo esto está en perfecta armonía con las palabras de Cristo a sus discípulos, cuando les envió a predicar: "El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió. El que recibe a un profeta por cuanto es profeta, recompensa de profeta recibirá; y el que recibe a un justo por cuanto es justo, recompensa de justo recibirá. Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa" (Mat. 10:40-42).

Llegamos, pues, a la conclusión, la única que en todos los respectos se ajusta al tenor del discurso entero, de que aquí tenemos, no el juicio final de la raza humana entera, sino el de la nación culpable o las naciones culpables de Palestina, que rechazaron a su Rey y menospreciaron y mataron a sus mensajeros (Mat. 22:1-14), y cuyo día de condena estaba ahora a las puertas.

Siendo esto así, se ve que la profecía entera del Monte de los Olivos es un todo homogéneo y conectado: "simplex duntaxat et unum". Ya no es una mezcla confusa e ininteligible, que frustra toda interpretación, que parece hablar con dos voces, y que señala en diferentes direcciones al mismo tiempo. Es una representación clara, consecutiva, e históricamente correcta del juicio de la nación teocrática al final de la era judía o del período judío. La teoría de interpretación que considera este discurso como típico del juicio final de la raza humana, y de una catástrofe mundial que acompaña este suceso, en realidad no encuentra ningún apoyo en la predicción misma, al tiempo que conlleva inextricable perplejidad y confusión. Si, por una parte, pudiera demostrarse que la profecía, como un todo, es aplicable igualmente en cada una de sus partes a dos acontecimientos diferentes y ampliamente separados; o, por la otra, que en cierto punto se separa de un tema, y trata del otro, entonces el doble sentido, o la referencia doble, se sostendría sobre alguna base inteligible. Pero no encontramos ninguna línea divisoria en la profecía entre lo cercano y lo remoto, y todos los intentos de trazar dicha línea son insatisfactorios y arbitrarios hasta el extremo. Aún más insostenible es la hipótesis de un doble significado que corre a través del todo; una hipótesis que supone una "facultad verificadora" en el expositor o en el lector, y da un poder de discreción tan grande al crítico ingenioso que parece completamente incompatible con la reverencia debida a la Palabra de Dios.

La perplejidad que la teoría del doble sentido involucra es puesta bajo una fuerte luz por la confesión de Dean Alford, quien, al final de sus comentarios sobre esta profecía, expresa honestamente su insatisfacción con los puntos de vista que había propuesto. "Creo que es correcto", dice, "expresar en esta tercera edición que, habiendo entrado en un estudio más profundo de las porciones proféticas del Nuevo Testamento, no siento en modo alguno la plena confianza que una vez tuve en la exégesis, quoad interpretación profética, que aquí se da de las tres porciones de este capítulo 25. Pero no tengo ningún otro sistema con el cual reemplazarla, y algunos de los puntos tratados aquí me parecen tan de peso como siempre. Me pregunto mucho si el estudio exhaustivo de la profecía de la Escritura me volverá más y más desconfiado de toda sistematización humana, y menos dispuesto a correr el riesgo de hacer un fuerte aserto sobre cualquier porción del tema". (Julio de 1855). En la cuarta edición, Alford añade: "Aprobado, Octubre de 1858)". Esta es una sinceridad altamente honorable para el crítico, pero sugiere esta reflexión: Si, con toda la luz y la experiencia de dieciocho siglos, la profecía del Monte de los Olivos todavía continúa siendo un enigma sin resolver, ¿cómo podría haber sido inteligible para los discípulos, que la escucharon ansiosamente de los labios del Maestro? ¿Podemos suponer que, en ese momento, él les hablaría en acertijos ininteligibles? ¿Que cuando le pidieran pan les daría una piedra? Imposible. No hay razón para creer que los discípulos eran incapaces de comprender las palabras de Jesús, y, si estas palabras han sido malinterpretadas en tiempos posteriores, es porque un método de interpretación falso y antinatural ha oscurecido y desfigurado lo que en sí mismo es bastante luminoso y simple. Es cosa de sorprenderse que los expositores hayan demostrado tal indiferencia hacia las expresas limitaciones de tiempo establecidas por nuestro Señor; que se les haya dado significados forzados y antinaturales a palabras como ai,w n genea.ente,j, etc.; que se hayan trazado líneas divisorias en el discurso donde no existe ninguna - y en general, que se haya sometido a la profecía a un tratamiento que no sería tolerado en la crítica de ningún clásico griego o latino. Permítase solamente que el lenguaje de la Escritura sea tratado con justicia común, e interpretado por los principios de la gramática y el sentido común, y quedará eliminada gran parte de la oscuridad y de los malentendidos, y saldrá a la luz la forma y la substancia mismas de la verdad. (2).

