"Cuando Jesús salió
del templo y se iba, se acercaron sus discípulos para mostrarle los
edificios del templo. Respondiendo él, les dijo:
¿Veis todo esto? De cierto os digo, que no
quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada.
Y estando él
sentado en el Monte de los Olivos, los discípulos se le acercaron
aparte, diciendo: Dinos, ¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá
de tu venida y del fin del siglo [época]?"
Marcos 13:1-4
"Saliendo Jesús del
templo, le dijo uno de sus discípulos: Maestro, mira qué piedras, y qué
edificios.
Jesús,
respondiendo, le dijo: ¿Ves estos
grandes edificios? No quedará piedra sobre piedra, que no sea derribada.
Y se sentó en el
monte de los Olivos, frente al templo. Y Pedro, Jacobo, Juan y Andrés
le preguntaron aparte: Dinos, ¿cuándo serán estas cosas? ¿Y qué señal
habrá cuando todas estas cosas hayan de cumplirse?"
Lucas 21:5-7
"Y a unos que
hablaban de que el templo estaba adornado de hermosas piedras y
ofrendas votivas, dijo:
En cuanto a estas cosas que veis, días
vendrán en que no quedará piedra sobre piedra, que no sea destruida.
Y le preguntaron,
diciendo: Maestro, ¿cuándo será esto? ¿y qué señal habrá cuando estas
cosas estén para suceder?"
Podemos
concebir la sorpresa y la consternación que sintieron los
discípulos cuando Jesús les anunció la completa
destrucción que se avecinaba sobre el templo de Dios, cuya
belleza y cuyo esplendor había excitado su admiración.
No es sorprendente que cuatro de ellos, que parecen haber sido
admitidos a una más íntima familiaridad que el resto,
buscasen información más completa sobre un tema tan
intensamente interesante. El único punto que requiere
aclaración aquí se refiere a la extensión de su
interrogatorio. Marcos y Lucas lo representan como haciendo
referencia al tiempo de la catástrofe predicha y a
la
señal de la inminencia de su cumplimiento. Mateo varía
la forma de la pregunta, pero es evidente que tiene el mismo sentido:
"Dinos, ¿cuándo serán estas cosas? ¿y
qué señal habrá de tu venida, y del fin del
mundo [época]?" Aquí nuevamente es el tiempo y la
señal lo que forma el tema de la pregunta. No hay razón
en absoluto para suponer que en sus mentes consideraban la
destrucción del templo, la venida del Señor, y el fin
de la época, como tres acontecimientos distintos o ampliamente
separados entre sí; sino que, por el contrario, es
completamente natural suponer que los consideraban a todos ellos como
coincidentes y contemporáneos. Qué idea precisa tenían
con respecto al fin de la época y a los acontecimientos
conectados con él, no lo sabemos; pero sí sabemos que
estaban acostumbrados a oir hablar a su Maestro de que vendría
nuevamente con su reino, en su gloria, y durante la vida de algunos
de ellos. También le habían oído hablar del "fin
del siglo"; y es evidente que relacionaban su "venida"
con el fin de la época. Por lo tanto, los tres puntos
abarcados por su pregunta, como los presenta Mateo, eran considerados
por ellos como contemporáneos; por eso, no encontramos ninguna
diferencia práctica en los términos de la pregunta de
los discípulos como está registrada por los autores de
los evangelios sinópticos.
II.
RESPUESTA DE NUESTRO SEÑOR A
LOS DISCÍPULOS
(a) Sucesos que más
remotamente debían preceder la consumación
Mateo 24:4-14
"Respondiendo
Jesús, les dijo: Mirad que nadie os
engañe. Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo;
y a muchos engañarán. Y oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad
que no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca; pero
aún no es el fin. Porque se levantará nación contra nación, y reino
contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes
lugares. Y todo esto será principio de dolores. Entonces os entregarán
a tribulación, y os matarán, y seréis aborrecidos de todas las gentes
por causa de mi nombre. Muchos tropezarán entonces, y se entregarán
unos a otros, y unos a otros se aborrecerán. Y muchos falsos profetas
se levantarán, y engañarán a muchos; y por haberse multiplicado la
maldad, el amor de muchos se enfriará. Mas el que persevere hasta el
fin, éste será salvo. Y será predicado este evangelio del reino en todo
el mundo, por testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el
fin".
Marcos 13:5-13
"Jesús,
respondiéndoles, comenzó a decir: Mirad
que nadie os engañe; porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo
soy el Cristo; y engañarán a muchos. Mas cuando oigáis de guerras y de
rumores de guerras, no os turbéis, porque es necesario que suceda así;
pero aún no es el fin. Porque se levantará nación contra nación, y
reino contra reino; y habrá terremotos en muchos lugares, y habrá
hambres y alborotos; principios de dolores son estos. Pero mirad por
vosotros mismos; porque os entregarán a los concilios, y en las
sinagogas os azotarán; y delante de gobernadores y de reyes os llevarán
por causa de mí, para testimonio a ellos. Y es necesario que el
evangelio sea predicado antes a todas las naciones. Pero cuando os
trajeren para entregaros, no os preocupéis por lo que habéis de decir,
ni lo penséis, sino lo que os fuere dado en aquella hora, eso hablad;
porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu Santo. Y el
hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; y se
levantarán los hijos contra los padres, y los matarán. Y seréis
aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas el que persevere hasta
el fin, éste será salvo".
Lucas 11:8-19
"El entonces dijo: Mirad que no seáis engañados; porque vendrán
muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo, y: El tiempo está
cerca. Mas no vayáis en pos de ellos. Y cuando oigáis de guerras y de
sediciones, no os alarméis; porque es necesario que estas cosas
acontezcan primero; pero el fin no será inmediatamente.
Entonces les dijo: Se levantará nación contra nación, y reino
contra reino; y habrá grandes terremotos, y en diferentes lugares
hambres y pestilencias; y habrá terror y grandes señales del cielo.
Pero antes de todas estas cosas os echarán mano, y os perseguirán, y os
entregarán a las sinagogas y a las cárceles, y seréis llevados ante
reyes y ante gobernadores por causa de mi nombre. Y esto os será
ocasión para dar testimonio. Proponed en vuestros corazones no pensar
antes cómo habéis de responder en vuestra defensa; porque yo os daré
palabra y sabiduría, la cual no podrán resistir ni contradecir todos
los que se opongan. Mas seréis entregados aun por vuestros padres, y
hermanos, y parientes, y amigos; y matarán a algunos de vosotros; y
seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre. Pero ni un cabello
de vuestra cabeza perecerá. Con vuestra paciencia ganaréis vuestras
almas".
Es
imposible leer esta sección sin percibir su clara referencia
al período entre la crucifixión de nuestro Señor
y la destrucción de Jerusalén. Cada una de las palabras
fue dirigida a los discípulos, y solamente a ellos. Imaginar
que el "vosotros" de este discurso se aplica, no a los
discípulos a quienes Jesús hablaba, sino a algunas
personas desconocidas y todavía inexistentes en una lejana
época en el futuro es una suposición tan absurda que no
merece que se le preste atención seria.
De
que las palabras de nuestro Señor tuvieron plena verificación
durante el intervalo entre su crucifixión y el fin de aquella
época, tenemos el más amplio testimonio. Falsos Cristos
y falsos profetas comenzaron a aparecer al comienzo mismo de la era
cristiana, y continuaron infestando el país hasta el final
mismo de la historia judía. En la procuraduría de
Pilatos (36 d. C.), apareció uno de ellos en Samaria, y engañó
a grandes multitudes. Hubo otro en la procuraduría de Cuspio
Fado (45 d. C.). Josefo nos dice que, durante el gobierno de Félix
(53-60), "el país estaba lleno de ladrones, magos, falsos
profetas, falsos mesías, e impostores", que engañaban
al pueblo con promesas de grandes acontecimientos. (1)
La misma autoridad nos informa que en aquellos días abundaban
las conmociones civiles y enemistades internacionales, especialmente
entre los judíos y sus vecinos. En Alejandría,
Seleucia, Siria, y Babilonia, hubo violentos tumultos entre judíos
y griegos, y entre judíos y sirios, que habitaban en las
mismas ciudades. "Cada ciudad estaba dividida", dice
Josefo, "en dos bandos". En el reinado de Calígula,
había gran aprensión en Judea por la posibilidad de una
guerra con los romanos, a consecuencia de la propuesta del tirano de
poner una estatua suya en el templo. Durante el reinado del emperador
Claudio (41-54 d. C.), hubo cuatro temporadas de gran escasez. En el
cuarto año de su reinado, la hambruna en Judea fue tan severa,
que el precio de los alimentos era enorme, y pereció gran
número de habitantes. Ocurrieron terremotos durante los
reinados de Calígula y de Claudio. (2)
El
Señor dio a entender a sus discípulos que tales
calamidades precederían el "fin". Pero no eran sus
antecedentes inmediatos. Eran el "principio del fin"; pero
"todavía no es el fin".
En
este punto (ver. 9-13), nuestro Señor pasa de lo general a lo
particular; de lo público a lo personal; de las fortunas de
naciones y reinos a las fortunas de los discípulos mismos.
Mientras estos sucesos ocurrían, los apóstoles habrían
de ser objetos de sospecha por parte de los poderes gobernantes.
Habrían de ser llevados delante de los concilios, gobernantes,
y reyes; habrían de ser encarcelados, azotados en las
sinagogas, y odiados por todos los hombres por amor a Jesús.
Cuán
exactamente se verificó todo esto en la experiencia personal
de los discípulos, podemos leerlo en los Hechos de los
Apóstoles y en las epístolas de Pablo. Pero la divina
promesa de protección en la hora de peligro se cumplió
de modo notable. Con la sola excepción de "Santiago, el
hermano de Juan", ningún apóstol parece haber sido
víctima de malévola persecución por parte de sus
enemigos hasta el fin de la historia apostólica, como se
registra en Hechos (63 d. C.).
Otra
señal habría de preceder y entronizar la consumación.
"Será predicado este evangelio del reino en todo el mundo
[oi.koume,ne] por testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá
el fin". Ya hemos notado el cumplimiento de esta predicción
en la era apostólica. Tenemos la autoridad de Pablo para la
difusión universal del evangelio en sus días, que
verificaría el dicho de nuestro Señor. (Véase
Col. 1:6, 23). De no ser por este testimonio explícito del
apóstol, sería imposible persuadir a algunos
expositores de que las palabras de nuestro Señor se habían
cumplido en algún sentido antes de la destrucción de
Jerusalén; tal idea habría sido considerada mera
extravagancia y capricho. Ahora, sin embargo, la objeción no
puede alegarse razonablemente.
Aquí
puede ser adecuado recordar la observación de tiempo, dada a
los discípulos en una ocasión anterior como indicación
de la venida de nuestro Señor: "De cierto os digo, que no
acabaréis de recorrer todas las ciudades de Israel, antes que
venga el Hijo del Hombre" (Mat. 10:23). Comparando esta
declaración con la predicción que tenemos delante (Mat.
24:14), podemos ver la perfecta consistencia de las dos afirmaciones,
y también el "terminus ad quem" en ambas. En un
caso, es la evangelización del territorio de Israel; en el
otro, la evangelización de Imperio Romano al cual se hace
referencia como el precursor de la Parusía. Ambas afirmaciones
son verdaderas. Ocuparía el espacio de una generación
llevar las buenas nuevas a cada ciudad en Israel. Los apóstoles
no tenían mucho tiempo para su misión en su propio
país, pues tenían en sus manos una misión tan
vasta en territorio extranjero. Obviamente, tenemos que tomar en
sentido popular el lenguaje empleado por Pablo, así como por
nuestro Señor, y no sería justo llevarlo al extremo de
la letra. La amplia difusión del evangelio tanto en Israel
como a través del Imperio Romano es suficiente para justificar
la predicción de nuestro Señor.
Hasta
ahora, tenemos un discurso continuo, relacionado con un solo
acontecimiento, y referido y dirigido a personas particulares.
Encontramos cuatro señales, o series de señales, que
habrían de anunciar la aproximación de la gran
catástrofe.
1.
La aparición de falsos Cristos y falsos profetas.
2.
Grandes disturbios sociales, y calamidades y convulsiones naturales.
3.
Persecución de los discípulos y apostasía de los
creyentes profesos.
4.
Difusión general del evangelio a través del imperio
romano.
Esta
última señal anunciaba especialmente la cercana
proximidad del "fin".
(b) Más indicaciones de la
cercana condenación de Jerusalén
Mateo 24:15-22
"Por tanto, cuando veáis en el lugar santo la
abominación desoladora de que habló el profeta Daniel (el que lee,
entienda), entonces los que estén en Judea, huyan a los montes. El que
esté en la azotea, no descienda para tomar algo de su casa; y el que
esté en el campo, no vuelva atrás para tomar su capa. Mas ¡ay de las
que estén encintas, y de las que críen en aquellos días! Orad, pues,
porque vuestra huida no sea en invierno ni en día de reposo; porque
habrá entonces gran tribulación, cual no la ha habido dese el principio
del mundo hasta ahora, ni la habrá. Y si aquellos días no fuesen
acortados, nadie sería salvo; mas por causa de los escogidos, aquellos
días serán acortados".
Marcos 13:14-20
"Pero cuando veáis la abominación desoladora de que
habló el profeta Daniel, puesta donde no debe estar (el que lee,
entienda), entonces los que estén en Judea huyan a los montes. El que
esté en la azotea, no descienda a la casa, ni entre para tomar algo de
su casa; y el que esté en el campo, no vuelva atrás a tomar su capa.
Mas ¡ay de las que estén encintas, y de las que críen en aquellos días!
Orad, pues, que vuestra huida no sea en invierno; porque aquellos serán
de tribulación cual nunca ha habido desde el principio de la creación
que Dios creó, hasta este tiempo, ni la habrá. Y si el Señor no hubiese
acortado aquellos días, nadie sería salvo; mas por causa de los
escogidos que él escogió, acortó aquellos días".
Lucas 21:20-24
"Pero cuando viereis a Jerusalén rodeada de
ejércitos, sabed entonces que su destrucción ha llegado. Entonces los
que estén en Judea, huyan a los montes; y los que en medio de ella,
váyanse; y los que estén en los campos, no entren en ella. Porque estos
son días de retribución, para que se cumplan todas las cosas que están
escritas. Mas ¡ay de las que estén encintas, y de las que críen en
aquellos días! porque habrá gran calamidad en la tierra, e ira sobre
este pueblo. Y caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a
todas las naciones; y Jerusalén será hollada por los gentiles, hasta
que los tiempos de los gentiles se cumplan".
No
se necesita ningún argumento para probar la referencia
estricta y exclusiva de esta sección a Jerusalén y a
Judea. Aquí no podemos detectar ningún rastro de doble
sentido, de cumplimiento primario y ulterior, de sentidos subyacentes
y típicos. Todo es nacional, local, y cercano; "la
tierra" es la tierra de Judea; "este pueblo" es el
pueblo de Israel, y "la vida de los discípulos" --
"cuando veáis".
