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LA PARUSÍA

o

La Segunda Venida de Nuestro Señor

James Stuart Russell
(1816-1895)



PREFACIO
Ningún lector atento del Nuevo Testamento puede dejar de impresionarse con la prominencia que los evangelistas y los apóstoles le dan a la PARUSÍA, o 'venida del Señor'. Ese suceso es el gran tema de la profecía del Nuevo Testamento. Apenas si hay un solo libro, desde el evangelio de Mateo hasta el Apocalipsis de Juan, en el que la Parusía no se presente como la gloriosa promesa de Dios y la bendita esperanza de la iglesia. Fue predicha por Nuestro Señor con frecuencia y solemnidad; fue mantenida sin cesar por los apóstoles ante los ojos de los primeros cristianos; y fue creída firmemente y esperada ansiosamente por las iglesias de la era primitiva.
No puede negarse que hay una notable diferencia entre la actitud de los primeros cristianos y la de los cristianos actuales en relación con la Parusía. Esa gloriosa esperanza, a la cual se volvieron ansiosamente todos los ojos y todos los corazones en la era apostólica, casi ha desaparecido de la vista de los modernos creyentes. Cualesquiera sean las opiniones teóricas expresadas en símbolos y credos, debe admitirse con franqueza que la 'segunda venida de Cristo' casi ha dejado de ser una creencia viva y práctica.
Se pueden invocar varias causas para explicar este estado de cosas. Los apresurados vaticinios de los que con demasiada confianza se han dedicado a interpretar la profecía, y el consiguiente discrédito por el fracaso de sus predicciones, sin duda han disuadido a hombres reverentes y sensatos de adentrarse en la investigación de 'profecías no cumplidas'. Por otra parte, hay razones para pensar que la crítica racionalista ha engendrado dudas sobre si hubo alguna vez el propósito de que las predicciones del Nuevo Testamento tuvieran cumplimiento literal o histórico.
Entre el racionalismo, por una parte, y el irracionalismo, por la otra, ha venido a haber un estado, ampliamente prevaleciente, de incertidumbre y confusión de pensamiento en relación con las profecías del Nuevo Testamento, lo cual explica hasta cierto punto, aunque quizás no justifica, el hecho de que se envíe el tema entero a la región de los problemas oscuros e insolubles, sin esperanza.
Sin embargo, ésta es sólo una explicación parcial. Merece consideración, ya sea que haya o no una diferencia fundamental entre la relación de la iglesia de la era apostólica con la Parusía predicha y la relación con ese suceso sostenida en épocas subsiguientes. Sin duda, los primeros cristianos creían que estaban al borde de una gran catástrofe, y sabemos cuánta intensidad y cuánto entusiasmo inspiraba la esperanza de la casi inmediata venida del Señor; pero, si no puede demostrarse que los cristianos actuales tienen una actitud similar, habría una falta de verdad y realismo al simular la ansiosa anticipación y esperanza de la iglesia primitiva. Un mismo suceso no puede ser inminente en dos períodos diferentes separados por casi dos mil años. Por lo tanto, debe haber alguna grave equivocación por parte de los que sostienen que la iglesia cristiana actual tiene precisamente la misma relación con, y debería tener la misma actitud hacia, la 'venida del Señor' que la iglesia en los días de Pablo.
En un espíritu franco y reverente, esta obra es un intento de aclarar este malentendido, y establecer el verdadero significado de la Palabra de Dios sobre un tema que ocupa un lugar tan conspicuo en las enseñanzas de Nuestro Señor y de sus apóstoles. Es el fruto de muchos años de paciente investigación, y el autor no ha escatimado esfuerzos para poner a prueba al máximo la validez de sus conclusiones. Ha sido su única meta establecer lo que dice la Escritura, y su único deseo, ser gobernado por una leal sumisión a la autoridad de ella. El ideal de interpretación bíblica que ha mantenido ante sí es el que fue tan bien expresado por un teólogo alemán: 'Explicatio plana non tortuosa, facilis non violenta, eademque et exegeticce et Chistance conscientium pariter arridens'. (1)
Aunque la naturaleza de la investigación hace necesario referirse con alguna frecuencia al original del Nuevo Testamento y a las leyes de construcción gramatical e investigación, ha sido el propósito del autor presentar esta obra de la manera más popular posible, de modo que cualquier persona de educación e inteligencia normales pueda leerla con facilidad e interés. La Biblia es un libro para todo hombre, y el autor no ha escrito esta obra para eruditos y críticos solamente, sino para los muchos que están profundamente interesados en la interpretación bíblica, y que piensan, con Locke, que 'una búsqueda imparcial del verdadero significado de las Sagradas Escrituras es la mejor manera que tenemos de emplear el tiempo'. (2) Para el autor será suficiente recompensa de sus trabajos si logra dilucidar en alguna medida las enseñanzas de la revelación divina que han sido oscurecidas por prejuicios tradicionales, o malinterpretadas por una exégesis errónea.
1878.

CONTENIDO
Prefacio
Las últimas palabras de la profecía en el Antiguo Testamento
El Libro de Malaquías
El intervalo entre Malaquías y Juan el Bautista

PARTE I

LA PARUSÍA EN LOS EVANGELIOS
La Parusía Predicha Por Juan el Bautista
La Enseñanza de Nuestro Señor Sobre la Parusía, En los Evangelios
Predicción de la ira venidera sobre aquella generación
Alusiones adicionales a la ira venidera
Destino inminente de la nación judía (Parábola de la higuera estéril)
El fin del mundo, o la terminación de la dispensación judía (Parábolas de la
cizaña y la red)
La venida del Hijo del Hombre (la Parusía) durante la vida de los apóstoles
La Parusía ha de tener lugar durante la vida de algunos discípulos
La venida del Hijo del Hombre segura y pronta (Parábola de la viuda
inoportuna)
La recompensa de los discípulos en la edad venidera, es decir, en la Parusía
Indicaciones proféticas de la próxima consumación del reino de Dios:
1 Parábola de las minas
2. Lamento de Jesús sobre Jerusalén
3. Parábola de los labradores malvados
4. Parábola de las bodas del Hijo del Rey
5. Ayes contra los escribas y fariseos
6. La profecía del Monte de los Olivos
Examen de la profecía del Monte de los Olivos:
I. Preguntas de los discípulos
II. Respuesta de Nuestro Señor a los discípulos
(a) Sucesos que más remotamente habrían de preceder a la consumación
(b) Indicaciones adicionales del próximo destino de Jerusalén
(c) Los discípulos advertidos contra los falsos profetas
(d) Llegada del 'fin', o la catástrofe de Jerusalén
(e) La Parusía ha de tener lugar antes de que pase la generación actual
(f) Certeza de la consumación, pero incertidumbre de su fecha exacta
(g) Lo repentino de la Parusía, y llamado a estar vigilantes
(h) Los discípulos advertidos de lo repentino de la Parusía (Parábola del señor de la
casa)
II.Respuesta de Nuestro Señor a los discípulos (continuación):
(i) La Parusía, un tiempo de juicio tanto para los amigos como los enemigos de Cristo
(Parábola de las vírgenes prudentes y las vírgenes insensatas)
(k) La Parusía, un tiempo de juicio (Parábola de los talentos)
(l) La Parusía, un tiempo de juicio (Las ovejas y los cabritos)
Declaración de Nuestro Señor Ante el Sumo Sacerdote
Predicción de los ayes que vienen sobre Jerusalén
Oración del ladrón penitente
La comisión apostólica
La Parusía en el Evangelio de Juan
La Parusía y la resurrección de los muertos
La resurrección, el juicio, y el último día
El juicio de este mundo, y del príncipe de este mundo
El regreso de Cristo (la Parusía) será pronto
Juan ha de vivir hasta la Parusía
Resumen de la enseñanza de los evangelios con respecto a la Parusía
Apéndice a la Parte I
Nota A.- Sobre la teoría de interpretación del doble sentido
Nota B.- Sobre el elemento profético en los evangelios