Antes de pasar adelante de esta profecía profundamente interesante, puede ser apropiado referirnos al cumplimiento maravillosamente minucioso que recibió, según un testigo irreprochable, el historiador judío Josefo. Es un hecho de singular interés e importancia que se conservara para la posteridad un registro completo y auténtico de los tiempos y las transacciones a las que se hace referencia en la profecía de nuestro Señor; y que este registro fuera de la pluma de un estadista, soldado, sacerdote, y hombre de letras judío, que no sólo tiene acceso a las mejores fuentes de información, sino que él mismo es testigo presencial de muchos de los acontecimientos que relata. Da peso adicional a este testimonio el hecho de que no procede de un cristiano, que podría haber sido sospechoso de partidismo, sino de un judío, que era indiferente, si no hostil, a la causa de Jesús.

Tan llamativa es la coincidencia entre la profecía y la historia, que la antigua objeción de Porfirio contra el libro de Daniel, de que debe haber sido escrito después del acontecimiento, podría refutarse plausiblemente, si hubiese el más ligero pretexto para tal insinuación.

Aunque el pueblo judío siempre se sintió intranquilo y molesto bajo el yugo de Roma, no había síntomas urgentes de desafecto en el tiempo en que nuestro Señor hizo esta profecía de la cercana destrucción del templo, la ciudad, y la nación. Las clases más altas abundaban en manifestaciones de lealtad al gobierno imperial. "¡No tenemos más rey que César!", exclamaron. Era política de Roma conceder a las provincias subyugadas el libre ejercicio de su propia religión. No había, pues, ninguna razón aparente para que el nuevo y espléndido templo de Jerusalén no permaneciera en pie por siglos, y para que Judea no disfrutara de mayor tranquilidad y prosperidad bajo la égida de César que la que había conocido bajo los príncipes nativos. Pero, antes de que hubiese pasado por completo la generación que rechazó y crucificó al Hijo de David, la nacionalidad judía fue extinguida: Jerusalén se convirtió en desolación; "la casa santa y hermosa"sobre el monte de Sión fue arrasada hasta el suelo; y el pueblo infeliz, que no conoció el tiempo de su visitación, fue abrumado por calamidades sin paralelo en los anales del mundo.