La
mayoría de los expositores encuentran una alusión a los
estandartes de las legiones romanas en la expresión "la
abominación desoladora", y la explicación es
altamente probable. Las águilas eran para los soldados objetos
de culto religioso; y el pasaje paralelo en Lucas es evidencia casi
concluyente de que éste es el verdadero significado. Sabemos
por Josefo que el intento de un general romano (Vitelio) en el
reinado de Tiberio, de hacer marchar sus tropas a través de
Judea, fue resistido por las autoridades judías basándose
en que las imágenes idólatras de sus emblemas serían
una profanación de la ley (3).
¡Cuánto mayor fue la profanación cuando esos
emblemas idólatras fueron exhibidos a plena luz en el templo y
la Santa Ciudad! Esta sería la última señal que
anunciaba que la hora de la destrucción de Jerusalén
había llegado. Su aparición había de ser la
señal para que todos los que estaban en Judea escaparan más
allá de las montañas [e.pi.ta.o.rh], pues luego se
iniciaría un período de sufrimiento y horror sin
paralelo en los anales de la historia.
Que
la "gran tribulación" [qliyij mega,lh] (Mat. 24:21)
hace referencia expresa a las terribles calamidades que acompañaron
al sitio de Jerusalén, que fueron especialmente severas para
el sexo femenino, es demasiado evidente para ser puesto en duda. Que
aquellas calamidades fueron literalmente sin paralelo, lo pueden
creer fácilmente todos los que han leído la horrorosa
narración en las páginas de Josefo. Es notable que el
historiador comienza su relato de la guerra judía con la
afirmación de "que, en su opinión, la suma del
sufrimiento humano desde el principio del mundo sería ligero
en comparación con el de los judíos". (4)
La
siguiente descripción gráfica presenta la trágica
historia de la desdichada madre cuya horrible comida puede haber
estado en el pensamiento de nuestro Salvador cuando pronunció
las palabras registradas en Mateo 24:19:
"Incalculable
fue la multitud de los que perecieron de hambre en la ciudad, e
indescriptibles fueron los sufrimientos que experimentaron. En cada
caso, si aparecía en alguna parte siquiera una sombra de
alimento, se producía un conflicto; los que estaban unidos por
los más tiernos lazos luchaban entre sí ferozmente,
arrebatándose el uno al otro los miserables sostenes de la
vida. Ni siquiera a los moribundos se les permitía satisfacer
su necesidad; no, aún aquéllos que estaban en el
momento de expirar eran esculcados por los bandoleros, por si acaso
alguno fingía estar muerto y ocultaba algún alimento
entre los pliegues de sus ropas. Boquiabiertos de hambre, como perros
enloquecidos, iban tambaleándose de un lado para otro,
rondando, golpeando las puertas como borrachos, y desconcertados
penetrando en la misma casa dos o tres veces en una hora. La urgencia
de la naturaleza les llevaba a morder cualquier cosa, y lo que sería
rechazado por los más sucios de la creación bruta de
buena gana lo recogían para comerlo. Al final, no pudieron
refrenarse de comer ni siquiera los cinturones y los zapatos, y
arrancaban y masticaban el cuero mismo de sus escudos. A algunos les
servían de alimento las briznas de paja vieja; porque las
fibras eran recogidas y las cantidades más pequeñas
eran vendidas por cuatro piezas de Ática.
Pero, por qué
hablar del hambre como despreciable restricción en el uso de
lo inanimado, cuando estoy a punto de relatar un caso de ella para el
cual, en la historia de los griegos y los bárbaros, no se
encuentra paralelo, y que es tan horrible de relatar e increíble
de oír? Ciertamente, con gusto habría omitido mencionar
lo sucedido, no fuera a ser que las generaciones futuras pensaran que
yo me ocupaba de lo maravilloso, si no tuviese innumerables testigos
entre mis contemporáneos. Además, haría a mi
pueblo un flaco favor si suprimiera la narración de las
calamidades que en realidad sufrió". (5)
Que
nuestro Señor tenía en mente los horrores que habrían
de descender sobre los judíos durante el sitio, y no ningún
acontecimiento subsiguiente al final del tiempo, es perfectamente
claro por las palabras finales del versículo 21: "Ni la
habrá".
(c) Los discípulos
advertidos contra los falsos profetas
Mateo 24:23-28
"Entonces, si alguno os dijere: Mirad, aquí está el
Cristo, o mirad, allí está, no lo creáis. Porque se se levantarán
falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios,
de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos. Ya
os lo he dicho antes. Así que, si os dijeren: Mirad, está en el
desierto, no salgáis; o mirad, está en los aposentos, no lo creáis.
Porque como el relámpago que sale del oriente y se muestra hasta el
occidente, así será también la venida del Hijo del Hombre. Porque
dondequiera que estuviere el cuerpo muerto, allí se juntarán las
águilas".
Marcos 13:21-23
"Entonces si alguno os dijere: Mirad, aquí está el
Cristo; o, mirad, allí está, no le creáis. Porque se levantarán falsos
Cristos y falsos profetas, y harán señales y prodigios, para engañar,
si fuese posible, aun a los escogidos. Mas vosotros mirad; os lo he
dicho todo antes".
Todavía
no hemos encontrado ninguna interrupción en la continuidad del
discurso; ni la más ligera indicación de que ha tenido
lugar una transición hacia algún otro tema o algún
otro período. La narración es perfectamente homogénea
y consecutiva, y fluye hacia adelante sin apartarse ni a la derecha
ni a la izquierda.
Lo
mismo es cierto con respecto a la sección que ahora nos ocupa.
La mera primera palabra indica continuidad. "Entonces"
[to,te], y cada una de las palabras subsiguientes está
claramente dirigida a los discípulos mismos, para su
advertencia e instrucción personales. Es claro que nuestro
Señor les da indicios de lo que ocurriría en breve, o
por lo menos lo que podían esperar ver con sus propios ojos si
estaban vivos. Es una vívida representación de lo que
en realidad ocurrió en los últimos días de la
comunidad judía. Los desdichados judíos, y
especialmente el pueblo de Jerusalén, eran alentados con
falsas esperanzas por impostores especiosos que infestaban el país
y trajeron ruina sobre sus miserables primos. Tal era el engaño
producido por las jactanciosas pretensiones de estos impostores que,
como nos enteramos por Josefo, cuando el templo estaba de veras en
llamas, una vasta multitud del pueblo engañado cayó
víctima de su credulidad. El historiador judío afirma:
"De tan
grande multitud, ni uno solo escapó. Su destrucción fue
causada por un falso profeta, que en aquel día proclamó
a los que permanecían en la ciudad, que 'Dios les había
mandado que subieran al templo, donde recibirían las señales
de su liberación'. En ese tiempo había muchos profetas
sobornados por los tiranos para que engañaran al pueblo,
diciéndoles que esperaran ayuda de Dios, para que hubiese
menos deserciones, y para que los que no tenían ni temor ni
control fueran alentados con esperanzas. Bajo la presión de la
calamidad, el hombre en seguida cede a la persuasión, pero
cuando el engañador le presenta la liberación de males
apremiantes, entonces el sufriente es completamente influido por la
esperanza. Fue así como los impostores y pretendidos
mensajeros del cielo engañaron a los desdichados en aquel
tiempo". (6)
Nuestro
Señor advierte a sus discípulos que su venida a aquella
escena de juicio sería conspicua y repentina como el
relámpago, que se revela y parece estar en todas partes al
mismo tiempo. "Porque", añade, "dondequiera que
estuviere el cuerpo muerto, allí se juntarán las
águilas". Esto es, dondequiera que se encontraran los
culpables y devotos hijos de Israel, allí les abrumarían
los destructores ministros de la ira, las legiones romanas.
(d) La llegada del "fin",
o la catástrofe de Jerusalén
Mateo 24:29-31
"E inmediatamente después de la tribulación de
aquellos días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y
las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los cielos serán
conmovidas. Enonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo;
y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo
del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria.
Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus
escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el
otro".
Marcos 13:24-27
"Pero en aquellos días, después de aquella
tribulación, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y
las estrellas caerán del cielo, y las potencias que están en los cielos
serán conmovidas. Entonces verán al Hijo del Hombre, que vendrá en las
nubes con gran poder y gloria. Y entonces enviará sus ángeles, y
juntará a sus escogidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la
tierra hasta el extremo del cielo".
Lucas 21:25-28
"Entonces habrá señales en el sol, en la luna, y en
las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, confundidas a
causa del bramido del mar y de las olas, desfalleciendo los hombres por
el temor y la expectación de las cosas que sobrevendrán en la tierra;
porque las potencias de los cielos serán conmovidas. Entonces verán al
Hijo del Hombre, que vendrá en una nube con poder y gran gloria. Cuando
estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza,
porque vuestra redención está cerca".
Aquí
también la fraseología prohibe absolutamente la idea de
cualquier transición del tema de que se habla a otro. No hay
nada que indique que la escena ha cambiado, o que un nuevo tema ha
sido introducido. La sección que tenemos delante se conecta
con toda claridad con la "gran tribulación" de que
se habla en el versículo 21 de Mateo 24, y es inadmisible
suponer cualquier intervalo de tiempo en vista de la presencia del
adverbio "inmediatamente" (e.uqe,uj de). Pero la escena de
la gran tribulación es innegablemente Jerusalén y Judea
(ver. 15, 16), de manera que no hay lugar para ninguna interrupción
en el tema del discurso. Nuevamente, en el versículo 30,
leemos que "lamentarán todas las tribus de la tierra
[pa/sai ai, fulai. th/j gh/j],
refiriéndose evidentemente
a la población del territorio de Judea; y nada puede ser más
forzado ni antinatural que hacer que la expresión incluya,
como hace Lange, a "todas las razas y todos los pueblos"
del globo terráqueo. El sentido restringido de la palabra (gh)
[=tierra] en el Nuevo Testamento es común; y cuando está
conectada, como lo está aquí, con la palabra "tribus"
[fulaii], su limitación a la tierra de Israel es obvia. Esta
es la posición adoptada por el Dr. Campbell y Moses Stuart, y
en realidad se explica por sí sola. Encontramos una expresión
similar en Zac. 12:12 - "Todas las familias [tribus] de la
tierra", donde su sentido restringido es obvio e indiscutible.
Los dos pasajes son, de hecho, exactamente paralelos, y nada podría
ser más confuso que entender la frase como si incluyera a
"todas las razas de la tierra". La estructura del discurso,
pues, resiste inflexiblemente la suposición de un cambio de
tema. Tiempo, lugar, circunstancias, todo continúa lo mismo.
Por lo tanto, es con no fingido asombro que encontramos a Dean Alford
comentando de la siguiente manera: "Toda la dificultad que se ha
supuesto que esta palabra [inmediatamente - e.uqe,wj] involucra ha
surgido de confundir el cumplimiento de la profecía con su
cumplimiento último. La importante inserción en los
ver. 23, 24 de Lucas 21 nos muestra que la 'tribulación'
[qliyij] incluye a o.rgh. e,n tw/law tou,tw (ira sobre este pueblo),
qur todavía está siendo infligida, y el hollamiento de
Jerusalén por los gentiles, continúa todavía; e
inmediatamente después de aquella tribulación,
que sucederá cuando se llene la copa de iniquidad de los
gentiles, y cuando este evangelio haya sido
predicado por
testimonio, y rechazado por los gentiles, sucederá la
venida del Señor mismo ... (La expresión en Marcos
indica igualmente un intervalo considerable - en aquellos días
después de aquella tribulación). Siéndo
conocidos de Él el hecho de su venida y sus circunstancias
acompañantes, pero desconocido el tiempo exacto, habla sin
tener en cuenta el intervalo, que sería empleado en espera de
Él hasta que todas las cosas sean puestas bajo sus pies",
etc. (7)
Puede
decirse que en este comentario hay casi tantos errores como palabras.
En realidad, no es la explicación de una profecía
cuanto una profecía hecha por el propio comentarista. Primero,
está la hipótesis sin fundamento de su doble sentido,
su cumplimiento parcial y su cumplimiento final,
para
lo cual no hay fundamento en el texto, sino que es una mera
suposición arbitraria y gratuita. Luego, tenemos su
"tribulación", no "acortada", como
declara el Señor, sino prolongada, de modo que
todavía
continúa en la actualidad. Cuando se hace que la palabra
"inmediatamente" se refiera a un período que todavía
no ha llegado, de modo que entre el ver. 28 y el ver. 29, donde el
ojo por sí solo no puede percibir ningún rastro de
línea de transición, el crítico intercala un
inmenso período de más de dieciocho siglos, con la
posibilidad de duración infinita, además. Más
todavía. Tenemos una contradicción implícita de
la afirmación de Pablo de que el evangelio fue predicado "en
todo el mundo" (Col. 1:5, 23), y la suposición de que el
evangelio ha de ser rechazado por los gentiles. Luego el comentarista
descubre que Marcos sugiere un "considerable intervalo",
mientras que Marcos dice expresamente "en aquellos días,
después de aquella tribulación" [en ekeinaij taij
hmeraij meta thn qliyin ekeinhn], imposibilitando en absoluto
cualquier intervalo, y por último tenemos lo que parece una
excusa por la veracidad de la predicción, con el argumento de
que nuestro Señor, no sabiendo el momento en que tendría
lugar su venida, "habla sin tener en cuenta el intervalo",
etc.
Es
obvio que, si esta es la manera en que la Escritura ha de ser
interpretada, las leyes ordinarias de exégesis deben ser
echadas a un lado por inútiles. El mejor intérprete es
el adivinador más osado. ¿Hay algún libro
antiguo que un gramático pueda tratar así? ¿No
sería declarado intolerable y anticrítico si se tomara
tales libertades con Homero o con Platón? ¿No sería
burla proponer tales acertijos a los discípulos como respuesta
a su pregunta: "¿Cuándo serán estas
cosas?"?
¿Cómo
podían ellos saber de cumplimientos parciales y
finales, y dobles sentidos?
¿Qué efecto se
produciría en sus mentes, excepto amarga perplejidad y
desconcierto? No podemos evitar protestar contra tal tratamiento de
las palabras de la Escritura, por ser, no sólo nada erudito y
nada crítico, sino presuntuoso e irreverente al más
alto grado.
Pero,
se nos contesta, el carácter del lenguaje de nuestro Señor
en este pasaje requiere esta aplicación a una grande y
terrible catástrofe que está todavía en el
futuro, y puede entenderse correctamente nada menos que de la
disolución total de la estructura del universo y del fin todas
las cosas. ¿Cómo puede alguien pretender, se dice, que
el sol se ha oscurecido, que la luna ha dejado de dar su resplandor,
que las estrellas han caído del cielo, que el Hijo del hombre
ha sido visto en las nubes del cielo con poder y gran gloria?
¿Ocurrieron estos fenómenos en la destrucción de
Jerusalén, o pueden aplicarse a cualquier cosa menos la
consumación de todas las cosas?