PARTE II

LA PARUSÍA EN LOS HECHOS Y EN LAS EPÍSTOLAS
En los Hechos de los Apóstoles
'Irse' y 'regresar'
Vienen los últimos días
La próxima destrucción de aquella generación
La Parusía y la restitución de todas las cosas
Cristo habrá de juzgar pronto al mundo
En las Epístolas Apostólicas
Introducción
En la Primera Epístola a los Tesalonicenses
Esperanza de la pronta venida de Cristo
La ira venidera sobre el pueblo judío
Significado de la Parusía para los discípulos de Cristo
Cristo ha de venir con todos sus santos
Los sucesos que acompañan a la Parusía
Exhortación a la vigilancia en la espera de la Parusía
Oración para que los tesalonicenses sobrevivan hasta la venida de Cristo
En la Segunda Epístola a los Tesalonicenses
La Parusía, un tiempo de juicio contra los enemigos de Cristo, y de la liberación de su pueblo
Sucesos que deben preceder a la Parusía
1. La apostasía
2. El hombre de pecado
En las Epístolas a los Corintios
La Primera Epístola a los Corintios
Actitud de los cristianos de Corinto en relación con la Parusía
Carácter judicial del 'día del Señor' (I Cor. 3:13)
Carácter judicial del 'día del Señor (I Cor. 4:5)
Cercanía de la consumación que se aproxima
El fin del mundo ya ha llegado
Sucesos que acompañan a la Parusía
Los santos (vivos) transformados en la Parusía
La Parusía y la 'final trompeta'
'Maranatha', la contraseña apostólica
La Segunda Epístola a los Corintios
Anticipaciones del 'fin' y del 'día del Señor'
Los muertos en Cristo han de ser presentados junto con los vivos en la Parusía
Esperanza de la futura bienaventuranza en la Parusía
En la Epístola a los Gálatas
'La edad presente'
Las dos Jerusalenes - la antigua y la nueva
En la Epístola a los Romanos
El día de la ira
La escatología de Pablo
Cercanía de la próxima salvación
Esperanza de una pronta liberación
En la Epístola a los Colosenses
La manifestación de Cristo se aproxima
La ira venidera
En la Epístola a los Efesios
La dispensación de la plenitud de los tiempos
El día de redención
La edad presente y la venidera
La (s) edad (es) venidera (s)
En la Epístola a los Filipenses
El día de Cristo
Esperanza de la Parusía
Cercanía de la Parusía
En las Epístolas a Timoteo
En la Primera Epístola:
Apostasía de los postreros días
Tabla escatológica, o sinopsis, de los pasajes relacionados con los postreros tiempos
Frases equivalentes que se refieren al mismo período
Tabla de pasajes relacionados con la apostasía de los postreros tiempos
Conclusión con respecto a la apostasía
Timoteo y la Parusía
La apostasía ya se está manifestando
En la Segunda Epístola:
Esperanza de 'aquel día', es decir, la Parusía
La apostasía de los 'postreros días' es inminente
Espera del fin que se aproxima
En la Epístola a Tito
Anticipación de la Parusía
En la Epístola a los Hebreos
Los últimos días ya han llegado
Las edades, o períodos mundiales
El mundo venidero, o el nuevo orden
El fin del tiempo
La promesa del reposo de Dios
El fin de los tiempos
Esperanza de la Parusía
La Parusía se aproxima
La Parusía es inminente
La Parusía y los santos del Nuevo Testamento
La gran consumación se acerca
Cercanía y fin de la consumación
Expectativa de la Parusía
En la Epístola de Santiago
Vienen los últimos días
Cercanía de la Parusía
En las Epístolas de Pedro
En la Primera Epístola:
La salvación a punto de ser revelada en los postreros tiempos
La revelación cercana de Jesucristo
Relación entre la redención de Cristo y el mundo antediluviano
Cercanía del juicio y el fin de todas las cosas
Las buenas nuevas anunciadas a los muertos
El fuego de prueba y la gloria venidera
Ha llegado el tiempo del juicio
La gloria a punto de ser revelada
En la Segunda Epístola:
Burladores en 'los postreros días'
La escatología de Pedro
Certeza de la consumación que se aproxima
Lo repentino de la Parusía
Actitud de los cristianos primitivos en relación con la Parusía
Los nuevos cielos y la nueva tierra
La cercanía de la Parusía, un motivo para ser diligentes
Los creyentes no deben desanimarse por la aparente demora de la Parusía
Alusión de Pedro a las enseñanzas de Pablo concernientes a la Parusía
En las Epístolas de Juan
El mundo pasa: viene la última hora
Viene el anticristo, prueba de que es la última hora
El anticristo no es una persona, sino un principio
Marcas del anticristo
Esperanza de la Parusía
En la Epístola de Judas

APÉNDICE A LA PARTE II
Nota A.- El reino de los cielos, o el reino de Dios
Nota B.- Acerca de la 'Babilonia' de 1 Pedro 5:13
Nota C.- Acerca del simbolismo de la profecía, con referencia especial a las
predicciones de la Parusía
Nota D.- El Dr. Owen acerca de 'los nuevos cielos y la nueva tierra' (2 Pedro 3:7)
Nota E.- El Rev. F. D. Maurice acerca de 'el último tiempo' (1 Juan 2:18)