Todo esto es innegable; pero sería demasiado esperar que esto fuese considerado como cumplimiento adecuado de las palabras de nuestro Salvador por muchos a los cuales el prejuicio o las interpretaciones tradicionales les han enseñado a ver más en la profecía de lo que jamás incluyó la inspiración. El lenguaje, se dice, es demasiado magnífico, las transacciones demasiado estupendas para ser satisfechas por un suceso tan inadecuado como el juicio de Israel y la destrucción de Jerusalén. Ya hemos tratado se señalar el verdadero significado y la verdadera grandeza de ese acontecimiento. Pero la única respuesta suficiente a todas esas objeciones es la expresa declaración de nuestro Señor, que cubre el ámbito entero de este discurso profético. "De cierto os digo, que no pasará esta generación sin que todo esto acontezca". Sin duda, hay algunas porciones de esta predicción que pueden ser verificadas por el testimonio humano. ¿Espera alguien que Tácito, Suetonio, o Josefo, o cualquier otro historiador, relate que "el Hijo del hombre fue visto viniendo en las nubes del cielo con poder y gran gloria; que Él convocó a las naciones a este tribunal, y recompensó a cada uno según sus obras"? Hay una región en la cual no pueden entrar los testigos y los reporteros; carne y sangre no pueden contemplar los misterios de lo espiritual o lo inmaterial. Pero hay también una gran porción de la profecía que puede ser verificada, y que puede ser ampliamente verificada. Hasta un atacante del cristianismo, que impugna el conocimiento sobrenatural de Cristo, se ve obligado a admitir que "la porción relativa a la destrucción de la ciudad es singularmente definida, y corresponde muy de cerca al acontecimiento verdadero". (4) El puntual cumplimiento de la parte de la profecía que entra en el campo de la observación humana garantiza la verdad del resto, que no cae dentro de esa esfera. En la secuela de esta discusión, descubriremos que los sucesos que ahora parecen increíbles a muchos eran la confiada expectación y la esperanza de la era apostólica, y que los primeros cristianos estaban plenamente persuadidos de su realidad y su cercanía. Quedamos, pues, en este dilema: O las palabras de Jesús han fallado, y las esperanzas de sus discípulos han sido falsificadas, o de lo contrario esas palabras y esas esperanzas se han cumplido, y la profecía se ha cumplido plenamente en todas sus partes. Una cosa es cierta. La veracidad de nuestro Señor queda comprometida con la afirmación de que la totalidad y cada una de las partes de los acontecimientos contenidos en esta profecía habrían de tener lugar antes del fin de la generación existente. Si algún lenguaje puede reclamar para sí el ser preciso y definido, es el que nuestro Señor emplea para marcar los límites del tiempo dentro del cual se cumplirían sus palabras. Nuestro Señor guarda silencio sobre cualesquiera otras catástrofes, de otras naciones, en otras épocas, que puedan haber en el futuro. Él habla de su propia nación culpable, y de su venida judicial al final de la era, como habían predicho a menudo y claramente Malaquías, Juan el Bautista, y Jesús mismo. (5) De esto sus palabras han de ser tenidas por responsables; más allá de esto es mera especulación humana, las hipótesis de los teólogos, sin ninguna base segura en la Escritura.

Hemos, pues, tratado de rescatar esta gran profecía del método impreciso y nada crítico de interpretación por medio del cual ha sido tan oscurecida y embrollada; así que dejemos que nos transmita a nosotros el mismo significado distinto y claro que transmitió a los discípulos. Reverencia hacia la Palabra de Dios, y la debida consideración por los principios de interpretación, nos prohiben imponer construcciones no naturales y dobles sentidos, que en efecto "añadirían a las palabras de esta profecía". No nos atrevemos a jugar irresponsablemente con las expresas y precisas afirmaciones de Cristo. No encontramos sino una Parusía; un fin de la era; una catástrofe inminente; un terminus ad quem - "esta generación". Protesstamos contra la exégesis que manipula la Palabra de Dios tan libremente que se recomienda a sí misma a los ojos de muchos. "El Señor", se dice, "siempre está viniendo a los que esperan su aparición. Vemos su venida a gran escala en cada crisis de la gran historia humana. En revoluciones, en reformas, y en las crisis de nuestra historia individual. Para cada uno de nosotros, hay un advenimiento del Señor, tan a menudo como se nos presentan nuevos y mayores aspectos de la verdad, o somos llamados a entrar en deberes nuevos y quizás más laboriosos y emocionantes". (6) De esta manera, podría ser más difícil decir lo que no es una "venida del Señor". Pero, al convertirla en cualquier cosa y en todas las cosas, la convertimos en nada. Está vacía de toda precisión y realidad. No hay razón para que la encarnación, la crucifixión, y la resurrección no puedan, de manera similar, llegar a ser transacciones comunes y diarias, así como la Parusía. Una cosa es decir que los principios del gobierno divino son eternos e inmutables, y que, por lo tanto, lo que Dios hace a un pueblo, o a una época, hará en circunstancias similares a otras naciones y a otras épocas; otra cosa es decir que esta profecía tiene dos significados: uno para Jerusalén e Israel, y otro para el mundo y la consumación final de todas las cosas. Sostenemos, con Neander, que "las palabras de Cristo, como sus obras, contienen en sí mismas el germen de un desarrollo infinito, reservado para que lo revelen las edades futuras". (7) Pero esto no implica que la profecía es cualquier cosa que pueda concebir una fantasía ingeniosa, o que tenga sentidos ocultos o ulteriores que subyacen el significado aparente y natural del lenguaje. El deber del intérprete y estudiante de la Escritura es, no intentar lo que la Escritura pueda hacérsele decir, sino someter su comprensión de "los verdaderos dichos de Dios", que son por lo general tan sencillos como profundos. (8)