Argumentar
de esta manera es perder de vista la naturaleza misma y el espíritu
de la profecía. El símbolo y la metáfora
pertenecen a la gramática de la profecía, como lo debe
saber todo lector de los profetas del Antiguo Testamento. ¿No
es razonable que la destrucción de Jerusalén fuera
presentada en lenguaje tan vivo y retórico como la destrucción
de Babilonia, o Bosra, o Tiro? ¿Cómo entonces describe
el profeta Isaías la caída de Babilonia?
"He aquí el día
de Jehová viene, terrible, y de indignación y ardor de
ira, para convertir la tierra en soledad, y raer de ella a sus
pecadores. Por lo cual las estrellas de los cielos y sus luceros no
darán su luz; y el sol se oscurecerá al nacer, y la
luna no dará su resplandor.... Porque haré estremecer
los cielos, y la tierra se moverá de su lugar, en la
indignación de Jehová de los ejércitos, y en el
día del ardor de su ira" (Isa. 13:9, 10, 13).
Se
verá en seguida que las imágenes empleadas en este
pasaje son casi idénticas a las de nuestro Señor. Por
lo tanto, si estos símbolos eran correctos para representar la
caída de Babilonia, ¿por qué serían
incorrectos para describir una catástrofe aun mayor, la
destrucción de Jerusalén?
Consideremos
otro ejemplo. El profeta Isaías anuncia la desolación
de Bosra, la capital de Edom, con el siguiente lenguaje:
"Y los montes se
disolverán por la sangre de ellos ... Y todo el ejército
de los cielos se disolverá, y se enrollarán los cielos
como un libro; y caerá todo su ejército, como se cae la
hoja de la parra, y como se cae la de la higuera. Porque en los
cielos se embriagará mi espada; he aquí que descenderá
sobre Edom en juicio, y sobre el pueblo de mi anatema", etc.
(Isa. 34:4,5).
Aquí
tenemos nuevamente las mismas imágenes usadas por nuestro
Señor en su discurso profético. Y si la suerte de
Bosra pudo ser descrita correctamente en un lenguaje tan elevado,
¿por qué debe considerarse extravagante emplear
términos similares al describir la suerte de Jerusalén?
Nuevamente,
el profeta Miqueas habla de una "venida del Señor"
para juzgar y castigar a Samaria y a Jerusalén - una venida
para juicio que incuestionabblemente había tenido lugar mucho
antes del tiempo de nuestro Salvador - ¡y con qué
magnífico lenguaje representa esta escena!
"Porque he aquí,
Jehová sale de su lugar, y descenderá y hollará
las alturas de la tierra. Y se derretirán los montes debajo de
él, y los valles se hendirán como la cera delante del
fuego, como las aguas que corren por un precipicio" (Miq. 1:
3,4).
Sería
fácil multiplicar ejemplos de esta cualidad característica
del lenguaje profético. La naturaleza de la profecía es
la de la poesía, y representa los acontecimientos, no en el
estilo prosaico del historiador, sino en las vívidas imágenes
del poeta. Añádase a esto que la Biblia no habla con la
corrección fría y lógica de los pueblos
occidentales, sino con el fervor tropical del oriente espléndido.
Pero sería incorrecto llamar a tal lenguaje extravagante o
sobrecargado. La grandiosidad moral de los acontecimientos que tales
símbolos representan puede ser más correctamente
descrita como convulsión y cataclismo en el mundo natural. Ni
es necesario construir una gramática de simbologías y
una analogía para cada jeroglífico sagrado, por medio
de las cuales traducir cada metáfora particular a su
equivalente correcto, porque esto sería convertir la profecía
en alegoría. Las siguientes observaciones sobre el lenguaje
figurado de la Escritura son sensatas. "Lo que es grandioso en
la naturaleza se usa para expresar lo que es digno e importante entre
los hombres - cuerpos celestes, montañas, árboles
majestuosos, reinos, o los que están en posición de
autoridad ... Los cambios políticos son representados por
terremotos, eclipses, tempestades, el convertirse las aguas y los
mares en sangre". (8)
La
conclusión, entonces, a la que somos llevados
irresistiblemente, es que las imágenes empleadas por nuestro
Señor en su discurso profético no son inapropiadas para
describir la disolución del estado y el gobierno judíos,
que tuvo lugar en la destrucción de Jerusalén. Son
apropiadas porque concuerdan con el estilo reconocido de los antiguos
profetas, y también porque la grandiosidad moral del
acontecimiento es tal que justifica el uso de tal lenguaje en este
caso particular.
Pero
podemos ir más allá, y afirmar que la imágenes
son, no sólo apropiadas al aplicárselas a la
destrucción de Jerusalén, sino que esta es su
aplicación verdadera y exclusiva. No encontramos ningún
vestigio ni indicación de que nuestro Señor tuviese en
mente ningún significado ulterior u oculto. Pero sí
encontramos que difícilmente hay algún rasgo de esta
sublime y tremenda descripción que Él mismo ya no
hubiese anticipado, y fijado en su aplicación a un suceso
particular y a un tiempo en particular. Compare el lector
cuidadosamente la descripción que se da en el pasaje que nos
ocupa, del "Hijo del hombre viniendo en las nubes del cielo, con
poder y gran gloria" (Mat. 24:30) (9) con la declaración
de nuestro Señor (Mat. 16:27) - "Porque el Hijo del
Hombre vendráe; en la gloria de su Padre con sus ángeles"
- un acontecimiento que Él afirma expresamente sería
presenciado por algunos de los discípulos que entonces vivían.
Nuevamente, el enviar a sus ángeles a reunir a los escogidos
corresponde exactamente a la representación de lo que tendría
lugar en la "siega" al final del eón, como se
describe en las parábolas de la cizaña y la red (Mat.
12:41-50). "Enviará el Hijo del Hombre a sus ángeles,
y recogerán de su reino a todos los que sirven de tropiezo, y
a todos los que hacen iniquidad". "Así será
al fin del siglo [eón]: saldrán los ángeles, y
apartarán a los malos de entre los justos, y los echarán
en el horno de fuego". Aquí la profecía y la
parábola representan la misma escena, el mismo período:
ambos hablan del fin de la era o época, no del fin del mundo o
del universo material; y ambos hablan de la gran época
judicial diciendo que se ha acercado. Con cuánta
claridad Lucas, en su registro de la profecía del Monte de los
Olivos, representa la gran catástrofe como ocurriendo durante
la vida de los discípulos: "Cuando estas cosas comiencen
a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra
redención está cerca" (Lucas 21:28). ¿No
fueron dichas estas palabras a los discípulos, que escuchaban
el discurso? ¿No se les aplicaban a ellos? ¿Hay en
alguna parte una sospecha siquiera de que se referían a otro
auditorio, a miles de años de distancia, y no al ansioso grupo
que bebía las palabras de Jesús? Ciertamente, tal
hipótesis lleva colgada al frente su propia refutación.
Pero,
como para impedir toda posibilidad de equivocación o error, en
el siguiente párrafo nuestro Señor traza alrededor de
su profecía una línea tan clara y tan palpable,
encerrándola por completo dentro de un límite tan
definido y claro, que debería ser decisivo para zanjar toda la
cuestión.
(e) La Parusía ha de tener
lugar antes de que pase la actual generación
Mateo 24:32-41
"De la higuera aprended la parábola: Cuando
ya su rama está tierna, y brotan las hojas, sabéis que el verano está
cerca. Así también vosotros, cuando veáis todas estas cosas, conoced
que está cerca, a las puertas.
De cierto os digo que no pasará esta generación sin
que todo esto acontezca".
Marcos 13:28-30
"De la higuera aprended la parábola. Cuando
ya su rama está tierna, y brotan las hojas, sabéis que el verano está
cerca. Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas,
conoced que está cerca, a las puertas.
De cierto os digo, que no pasará esta generación
hasta que todo esto acontezca".
Lucas 11:29-32
"También les
dijo una parábola: Mirad la higuera y todos los árboles. Cuando ya
brotan, viéndolo, sabéis por vosotros mismos que el verano está ya
cerca. Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas,
sabed que está cerca el reino de Dios.
De cierto os digo, que no pasará esta generación
hasta que todo esto acontezca".
Si
este lenguaje, pronunciado en una ocasión tan solemne, y que
es de una importancia tan precisa y expresa, no afirma la estrecha
cercanía del gran acontecimiento que ocupa el discurso entero
de nuestro Señor, entonces las palabras no tienen ningún
significado. Primero, la parábola de la higuera indica que,
así como las ramas tiernas en los árboles anuncian la
cercanía del verano, así también las señales
que él acababa de especificar anunciarían que la
consumación predicha estaba cerca. Ellos, los discípulos
a quienes Jesús estaba hablando, habrían de ver
aquellas señales, y cuando las vieran, reconocerían que
el fin estaba cerca, a las puertas. Luego, nuestro
Señor
hace un resumen, con una afirmación calculada para eliminar
todo vestigio de duda o incertidumbre:
"DE
CIERTO OS DIGO, QUE NO PASARÁ ESTA GENERACIÓN SIN
QUE TODO ESTO ACONTEZCA"
Uno
supondría razonablemente que, después de una nota de
tiempo tan clara y expresa, no habría lugar para la
controversia. Nuestro Señor mismo ha dirimido la cuestión.
Noventa y nueve personas de cada cien sin duda entenderían sus
palabras en el sentido de que la catástrofe predicha ocurriría
durante la vida de la generación existente. No que todos
vivirían probablemente para presenciarlo, sino que la mayoría
o muchos de ellos estarían vivos cuando aquello ocurriese. No
puede haber duda de que ésta sería la interpretación
que los discípulos le darían a sus palabras. A menos,
por lo tanto, que nuestro Señor se propusiera deconcertar a
sus discípulos, les dio a entender claramente que su venida,
el juicio de la nación judía, y el fin de aquella
época, ocurrirían antes de que aquella generación
hubiese pasado por completo, o sea, dentro de los límites de
su propia existencia. Como ya hemos visto, esta no era una idea
nueva, sino una idea que él mismo había expresado
antes.
Sin
embargo, lejos de aceptar esta decisión de nuestro Salvador
como final, los comentaristas han resistido violentamente lo que
parece ser el significado natural y sensato de sus palabras. Han
insistido en que, porque los sucesos predichos no ocurrieron así
en aquella generación, la palabra generación (genea)
no puede significar lo que generalmente se entiende que significa, la
gente de aquella era o aquel período particular, los
contemporáneos de nuestro Señor. Afirmar que estas
cosas no ocurrieron es dar la respuesta por sentada, y algo más.
Pero
entendemos que a los gramáticos les toca no ser aprensivos de
posibles consecuencias, sino establecer el verdadero significado de
las palabras. Sin peligro, podemos dejar que las predicciones de
nuestro Señor se cuiden por sí solas; a nosotros nos
toca tratar de entenderlas.
Muchos
argumentan que en este lugar la palabra genea debe
traducirse
como "raza, o "nación", y que las
palabras de nuestro Señor sólo significan que la raza o
nación judía no pasaría, o no perecería,
sino hasta que ocurrieran las predicciones que Jesús había
pronunciado. Este es el significado que Lange, Stier, Alford, y
muchos otros expositores, le atribuyen a la palabra, y que es
sostenido con conspicua capacidad y copiosa erudición por
Dorner en su tratado "Do Oratione Christi Eschatologica".
No hay duda de que es verdad que la palabra genea,
como muchas
otras, tiene diferentes matices de significado, y que, a veces, en la
Septuaginta y los autores clásicos, puede referirse a una
nación o a una raza. Pero creemos que es demostrable, sin
sombra de duda, que la expresión "esta generación",
tan a menudo empleada por nuestro Señor, siempre se refiere
única y exclusivamente a sus contemporáneos, el
pueblo judío de su propia época. Puede dejarse sin
peligro al honesto juicio de cada lector, sea erudito en griego o no,
decidir si esto es o no así. Pero, como el punto es de gran
importancia, puede ser deseable aducir las pruebas de este aserto.
1.
En el discurso final de nuestro Señor al pueblo, pronunciado
el mismo día que su discurso del Monte de los Olivos, declaró:
"Todo esto vendrá sobre esta generación"
(Mat. 23:36). Ningún comentarista ha propuesto jamás
entender esto como que se refiere a otra que no sea la generación
existente.
2.
"¿A qué compararé esta generación?"
(Mat. 11:6). Aquí admiten Lange y Stier que la palabra se
refiere a "la última generación de Israel
entonces existente" (Lange, in loc,
Stier, vol. ii,
98).
3.
"La generación mala y adúltera demanda
señal". "Los hombres de Nínive se levantarán
en el juicio con esta generación". "La reina
del Sur se levantará en el juicio con esta generación".
"Así también acontecerá a esta mala
generación" (Mat. 12:39, 41, 42, 45).
En
estos cuatro pasajes, Dorner trata de establecer que nuestro Señor
no está hablando de sus contemporáneos, los hombres de
su propia época. "Porque" - dice - "los
gentiles (los habitantes de Nínive y la reina del Sur) se
oponen a los judíos; por lo tanto, "esta generación"
[h, genea.a[uth] "debe significar la nación
o
raza de los judíos" (Dorner, Orat. Christ. Esch., p.
81). Su argumento, sin embargo, no es convincente. Ciertamente la
generación que demandaba señal era la que entonces
existía; ¿y puede suponerse que era contra
cualquier otra generación, diferente de la que resistía
predicaciones como la de Juan el Butista y de Cristo, que los
gentiles habrían de levantarse en juicio? Hay una sola
interpretación posible de las palabras de nuestro Señor,
y es la de que sus palabras se refieren a su propios perversos e
incrédulos contemporáneos.
4.
"Para que se demande de esta generación la sangre
de todos los profetas" (Lucas 11:50, 51).
Aquí
Dorner mismo admite que es de la generación existente (hoc
ipsum hominum ovum) de la que se dicen estas palabras (p. 41).
5.
"Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras en
esta generación adúltera y
pecadora"
(Marcos 8:38).
6.
"Pero primero es necesario que padezca mucho, y sea desechado
por esta generación" (Lucas 17:25). Sólo es
necesario citar estos pasajes para establecer que Jesús sólo
se refiere a la generación particular que rechazó al
Mesías.
Estos
son todos los ejemplos en los que ocurre la expresión "esta
generación" en los dichos de nuestro Señor, y
estos ejemplos establecen, más allá de todo
cuestionamiento razonable, la referencia de las palabras en la
importante dclaración que ahora consideramos. Pero, supongamos
que adoptáramos la traducción propuesta, y aceptáramos
que genea significa raza, ¿qué propósito
o significado tendría entonces la predicción? ¿Puede
alguien creer que la afirmación que nuestro Señor hizo
tan solemnemente: "De cierto os digo", etc. no equivale más
que a esto: "La raza hebrea no se habrá extinguido sino
hasta que todas estas cosas se hayan cumplido"? Imaginemos a un
profeta en nuestro propio tiempo prediciendo una gran catástrofe
en la cual Londres sería destruido, la catedral de San Pablo y
las Cámaras del Parlamento serían arrasadas, y se
perpetraría una terrible matanza de los habitantes; y que
cuando se le preguntase: "¿Cuándo sucederán
estas cosas?" contestase: "¡La raza anglosajona no se
extinguirá sino hasta que todas estas cosas se hayan
cumplido!" ¿Sería ésta una respuesta
satisfactoria? ¿No sería una respuesta como ésta
considerada como despectiva para el profeta, y como una afrenta para
sus oyentes? ¿No tendrían ellos razón para
decir: "¡No hay peligro en profetizar cuando el suceso es
colocado a una interminable distancia!"? Pero la mera suposición
de tal sentido en la predicción de nuestro Señor
demuestra que es un reductio ad absurdum. ¿Era para
esto que los discípulos debían esperar y velar? ¿Era
ésta la lección que enseñaba la parábola
de la higuera? ¿No era sino hasta que la raza judía
estuviese a punto de extinguirse que ellos debían "erguirse,
y levantar sus cabezas"? Una hipótesis tal es su propia
refutación.