PARTE III
La Parusía en el Apocalipsis
Interpretación del Apocalipsis
Limitación de tiempo en el Apocalipsis
Fecha del Apocalipsis
El verdadero significado del Apocalipsis
Estructura y plan del Apocalipsis
El número siete en el Apocalipsis
El tema del Apocalipsis
El prólogo
La Primera Visión
Los mensajes a las siete iglesias
La Segunda Visión
Los Siete Sellos
Introducción a la visión
Apertura del primer sello
Apertura del segundo sello
Apertura del tercer sello
Apertura del cuarto sello
Apertura del quinto sello
Apertura del sexto sello
Sellamiento de los siervos de Dios
La Tercera Visión
Las Siete Trompetas
Apertura del séptimo sello
Las cuatro primeras trompetas
La quinta trompeta
La sexta trompeta
Episodio del ángel y el librito
Medición del templo
Episodio de los dos testigos
La séptima trompeta
La Cuarta Visión
Las Siete Figuras Místicas
La mujer vestida de sol
El gran dragón escarlata
El hijo varón
La primera bestia
El número de la bestia
La segunda bestia
El Cordero en el Monte Sión
El Hijo del Hombre en las Nubes
La Quinta Visión
Las Siete Copas
La Sexta Visión
La gran ramera
El misterio de la bestia escarlata
Los siete reyes
Los diez cuernos de la bestia
Nota sobre Apocalipsis 17
La caída de Babilonia
El juicio de la bestia y sus poderes confederados
El juicio del dragón
El reino de los santos y mártires
Satanás soltado después de mil años
La catástrofe de la sexta visión
La Séptima Visión
La santa ciudad, o la esposa
Prólogo a la visión
Descripción de la santa ciudad
Epílogo
Resumen y Conclusión

Apéndice a la Parte III
Nota A.- Reuss, acerca de el número de la bestia.
Nota B.- "Vida y Escritos de Pablo", por el Dr. J. M. MacDonald; el obispo Warburton, acerca
de "La Profecía de Nuestro Señor Sobre el Monte de los Olivos", y acerca de "El Reino de los
Cielos'.






LAS ÚLTIMAS PALABRAS DE LA PROFECÍA DEL ANTIGUO TESTAMENTO

El Libro de Malaquías
El Intervalo Entre Malaquías y Juan el Bautista

EL LIBRO DE MALAQUÍAS
El canon de las Escrituras del Antiguo Testamento se cierra de manera muy diferente de lo que podría esperarse después del espléndido futuro revelado a la nación del pacto en las visiones de Isaías. Ninguno de los profetas es portador de una carga más pesada que el último del AT. Malaquías es el profeta de la destrucción. Parecía que la nación, por medio de su incorregible obstinación y desobediencia, había renunciado al favor divino y demostrado ser, no sólo indigna, sino incapaz, de las glorias prometidas. La partida del espíritu profético estaba llena de malos presagios, y parecía indicar que el Señor estaba a punto de abandonar el país. En consecuencia, la luz de la profecía del Antiguo Testamento se apaga en medio de nubes y densa oscuridad. El Libro de Malaquías es una larga y terrible acusación contra la nación. El Señor mismo es el acusador, y con la evidencia más clara, sustenta cada uno de los cargos contra el pueblo culpable. La larga acusación incluye sacrilegio, hipocresía, desprecio contra Dios, infidelidad conyugal, perjurio, apostasía, blasfemia; mientras, por otro lado, el pueblo tiene el descaro de repudiar la acusación, y declararse 'no culpable' de cada uno de los cargos. El pueblo parece haber alcanzado esa etapa de insensibilidad moral en que los hombres llaman a lo malo bueno, y a lo bueno malo, y están madurando rápidamente para ser juzgados.
Como resultado, el juicio venidero es 'la carga de la palabra del Señor a Israel por medio de Malaquías'.
Cap. 3:5.- "Y vendré a vosotros para juicio; y seré pronto testigo contra los hechiceros y adúlteros, contra los que juran mentira, y los que defraudan en su salario al jornalero, a la viuda y al huérfano, y a los que hacen injusticia al extranjero, no teniendo temor de mí, dice Jehová de los ejércitos".
Cap. 4:1.- "Porque he aquí, viene el día ardiente como un horno, y todos los soberbios y todos los que hacen maldad serán estopa; aquel día que vendrá los abrasará, ha dicho Jehová de los ejércitos, y no les dejará ni raíz ni rama".
Que esta no es una amenaza vaga y sin significado es evidente a juzgar por los términos claros y definidos con que es anunciada. Todo apunta a una inminente crisis en la historia de la nación, cuando Dios administre juicio sobre su pueblo rebelde. "Viene el día ardiente como un horno", "el día grande y terrible de Jehová". Que este "día" se refiere a cierto período y a un suceso específico no admite duda. Ya había sido predicho, y precisamente con las mismas palabras, por el profeta Joel (2:31): "El día grande y espantoso de Jehová". Y encontraremos una clara referencia a él en el discurso del apóstol Pedro el día de Pentecostés (Hechos 2:20). Pero el período queda definido más precisamente por la notable declaración de Malaquías en 4:5: "He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible". La declaración explícita de nuestro Señor de que el Elías predicho no es otro que su precursor, Juan el Bautista (Mat. 11:14), nos permite establecer el momento y el suceso a los que se hace referencia como "el día de Jehová. grande y terrible". El suceso no debe ser buscado a gran distancia del período de Juan el Bautista. Es decir, la alusión al juicio de la nación judía, cuando su ciudad y su templo fueron destruidos, y la estructura entera del estado mosaico fue disuelta.
Merece notarse que tanto Isaías como Malaquías predicen la aparición de Juan el Bautista como el precursor de nuestro Señor, pero en términos muy diferentes. Isaías le representa como el heraldo del Salvador venidero: "Voz que clama en el desierto: Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios". (Isa. 40:3). Malaquías representa a Juan como el precursor del Juez venidero: "He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí; y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis, y el ángel del pacto, a quien deseáis vosotros. He aquí viene, ha dicho Jehová de los ejércitos". (Mal. 3:1).
Que esta es una venida de juicio se pone de manifiesto por las palabras que siguen inmediatamente después, y que describen la alarma y la consternación causadas por su aparición: "Y quién podrá soportar el tiempo de su venida? ¿o quién podrá estar en pie cuando él se manifieste?" (Mal. 3:2).
No puede decirse que este lenguaje es apropiado para la primera venida de Cristo; pero es altamente apropiado para su segunda venida. Hay una clara alusión a este pasaje en Apoc. 6:17, donde "los reyes de la tierra, y los grandes, los ricos, los capitanes," etc. son representados como ocultándose "del rostro de aquél que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero, diciendo: El gran día de su ira ha llegado; ¿y quién podrá sostenerse en pie?" Nada puede estar más claro que "el día de su venida" en Mal. 3:2 es el mismo que "el día de Jehová, grande y terrible" de 4:5, y que ambos responden al "gran día de su ira" en Apoc. 6:17. Por lo tanto, concluimos que el profeta Malaquías habla, no del primer advenimiento de nuestro Señor, sino del segundo.
Esto queda probado además por el hecho significativo de que, en 3:1, el Señor es representado como viniendo "súbitamente a su templo". Entender esto como que se refiere a la presentación del Salvador niño en el templo por sus padres, a los suyos en los atrios del templo, o a los suyos de entre los compradores y vendedores del sagrado edificio es ciertamente una explicación de lo más inadecuada. Ésas no son ocasiones de terror y consternación, como está implícito en el segundo versículo: "¿Quién podrá estar en pìe cuando él se manifieste?" Sin embargo, la expresión sugiere vívidamente la visitación final y judicial sobre la casa de su Padre, cuando habría de quedar "desierta", según su predicción. El templo era el centro de la vida de la nación, el símbolo visible del pacto entre Dios y su pueblo; era el lugar en que "el juicio debía comenzar", y que habría de ser alcanzado por "destrucción repentina". Entonces, tomando en cuenta todos estos detalles, la "súbita venida del Señor a su templo", la consternación que acompaña "el día de su venida", su venida como "fuego purificador", su venida "para juicio", "viene el día ardiente como un horno", "todos los que hacen maldad serán estopa", "no les dejará ni raíz ni rama", y la aparición de Juan el Bautista, el segundo Elías, antes de la llegada del "día grande y terrible de Jehová", es imposible resistirse a la conclusión de que aquí el profeta predice la gran catástrofe nacional en la cual el templo, la ciudad, y la nación perecieron juntas; y que esto es designado como "el día de su venida".
Sin embargo, aunque parezca extraño, el hecho indudable es que Malaquías no alude a la primera venida de nuestro Señor. Esto lo reconoce claramente Hengstenberg, que observa: "Malaquías omite del todo la primera venida de Cristo en humillación, y deja completamente en blanco el intervalo entre su precursor y el juicio de Jerusalén". (1) Esto debe explicarse por el hecho de que el principal objeto de la profecía es predecir la detrucción nacional y no la liberación nacional.
Al mismo tiempo, mientras el juicio y la ira son los elementos predominantes de la profecía, los rasgos de un carácter diferente no están completamente ausentes. El día de la ira es también un día de redención. Hay un remanente fiel, aun en la nación apóstata: hay oro y plata que deben ser refinados y joyas que deben ser reunidas, así como escoria que debe ser rechazada y rastrojo que debe ser quemado. Hay hijos a quienes perdonar la vida, así como enemigos que ser destruidos; y el día que trajo consternación y oscuridad para los impíos, verá "el Sol de justicia nacer trayendo salvación en sus alas" para los fieles. Hasta Malaquías sugiere que la puerta de la misericordia todavía no está cerrada. Si la nación regresa a Dios, Él regresará a ellos. Si quieren restituir lo que sacrílegamente han retenido del servicio del templo, Él los compensará con bendiciones mayores de las que ellos podrían recibir. Todavía pueden ser una "tierra deliciosa", la envidia de todas las naciones. En la hora undécima, si la misión del segundo Elías tiene éxito en ganar los corazones del pueblo, la catástrofe inminente puede ser alejada, después de todo (3:3, 16-18; 4:2, 3, 5).
Sin embargo, existe la conclusión inevitable de que las amonestaciones y las amenazas no servirán de nada. Las últimas palabras suenan como el tañido de campanas anunciando destrucción. (Mal. 4:6): "No sea que yo venga y hiera la tierra con maldición".
El pleno significado de esta ominosa declaración no es evidente en seguida. Para la mente hebrea, esta declaración indicaba la más terrible suerte que podría sobrevenirle a una ciudad o a un pueblo. La 'maldición' era el anatema, o cherem, que denotaba que la persona o cosa sobre la que recaía la maldición era entregada a una completa destrucción. Tenemos un ejemplo del cherem, o ban, en la maldición pronunciada sobre Jericó (Josué 6:17; y una declaración más detallada de la ruina que ello significaba, en el libro de Deuteronomio (13:12-18). La ciudad habría de ser herida a filo de espada, toda cosa viviente en ella debía ser ejecutada, el botín no debía ser tocado, todo era maldito e inmundo, la ciudad debía ser consumida por el fuego, y el lugar entregado a desolación perpetua. Hengstenberg observa: "Todas las cosas imaginables están incluídas en esta sola palabra"; (2) y cita el comentario de Vitringa sobre este pasaje: "No cabe duda de que Dios quería decir que entregaría a una segura destrucción tanto a los obstinados transgresores de la ley como a su ciudad, y que debían sufrir el extremo castigo de su justicia, como dirigentes consagrados a Dios, sin ninguna esperanza de obtener favor o perdón".
Tal es la terrible maldición que dejó suspendida sobre la tierra de Israel el espíritu profético en el momento de partir y guardar un silencio que duraría siglos. Es importante observar que todo esto hace referencia clara y específica a la tierra de Israel. El mensaje del profeta es a Israel; los pecados que son reprobados son los de Israel; la venida del Señor es a su templo en Israel; la tierra amenazada con maldición es la tierra de Israel. (3) Todo esto apunta manifiestamente a una específica catástrofe local y nacional, de la cual la tierra de Israel habría de ser el escenario, y sus culpables habitantes las víctimas. La historia registra el cumplimiento de la profecía, en exacta correspondencia con el tiempo, el lugar, y las circunstancias, en la ruina que devastó a la nación judía durante el período de la destrucción de Jerusalén.