Notas:

1. Bampton Lecture, del Profesor Burton, p. 20.

2. El siguiente extracto ha sido tomado de un excelente artículo en el primer tomo de la Biblioteca Sacra (1843), por el Dr. E. Robinson, titulado "La Venida de Cristo". Hasta el ver. 42 del cap. 24 de Mateo, el Dr. Robinson sostiene la exclusiva referencia de la predicción a Jerusalén, y por esta razón menciona las interpretaciones que se refieren a ella como el "fin del mundo:"

"Ahora surge la pregunta de si, bajo estas limitaciones de tiempo, es posible una referencia del lenguaje de nuestro Señor al día del juicio y al fin del mundo en nuestro sentido de estos términos. Los que sostienen este punto de vista intentan de varias maneras deshacerse de las dificultades que surgen de estas limitaciones. Algunos asignan a (e.nqe,nj) el significado de súbitamente, como lo emplea la Sepuaginta en Job ver. 3 para el hebreo. Pero, aún en este pasaje, el propósito del escritor es simplemente marcar una secuencia inmediata - indicar que otro suceso más consecuente ocurre en seguida. Ni se ganaría nada aunque se pudiera disponer de la palabra (nqe,wj), con tal de que permaneciera la subsiguiente limitación a "esta generación". Y en esto también otros han tratado de referir genea a la raza de los judíos, o a los discípulos de Cristo, no sólo sin el más ligero fundamento, sino contrariamente a todo uso y a toda analogía. Todos estos intentos de aplicar la fuerza al significado del lenguaje son en vano, y ahora han sido abandonados por la mayoría de los comentaristas de nota".

Después de una exposición tan luminosa, es decepcionante descubrir que el Dr. Robinson deja de llevar consistentemente hasta el fin los principios con los cuales comenzó. Desconcertado por la conclusión anticipada de que "el juicio final" y "el fin del mundo" se encuentran en alguna parte de la profecía, e incapaz de ver dónde termina el tema de Jerusalén y dónde comienza el otro y mayor tema de la catástrofe mundial, adopta el siguiente método. Comenzando con la suposición de que la parábola de las ovejas y los cabritos tiene que describir el último evento, tantea su camino hacia atrás hasta la parábola anterior, la de los talentos, en la cual encuentra el mismo tema, la doctrina de la retribución final. Yendo aún más atrás, a la parábola de las diez vírgenes, descubre que el objeto de esa parábola es inculcar la misma verdad importante. Llega a la conclusión de que el capítulo veinticinco de Mateo debe, por lo tanto, referirse por entero a las transacciones del último gran día.

"Pero", continúa, "la última parte del cap. 24, es decir, desde el ver. 43 hasta el 51, está íntimamente conectada con la parábola inicial del ca. 25", que parece proporcionar suficiente base para considerar que este pasaje también se refiere al juicio futuro. En el ver. 43 de Mat. 24, por lo tanto, el Dr. Robinson cree que nuestro Señor abandona por completo el tema de Jerusalén y entra en un tema nuevo, el juicio del mundo.