Nos
sostenemos, por lo tanto, en la única interpretación
sostenible y posible, la que entendemos que nuestro Señor
tenía en mente, en la que, en otras tantas palabras, Él
dice que los acontecimientos especificados en su predicción
ocurrirían con toda certeza antes de que pasara por completo
la generación actual. Esta es la única
interpretación que las palabras soportan; todas las demás
involucran forzar el lenguaje y hacer violencia a la interpretación.
Además, la interpretación está en armonía
con la uniforme enseñanza de nuestro Salvador. Mucho tiempo
antes, había asegurado a sus discípulos que algunos de
ellos vivirían para presenciar su retorno en gloria (Mat.
16:27, 28).
Les
había dicho que, antes de que hubiesen completado su misión
apostólica a las ciudades de Israel, el Hijo del hombre
vendría (Mat. 10:23). Había declarado que toda la
sangre derramada sobre la tierra, desde la sangre de Abel hasta la
sangre de Zacarías, sería requerida de aquella
generación (Mat. 23:35, 36). Era, por lo tanto, de aquella
generación de la cual hablaba. Jamás debe olvidarse
que había algo especial en aquella generación. Era la
última y la peor de todas las generaciones de Israel, que
había heredado la culpa de todas sus predecesoras, y estaba a
punto de ser visitada con juicios señalados y sin paralelo. Si
la catástrofe predicha ocurrió o no, es otra cuestión,
que será considerada en su propio lugar. (10)
Otras
interpretaciones que se han sugerido, como la de la "raza
humana", "la generación de los justos", y "la
generación de los impíos", no requieren discusión.
Puede
que se necesite decir una palabra o dos con respecto al tiempo que
cubre una generación. Por supuesto, no es una medida de tiempo
exacta, como una década o un siglo, sino que posee cierta
cualidad de indefinición o elasticidad, pero dentro de ciertos
límites, digamos de treinta o cuarenta años. En el
libro de Números, encontramos que la generación que
provocó que el Señor le excluyera de la tierra de
Canaán, y que fue condenada a caer en el desierto, habría
de morir en el espacio de cuarenta años. En el Salmo 95
leemos: "Cuarenta años estuve disgustado con la nación".
En la tabla genealógica que da Mateo, tenemos información
para estimar la duración de una generación. Allí
encontramos que "desde la deportación a Babilonia hasta
Cristo", hubo catorce generaciones. (Mat. 1:17). Ahora, se dice
que la fecha de la cautividad, en el reino de Sedequías, fue
cerca del año 586 a. C., lo cual, dividido entre catorce, da
cuarentiún años y fracción como duración
promedio de cada generación. La guerra judía bajo el
emperador Nerón estalló en el año 66 d. C., y
suponiendo que nuestro Señor haya tenido como treinta y tres
años de edad cuando fue crucificado, esto nos daría un
espacio de como treinta y tres años en que las señales
que anunciaban la aproximación del "fin" comenzaron
"a suceder". La destrucción del templo y la ciudad
de Jerusalén tuvo lugar en septiembre del año 70 d. C.,
esto es, como treinta y siete años después de la
profecía del Monte de los Olivos, un espacio de tiempo que
satisface ampliamente los requisitos del caso. No es ni tan corto que
sea inapropiado decir: "No pasará esta generación",
etc., ni tan largo que exceda la duración de la vida de muchos
que podrían haber visto y oído al Salvador, o la vida
de los mismos discípulos.
"Aquella
generación" ciertamente habría estado pasando,
pero no habría pasado por completo.
(f) Certeza de la consumación,
pero incertidumbre de su fecha precisa
Mateo 24:35, 36
"El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no
pasarán. Pero del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los
cielos, sino sólo mi Padre".
Marcos 13:31, 32
"El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no
pasarán. Pero de aquel día y de la hora nadie sabe, ni aun los ángeles
que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre".
Lucas 21:33
"El cielo y la tierra pasarán,. pero mis palabras
no pasarán".
Aunque
nuestro Señor ha definido los límites de tiempo dentro
de los cuales tendría lugar la consumación predicha,
queda un cierto grado de indefinición con respecto al momento
de su llegada. Él no especifica la fecha exacta, ni "la
hora, ni el día", ni siquiera el mes del año. Esto
no significa que la cuestión entera del tiempo haya quedado
sin especificar: se refiere meramente a la fecha precisa. La
consumación habría de caer dentro del término de
la generación existente, pero la hora precisa en que el
campanazo de condenación sonaría no fue revelada a
hombre, ni a ángel, ni (lo que es aún más
extraño) al mismo Hijo del hombre. Era el secreto que el Padre
"puso en su sola potestad". Sin duda, había
suficientes razones para esta reserva. Haber especificado "el
día y la hora" - haber dicho: "En el año
treinta y siete, en el mes sexto, al octavo día del mes, la
ciudad será tomada y el templo destruido a fuego" - no
sólo habría sido inconsistente con la manera de la
profecía, sino que habría quitado una de las más
fuertes motivaciones para la vigilancia constante y la oración
- la incertidumbre del momento preciso.
(g) Lo repentino de la Parusía,
y el llamado a estar vigilantes
Mateo 24:37-42
"Mas como en los días de Noé, así será la venida
del Hijo del Hombre. Porque como en los días antes del diluvio estaban
comiendo y bebiendo, casándose y dándose en casamiento, hasta el día en
que Noé entró en el arca, y no entendieron hasta que vino el diluvio y
se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre.
Entonces estarán dos en el campo; el uno será tomado, y el otro será
dejado. Dos mujeres estarán moliendo en un molino; la una será tomada,
y la otra dejada. Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir
vuestro Señor".
Lucas 17:26-37
"Como fue en los días de Noé, así también
será en los días del Hijo del Hombre. Comían, bebían, se casaban y se
daban en casamiento, hasta el día en que entró Noé en el arca, y vino
el diluvio y los destruyó a todos. Asimismo como sucedió en los días de
Lot; comían, bedbían, compraban, vendían, plantaban, edificaban; mas el
día en que Lot salió de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre, y los
destruyó a todos. Así será el día en que el Hijo del Hombre se
manifieste. En aquel día, el que esté en la azotea, y sus bienes en
casa, no descienda a tomarlos; y el que en el campo, asimismo no vuelva
atrás. Acordaos de la mujer de Lot. Todo el que procure salvar su vida,
la perderá; y todo el que la pierda, la salvará. Os digo que en aquella
noche estarán dos en una cama; el uno será tomado, y el otro será
dejado. Dos mujeres estarán moliendo juntas; la una será tomada, y la
otra dejada. Dos estarán en el campo; el uno será tomado, y el otro
dejado.
Y
respondiendo, le dijeron: ¿Dónde, Señor? Él les dijo: Donde estuviere el cuerpo muerto, allí se
juntarán también las águilas".
Mateo 24:42
"Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de
venir vuestro Señor".
Marcos 13:33,35-37
"Mirad, velad, y orad; porque no sabéis cuándo será
el tiempo. Velad, pues, porque no sabéis cuándo vendrá el señor de la
casa; si al anochecer, o a la medianoche, o al canto del gallo, o a la
mañana; para que cuando venga de repente, no os halle durmiendo. Y lo
que digo a vosotros, a todos lo digo: Velad".
Lucas 21:34-36
"Mirad también por vosotros mismos, que vuestros
corazones no se carguen de glotonería y embriaguez y de los afanes de
esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día. Porque como un
lazo vendrá sobre todos los que habitan sobre la faz de toda la tierra.
Velad, pues, en todo tiempo orando que seáis tenidos por dignos de
escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar en pie delante del
Hijo del Hombre".
Todas
las representaciones dadas por nuestro Señor de la catástrofe
venidera y sus acontecimientos concomitantes implican que tomarían
a los hombres por sorpresa. Así como el diluvio vino de
repente sobre los antediluvianos, y la tormenta de fuego y azufre
cayó sobre las ciudades de la llanura, así también
la catástrofe final alcanzaría a Jerusalén y a
Judea a una hora inesperada, cuando los negocios y los placeres de la
vida ocupasen las manos y los corazones de los hombres. En Lucas 17,
tenemos tenemos el registro más completo del discurso de
nuestro Señor sobre este punto. Si el pasaje de Lucas fue
traspuesto por él desde su conexión original, o si
nuestro Señor pronunció las mismas palabras en
ocasiones separadas, no es asunto que nos concierna particularmente
aquí. Neander es de opinión que "Lucas proporciona
la conexión natural de estas palabras", y que en Mateo
"están puestas con muchos otros pasajes similares que se
refieren a la última crisis". (11)
Dudamos de esto; pero, soslayando esta cuestión, una cosa es
indudable, a saber, que tanto Mateo como Lucas describen la misma
cosa, el mismo período, la misma catástrofe. Es
sorprendente encontrar a Alford afirmando, en relación con el
pasaje de Lucas: "No hay una sola palabra en todo esto acerca de
la destrucción de Jerusalén". Sería más
correcto decir: "Cada una de las palabras en este pasaje habla
de la destrucción de Jerusalén". Obsérvese
la nota de tiempo tan claramente marcada por nuestro Señor:
"Pero primero es necesario que padezca mucho, y sea desechado
por esta generación" (Lucas 17:25). ¿Cuál
otra catástrofe pertenece al período de esa generación,
que podría correctamente compararse con la destrucción
del mundo antediluviano por medio de un diluvio de aguas, y con la
destrucción de Sodoma y Gomorra por medio de un diluvio de
fuego?
De
la certeza y lo repentino de la cercana consumación, nuestro
Señor extrae la lección que impresiona en sus
discípulos - la necesidad de estar vigilantes. Aqu&iiacute;
pronuncia por primera vez la amonestación que desde aquel
tiempo nunca dejó de ser la consigna de sus discípulos
a través de la era apostólica: "¡Velad y
orad!" Descubriremos cuán constante y urgentemente
dirigían los apóstoles este llamado a los fieles en sus
días, y cómo se repite constantemente, hasta el último
momento en que captamos el sonido de una voz apostólica. Esta
vigilancia era esencial para la seguridad de los seguidores de Jesús,
porque, tan súbita sería la catástrofe, que
alcanzaría a los no preparados y a los descuidados, como aves
que son atrapadas en una red. "Porque como lazo vendrá
sobre todos los que moran en la faz de toda la tierra (pashj thj ghj)
- palabras que sugieren claramente la naturaleza local del
acontecimiento.
En
la historia de Josefo, tenemos un notable comentario sobre este
pasaje. Dando cuenta del prodigioso número de los masacrados
durante el sitio de Jerusalén - un millón cien mil -
dice: "De éstos, la mayor parte eran de sangre judía,
aunque no nativos del lugar. Habiéndose congregado desde todas
partes del país para la fiesta de los panes sin levadura,
fueron súbitamente rodeados por la
guerra. En esta
ocasión, la nación entera había sido
encerrada, como en una prisión, por el destino; y la guerra
encerró a la ciudad cuando ésta estaba atestada de
gente". (12) Es
imposible concebir una verificación más exacta de la
predicción de nuestro Señor (Lucas 21:35).
En
todo esto, observamos la continuación de aquel discurso
personal directo que demuestra que nuestro Señor hablaba a sus
discípulos de aquello que a ellos personalmente les concernía.
No hay el más leve asomo de que hubiese un significado
"subterráneo" en sus palabras, y de que cuando dijo
"Jerusalén" y "esta generación" y
"vosotros", quisiera decir "el mundo" y "épocas
distantes" y "discípulos que todavía no han
nacido".
En
este punto, Marcos y Lucas cierran su registro de la profecía
del Monte de los Olivos, y no puede negarse que la terminación
es natural y apropiada. Si embargo, en el evangelio de Mateo tenemos
una serie de parábolas añadidas al discurso de nuestro
Señor, como las que Él solía emplear para
enseñar a la gente. Nos llama la atención como un poco
singular el hecho de que nuestro Señor hablase a sus
discípulos en parábolas, especialmente en esta ocasión;
y no es poco lo que hay que decir en favor de la opinión de
Neander, que "era peculiar que el editor de nuestro Mateo en
griego dispusiese juntos los dichos similares de Jesús, aunque
hubiesen sido pronunciados en diferentes ocasiones y en diferentes
circunstancias. Por lo tanto, no es necesario que nos asombremos si
encontramos imposible trazar líneas de distinción en
este discurso con entera exactitud; ni es necesario que tal resultado
nos lleve a interpretaciones forzadas, inconsistentes con la verdad,
y con el amor de la verdad. Es mucho más fácil hacer
tales distinciones en el relato de Lucas (cap. 21), aunque esto no
carece de dificultades. Al comparar Mateo con Lucas, sin embargo,
podemos trazar el origen de la mayoría de estas dificultades
al hecho de haber mezclado juntas diferentes porciones, cuando los
discursos de Cristo fueron dispuestos en colecciones". (13)
Pero,
sin discutir esta cuestión, es muy evidente que las parábolas
registradas por Mateo en relación con este discurso, aunque no
hubiesen sido pronunciadas en esta ocasión particular, están
estrictamente relacionadas con el tema; mientras que, si este es su
verdadero lugar en la narración, su relación con el
asunto que nos ocupa es aún más estrecho e íntimo.
Ahora
procedemos a considerar las parábolas y los dichos parabólicos
de nuestro Señor, registrados en relación con esta
profecía, principalmente por Mateo.
(h)
Los discípulos advertidos de lo súbito de la Parusía
Parábola del mayordomo
fiel
Mateo 24:43-51
"Pero sabed esto, que si el padre de familia
supiese a qué hora el ladrón habría de venir, velaría, y no dejaría
minar su casa. Por tanto, también vosotros estad preparados; poque el
Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis. ¿Quién es, pues, el
siervo fiel y prudente, al cual puso su señor sobre su casa para que
les dé el alimento a tiempo? Bienaventurado aquel siervo al cual,
cuando su señor venga, le halle haciendo así. De cierto os digo que
sobre todos sus bienes le pondrá.
Pero si aquel siervo malo dijere en su corazón: Mi
señor tarda en venir; y comenzare a golpear a sus consiervos, y aun a
comer y a beber con los borrachos, vendrá el señor de aquel siervo en
día que éste no espera, y a la hora en que no sabe, y lo castigará
duramente, y pondrá su parte con los hipócritas; allí será el lloro y
el crujir de dientes".