EL INTERVALO ENTRE MALAQUÍAS Y JUAN EL BAUTISTA

Los cuatro siglos que transcurren entre la conclusión del Antiguo Testamento y el principio del Nuevo están en blanco en la historia de las Escrituras. Sin embargo, sabemos, por los libros de los Macabeos y los escritos de Josefo, que fue un período agitado en los anales judíos. Judea fue, por turnos, vasalla de las grandes monarquías que la circundaban - Persia, Grecia, Egipto, Siria, y Roma - con un intervalo de independencia bajo los príncipes macabeos. Pero, aunque durante este período la nación pasó por grandes sufrimientos, y produjo algunos ilustres ejemplos de patriotismo y de piedad, en vano buscamos algún oráculo divino, o algún mensajero inspirado, que declarase la palabra de Dios. Israel podía decir en verdad: "No vemos ya nuestras señales; no hay más profeta, ni entre nosotros hay quien sepa hasta cuándo". (Sal. 74:9). Y sin embargo, esos cuatro siglos no dejaron de ejercer una poderosa influencia en el carácter de la nación. Durante este período, se establecieron sinagogas por todo el territorio, y el conocimiento de las Escrituras se extendió ampliamente. Surgieron las grandes escuelas religiosas de los fariseos y de los saduceos, cuyos dos grupos profesaban ser expositores y defensores de la ley de Moisés. En gran número, los judíos se asentaron en las grandes ciudades de Egipto, Asia Menor, Grecia, e Italia, llevando consigo y a todas partes el culto de la sinagoga y la Septuaginta, la traducción griega del Antiguo Testamento. Sobre todo, la nación acariciaba en lo más recóndito de su corazón la esperanza de un libertador venidero, un heredero de la casa real de David, que debía ser el rey teocrático, el liberador de Israel de la dominación gentil, cuyo reino fuera tan feliz y glorioso que mereciera llamarse "el reino de los cielos". Pero, en su mayor parte, el concepto popular del rey venidero era terrenal y carnal. En cuatrocientos años, no había habido ningún mejoramiento en la condición moral del pueblo y, entre el formalismo de los fariseos y el escepticismo de los saduceos, la verdadera religión se había hundido hasta llegar a su punto más bajo. Sin embargo, todavía había un fiel remanente que tenía conceptos más verdaderos del reino de los cielos, y "que esperaba la redención en Israel". Al acercarse el tiempo, hubo indicios del regreso del espíritu profético, y presagios de que el prometido liberador estaba cerca. A Simeón se le aseguró que, antes de morir, vería al "ungido de Jehová"; parece que una indicación parecida se le había hecho a la anciana profetisa Ana. Es razonable suponer que tales revelaciones deben haber despertado gran expectación en los corazones de muchos, y les prepararon para el pregón que poco después se oyó en el desierto de Judea: "Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado". Nuevamente se había levantado profeta en Israel, y "el Señor había visitado a su pueblo".