En seguida es evidente que la totalidad de su razonamiento queda viciado por la falsa premisa con la cual comienza, o sea, la suposición de que la parábola de las ovejas y los cabritos se refiere al juicio de la raza humana. Ya hemos demostrado que no hay ningún nuevo comienzo en Mat. 24:48.

4. Contemporary Review, Nov. 1876. Véase la Nota B, Parte I.

5. Refiriéndose a la destrucción de Jerusalén, dice Jonathan Edwards: "Así, pues, hubo un final definitivo del mundo del Antiguo Testamento: Todo quedó concluído con una especie de día del juicio, en el cual el pueblo de Dios fue salvo, y sus enemigos destruidos de manera terrible". Historia de la Redención, vol. i, p. 445.

6. Evang. Meg. Feb. 1877, p. 69.

7. Life of Christ, 165.

8. Véase Nota A, Parte I.



DECLARACIÓN DE NUESTRO SEÑOR
ANTE EL SUMO SACERDOTE

Mat. 26:64

"Jesús le dijo: Tú lo has dicho; y además os digo, que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo".

Mar. 14:62

"Y Jesús le dijo: Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo".

Luc. 22:69

"Pero desde ahora el Hijo del Hombre se sentará a la diestra del poder de Dios".

La respuesta de nuestro Salvador a la solemne orden del sumo sacerdote para que declarase bajo juramento es la repetición, casi palabra por palabra, de lo que Jesús había declarado a los discípulos en el Monte de los Olivos: "Verán al Hijo del Hombre viniendo viniendo sobre las nubes del cielo con poder y gran gloria" (Mat. 24:30). Son, evidentemente, el mismo suceso y el mismo período a los que se hace referencia. El lenguaje implica que las personas a las que Jesús se dirige, o algunas de ellas, presenciarían el acontecimiento predicho. La expresión: "Veréis" no sería apropiada si se refiriera a algo que ninguno de los oyentes viviría para presenciarlo, y que no tendría lugar por miles de años. Nuestro Señor, pues, les dijo a sus jueces que ellos, o algunos de ellos, vivirían para verle venir en juicio, o viniendo en su reino. Esta declaración está en armonía con lo que nuestro Salvador dijo a sus discípulos: "El Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles ... De cierto os digo, que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino" (Mat. 16:27,28). Algunos de sus discípulos, y algunos de sus jueces, vivirían lo suficiente para presenciar aquella gran consumación, menos de cuarenta años después, cuando el Hijo del Hombre vendría en su reino a ejecutar los juicios de Dios sobre la nación culpable. Esto es precisamente lo que afirma la profecía del Monte de los Olivos: "No pasará esta generación", etc. Nuevamente aquí no tenemos ni oscuridad ni ambigüedad. Pero, ¿puede decirse otro tanto de la interpretación que hace que las palabras de nuestro Señor se refieran a un tiempo todavía futuro, y un suceso que todavía no ha tenido lugar? ¿Puede decirse otro tanto de la interpretación que encuentra en esta escena, que el Sanedrín judío habría de presenciar, no un suceso dintinto y particular, sino un proceso prolongado y continuo, que comenzó en la resurrección de Cristo, que continúa todavía, y que continuará hasta el fin del mundo?