Marcos 13:34-37
"Es como el hombre que, yéndose lejos, dejó su
casa, y dio autoridad a sus siervos, y a cada uno su obra, y al portero
mandó que velase.
Velad, pues, porque no sabéis cuándo vendrá el
señor de la casa; si al anochecer, o a la medianoche, o al canto del
gallo, o a la mañana; para que cuando venga de repente, no os halle
durmiendo. Y lo que a vosotros digo, a todos l digo: Velad".
Lucas 12:39-46
"Pero sabed esto, que s supiese el padre de
familia a qué hora el ladrón había de venir, velaría ciertamente, y no
dejaría velar su casa. Vosotros, pues, también estad preparados, porque
a la hora que no penséis, el Hijo del Hombre vendrá. Entonces Pedro le dijo: Señor, ¿dices esta
parábola a nosotros, o también a todos? Y dijo el Señor: ¿Quién es el mayordomo fiel y prudente al
cual su señor pondrá sobre su casa, para que a tiempo les de su ración?
Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, le halle
haciendo así. En verdad os digo que le pondrá sobre todos sus bienes.
Mas si aquel siervo dijere en su corazón: Mi señor tarda en venir; y
comenzare a golpear a los criados y a las criadas, y a comer y beber y
embriagarse, vendrá el señor de aquel siervo en día que éste no espera,
y a la hora que no sabe, y le castigará duramente, y le pondrá con los
infieles".
Se
verá que este dicho parabólico de nuestro Señor
está registrado en una relación bastante diferente por
Mateo y por Lucas. La semejanza verbal, sin embargo, es demasiado
exacta para hacer probable que fuese pronunciado en dos ocasiones
diferentes. La más ligera atención satisfará al
lector de que el informe de Lucas es el más completo y
circunstancial, y que él le asigna su verdadera posición
cronológica. Esto se ve por el hecho de que la pregunta de
Pedro, registrada sólo por Lucas, dio lugar a las
observaciones concluyentes de nuestro Señor, las cuales, como
las presenta Mateo sin este eslabón, parecen algo incoherentes
y abruptas. Además, apenas podemos suponer que Pedro,
conversando en privado con sólo otros tres discípulos
en compañía del Señor, preguntase: "¿Dices
esta palabra a nosotros, o también a todos?" - una
pregunta que era de lo más natural cuando, como nos lo dice
Lucas, Jesús hablaba a sus discípulos en presencia de
una gran multitud. (Lucas 12:1). Es digno de notarse también
que en Marcos 13:34-37, donde podemos detectar trazas de esta
parábola, la pregunta de Pedro es contestada claramente: "Lo
que os digo a vosotros, lo digo a todos: Velad", una afirmación
que estaría fuera de lugar cuando nuestro Señor hablaba
a cuatro personas, pero bastante apropiada cuando hablaba a una
multitud.
No
hay ninguna impropiedad, por lo tanto, en suponer que Mateo,
percibiendo las palabras de Jesús, pronunciadas en otra
ocasión, y que ilustran admirablemente la necesidad de velar
en vista de la venida del Señor, las insertase en este
discurso escatológico. Stier sugiere que Marcos da un breve
resumen de Mateo 24:43, con las dos parábolas del siervo, Mat.
24:45-51 y 24:14, y aún con un ligero eco de la parábola
de las vírgenes. (14)
No tenemos más razón para esperar una disposición
estrictamente cronológica en los evangelistas que informes
estrictamente al pie de la letra: ni lo uno ni lo otro entraba en sus
planes.
Pero
lo que es principalmente importante para nosotros es la relación
de esta parábola, si así se le puede llamar, entre el
mayordomo de la casa que vigila contra el ladrón de
medianoche, y el discurso precedente de nuestro Señor. Nada
puede ser más evidente que esta relación está
entrelazada en la trama misma de ese discurso. No se introduce ningún
nuevo tema en el versículo cuarenta y tres del capítulo
veinticuatro de Mateo: ninguna transición a otra catástrofe,
ni otra venida, diferentes de las que Él había estado
hablando desde el principio. No hay ningún hiato, ninguna
interrupción, en la continuidad del discurso; ninguna
indicación de pasar del gran acontecimiento que absorbía
los pensamientos de los discípulos a otro en el muy distante
futuro. Parece increíble que cualquier juicio crítico
eligiera a Mateo 24:43 como el comienzo de un nuevo tema de discurso.
Y sin embargo, esto es lo que hace el Dr. Ed. Robinson, que dice:
"Aquí nuestro Señor hace una transición, y
procede a hablar de su venida final en el día del juicio. Esto
se ve por el hecho de que la materia de estas secciones es añadida
por Mateo después de que Marcos y Lucas han concluído
sus informes paralelos relativos a la catástrofe judía;
y aquí Mateo comienza, con el vers. 43, el discurso que Lucas
ha presentado en otra ocasión, Lucas 12:39, etc." (15)
Pero no hay la más leve sombra de ninguna transición.
El instrumento más fino no consigue trazar ninguna línea
divisoria entre las partes del discurso, y asignar una porción
al juicio de la nación judía y otra al juicio de la
raza humana. No hay transición, sino continuación, en
el ver. 43. Nada pueder ser más consecutivo y concatenado.
"Velad, pues", les dice nuestro Señor a los
discípulos en el ver. 42, "porque no sabéis a qué
hora ha de venir vuestro Señor". "Por tanto, también
vosotros estad preparados", les dice en el ver. 44, "porque
el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis".
La sugerencia de que un nuevo tema, que se refiere a un suceso
totalmente diferente, en una época muy distante en el tiempo,
se introduce aquí, es completamente arbitraria y sin
fundamento.
Notas:
1.
Jos. Antiq. bk. xx.x.xiii, § 5, 6.
2.
Conybeare and Howson, Life and Epist. of St. Paul, c. iv.
3.
Jos. Antiq. bk. xviii. c. v, § 3.
4.
Traill´s Jos. Jewish War, pref. ~ 4.
5.
Traill's Jos. Jewish War, bk. vi. c.v. § 3.
6.
Traill´s Jos. Jewish War, bk. vi. c.v. § 2.
7.
Véase Alford Gr. Test, Matt. xxiv.29.
8.
Angus' Bible Handbook, p. 20, p. 20, § i.
9.
Los fenómenos descritos por nuestro Señor como que
acompañan la Parusía (ver. 29) no pueden explicarse con
los portentos y prodigios que, según Josefo, precedieron la
toma de Jerusalén (Jewish War, bk. vi.c.v. § 3). Que por
lo menos algunos de esos portentos aparecieron realmente allí
no parece haber razón para dudarlo, y sirven para verificar la
predicción de Lucas 21:11: "Habrá terror y grandes
señales en el cielo".
10.
La nota en la obra de Robinson "Armonía de los Cuatro
Evangelios", parte vii, § 128, es excelente. "Esta
generación", etc. Estas palabras (genea) no pueden
entenderse (como algunos han explicado) como que se refieren a la
nación judía o a la raza humana. El significado es que
no todos los hombres de aquella época morirían (Véase
Mat. 16:28, en el párr. 74) antes de que la profecía se
cumpliera, lo cual comenzó a ocurrir treinta y siete años
después de que se pronunció, en la destrucción
de Jerusalén", etc.
11.
Life of Christ. c. xii, § 214, nota.
12.
Traill´s Josephus, Jewish War, b. -vi. ch. ix, §§ 3,
4.
13.
Life of Christ, § 254, Nota.
14.
Reden Jesu, vol. iii, p. 304.
15.
Harmony of the Four Gospels, § 129.
II.
Respuesta de Nuestro Señor a los discípulos
(continuación):
(i)
La Parusía, un tiempo de juicio tanto para los amigos como para los enemigos de
Cristo
Parábola de las vírgenes
prudentes y las vírgenes insensatas
Mateo 25:1-13. Entonces el reino de los cielos será
semejante a diez vírgenes que tomando sus lámparas, salieron a recibir
al esposo. Cinco de ellas eran prudentes y cinco insensatas. Las
insensatas, tomando sus lámparas, no tomaron consigo aceite; mas las
prudentes tomaron aceite en sus vasijas, juntamente con sus lámparas. Y
tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron. Y a la
medianoche se oyó un clamor: ¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle!
Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron, y arreglaron sus
lámparas. Y las insensatas dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro
aceite; porque nuestras lámparas se apagan. Mas las prudentes
respondieron diciendo: Para que no nos falte también a nosotros y a
vosotras, id más bien a los que venden, y comprad para vosotras mismas.
Pero mientras ellas iban a comprar, vino el esposo; y las que estaban
preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta. Después
vinieron también las otras vírgenes, diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos!
Más él, respondiendo, dijo: De cierto os digo que no os conozco. Velad,
pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha
de venir".
Casi
todos los expositores suponen que ahora Jerusalén e Israel
desaparecen enteramente de la escena, y que nuestro Señor se
refiere exclusivamente a la consumación final de todas las
cosas y al juicio de la raza humana. Esta supuesta transición
se le facilita al lector de habla inglesa por medio de un nuevo
capítulo que comienza en este punto.
Pero,
¿ha abandonado realmente nuestro Señor el tema con el
cual Él y sus discípulos han estado ocupados hasta
ahora? ¿Ha pasado del tiempo cercano e inminente a una lejana
y distante, separada de su propio tiempo por cientos y miles de años?
Si fuese así, seguramente podríamos esperar alguna
indicación muy clara del cambio de tema. Pero no hay
absolutamente ninguna. Por el contrario, la suposición de que
un nuevo tema es introducido por esta parábola queda
completamente impedida por los términos expresos con los
cuales la parábola comienza y termina. Comienza con una nota
de tiempo muy explícita: "Tote", entonces, en
aquel tiempo. No hay absolutamente ningún hiato entre el
final del capítulo 24 y el comienzo del capítulo 25. El
eslabón "entonces" lleva adelante el
discurso, y entreteje en él una estrecha conexión con
relación al tema, el tiempo, y las personas a las cuales se
dirigió. Esto queda confirmado, además, por el hecho de
que la moraleja de la parábola de las diez vírgenes
es precisamente la misma que la del señor de la casa en el
capítulo anterior, es decir, la necesidad de vigilar. Las
palabras finales: "Velad, pues, porque no sabéis ni el
día ni la hora", tan evidentemente dirigidas a los
discípulos, son las mismas que nuestro Señor ya ha
pronunciado en el capítulo 24:42; de modo que en ambos pasajes
debe ser al mismo suceso.
No
entra en nuestros propósitos hacer una exposición
detallada de esta parábola. Hay teólogos que encuentran
un misterio en cada palabra; en el número diez, en la
virginidad, en las lámparas, en el aceite, etc. (Véase
Lange in loc.) Como observa Calvino
sarcásticamente:
"Multum se torquent quidam, in lucernis, in vasis, in oleo".
Baste notar aquí la gran lección de la parábola.
Es la necesidad de estar preparados constantemente y estar
vigilantes, esperando el súbito y pronto regreso del Hijo del
hombre. El no estar vigilantes y no estar preparados conllevaría
al castigo que recayó sobre las vírgenes insensatas, es
decir, la exclusión de la cena de bodas del Cordero.
Encontramos,
pues, en esta parábola una conexión orgánica con
todo el discurso anterior de nuestro Señor. Todavía es
el gran tema del cual está hablando - la consumación
que habría de tener lugar dentro de los límites de la
generación que existía - y en relación con la
cual los discípulos expresaban una ansiedad tan natural.
(k)
La Parusía, un tiempo de juicio
Parábola de los talentos
Mateo 25:14-30: Porque el reino de los cielos es como un
hombre que yéndose lejos, llamó a sus sievos y les entregó sus bienes.
A uno dio cinco talentos, y a otro dos, y a otro uno, a cada uno
conforme a su capacidad; y luego se fue lejos. Y el que había recibido
cinco talentos fue y negoció con ellos, y ganó otros cinco talentos.
Asimismo el que había recibido dos, ganó también otros dos. Pero el que
había recibido uno fue y cavó en la tierra, y escondió el dinero de su
señor. Después de mucho tiempo vino el señor de aquellos siervos, y
arregló cuentas con ellos. Y llegando el que había recibido cinco
talentos, trajo otros cinco talentos, diciendo: Señor, cinco talentos
me entregaste; aquí tienes, he ganado otros cinco talentos sobre ellos.
Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel,
sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor. Llegando también
el que había recibido dos talentos, dijo: Señor, dos talentos me
entregaste; aquí tienes, he ganado dos talentos sobre ellos. Su señor
le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel; sobre
mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor. Pero llegando también el
que había recibido un talento, dijo: Señor, te conocía que eres hombre
duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por
lo cual tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la tierra; aquí
tienes lo que es tuyo. Respondiendo su señor, le dijo: Siervo malo y
negligente, sabías que siego donde no sembré, y que recojo donde no
esparcí. Por tanto, debías haber dado mi dinero a los banqueros, y al
venir yo, hubiera recibido lo que es mío con los intereses. Quitadle,
pues, el talento, y dadlo al que tiene diez talentos. Porque al que
tiene, le será dado, y tendrá más; y al que no tiene, aun lo que tiene
le será quitado. Y al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera;
allí será el lloro y el crujir de dientes".
En
esta parábola encontramos una evidente continuación del
mismo tema, aunque presentado en un aspecto algo diferente. La
moraleja de la parábola precedente era vigilancia;
la
de la ésta es diligencia. Difícilmente puede decirse
que en esta parábola se ha introducido un nuevo elemento,
porque la representación de la venida de Cristo como un tiempo
de juicio corre a través de todo el discurso profético
de nuestro Señor. Es este hecho lo que da propósito y
urgencia al llamado, a menudo reiterado, a ser vigilantes. No sólo
habría de ser un tiempo de juicio para Jerusalén e
Israel, sino hasta para los discípulos mismos de Cristo.
También ellos tenían que "estar de pie delante del
Hijo del hombre". Había peligro de que "aquel día"
viniera sobre ellos sin que estuvieran preparados y estando
descuidados. Esta asociación de juicio con la Parusía
aparece en la parábola del señor de la casa, y todavía
más en la de los siervos buenos y malos. Queda expresada aún
más vívidamente en la parábola de las vírgenes
prudentes y las vírgenes insensatas, y tiene todavía
mayor prominencia en la parábola de los talentos; pero alcanza
el clímax en la parábola final, si puede decirse, de
las ovejas y los carneros.
No
es necesario entrar en los detalles de la parábola de los
talentos. Sus principales características son sencillas y
obvias. Contiene una solemne amonestación para que los siervos
de Cristo sean fieles y diligentes en ausencia de su Señor. La
parábola apunta a un día en que Él regresaría
y haría cuentas con ellos. Establece la abundante recompensa
de los buenos y los fieles, y el castigo del siervo infiel.
Sin
embargo, el punto que nos concierne principalmente en esta
investigación es la relación de esta parábola
con el discurso precedente. ¿Qué puede ser más
claro que la íntima conexión entre la una y la otra? La
partícula conectiva "porque" en el versículo
14 marca claramente la continuación del discurso. El tema es
el mismo, el tiempo es el mismo, la catástrofe es la misma.