PARTE I

LA PARUSÍA EN LOS EVANGELIOS LA PARUSÍA PREDICHA POR JUAN EL BAUTISTA

No hay nada más claramente afirmado en el Nuevo Testamento que la identidad de Juan el Bautista con el heraldo en el desierto por medio de Isaías y el Elías de Malaquías. Cuán bien concuerda la descripción de Juan con la de Elías es evidente al primer vistazo. Cada uno era austero y asceta en su estilo de vida; cada uno era un celoso reformador de la religión; cada uno era un severo censurador del pecado. Los tiempos en que vivieron eran singularmente semejantes. En ambos períodos, la nación judía era degenerada y corrupta. Elías tuvo su Acab, Juan su Herodes. No es objeción a esta identificación de Juan como el Elías predicho el hecho de que el Bautista mismo rechazó el nombre cuando los sacerdotes y levitas de Jerusalén exigieron: "¿Eres tú Elías?" (Juan 1:21). Los judíos esperaban la reaparición del Elías literal, y la respuesta de Juan estaba dirigida a esa opinión errónea. Pero su verdadero derecho a la designación es afirmado expresamente en el anuncio hecho por el ángel a su padre Zacarías: "E irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías (Lucas 1:17); así como en las declaraciones de nuestro Señor: "Y si queréis recibirlo, él es aquel Elías que había de venir". (Mat. 11:14). "Mas os digo que Elías ya vino, y no le conocieron ... Entonces los discípulos comprendieron que les había hablado de Juan el Bautista". (Mat. 17:10-13). Juan era el segundo Elías, y cumplió exhaustivamente las predicciones de Isaías y Malaquías concernientes a él. Por lo tanto, soñar con un "Elías del futuro" equivale a poner en duda la afirmación expresa de la palabra de Dios, y no descansa en ninguna justificación bíblica en absoluto.
Ya hemos aludido al doble aspecto de la misión de Juan presentada por los profetas Isaías y Malaquías. La misma diversidad se ve en las descripciones del Nuevo Testamento tocantes al segundo Elías. El aspecto benigno de su misión presentada por Isaías se reconoce también en las palabras del ángel por medio del cual había sido predicho su nacimiento, como ya se ha citado, y en el pronunciamiento inspirado de su padre Zacarías: "Y tú, niño, profeta del Altísimo serás llamado; porque irás delante de la presencia del Señor, para preparar sus caminos; para dar conocimiento de salvación a su pueblo, para perdón de sus pecados" (Lucas 1:76, 77). Encontramos el mismo aspecto de gracia en los versículos iniciales de evangelio de Juan: "Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él" (Juan 1:7).
Pero el otro aspecto de su misión no es reconocido con menos claridad en los evangelios. Es representado, no sólo como el heraldo del Salvador venidero, sino como el del Juez venidero. En realidad, sus propias afirmaciones registradas hablan mucho más de ira que de salvación, y están concebidas más en el espíritu del Elías de Malaquías que en el del heraldo del desierto en Isaías. Amonesta a los fariseos y a los saduceos, y a las multitudes que venían a su bautismo, a que "huyeran de la ira venidera". Les dice que "el hacha está puesta a la raíz de los árboles". Anuncia la venida de Uno más poderoso que él, "cuyo aventador está en su mano, y recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará" (Mat. 3:12).
Es imposible no impresionarse con la correspondencia entre el lenguaje del Bautista y el de Malaquías. Como observa Hengstenberg: "A través de todo el texto, es la profecía de Malaquías la que Juan comenta". (1) En ambos, la venida del Señor se describe como un día de ira; ambos hablan de su venida con fuego que refina y prueba, con fuego que quema y consume. Ambos hablan de un tiempo de discriminación y separación entre los justos y los impíos, el oro y la escoria, el trigo y la paja; y ambos hablan de la completa destrucción de la paja, o rastrojo. con fuego que no se apaga. Estas no son semejanzas fortuitas: las dos predicciones son la contraparte la una de la otra, y sólo pueden referirse al mismo suceso, el mismo "día del Señor", el mismo juicio venidero.
Pero lo que merece observarse más especialmente es la evidente cercanía de la crisis que Juan predice. "La ira venidera" es una interpretación muy inadecuada del lenguaje del profeta. (2) Debería ser "la ira que viene"; esto es, no meramente futura, sino inminente. "La ira venidera" puede ser indefinidamente distante, pero "la ira que viene" es inminente. Como observa justamente Alford: "Juan está hablando ahora en el verdadero carácter de un profeta que predice la ira que pronto ha de ser derramada sobre la nación judía". (3) Así sucede con las otras representaciones en el discurso del Bautista; todo indica la rápida aproximación de la destrucción. "Ya el hacha está puesta a la raíz de los árboles". El aventador estaba realmente en las manos del labrador; el proceso de cribado estaba a punto de comenzar. Estas advertencias de Juan el Bautista no son las vagas e indefinidas exhortaciones al arrepentimiento, dirigidas a los hombres en todo tiempo, que algunas veces se supone que son; son palabras urgentes, ardientes, que tienen relevancia específica y presente para la generación que entonces existía, los hombres que vivían, y a los cuales les traía el mensaje de Dios. La nación judía estaba ahora en su última prueba; el segundo Elías había venido como precursor del "día grande y terrible de Jehová": si rechazaban sus advertencias, la destrucción profetizada por Malaquías seguiría con toda certeza y rapidez. "Vendré y heriré la tierra con maldición". Nada puede ser más obvio que la catástrofe a la que Juan alude es específica, nacional, local, e inminente, y la historia nos dice que, dentro del período de la generación que escuchaba su clamor de amonestación, "vino sobre ellos la ira al máximo".