Esta extraña interpretación, que es la de Lange y de Alford, se basa en parte en la suposición de que la predicción de nuestro Señor no se ha cumplido todavía, y en parte en la palabra "de aquí en adelante", que se cree indica un proceso continuo. (1) Pero, ¿es esa explicación creíble, o siquiera concebible? ¿Es verdad que el sumo sacerdote y el Sanedrín comenzaron, desde ese momento, a ver el Hijo del hombre venir en las nubes del cielo?, etc. ¿Cómo podría tal aparición ser un proceso continuo? Claramente, las palabras sólo pueden referirse a un acontecimiento definido y específico; y no podemos sentirnos inseguros al establecer de qué acontecimiento se trata. No puede ser otro que la Parusía, tan a menudo predicha antes. Ése no fue un proceso prolongado, sino un acto sumario - súbito, rápido, conspicuo, como el relámpago. El sentido queda bien expresado por los editores del Critical English Testament: "El sentido no puede ser que él vendría y así le verían inmediatamente después del momento de su respuesta; sino más bien, que él ahora partiría de ellos, y que la siguiente vez que le vieren, después de su rechazo por ellos, sería en su venida en gloria, como lo predijo el profeta Daniel". (2)

En esta declaración de nuestro Señor encontramos, entonces, una confirmación adicional de sus anteriores afirmaciones de que su venida por segunda vez tendría lugar durante la generación existente. Algunos de sus jueces, así como algunos de sus discípulos, habrían de presenciarla; ¡y esa afirmación no tendría ningún significado si no implicara que ellos habrían de presenciarla con sus propios ojos!





Predicción de los ayes que vendrían sobre Jerusalén

Lucas 23:27-31. "Y le seguía gran multitud del pueblo, y de mujeres que lloraban y hacían lamentación por él. Pero Jesús, vuelto hacia ellas, les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos. Porque he aquí vendrán días en que dirán: Bienaventuradas las estériles, y los vientres que no concibieron, y los pechos que no criaron. Entonces comenzarán a decir a los montes: Caed sobre nosotros; y a los collados: Cubridnos. Porque si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué no se hará?"

Aquí tenemos una afirmación tan clara, tan definida en cada punto que puede fijar su referencia - tiempo, lugar, personas, circunstancias - que no queda lugar para la incertidumbre. Apunta a un tiempo que no estaba muy distante, sino a las puertas - "vendrán días" - un tiempo que las personas a las cuales se hablaba y sus niños vivirían para presenciar; un tiempo de gran tribulación, que caería con particular severidad sobre las mujeres y los niños; un tiempo cuando, en la agonía de su terror, las multitudes desesperadas clamarían a los montes y a los collados para que cayeran sobre ellos y les cubrieran.

Se encontrará que aquellos memorables detalles serán sumamente valiosos en la elucidación de la profecía bíblica en la etapa subsiguiente de de esta investigación. Mientras tanto, es claro que esta patética descripción puede referirse solamente a la catástrofe de Jerusalén en los últimos días de su historia. Sólo tenemos que ir a las páginas de Josefo para encontrar los hechos que ilustran y confirman el lenguaje de nuestro Salvador. Los horrores de aquella trágica historia culminan en el episodio de María de Perea, cuyo banquete tiesteano horrorizó hasta a los despiadados bandidos que merodeaban como lobos hambrientos por la ciudad. Es a la luz de incidentes como éste que vemos el pleno significado de las palabras: "Bienaventuradas las estériles, y [bienaventurados] los vientres que no concibieron".

Es con un movimiento de algo como impaciencia que escuchamos a Stier, seducido por el ignis fatuus de un doble significado, insistir en un oculto significado de las palabras de nuestro Salvador: "Habló expresa y principalmente del juicio de Jerusalén e Israel, pero contemplaba y se refería a lo que se había anunciado en este tipo histórico, el juicio de todos los impenitentes, y de todos los incrédulos en común, hasta el fin". (3) Así dice también Alford, siguiendo a Stier. Sin embargo, está sólo en la imaginación del expositor el que esta referencia ulterior existe: no hay sugerencia de él en el texto; y es con cierto grado de asombro que encontramos a un crítico erudito que va tan lejos en el olvido de su verdadera vocación que declara que "el cumplimiento histórico, real, y específico" es "lo de menos: el significado de la palabra llega mucho más allá". Si alguna vez hubo un caso en el cual no se debe pensar en significados dobles y cumplimientos típicos, seguramente es aquí". En esa hora de angustia, no podía haber sino un solo pensamiento presente en el corazón de Jesús. Veía la tormenta de ira que cobraba fuerza, y en la que la ciudad dedicada pronto habría de quedar envuelta, y que estallaría con tal violencia sobre la tierna y delicada, los niños y las madres de Jerusalén, y reciprocaba la lástima de aquellos corazones compasivos, más conmovido en ese momento por los sufrimientos anticipados de ellos que por los suyos. ¿Qué necesidad hay de ir más allá de aquella trágica catástrofe, y buscar otra, concerniente a la cual el contexto guarda completo silencio?