Hasta este punto, pues, no encontramos ninguna interrupción,
ningún cambio, ninguna introducción a un tema
diferente; todo es continuo, homogéneo, uno. Ni por un momento
se ha desviado el discurso del gran tema que todo lo absorbe, la
cercana condenación de la ciudad culpable, con los solemnes
acontecimientos que la acompañan, todo lo cual debe tener
lugar dentro del período de aquella generación, y todo
lo cual presenciarían los discípulos, o algunos de
ellos.
(l)
La Parusía, un tiempo de juicio
Parábola de las ovejas y
los cabritos
Mateo 25:31-46 - "Cuando el Hijo del Hombre venga en su
gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su
trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones; y
apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los
cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su
izquierda.
"Entonces el Rey dirá a los de su derecha:
Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros
desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de
comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me
recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me
visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí. Entonces los justos le
responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te
sustentamos, o sediento, y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos
forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos? ¿O cuándo te vimos
enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti? Y respondiendo el Rey, les
dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis
hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.
"Entonces dirá también a los de la izquierda:
Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y
sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y
no me disteis de beber; fui forastero, y no me recogisteis; estuve
desnudo, y no me cubristeis; enfermo, y en cárcel, y no me visitasteis.
Entonces también ellos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos
hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo, o en la cárcel, y no
te servimos? Entonces les responderá diciendo: De cierto os digo que en
cuanto no lo hicisteis a uno de estos má pequeños, tampoco a mí lo
hicisteis. E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida
eterna".
Hasta
este punto, hemos encontrado que el discurso de Jesús sobre el
Monte de los Olivos es una profecía conectada y continua, que
se refiere únicamente a la gran catástrofe que se
cernía sobre la nación judía, y que habría
de tener lugar, según la predicción de nuestro Señor,
antes de que pasara la generación que existía. Ahora,
sin embargo, encontramos un pasaje que, en opinión de casi
todos los comentaristas, no puede entenderse como que se refiere a
Jerusalén o Israel, sino a toda la raza humana y a la
consumación de todas las cosas. Si el consenso de
los
expositores puede establecer una interpretación, sin duda este
pasaje debe ser considerado como que se aparta por completo del tema
de las preguntas de los discípulos, y describe la última
escena de todas en la historia del mundo.
Puede
admitirse libremente que esta parábola, o descripción
parabólica, tiene muchos puntos de diferencia con la porción
precedente del discurso de nuestro Señor. Parece estar
separada y ser distinta del resto, sin los enlaces que hemos
encontrado en otras secciones. Aún más, parece tener un
alcance mayor que Jerusalén e Israel; parece el juicio, no de
una nación, sino de todas las naciones; no de una ciudad o un
país, sino del mundo; no una crisis pasajera, sino la
consumación final.
Es,
pues, con un profundo sentido de la dificultad de la tarea que nos
atrevemos a impugnar la interpretación de tantos hombres
sabios y buenos, y argumentar que el pasaje, no sólo es parte
integral de la profecía, sino que pertenece por entero al tema
del discurso de nuestro Señor, el juicio de Israel y el fin de
la era [judía].
1.
Esta parábola, aunque en nuestra versión inglesa está
separada y desconectada del contexto, está en realidad
conectada con ,i un enlace muy suficiente con lo que aparece antes.
Este es un vocablo padre en griego, donde encontramos la partícula
(griego), cuya fuerza reside
en indicar transición y conexión -- transición
hacia una nueva ilustración, y conexión con el contexto
anterior. Alford, en su Nuevo Testamento revisado, conserva la
partícula de continuidad: "Pero el Hijo del hombre habrá
venido en su gloria", etc. Con igual propiedad, podría
haber sido traducida -- "Y cuando", etc.
2.
Esta "venida del Hijo del hombre" ya ha sido predicha por
nuestro Señor (Mat. 24:30 y pasajes paralelos), y el tiempo
expresamente definido, siendo incluido en la abarcante declaración:
"De cierto os digo: No pasará esta generación, sin
que todo esto acontezca" (Mat. 24:34).
3.
Merece observarse en particular que la descripción de la
venida del Hijo del hombre en su gloria, que se hace en esta
parábola, se ajusta en todos los puntos a la de Mat. 16:27,28,
de la cual se afirma expresamente que sería presenciada por
algunos que estaban presentes en el momento en que la predicción
se hizo.
Puede
ser bueno comparar las dos descripciones.
Mat.16:27,28
"Porque el Hijo del Hombre vendrá en la
gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según
sus obras.
"De cierto os digo que hay algunos de los que están
aquí, que no gustarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del
Hombre viniendo en su reino".
Mat.
25:31-33
"Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y
todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de
gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones", etc.
Aquí
el lector notará que:
a)
En ambos pasajes, el tema al que se refieren es el mismo, es decir,
la venida del Hijo del hombre
- la Parusía.
b)
En ambos pasajes, Él es descrito como viniendo en gloria.
c)
En ambos, es acompañado por los santos ángeles.
d)
En ambos, viene como Rey. "Viniendo
en su reino".
"Se sentará en su trono. Entonces el Rey",
etc.
e)
En ambos, viene para juicio.
f)
En ambos, el juicio es representado como universal en cierto sentido.
"Dará a cada uno" "Delante serán
reunidas todas las naciones".
g)
En Mateo 16:28, se afirma expresamente que esta venida en gloria,
etc., habría de tener lugar durante la vida de
algunos
de los que estaban allí presentes. Esto fija la ocurrencia de
la Parusía dentro de los límites de una vida humana,
estando así en perfecto acuerdo con el período definido
por nuestro Señor en su discurso profético. "No
pasará esta generación", etc.
Nos
sentimos plenamente autorizados, pues, para considerar la venida del
Hijo del hombre de Mat. 25 como idéntica a aquella a la que se
hace referencia en Mat. 16, que algunos discípulos habrían
de vivir para presenciar.
Así,
pues, a pesar de las palabras "todas las naciones" de Mat.
25:32, llegamos a la conclusión de que de lo que se habla aquí
no es "la consumación final de todas las cosas",
sino del juicio de Israel al final de la era judía, o del eón
judío.
4.
Pero todavía se objetará que queda una formidable
dificultad en la expresión "todas las naciones". Sin
embargo, la dificultad es más aparente que real; porque
1)
No es nada raro encontrar en las Escrituras proposiciones universales
que deben entenderse en un sentido limitado o restringido.
Hay
un ejemplo de esto en este mismo discurso de nuestro Señor. En
Mat. 24:22, hablando de la "gran tribulación", Él
dice: "Y si aquellos días no fuesen acortados, nadie
sería salvo". Ahora, es evidente que esta "gran
tribulación" estaba limitada a Jerusalén, o, en
todo caso, a Judea, y sin embargo, tenemos una expresión usada
en relación con los habitantes de una ciudad o país,
que es lo bastante amplia para incluir a la raza humana entera, en el
sentido en que Lange y Alford en realidad la entienden.
2)
Hay gran probabilidad en la opinión de que la frase "todas
las naciones" equivale a "todas las tribus de la tierra"
(Mat. 24:30). No hay ninguna impropiedad en designar a las tribus
como naciones. La promesa de Dios a Abraham era que
sería
padre de muchas naciones (Gén. 17:5; Rom. 4:17, 18).
En
el tiempo de nuestro Señor, era usual hablar de los habitantes
de Palestina como que comprendían varias naciones. Josefo
habla de "la nación de los samaritanos", "la
nación de los bataneos", "la nación de los
galileos" - usando la misma palabra (e;tnoj) que encontramos en
el pasaje que estamos considerando. Judea era una nación
distinta, a menudo con su propio rey; lo mismo ocurría con
Samaria, Idumea, Galilea, Perea, Batanea, Traconitis, Iturea, Abilene
-- todas las cuales, en diferentes épocas, tuvieron príncipes
con el título de Etnarca, un nombre que significa
gobernante de una nación. No es, pues, violentar el lenguaje
entender (pa,nta ta.e;nh) en el sentido de que se refiere a "todas
las naciones" de Palestina, o "todas las tribus de la
tierra".
Esta
posición recibe fuerte confirmación del hecho de que la
misma frase en la comisión apostólica (Mat. 28:19): "Id
y haced discípulos a todas las naciones" no parece
haber sido entendida por los discípulos en el sentido de que
se refería a la población entera del globo, o a alguna
nación más allá de Palestina. Se supone
comúnmente que los apóstoles sabían que habían
recibido la tarea de evangelizar al mundo. Si efectivamente lo
sabían, eran culpables de haber descuidado el ocuparse de
ello. Pero puede suponerse que las palabras de nuestro Señor
no transmitieron ninguna idea como ésta a sus mentes. El
erudito profesor Burton observa: "No fue sino hasta 14 años
después de la ascensión de nuestro Señor cuando
Pablo viajó por primera vez, y predicó el evangelio a
los gentiles. Y no hay ninguna evidencia de que, durante ese período,
los otros apóstoles traspasaron los límites de Judea".
(1)
El
hecho parece ser que el lenguaje de la comisión apostólica
no llevó a las mentes de los apóstoles ninguna idea
ecuménica de esta clase. Nada les dejó más
atónitos que el descubrimiento de que "también a
los gentiles había dado Dios arrepentimiento para vida"
(Hechos 11:18). Cuando Pedro fue acusado de "reunirse con
incircuncisos y comer con ellos", no parece que él
defendiese su conducta apelando a los términos de la comisión
apostólica. Si la frase "todas las naciones" hubiese
sido entendida por los discípulos en su sentido literal y más
abarcante, es difícil imaginar cómo habrían
dejado de reconocer una vez el carácter universal del
evangelio y su comisión de predicarlo a judíos y
gentiles por igual. Se necesitó una clara revelación
del cielo para vencer los prejuicios judíos de los apóstoles,
y darles a conocer el misterio de "que los gentiles son
coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la
promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio" (Efesios
3:6).
En
vista de estas consideraciones, tenemos por razonable y y
justificable dar a la frase "todas las naciones" un
significado restringido, y limitarla a las naciones de Palestina. En
este sentido, la frase armoniza bien con las palabras de nuestro
Señor: "No acabaréis de recorrer todas las
ciudades de Israel, antes de que venga el Hijo del Hombre" (Mat.
10:23).
5.
Una vez más, a la peculiar prueba de carácter aplicada
por el juez en esta descripción parabólica se opone
fuertemente la idea de que esta escena representa el juicio final de
la raza humana entera. Se observará que el destino de los
justos y los impíos se hace girar alrededor del tratamiento
que respectivamente ofrecieron a los sufrientes discípulos de
Cristo. Todas las cualidades morales, toda conducta virtuosa, toda fe
verdadera, quedan aparentemente fuera de las cuentas, y sólo
se toman en cuenta los actos de caridad y beneficencia hacia los
angustiados discípulos. No es de sorprenderse que esta
circunstancia haya causado gran perplejidad tanto a teólogos
como a lectores en general. ¿Es ésta la doctrina de
Pablo? ¿Es ésta la base para la justificación
delante de Dios que se establece en el Nuevo Testamento? ¿Debemos
llegar a la conclusión de que el destino eterno de la raza
humana, desde Adán hasta el último hombre, dependerá
finalmente de su caridad y su simpatía hacia los perseguidos y
sufrientes discípulos de Cristo?
La
dificultad es seria, en la suposición de aquí tenemos
una descripción del "juicio general en el día
final", y no debería ser pasada por alto, como comúnmente
lo es. ¿Cómo podrían las naciones que existieron
antes del tiempo de Cristo ser enjuiciadas por este modelo? ¿Cómo
podrían las naciones que nunca oyeron hablar de Cristo, o las
que florecieron en las épocas en que el cristianismo era
próspero y poderoso, ser enjuiciadas por este modelo? Es
manifiestamente inapropiado e inaplicable. Pero la dificultad se
resuelve fácil y completamente si consideramos esta
transacción judicial como el juicio de Israel al final de la
era judía. Es el rechazado Rey de Israel el que es el juez: es
la generación hostil e incrédula, la última y la
peor de la nación, a la que se hace comparecer ante Su
tribunal. El tratamiento que le dieron a los discípulos,
especialmente a los apóstoles, podría, apropiada y
justamente, ser el criterio de carácter para "discernir
entre los justos y los impíos". Una prueba como ésta
sería muy apropiada en una época en que el cristianismo
fue una fe perseguida, y es evidente que esto se supone por los
términos mismos de las palabras del Rey: "Tuve hambre y
sed, fui extranjero, estuve desnudo, enfermo, y en prisión".
Las personas designadas como "estos mis hermanos", y
que son tomados como representantes de Cristo mismo, son
evidentemente los apóstoles de nuestro Señor, en los
cuales tuvo hambre y sed, estuvo desnudo, enfermo y en prisión.
Todo esto está en perfecta armonía con las palabras de
Cristo a sus discípulos, cuando les envió a predicar:
"El que a vosotros recibe, a mí me
recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió.
El que recibe a un profeta por cuanto es profeta, recompensa de
profeta recibirá; y el que recibe a un justo por cuanto es
justo, recompensa de justo recibirá. Y cualquiera que dé
a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría
solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no
perderá su recompensa" (Mat. 10:40-42).
Llegamos,
pues, a la conclusión, la única que en todos los
respectos se ajusta al tenor del discurso entero, de que aquí
tenemos, no el juicio final de la raza humana entera, sino el de la
nación culpable o las naciones culpables de Palestina, que
rechazaron a su Rey y menospreciaron y mataron a sus mensajeros (Mat.
22:1-14), y cuyo día de condena estaba ahora a las puertas.
Siendo
esto así, se ve que la profecía entera del Monte de los
Olivos es un todo homogéneo y conectado: "simplex
duntaxat et unum". Ya no es una mezcla confusa e ininteligible,
que frustra toda interpretación, que parece hablar con dos
voces, y que señala en diferentes direcciones al mismo tiempo.
Es una representación clara, consecutiva, e históricamente
correcta del juicio de la nación teocrática al final de
la era judía o del período judío. La teoría
de interpretación que considera este discurso como típico
del juicio final de la raza humana, y de una catástrofe
mundial que acompaña este suceso, en realidad no encuentra
ningún apoyo en la predicción misma, al tiempo que
conlleva inextricable perplejidad y confusión. Si, por una
parte, pudiera demostrarse que la profecía, como un todo, es
aplicable igualmente en cada una de sus partes a dos acontecimientos
diferentes y ampliamente separados; o, por la otra, que en cierto
punto se separa de un tema, y trata del otro, entonces el doble
sentido, o la referencia doble, se sostendría sobre alguna
base inteligible. Pero no encontramos ninguna línea divisoria
en la profecía entre lo cercano y lo remoto, y todos los
intentos de trazar dicha línea son insatisfactorios y
arbitrarios hasta el extremo. Aún más insostenible es
la hipótesis de un doble significado que corre a través
del todo; una hipótesis que supone una "facultad
verificadora" en el expositor o en el lector, y da un poder de
discreción tan grande al crítico ingenioso que parece
completamente incompatible con la reverencia debida a la Palabra de
Dios.