PARTE I
LA PARUSÍA EN LOS EVANGELIOS
La enseñanza de Nuestro Señor sobre la Parusía en los evangelios sinópticos
Predicción de la ira venidera sobre aquella generación
Alusiones adicionales a la ira venidera
Destino inminente de la nación judía
El fin del siglo, o el término de la dispensación judía
La venida del Hijo del Hombre (la Parusía) durante la vida de los apóstoles
La Parusía ha de tener lugar durante la vida de los discípulos
La venida del Hijo del Hombre, segura y pronta
La recompensa de los discípulos en la era venidera, es decir, la Parusía

LA ENSEÑANZA DE NUESTRO SEÑOR SOBRE LA PARUSÍA EN LOS EVANGELIOS SINÓPTICOS

A consecuencia de haber sido encarcelado por Herodes Antipas, el fin del ministerio de Juan el Bautista marca una nueva orientación en el ministerio de nuestro Señor. En verdad, antes de ese tiempo, había enseñado al pueblo, efectuado milagros, ganado adherentes, y obtenido amplia popularidad; pero, después de ese suceso, que puede considerarse como una indicación del fracaso de la misión de Juan, nuestro Señor se retiró a Galilea, y allí entró en una nueva fase de su ministerio público. Se nos dice que "desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado" (Mat. 4:17). Éstos son los términos precisos con los que se describe la predicación de Juan el Bautista (Mat. 3:2). Tanto nuestro Señor como su precursor llamaron "a la nación al arrepentimiento", y anunciaron el acercamiento del "reino de los cielos". Se deduce que, con la frase "el reino de los cielos se ha acercado", Juan no podría significar meramente que el Mesías estaba a punto de aparecer, porque, cuando Cristo en efecto apareció, hizo el mismo anuncio. "El reino de los cielos se ha acercado". De manera semejante, cuando los doce discípulos fueron enviados en su primera misión evangelística, se les ordenó predicar, no que el reino de los cielos había venido, sino que se había acercado (Mat. 10:7). Además, que el reino no vino en el tiempo de nuestro Señor, ni en el día de Pentecostés, es evidente por el hecho de que, en su discurso profético en el Monte de los Olivos, nuestro Señor dio a sus discípulos ciertas señales por medio de las cuales podían saber que el reino de los cielos estaba cerca (Lucas 21:31).
Por lo tanto, arribamos a ciertas conclusiones claramente deducibles de las enseñanzas de nuestro Señor:
1. Que Él proclamó que una gran crisis, o consumación, llamada "el reino de los cielos", se había acercado.
2. Que esta consumación, aunque cercana, no habría de tener lugar durante el curso de su vida, ni durante algunos años después de su muerte.
3. Que sus discípulos, o por lo menos algunos de ellos, podían esperar presenciar la llegada de esta consumación.
Pero el tema entero de "el reino de los cielos" debe ser reservado para una discusión más completa en un tiempo futuro.

 
PREDICCIÓN DE LA IRA VENIDERA SOBRE AQUELLA GENERACIÓN

Hay otro punto de semejanza entre la predicación de nuestro Señor y la de Juan el Bautista. Ambos dieron las más claras indicaciones de la estrecha cercanía de un tiempo de un tiempo de juicio que debía abatirse sobre la generación existente, a causa de su rechazo de las amonestaciones e invitaciones de la misericordia divina. Así como el Bautista habló de la "ira venidera", así también nuestro Señor, con igual claridad, advirtió al pueblo del "juicio venidero". Jesús reconvino a "las ciudades en las cuales había hecho muchos de sus milagros, porque no se habían arrepentido", y predijo que les sobrevendría un infortunio mayor que el que había caído sobre Tiro y Sidón, Sodoma y Gomorra (Mat. 11:20-24). Que todo esto apunta a una catástrofe que no era remota, sino cercana, y que realmente se abatiría sobre aquella generación actual, es evidente por las expresas afirmaciones de Jesús.
Mat. 12:38-46 (compárese con Lucas 11:16, 24-36): "Entonces respondieron algunos de los escribas y de los fariseos, diciendo: Maestro, deseamos ver de tí señal. Él respondió y les dijo: La generación mala y adúltera demanda señal; pero señal no le será dada, sino la señal del profeta Jonás. Porque como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches. Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta generación, y la condenarán; porque ellos se arrepintieron a la predicación de Jonás, y he aquí más que Jonás en este lugar. La reina del sur se levantará en el juicio con esta generación, y la condenará; porque ella vino de los fines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, y he aquí más que Salomón en este lugar. Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por lugares secos, buscando reposo, y no lo halla. Entonces dice: Volveré a mi casa de donde salí; y cuando llega, la halla desocupada, barrida, y adornada. Entonces va, y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrados, moran allí; y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero. Así también acontecerá a esta mala generación".
Este pasaje es de gran importancia para establecer el verdadero significado de la frase "esta generación" [genea]. En este lugar, sólo puede referirse al pueblo de Israel que entonces vivía - la generación entonces actual. Ningún comentarista ha propuesto jamás llamar "genea" aquí a la raza judía de todos los tiempos. Nuestro Señor acostumbraba referirse a sus contemporáneos como a esta generación:
"Mas, ¿a qué compararé esta generación?" - esto es, a los hombres de ese tiempo que no escuchaban ni a su precursor ni a Él mismo (Mat. 11:16; Luc. 7:31). Hasta comentaristas como Stier, que sostiene la interpretación de "genea" como raza o linaje en otros pasajes, admite que la referencia en estas palabras es "a la generación que estaba viva en ese entonces y en esa época, que era de lo más importante". (1) Así que, en el pasaje que tenemos delante, no puede haber controversia con respecto a la aplicación de las palabras exclusivamente a la generación que existía entonces, los contemporáneos de Cristo. Nuestro Señor da aquí testimonio de la exacerbada y enorme maldad de ese período. Jesús se acaba de dirigir a aquella generación con las mismas palabras del Bautista: "¡Generación de víboras!". Se declara que su culpa supera a la de los paganos; se la compara con un endemoniado, de quien el espíritu inmundo se ha apartado por un tiempo, pero ha regresado con mayor fuerza que antes, acompañado por otros siete espíritus peores que él, de manera que "el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero". En el testimonio de Josefo tenemos una impresionante confirmación de la descripción que hace nuestro Señor de la condición moral de aquella generación. "Como sería imposible relatar en detalle sus enormidades, diré brevemente que ninguna otra ciudad sufrió jamás calamidades similares, y que ninguna generación existió jamás que fuese más prolífica en el crimen. Confesaban que eran esclavos - y lo eran - la escoria misma de la sociedad, los engendros espurios y contaminados de la nación". (2) "Y aquí no puedo contenerme, y debo expresar lo que mis sentimientos me indican. Soy de la opinión de que, si los Romanos hubiesen diferido el castigo de estos miserables, o la tierra se hubiese abierto y se hubiese tragado la ciudad, o ésta habría sido barrida por un diluvio, o compartido el destino de Sodoma. Porque produjo una raza mucho más impía que la de los que fueron así visitados. Porque, por medio de la locura desesperada de estos hombres, la nación entera se vio envuelta en la ruina de ellos". (3) "De alguna manera, aquel período se había vuelto tan prolífico en iniquidad de todo tipo entre los judíos, que ninguna obra mala quedó sin ser perpetrada; ... tan universal era el contagio, tanto en público como en privado, y tal la emulación para superarse los unos a los otros en actos de impiedad hacia Dios e injusticia hacia sus prójimos". (4)
Tal era la terrible condición hacia la que la nación se apresuraba cuando nuestro Señor pronunció estas palabras proféticas. El clímax todavía no había llegado, pero ya estaba plenamente a la vista. El espíritu inmundo no había regresado a su casa todavía, pero estaba en camino. Como observa Stier: "En el período entre la ascensión de Cristo y la destrucción de Jerusalén, especialmente hacia el fin de ella, podríamos decir que esta nación aparece como poseída por siete mil demonios". (5) ¿No es éste un cumplimiento adecuado y completo de la predicción del Salvador? ¿Tenemos la más ligera justificación para, o la más ligera necesidad de, decir que significa alguna otra cosa, o algo más que esto? ¿Qué razón hay para suponer un cumplimiento adicional y futuro de sus palabras? ¿No es un virtual descrédito de la profecía buscar algo más que el sentido obvio que apunta tan claramente a una catástrofe inminente que estaba a punto de acontecerle a aquella generación? Seguramente mostramos la mayor reverencia a la palabra de Dios cuando aceptamos implícitamente sus obvias enseñanzas, y rehusamos las especulaciones injustificadas y meramente humanas que los críticos y los teólogos han extraído de su propia fantasía. Concluimos, entonces, que, en el escandaloso libertinaje de la época, y las señaladas calamidades que, antes de que terminara, destruirían al pueblo judío, tenemos el testimonio histórico del exhaustivo cumplimiento de esta profecía.