La Oración del Ladrón Penitente

Lucas 23:42. "Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino".

El único punto que nos concierne en este memorable incidente es la referencia que el malhechor hizo a la venida de nuestro Señor en su reino". Cualquiera sea el modo en que había adquirido este conocimiento, reconoció en el rechazado Profeta que estaba a su lado al Rey de Israel, el Hijo de Dios. Creía que, a pesar de que Israel lo había rechazado y crucificado, un día vendría otra vez "en su reino". ¡Maravillosa fe en un hombre como éste y en un momento como éste! Si el ladrón en la cruz hubiese escuchado el testimonio de Jesús delante del sumo sacerdote, o si hubiese sabido lo que Jesús había dicho a sus discípulos, de que "algunos de ellos no verían muerte hasta que hubiesen visto al Hijo del hombre viniendo en su reino", podríamos explicarnos mejor su fe y su oración. De todos modos, no podría haber habido más inteligencia y precisión en el lenguaje de un discípulo que en las palabras de este "tizón arrebatado del incendio". No tenemos modo de saber qué idea tenía el malhechor con respecto al tiempo de esa venida - si la había concebido como cercana o como distante; pero es presumible que la consideraba cercana. Un moribundo difícilmente oraría para que fuese recordado en alguna época distante, después de que hubiesen pasado siglos y milenios. En esa crisis, sólo lo inminente o lo inmediato podría estar en sus pensamientos. Una cosa parece segura: la más inverosímil de todas las interpretaciones es la que representaría su oración como todavía sin contestar, y la "venida" de la cual hablaba como todavá entre los sucesos de un futuro desconocido.

La Comisión Apostólica

Mat. 28:19,20

"Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén".

Mar. 16:15,20

"Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura".

"Y ellos, saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían. Amén".

Luc. 24:47

"Y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén".

Es usual considerar esta comisión como si estuviera dirigida a toda la Iglesia Cristiana en todos los tiempos. No hay duda de que es permisible inferir de estas palabras la obligación perpetua, que descansa sobre todos los cristianos en todos los tiempos, de propagar el evangelio a todas las naciones; pero es importante considerar las palabras en su referencia correcta y original. Es la comisión de Cristo a mensajeros escogidos, designándoles para su obra evangelística, y asegurándoles su constante presencia y protección. Tiene una especial aplicación para los apóstoles que no puede tener para nadie más. Ya hemos advertido el hecho de que los discípulos, a los que se les dio esta misión, no parecen haberla entendido en el sentido de que debían extender su obra evangelística más allá de los linderos de Palestina, o predicar el evangelio a judíos y a gentiles indiscriminadamente. Es seguro que no llevaron a cabo esta comisión inmediatamente, ni lo hicieron por años, en su sentido más amplio; ni parece probable que jamás lo hubiesen hecho así sin una revelación expresa. Como la mostrado el Dr. Burton, no menos de quince años pasaron entre la conversión de Pablo y su primer viaje apostólico para predicarles a los gentiles. "Tampoco hay ninguna evidencia de que, durante ese período, los otros apóstoles rebasaran los confines de Judea". (4) Hay, pues, mucha probabilidad en la opinión de que el lenguaje de la comisión apostólica no transmitió a sus mentes la misma idea que a nosotros, y que, como ya hemos visto, la frase "todas las naciones" [pa,nta ta e[qnj] equivale realmente a todas las tribus de la tierra" [pa/sai a,i,qnlai.gh/j].