La
perplejidad que la teoría del doble sentido involucra es
puesta bajo una fuerte luz por la confesión de Dean Alford,
quien, al final de sus comentarios sobre esta profecía,
expresa honestamente su insatisfacción con los puntos de vista
que había propuesto. "Creo que es correcto", dice,
"expresar en esta tercera edición que, habiendo entrado
en un estudio más profundo de las porciones proféticas
del Nuevo Testamento, no siento en modo alguno la plena confianza que
una vez tuve en la exégesis, quoad interpretación
profética, que aquí se da de las tres porciones de este
capítulo 25. Pero no tengo ningún otro sistema con el
cual reemplazarla, y algunos de los puntos tratados aquí me
parecen tan de peso como siempre. Me pregunto mucho si el estudio
exhaustivo de la profecía de la Escritura me volverá
más y más desconfiado de toda sistematización
humana, y menos dispuesto a correr el riesgo de hacer un fuerte
aserto sobre cualquier porción del tema". (Julio de
1855). En la cuarta edición, Alford añade: "Aprobado,
Octubre de 1858)". Esta es una sinceridad altamente honorable
para el crítico, pero sugiere esta reflexión: Si, con
toda la luz y la experiencia de dieciocho siglos, la profecía
del Monte de los Olivos todavía continúa siendo un
enigma sin resolver, ¿cómo podría haber sido
inteligible para los discípulos, que la escucharon
ansiosamente de los labios del Maestro? ¿Podemos suponer que,
en ese momento, él les hablaría en acertijos
ininteligibles? ¿Que cuando le pidieran pan les daría
una piedra? Imposible. No hay razón para creer que los
discípulos eran incapaces de comprender las palabras de Jesús,
y, si estas palabras han sido malinterpretadas en tiempos
posteriores, es porque un método de interpretación
falso y antinatural ha oscurecido y desfigurado lo que en sí
mismo es bastante luminoso y simple. Es cosa de sorprenderse que los
expositores hayan demostrado tal indiferencia hacia las expresas
limitaciones de tiempo establecidas por nuestro Señor; que se
les haya dado significados forzados y antinaturales a palabras como
ai,w n genea.ente,j, etc.; que se hayan trazado líneas
divisorias en el discurso donde no existe ninguna - y en general, que
se haya sometido a la profecía a un tratamiento que no sería
tolerado en la crítica de ningún clásico griego
o latino. Permítase solamente que el lenguaje de la Escritura
sea tratado con justicia común, e interpretado por los
principios de la gramática y el sentido común, y
quedará eliminada gran parte de la oscuridad y de los
malentendidos, y saldrá a la luz la forma y la substancia
mismas de la verdad. (2).
Antes
de pasar adelante de esta profecía profundamente interesante,
puede ser apropiado referirnos al cumplimiento maravillosamente
minucioso que recibió, según un testigo irreprochable,
el historiador judío Josefo. Es un hecho de singular interés
e importancia que se conservara para la posteridad un registro
completo y auténtico de los tiempos y las transacciones a las
que se hace referencia en la profecía de nuestro Señor;
y que este registro fuera de la pluma de un estadista, soldado,
sacerdote, y hombre de letras judío, que no sólo tiene
acceso a las mejores fuentes de información, sino que él
mismo es testigo presencial de muchos de los acontecimientos que
relata. Da peso adicional a este testimonio el hecho de que no
procede de un cristiano, que podría haber sido sospechoso de
partidismo, sino de un judío, que era indiferente, si no
hostil, a la causa de Jesús.
Tan
llamativa es la coincidencia entre la profecía y la historia,
que la antigua objeción de Porfirio contra el libro de Daniel,
de que debe haber sido escrito después del acontecimiento,
podría refutarse plausiblemente, si hubiese el más
ligero pretexto para tal insinuación.
Aunque
el pueblo judío siempre se sintió intranquilo y molesto
bajo el yugo de Roma, no había síntomas urgentes de
desafecto en el tiempo en que nuestro Señor hizo esta profecía
de la cercana destrucción del templo, la ciudad, y la nación.
Las clases más altas abundaban en manifestaciones de lealtad
al gobierno imperial. "¡No tenemos más rey que
César!", exclamaron. Era política de Roma conceder
a las provincias subyugadas el libre ejercicio de su propia religión.
No había, pues, ninguna razón aparente para que el
nuevo y espléndido templo de Jerusalén no permaneciera
en pie por siglos, y para que Judea no disfrutara de mayor
tranquilidad y prosperidad bajo la égida de César que
la que había conocido bajo los príncipes nativos. Pero,
antes de que hubiese pasado por completo la generación que
rechazó y crucificó al Hijo de David, la nacionalidad
judía fue extinguida: Jerusalén se convirtió en
desolación; "la casa santa y hermosa"sobre el monte
de Sión fue arrasada hasta el suelo; y el pueblo infeliz, que
no conoció el tiempo de su visitación, fue abrumado por
calamidades sin paralelo en los anales del mundo.
Todo
esto es innegable; pero sería demasiado esperar que esto fuese
considerado como cumplimiento adecuado de las palabras de nuestro
Salvador por muchos a los cuales el prejuicio o las interpretaciones
tradicionales les han enseñado a ver más en la profecía
de lo que jamás incluyó la inspiración. El
lenguaje, se dice, es demasiado magnífico, las transacciones
demasiado estupendas para ser satisfechas por un suceso tan
inadecuado como el juicio de Israel y la destrucción de
Jerusalén. Ya hemos tratado se señalar el verdadero
significado y la verdadera grandeza de ese acontecimiento. Pero la
única respuesta suficiente a todas esas objeciones es la
expresa declaración de nuestro Señor, que cubre el
ámbito entero de este discurso profético. "De
cierto os digo, que no pasará esta generación sin que
todo esto acontezca". Sin duda, hay algunas porciones de esta
predicción que pueden ser verificadas por el testimonio
humano. ¿Espera alguien que Tácito, Suetonio, o Josefo,
o cualquier otro historiador, relate que "el Hijo del hombre fue
visto viniendo en las nubes del cielo con poder y gran gloria; que Él
convocó a las naciones a este tribunal, y recompensó a
cada uno según sus obras"? Hay una región en la
cual no pueden entrar los testigos y los reporteros; carne y sangre
no pueden contemplar los misterios de lo espiritual o lo inmaterial.
Pero hay también una gran porción de la profecía
que puede ser verificada, y que puede ser ampliamente verificada.
Hasta un atacante del cristianismo, que impugna el conocimiento
sobrenatural de Cristo, se ve obligado a admitir que "la porción
relativa a la destrucción de la ciudad es singularmente
definida, y corresponde muy de cerca al acontecimiento verdadero".
(4) El puntual cumplimiento
de la parte de la profecía que entra en el campo de la
observación humana garantiza la verdad del resto, que no cae
dentro de esa esfera. En la secuela de esta discusión,
descubriremos que los sucesos que ahora parecen increíbles a
muchos eran la confiada expectación y la esperanza de la era
apostólica, y que los primeros cristianos estaban plenamente
persuadidos de su realidad y su cercanía. Quedamos, pues, en
este dilema: O las palabras de Jesús han fallado, y las
esperanzas de sus discípulos han sido falsificadas, o de lo
contrario esas palabras y esas esperanzas se han cumplido, y la
profecía se ha cumplido plenamente en todas sus partes. Una
cosa es cierta. La veracidad de nuestro Señor queda
comprometida con la afirmación de que la totalidad y cada una
de las partes de los acontecimientos contenidos en esta profecía
habrían de tener lugar antes del fin de la generación
existente. Si algún lenguaje puede reclamar para sí el
ser preciso y definido, es el que nuestro Señor emplea para
marcar los límites del tiempo dentro del cual se cumplirían
sus palabras. Nuestro Señor guarda silencio sobre cualesquiera
otras catástrofes, de otras naciones, en otras épocas,
que puedan haber en el futuro. Él habla de su propia nación
culpable, y de su venida judicial al final de la era, como habían
predicho a menudo y claramente Malaquías, Juan el Bautista, y
Jesús mismo. (5) De
esto sus palabras han de ser tenidas por responsables; más
allá de esto es mera especulación humana, las hipótesis
de los teólogos, sin ninguna base segura en la Escritura.
Hemos,
pues, tratado de rescatar esta gran profecía del método
impreciso y nada crítico de interpretación por medio
del cual ha sido tan oscurecida y embrollada; así que dejemos
que nos transmita a nosotros el mismo significado distinto y claro
que transmitió a los discípulos. Reverencia hacia la
Palabra de Dios, y la debida consideración por los principios
de interpretación, nos prohiben imponer construcciones no
naturales y dobles sentidos, que en efecto "añadirían
a las palabras de esta profecía". No nos atrevemos a
jugar irresponsablemente con las expresas y precisas afirmaciones de
Cristo. No encontramos sino una Parusía; un fin de la era; una
catástrofe inminente; un terminus ad quem - "esta
generación". Protesstamos contra la exégesis que
manipula la Palabra de Dios tan libremente que se recomienda a sí
misma a los ojos de muchos. "El Señor", se dice,
"siempre está viniendo a los que esperan su aparición.
Vemos su venida a gran escala en cada crisis de la gran historia
humana. En revoluciones, en reformas, y en las crisis de nuestra
historia individual. Para cada uno de nosotros, hay un advenimiento
del Señor, tan a menudo como se nos presentan nuevos y mayores
aspectos de la verdad, o somos llamados a entrar en deberes nuevos y
quizás más laboriosos y emocionantes". (6)
De esta manera, podría ser más difícil decir lo
que no es una "venida del Señor". Pero, al
convertirla en cualquier cosa y en todas las cosas, la convertimos en
nada. Está vacía de toda precisión y realidad.
No hay razón para que la encarnación, la crucifixión,
y la resurrección no puedan, de manera similar, llegar a ser
transacciones comunes y diarias, así como la Parusía.
Una cosa es decir que los principios del gobierno divino son eternos
e inmutables, y que, por lo tanto, lo que Dios hace a un pueblo, o a
una época, hará en circunstancias similares a otras
naciones y a otras épocas; otra cosa es decir que esta
profecía tiene dos significados: uno para Jerusalén e
Israel, y otro para el mundo y la consumación final de todas
las cosas. Sostenemos, con Neander, que "las palabras de Cristo,
como sus obras, contienen en sí mismas el germen de un
desarrollo infinito, reservado para que lo revelen las edades
futuras". (7) Pero esto
no implica que la profecía es cualquier cosa que pueda
concebir una fantasía ingeniosa, o que tenga sentidos ocultos
o ulteriores que subyacen el significado aparente y natural del
lenguaje. El deber del intérprete y estudiante de la Escritura
es, no intentar lo que la Escritura pueda hacérsele decir,
sino someter su comprensión de "los verdaderos dichos de
Dios", que son por lo general tan sencillos como profundos. (8)
Notas:
1.
Bampton Lecture, del Profesor Burton, p. 20.
2.
El siguiente extracto ha sido tomado de un excelente artículo
en el primer tomo de la Biblioteca Sacra (1843), por el Dr. E.
Robinson, titulado "La Venida de Cristo". Hasta el ver. 42
del cap. 24 de Mateo, el Dr. Robinson sostiene la exclusiva
referencia de la predicción a Jerusalén, y por esta
razón menciona las interpretaciones que se refieren a ella
como el "fin del mundo:"
"Ahora
surge la pregunta de si, bajo estas limitaciones de tiempo, es
posible una referencia del lenguaje de nuestro Señor al día
del juicio y al fin del mundo en nuestro sentido de estos términos.
Los que sostienen este punto de vista intentan de varias maneras
deshacerse de las dificultades que surgen de estas limitaciones.
Algunos asignan a (e.nqe,nj) el significado de súbitamente,
como lo emplea la Sepuaginta en Job ver. 3 para el hebreo. Pero, aún
en este pasaje, el propósito del escritor es simplemente
marcar una secuencia inmediata - indicar que otro suceso más
consecuente ocurre en seguida. Ni se ganaría nada aunque se
pudiera disponer de la palabra (nqe,wj), con tal de que permaneciera
la subsiguiente limitación a "esta generación".
Y en esto también otros han tratado de referir genea a la raza
de los judíos, o a los discípulos de Cristo, no sólo
sin el más ligero fundamento, sino contrariamente a todo uso y
a toda analogía. Todos estos intentos de aplicar la fuerza al
significado del lenguaje son en vano, y ahora han sido abandonados
por la mayoría de los comentaristas de nota".
Después
de una exposición tan luminosa, es decepcionante descubrir que
el Dr. Robinson deja de llevar consistentemente hasta el fin los
principios con los cuales comenzó. Desconcertado por la
conclusión anticipada de que "el juicio final" y "el
fin del mundo" se encuentran en alguna parte de la profecía,
e incapaz de ver dónde termina el tema de Jerusalén y
dónde comienza el otro y mayor tema de la catástrofe
mundial, adopta el siguiente método. Comenzando con la
suposición de que la parábola de las ovejas y los
cabritos tiene que describir el último evento, tantea su
camino hacia atrás hasta la parábola anterior, la de
los talentos, en la cual encuentra el mismo tema, la doctrina de la
retribución final. Yendo aún más atrás, a
la parábola de las diez vírgenes, descubre que el
objeto de esa parábola es inculcar la misma verdad importante.
Llega a la conclusión de que el capítulo veinticinco de
Mateo debe, por lo tanto, referirse por entero a las transacciones
del último gran día.
"Pero",
continúa, "la última parte del cap. 24, es decir,
desde el ver. 43 hasta el 51, está íntimamente
conectada con la parábola inicial del ca. 25", que parece
proporcionar suficiente base para considerar que este pasaje también
se refiere al juicio futuro. En el ver. 43 de Mat. 24, por lo tanto,
el Dr. Robinson cree que nuestro Señor abandona por completo
el tema de Jerusalén y entra en un tema nuevo, el juicio del
mundo.
En
seguida es evidente que la totalidad de su razonamiento queda viciado
por la falsa premisa con la cual comienza, o sea, la suposición
de que la parábola de las ovejas y los cabritos se refiere al
juicio de la raza humana. Ya hemos demostrado que no hay ningún
nuevo comienzo en Mat. 24:48.
4.
Contemporary Review, Nov.
1876. Véase la Nota B, Parte
I.
5.
Refiriéndose a la destrucción de Jerusalén, dice
Jonathan Edwards: "Así, pues, hubo un final definitivo
del mundo del Antiguo Testamento: Todo quedó concluído
con una especie de día del juicio, en el cual el pueblo de
Dios fue salvo, y sus enemigos destruidos de manera terrible".
Historia de la Redención,
vol. i, p. 445.
6.
Evang. Meg. Feb. 1877, p. 69.
7.
Life of Christ, 165.
8.
Véase Nota A, Parte I.
DECLARACIÓN
DE NUESTRO SEÑOR ANTE
EL SUMO SACERDOTE
Mat. 26:64
"Jesús le dijo: Tú lo has dicho; y además os digo,
que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del
poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo".
Mar. 14:62
"Y Jesús le dijo: Yo soy; y veréis al Hijo del
Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes
del cielo".