ALUSIONES ADICIONALES A LA IRA VENIDERA

Lucas 13:1-9: "En este mismo tiempo estaban allí algunos que le contaban acerca de los galileos cuya sangre Pilato había mezclado con los sacrificios de ellos. Respondiendo Jesús, les dijo: ¿Pensáis que estos galileos, porque padecieron tales cosas, eran más pecadores que todos los galileos? Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente. O aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la torre de Siloé, y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos los hombres que habitan en Jerusalén? Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente".
Cuán vívidamente percibió nuestro Señor las inminentes calamidades de la nación, y cuán claras y distintas fueron sus advertencias, puede inferirse de este pasaje. La matanza de algunos galileos que habían subido a Jerusalén a la fiesta de la Pascua, ya fuera por orden o con la confabulación del gobernador romano, y la súbita destrucción de dieciocho personas mediante la caída de la torre cerca del estanque de Siloé, eran incidentes que formaban los temas de conversación del pueblo en ese tiempo. Nuestro Señor declara que las víctimas de estas calamidades no eran excepcionalmente impías, sino que una suerte semejante alcanzaría a las mismas personas que ahora hablaban de ellas, a menos que se arrepintieran. El punto de su obervación, que a menudo se pasa por alto, reside en la similitud de la amenaza de la destrucción. No es "todos vosotros pereceréis también", sino "todos vosotros pereceréis del mismo modo". Que nuestro Señor tenía a la vista la ruina final que estaba a punto de alcanzar a Jerusalén y a la nación difícilmente puede dudarse. La analogía entre los casos es real e impresionante. Fue en la fiesta de la Pascua cuando la población de Judea se había agolpado en Jerusalén, y allí fue encerrada por las legiones de Tito. Josefo nos cuenta cómo, en la agonía final del sitio, la sangre de los sacerdotes que oficiaban fue derramada al pie del altar de los sacrificios. Los soldados romanos fueron los ejecutores del juicio divino; y al caer al suelo el templo y la torre, sepultaron en sus ruinas muchas víctimas de la impenitencia y la incredulidad. Es satisfactorio descubrir que tanto Alford como Stier reconocen la alusión histórica en este pasaje. El primero observa: la fuerza se pierde en la versión inglesa "likewise", [parecida], que debería traducirse "in like manner" [de la misma manera], como de hecho pereció el pueblo judío por la espada de los romanos". (6)



EL DESTINO INMINENTE DE LA NACIÓN JUDÍA

Parábola de la Higuera Estéril

Lucas 13:6-9: "Dijo también esta parábola: Tenía un hombre una higuera plantada en su viña, y vino a buscar fruto en ella, y no lo halló. Y dijo al viñador: He aquí, hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo hallo; córtala; ¿para qué inutiliza también la tierra? Él entonces, respondiendo, le dijo: Señor, déjala todavía este año, hasta que yo cave alrededor de ella, y la abone. Y si diere fruto, bien; y si no, la cortarás después".
El mismo significado profético se pone de manifiesto en esta parábola, que es casi la contraparte de la que aparece en Isaías 5, tanto en forma como en significado. La verdadera interpretación es tan obvia que apenas es necesaria alguna explicación. Su aplicación al pueblo judío es de lo más clara y directa, más especialmente cuando se la considera en relación con las advertencias que anteceden. Israel es la higuera inútil, cultivada por mucho tiempo, pero sin producir fruto para su dueño. Ahora se encuentra en su última prueba: el hacha, como había declarado Juan el Bautista, estaba puesta a la raíz del árbol; pero el golpe fatal fue aplazado por la intercesión de la misericordia. Aún en ese momento, el Salvador estaba ocupado en su obra de gracia de alimentarla y cultivarla; un poco más, y saldría el decreto: "Córtala. ¿Para qué inutiliza también la tierra?"
No hay duda de que, en ésta como en otras parábolas, hay principios generales aplicables a todas las naciones y todos los tiempos; pero no debemos perder de vista su referencia original y primaria al pueblo judío. Stier y Alford parecen perderse en la búsqueda de significados recónditos y místicos en los detalles menores de las imágenes; pero Neander da una luminosa explicación de su verdadera importancia: "Como la higuera inútil, que no reconoció el propósito de su existencia, fue destruida, así también la nación teocrática, por la misma razón, después de habérsele tenido mucha paciencia, habría de ser alcanzada por los juicios de Dios, y cortada de su reino". (7)