Pero lo que especialmente merece notarse es la notable limitación de tiempo, el "terminus ad quem" especificado aquí por el Salvador. "He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" [suntelei,aj ton/ai.w/nj]. Nada puede ser más confuso para el lector de habla inglesa que la traducción "fin del mundo", que inevitablemente sugiere el fin de la historia humana, el fin del tiempo, y la destrucción de la tierra, un significado que las palabras no soportan. Lange, aunque está lejos de aprehender el verdadero significado de la frase, da el sentido correcto: "la consumación de la era secular, o el período de tiempo que termina con la Parusía". ¿Qué puede ser más evidente que el hecho de que la promesa de Cristo de estar con sus discípulos hasta el fin del tiempo implica que ellos habrían de vivir hasta el fin de esa época? Aquella gran consumación no estaba lejos; el Señor había hablado de ella a menudo, y siempre como un suceso que se aproximaba, un suceso que algunos de ellos vivirían para ver. Era la conclusión de la dispensación mosaica; el fin del gran período de prueba de la nación teocrática; cuando la estructura entera del sistema judío habría de ser barrida, y "el reino de Dios vendría con poder". Este gran suceso, había declarado nuestro Señor, habría de ocurrir dentro de los límites de la generación que entonces existía. El "fin del tiempo" coincidió con la Parusía, y la señal externa y visible por la cual se distingue es la destrucción de Jerusalén. Este es el terminus por el cual el campo está delimitado en el Nuevo Testamento. Para Israel era "el fin", "el fin de todas las cosas", "el pasar del cielo y la tierra", la abrogación del antiguo orden, la inauguración del nuevo. De esta época providencial, la historia nos dice mucho, pero la profecía nos dice más. La historia nos muestra las señales predichas que se cumplían; los síntomas premonitorios de la catástrofe que se aproximaba - los falsos Cristos, las guerras y los rumores de guerras; las insurrecciones y los disturbios; los terremotos, las hambres y pestilencias; las persecuciones y tribulaciones; las legiones invasoras de Roma; la ciudad sitiada y capturada; el templo en llamas; las multitudes masacradas; las nación extinguida. Pero la historia no puede levantar el velo que cuelga sobre el mundo espiritual; nos conduce hasta el borde mismo, y nos invita a adivinar el resto. Pero nosotros tenemos una palabra profética más segura que, en vez de conjeturas, nos da seguridad. Revela al "Hijo del hombre viniendo en su gloria"; al Rey sentado en el trono; el juicio iniciado, y los libros abiertos. Revela las ovejas y los cabritos separados los unos de las otras; los justos entrando en la vida eterna; los impíos enviados al castigo eterno. Si no tenemos verificación histórica de lo invisible y lo espiritual, como la tenemos de los elementos visibles y materiales de esta consumación, es porque ellos no están en la naturaleza de las cosas que se pueden conocer igualmente por medio de los sentidos. Pero los aceptamos por la fe en su palabra, que declaró: "De cierto os digo, todas estas cosas vendrán sobre esta generación"; y nuevamente: "De cierto os digo, que no pasará esta generación sin que se cumplan todas estas cosas". "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán". El cumplimiento literal de todo lo que cae dentro de la esfera de la observación humana es garante de la credibilidad del resto, que pertenece al ámbito de lo invisible y lo espiritual.



Notas:

1. (a/rti) en el griego posterior vino a significar "pronto", "en la actualidad". Véase a Liddell y Scott, y por eso, nuestros traductores, escriben correctamente "desde ahora", que deja el tiempo real del suceso en el futuro, pero no necesariamente inmediato. Critical English Test, vol. iii, p. 860, nota.

2. Critical English Test, vol. iii, p. 860.

3. Reden Jesu, vol. vii. p. 426.





 
 

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