Luc. 22:69
"Pero desde ahora el Hijo del Hombre se sentará a
la diestra del poder de Dios".
La
respuesta de nuestro Salvador a la solemne orden del sumo sacerdote
para que declarase bajo juramento es la repetición, casi
palabra por palabra, de lo que Jesús había declarado a
los discípulos en el Monte de los Olivos: "Verán
al Hijo del Hombre viniendo viniendo sobre las nubes del cielo con
poder y gran gloria" (Mat. 24:30). Son, evidentemente, el
mismo suceso y el mismo período a los que se hace referencia.
El lenguaje implica que las personas a las que Jesús se
dirige, o algunas de ellas, presenciarían el acontecimiento
predicho. La expresión: "Veréis" no sería
apropiada si se refiriera a algo que ninguno de los oyentes viviría
para presenciarlo, y que no tendría lugar por miles de años.
Nuestro Señor, pues, les dijo a sus jueces que ellos, o
algunos de ellos, vivirían para verle venir en juicio, o
viniendo en su reino. Esta declaración está en armonía
con lo que nuestro Salvador dijo a sus discípulos: "El
Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus
ángeles ... De cierto os digo, que hay algunos de los que
están aquí, que no gustarán la muerte, hasta que
hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino" (Mat.
16:27,28). Algunos de sus discípulos, y algunos de sus jueces,
vivirían lo suficiente para presenciar aquella gran
consumación, menos de cuarenta años después,
cuando el Hijo del Hombre vendría en su reino a ejecutar los
juicios de Dios sobre la nación culpable. Esto es precisamente
lo que afirma la profecía del Monte de los Olivos: "No
pasará esta generación", etc. Nuevamente aquí
no tenemos ni oscuridad ni ambigüedad. Pero, ¿puede
decirse otro tanto de la interpretación que hace que las
palabras de nuestro Señor se refieran a un tiempo todavía
futuro, y un suceso que todavía no ha tenido lugar? ¿Puede
decirse otro tanto de la interpretación que encuentra en esta
escena, que el Sanedrín judío habría de
presenciar, no un suceso dintinto y particular, sino un proceso
prolongado y continuo, que comenzó en la resurrección
de Cristo, que continúa todavía, y que continuará
hasta el fin del mundo?
Esta
extraña interpretación, que es la de Lange y de Alford,
se basa en parte en la suposición de que la predicción
de nuestro Señor no se ha cumplido todavía, y en parte
en la palabra "de aquí en adelante", que se cree
indica un proceso continuo. (1)
Pero, ¿es esa explicación creíble, o siquiera
concebible? ¿Es verdad que el sumo sacerdote y el Sanedrín
comenzaron, desde ese momento, a ver el Hijo del hombre venir en las
nubes del cielo?, etc. ¿Cómo podría tal
aparición ser un proceso continuo? Claramente, las palabras
sólo pueden referirse a un acontecimiento definido y
específico; y no podemos sentirnos inseguros al establecer de
qué acontecimiento se trata. No puede ser otro que la Parusía,
tan a menudo predicha antes. Ése no fue un proceso prolongado,
sino un acto sumario - súbito, rápido, conspicuo, como
el relámpago. El sentido queda bien expresado por los editores
del Critical English Testament: "El sentido no
puede ser
que él vendría y así le verían
inmediatamente después del momento de su respuesta; sino más
bien, que él ahora partiría de ellos, y que la
siguiente vez que le vieren,
después de su rechazo por
ellos, sería en su venida en gloria, como lo predijo el
profeta Daniel". (2)
En
esta declaración de nuestro Señor encontramos,
entonces, una confirmación adicional de sus anteriores
afirmaciones de que su venida por segunda vez tendría lugar
durante la generación existente. Algunos de sus jueces, así
como algunos de sus discípulos, habrían de
presenciarla; ¡y esa afirmación no tendría ningún
significado si no implicara que ellos habrían de presenciarla
con sus propios ojos!
Predicción de los ayes
que vendrían sobre Jerusalén
Lucas 23:27-31. "Y
le seguía gran multitud del pueblo, y de mujeres que lloraban
y hacían lamentación por él. Pero Jesús,
vuelto hacia ellas, les dijo:
Hijas de
Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por
vosotras mismas y por vuestros hijos. Porque he aquí vendrán
días en que dirán: Bienaventuradas las estériles,
y los vientres que no concibieron, y los pechos que no criaron.
Entonces comenzarán a decir a los montes: Caed sobre nosotros;
y a los collados: Cubridnos. Porque si en el árbol verde hacen
estas cosas, ¿en el seco, qué no se hará?"
Aquí
tenemos una afirmación tan clara, tan definida en cada punto
que puede fijar su referencia - tiempo, lugar, personas,
circunstancias - que no queda lugar para la incertidumbre. Apunta a
un tiempo que no estaba muy distante, sino a las puertas - "vendrán
días" - un tiempo que las personas a las cuales se
hablaba y sus niños vivirían para presenciar; un tiempo
de gran tribulación, que caería con particular
severidad sobre las mujeres y los niños; un tiempo cuando, en
la agonía de su terror, las multitudes desesperadas clamarían
a los montes y a los collados para que cayeran sobre ellos y les
cubrieran.
Se
encontrará que aquellos memorables detalles serán
sumamente valiosos en la elucidación de la profecía
bíblica en la etapa subsiguiente de de esta investigación.
Mientras tanto, es claro que esta patética descripción
puede referirse solamente a la catástrofe de Jerusalén
en los últimos días de su historia. Sólo tenemos
que ir a las páginas de Josefo para encontrar los hechos que
ilustran y confirman el lenguaje de nuestro Salvador. Los horrores de
aquella trágica historia culminan en el episodio de María
de Perea, cuyo banquete tiesteano horrorizó hasta a los
despiadados bandidos que merodeaban como lobos hambrientos por la
ciudad. Es a la luz de incidentes como éste que vemos el pleno
significado de las palabras: "Bienaventuradas las estériles,
y [bienaventurados] los vientres que no concibieron".
Es
con un movimiento de algo como impaciencia que escuchamos a Stier,
seducido por el ignis fatuus de un doble
significado, insistir
en un oculto significado de las palabras de nuestro Salvador: "Habló
expresa y principalmente del juicio de Jerusalén e Israel,
pero contemplaba y se refería a lo que se había
anunciado en este tipo histórico, el juicio de todos los
impenitentes, y de todos los incrédulos en común, hasta
el fin". (3) Así
dice también Alford, siguiendo a Stier. Sin embargo, está
sólo en la imaginación del expositor el que esta
referencia ulterior existe: no hay sugerencia de él en el
texto; y es con cierto grado de asombro que encontramos a un crítico
erudito que va tan lejos en el olvido de su verdadera vocación
que declara que "el cumplimiento histórico, real, y
específico" es "lo de menos: el significado de la
palabra llega mucho más allá". Si alguna vez hubo
un caso en el cual no se debe pensar en significados dobles y
cumplimientos típicos, seguramente es aquí". En
esa hora de angustia, no podía haber sino un solo pensamiento
presente en el corazón de Jesús. Veía la
tormenta de ira que cobraba fuerza, y en la que la ciudad dedicada
pronto habría de quedar envuelta, y que estallaría con
tal violencia sobre la tierna y delicada, los niños y las
madres de Jerusalén, y reciprocaba la lástima de
aquellos corazones compasivos, más conmovido en ese momento
por los sufrimientos anticipados de ellos que por los suyos. ¿Qué
necesidad hay de ir más allá de aquella trágica
catástrofe, y buscar otra, concerniente a la cual el contexto
guarda completo silencio?
La Oración del Ladrón
Penitente
Lucas 23:42. "Y
dijo a Jesús: Acuérdate
de mí cuando vengas en tu reino".
El
único punto que nos concierne en este memorable incidente es
la referencia que el malhechor hizo a la venida de
nuestro
Señor en su reino". Cualquiera sea el modo en que había
adquirido este conocimiento, reconoció en el rechazado Profeta
que estaba a su lado al Rey de Israel, el Hijo de Dios. Creía
que, a pesar de que Israel lo había rechazado y crucificado,
un día vendría otra vez "en su reino".
¡Maravillosa fe en un hombre como éste y en un momento
como éste! Si el ladrón en la cruz hubiese escuchado el
testimonio de Jesús delante del sumo sacerdote, o si hubiese
sabido lo que Jesús había dicho a sus discípulos,
de que "algunos de ellos no verían muerte hasta que
hubiesen visto al Hijo del hombre viniendo en su reino",
podríamos explicarnos mejor su fe y su oración. De
todos modos, no podría haber habido más inteligencia y
precisión en el lenguaje de un discípulo que en las
palabras de este "tizón arrebatado del incendio". No
tenemos modo de saber qué idea tenía el malhechor con
respecto al tiempo de esa venida - si la había
concebido como cercana o como distante; pero es presumible que la
consideraba cercana. Un moribundo difícilmente oraría
para que fuese recordado en alguna época distante, después
de que hubiesen pasado siglos y milenios. En esa crisis, sólo
lo inminente o lo inmediato podría estar en sus pensamientos.
Una cosa parece segura: la más inverosímil de todas las
interpretaciones es la que representaría su oración
como todavía sin contestar, y la "venida" de la cual
hablaba como todavá entre los sucesos de un futuro
desconocido.
La Comisión Apostólica
Mat.
28:19,20
"Por tanto, id, y haced discípulos a todas las
naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo, y del
Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he
mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin
del mundo. Amén".
Mar.
16:15,20
"Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio
a toda criatura".
"Y ellos, saliendo,
predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la
palabra con las señales que la seguían. Amén".
Luc.
24:47
"Y que se predicase
en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las
naciones, comenzando desde Jerusalén".
Es
usual considerar esta comisión como si estuviera dirigida a
toda la Iglesia Cristiana en todos los tiempos. No hay duda de que es
permisible inferir de estas palabras la obligación perpetua,
que descansa sobre todos los cristianos en todos los tiempos, de
propagar el evangelio a todas las naciones; pero es importante
considerar las palabras en su referencia correcta y original. Es la
comisión de Cristo a mensajeros escogidos, designándoles
para su obra evangelística, y asegurándoles su
constante presencia y protección. Tiene una especial
aplicación para los apóstoles que no puede tener para
nadie más. Ya hemos advertido el hecho de que los discípulos,
a los que se les dio esta misión, no parecen haberla entendido
en el sentido de que debían extender su obra evangelística
más allá de los linderos de Palestina, o predicar el
evangelio a judíos y a gentiles indiscriminadamente. Es seguro
que no llevaron a cabo esta comisión inmediatamente, ni lo
hicieron por años, en su sentido más amplio; ni parece
probable que jamás lo hubiesen hecho así sin una
revelación expresa. Como la mostrado el Dr. Burton, no menos
de quince años pasaron entre la conversión de Pablo y
su primer viaje apostólico para predicarles a los gentiles.
"Tampoco hay ninguna evidencia de que, durante ese período,
los otros apóstoles rebasaran los confines de Judea". (4)
Hay, pues, mucha probabilidad en la opinión de que el lenguaje
de la comisión apostólica no transmitió a sus
mentes la misma idea que a nosotros, y que, como ya hemos visto, la
frase "todas las naciones" [pa,nta ta e[qnj] equivale
realmente a todas las tribus de la tierra" [pa/sai
a,i,qnlai.gh/j].
Pero
lo que especialmente merece notarse es la notable limitación
de tiempo, el "terminus ad quem" especificado aquí
por el Salvador. "He aquí, yo estoy con vosotros todos
los días, hasta el fin del mundo" [suntelei,aj
ton/ai.w/nj]. Nada puede ser más confuso para el lector de
habla inglesa que la traducción "fin del mundo", que
inevitablemente sugiere el fin de la historia humana, el fin del
tiempo, y la destrucción de la tierra, un significado que las
palabras no soportan. Lange, aunque está lejos de aprehender
el verdadero significado de la frase, da el sentido correcto: "la
consumación de la era secular, o el período de tiempo
que termina con la Parusía". ¿Qué puede ser
más evidente que el hecho de que la promesa de Cristo de estar
con sus discípulos hasta el fin del tiempo implica que ellos
habrían de vivir hasta el fin de esa época? Aquella
gran consumación no estaba lejos; el Señor había
hablado de ella a menudo, y siempre como un suceso que se aproximaba,
un suceso que algunos de ellos vivirían para ver. Era la
conclusión de la dispensación mosaica; el fin del gran
período de prueba de la nación teocrática;
cuando la estructura entera del sistema judío habría de
ser barrida, y "el reino de Dios vendría con poder".
Este gran suceso, había declarado nuestro Señor, habría
de ocurrir dentro de los límites de la generación que
entonces existía. El "fin del tiempo" coincidió
con la Parusía, y la señal externa y visible por la
cual se distingue es la destrucción de Jerusalén. Este
es el terminus por el cual el campo está delimitado
en
el Nuevo Testamento. Para Israel era "el fin", "el fin
de todas las cosas", "el pasar del cielo y la tierra",
la abrogación del antiguo orden, la inauguración del
nuevo. De esta época providencial, la historia nos dice mucho,
pero la profecía nos dice más. La historia nos muestra
las señales predichas que se cumplían; los síntomas
premonitorios de la catástrofe que se aproximaba - los falsos
Cristos, las guerras y los rumores de guerras; las insurrecciones y
los disturbios; los terremotos, las hambres y pestilencias; las
persecuciones y tribulaciones; las legiones invasoras de Roma; la
ciudad sitiada y capturada; el templo en llamas; las multitudes
masacradas; las nación extinguida. Pero la historia no puede
levantar el velo que cuelga sobre el mundo espiritual; nos conduce
hasta el borde mismo, y nos invita a adivinar el resto. Pero nosotros
tenemos una palabra profética más segura que, en vez de
conjeturas, nos da seguridad. Revela al "Hijo del hombre
viniendo en su gloria"; al Rey sentado en el trono; el juicio
iniciado, y los libros abiertos. Revela las ovejas y los cabritos
separados los unos de las otras; los justos entrando en la vida
eterna; los impíos enviados al castigo eterno. Si no tenemos
verificación histórica de lo invisible y lo espiritual,
como la tenemos de los elementos visibles y materiales de esta
consumación, es porque ellos no están en la naturaleza
de las cosas que se pueden conocer igualmente por medio de los
sentidos. Pero los aceptamos por la fe en su palabra, que declaró:
"De cierto os digo, todas estas cosas vendrán sobre esta
generación"; y nuevamente: "De cierto os digo, que
no pasará esta generación sin que se cumplan todas
estas cosas". "El cielo y la tierra pasarán, pero
mis palabras no pasarán". El cumplimiento literal de todo
lo que cae dentro de la esfera de la observación humana es
garante de la credibilidad del resto, que pertenece al ámbito
de lo invisible y lo espiritual.
Notas:
1.
(a/rti) en el griego posterior vino a significar "pronto",
"en la actualidad". Véase a Liddell y Scott, y por
eso, nuestros traductores, escriben correctamente "desde ahora",
que deja el tiempo real del suceso en el futuro, pero no
necesariamente inmediato. Critical English Test,
vol. iii, p.
860, nota.