EL FIN DEL SIGLO, O EL TÉRMINO DE LA DISPENSACIÓN JUDÍA

Parábolas de la cizaña y la red

Mat. 13:36-50: Entonces, despedida la gente, entró Jesús en la casa; y acercándose a él sus discípulos, le dijeron: Explícanos la parábola de la cizaña del campo. Respondiendo él, les dijo: El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre. El campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del malo. El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del siglo; y los segadores son los ángeles. De manera que como se arranca la cizaña, y se quema en el fuego, así será en el fin de este siglo. Enviará el Hijo del Hombre a sus ángeles, y recogerán de su reino a todos los que sirven de tropiezo, y a los que hacen iniquidad, y los echarán en el horno de fuego; alí será el lloro y el crujir de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre. El que tiene oídos para oír, oiga. ... Asimismo el reino de los cielos es semejante a una red, que echada en el mar, recoge de toda clase de peces; y una vez llena, la sacan a la orilla; y sentados, recogen lo bueno en cestas, y lo malo echan fuera. Así será al final del siglo; saldrán los ángeles, y apartarán a los malos de entre los justos, y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes".
En los pasajes aquí citados, encontramos un ejemplo de una de esas interpretaciones que han hecho mucho para confundir y desorientar a los lectores ordinarios de nuestra versión inglesa. Es probable que, con la frase "el fin del mundo", noventa y nueve de cada cien lectores entienden el fin de la historia humana y la destrucción de la tierra material. No se imaginarían que "el mundo" del versículo 38 y el "mundo" de los versículos 39, 40 [en la versión inglesa KJV] son palabras totalmente diferentes, con significados totalmente diferentes. Pero así es. En el versículo 38, koinos es traducido correctamente como mundo, y se refiere al mundo de los hombres, pero aeon en los versículos 39, 40 se refiere a un período de tiempo, y debería ser traducida como era o época. Lange la traduce como eón. Es de la mayor importancia entender correctamente los dos significados de esta palabra, y de la frase "el fin del eón", o de la "era". Aion es, como hemos dicho, un período de tiempo, o época. Es exactamente equivalente a la palabra latina aevum, que es meramente aion con ropaje latino; y la frase (griego - venida), traducida a nuestra versión inglesa, "el fin del mundo", debería ser "el fin de esta época". Tittman observa: (griego - venida), como ocurre en el Nuevo Testamento, no denota el fin, sino más bien la consumación del eón, que ha de ser seguida por una nueva era. Así ocurre en Mateo 13:39, 40, 49; 24:3; es de temer que este último pasaje se malentienda al aplicarlo a la destrucción del mundo". (8) Era creencia de los judíos que el Mesías entronizaría un nuevo eón, o una nueva era: y a este nuevo eón, o a esta era, la llamban "el reino de los cielos". Por lo tanto, el eón existente era la dispensación judía, que ahora se acercaba a su fin; y el Señor muestra en estas parábolas de manera impresionante cómo terminaría. Es en verdad sorprendente que los expositores hayan dejado de reconocer en estas solemnes predicciones la reproducción y la reiteración de las palabras de Malaquías y de Juan el Bautista. Aquí encontramos la misma separación final entre los justos y los impíos; la misma purificación de la tierra; el mismo recoger el trigo en el granero; el mismo quemar de la paja [la cizaña, el rastrojo] en el fuego. ¿Puede haber alguna duda de que es al mismo acto de juicio, al mismo período de tiempo, al mismo suceso histórico, al que se refieren Malaquías, Juan y nuestro Señor?
Pero hemos visto que Juan el Bautista predijo un juicio que entonces era inminente - una catástrofe tan cercana que ya el hacha estaba puesta a la raíz de los árboles - de acuerdo con la profecía de Maalaquías, de que "el día grande y terrible de Jehová" habría de seguir a la venida del segundo Elías. Llegamos, por lo tanto, a la conclusión de que esta discriminación entre justos e impíos, este recoger el trigo en el granero, y quemar la cizaña en el horno de fuego, se refieren a la misma catástrofe, es decir, a la ira que vino sobre aquella misma generación, cuando Jerusalén se convirtió, literalmente, en un "horno de fuego", y la era del judaísmo terminó en "el día grande y terrible de Jehová".
Esta conclusión está apoyada por el hecho de que hay una estrecha relación entre esta gran época judicial y la venida del "reino de los cielos". Nuestro Señor representa la separación entre los justos y los impíos como la característica de la gran consumación que se llama "el reino de Dios". Pero se había declarado que el reino estaba a las puertas. Se sigue, por lo tanto, que las parábolas que tenemos delante de nosotros se refieren, no a un remoto suceso todavía en el futuro, sino a uno que, en el tiempo de nuestro Salvador, estaba cerca.
Un argumento adicional a favor de este punto de vista se deriva de la consideración de que nuestro Señor, en su explicación de la parábola de la cizaña, habla de sí mismo como el sembrador de la buena semilla: "El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre". Es a su propio ministerio personal y sus resultados a lo que Él se refiere, y por lo tanto, nosotros debemos considerar la parábola como que tiene una relación especial con sus contemporáneos. Esto está en perfecta armonía con su solemne advertencia de Lucas 13:26 [-28], donde Él describe la condenación de los que tuvieron el privilegio de disfrutar de su presencia personal y de su ministerio, los que pretendían el discipulado, que eran cizaña y no trigo. "Entonces comenzaréis a decir: Delante de tí hemos comido y bebido, y en nuestras plazas enseñaste. Pero os dirá: Os digo que no sé de dónde sois; apartaos de mí todos vosotros, hacedores de maldad. Allí será el lloro y el crujir de dientes, cuando veáis a Abraham, a Isaac, a Jacob, y a todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros estéis excluidos". Por aplicable que sea este lenguaje a los hombres en general bajo el evangelio, es claro que tenía una aplicación directa y específica a los contemporáneos de nuestro Señor - la generación que presenció sus milagros y oyó sus parábolas; y que tiene una relación con ellos como no la puede tener con nadie más.
Al final de la parábola de la cizaña, encontramos una impresionante nota bene, que llama la atención de manera especial a la instrucción contenida en ella: "El que tiene oídos para oír, oiga". Podemos tomar ocasión de esto para hacer una observación acerca de la vasta importancia de tener un verdadero concepto del período en el que nuestro Señor y los apóstoles enseñaron. Esto es indispensable para entender correctamente la doctrina del Nuevo Testamento con respecto al "reino de Dios", el "fin de la era", y la "era venidera" o mundo por venir. Ese período estaba cerca del fin de la dispensación judía. La economía mosaica - como se le llama - el sistema de leyes e instituciones dadas a la nación por Dios mismo, y que había existido por más de cuarenta generaciones,- estaba a punto de ser reemplazada y desaparecer. La última generación que habría de poseer la tierra, - la última y también la peor, la hija y heredera de sus predecesoras - ya estaba en escena. El largo período durante el cual Jehová había agotado todos los métodos que la divina sabiduría y el divino amor podían idear para cultivar y reformar a Israel estaba a punto de terminar. Habría de terminar desastrosamente. La ira, por largo tiempo contenida y reprimida, habría de estallar y destruir a aquella generación. Su "útimo día" habría de ser un "dies irae", "el día grande y terrible de Jehová". Este es "el fin del siglo" al que a menudo se refería nuestro Señor, y que sus apóstoles constantemente predecían. Ya estaban dentro de la penumbra de aquella tremenda crisis, que cada día se acercaba más y más, y que por fin habría de llegar repentinamente "como ladrón en la noche". Esta es la verdadera explicación de aquellas constantes exhortaciones a vigilar, ser pacientes, y esperar, que abundan en las epístolas apostólicas. Vivían esperando una consumación que habría de llegar en su propio tiempo, y que podrían presenciar con sus propios ojos. Este hecho es evidente en los escritos del Nuevo Testamento; es la clave para interpretar gran parte de lo que, de otro modo, sería oscuro e ininteligible, y veremos durante esta investigación cuán consistentemente es sostenido este punto de vista durante todas las Escrituras del Nuevo Testamento.

La Parousia 2
La Parousia 3

 
 

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