PREFACIO
Ningún
lector atento del Nuevo Testamento puede dejar de impresionarse con la
prominencia que los evangelistas y los apóstoles le dan a la PARUSÍA, o
'venida del Señor'. Ese suceso es el gran tema de la profecía del Nuevo
Testamento. Apenas si hay un solo libro, desde el evangelio de Mateo
hasta el Apocalipsis de Juan, en el que la Parusía no se presente como
la gloriosa promesa de Dios y la bendita esperanza de la iglesia. Fue
predicha por Nuestro Señor con frecuencia y solemnidad; fue mantenida
sin cesar por los apóstoles ante los ojos de los primeros cristianos; y
fue creída firmemente y esperada ansiosamente por las iglesias de la
era primitiva.
No puede negarse que hay una notable diferencia
entre la actitud de los primeros cristianos y la de los cristianos
actuales en relación con la Parusía. Esa gloriosa esperanza, a la cual
se volvieron ansiosamente todos los ojos y todos los corazones en la
era apostólica, casi ha desaparecido de la vista de los modernos
creyentes. Cualesquiera sean las opiniones teóricas expresadas en
símbolos y credos, debe admitirse con franqueza que la 'segunda venida
de Cristo' casi ha dejado de ser una creencia viva y práctica.
Se
pueden invocar varias causas para explicar este estado de cosas. Los
apresurados vaticinios de los que con demasiada confianza se han
dedicado a interpretar la profecía, y el consiguiente discrédito por el
fracaso de sus predicciones, sin duda han disuadido a hombres
reverentes y sensatos de adentrarse en la investigación de 'profecías
no cumplidas'. Por otra parte, hay razones para pensar que la crítica
racionalista ha engendrado dudas sobre si hubo alguna vez el propósito
de que las predicciones del Nuevo Testamento tuvieran cumplimiento
literal o histórico.
Entre el racionalismo, por una parte, y el
irracionalismo, por la otra, ha venido a haber un estado, ampliamente
prevaleciente, de incertidumbre y confusión de pensamiento en relación
con las profecías del Nuevo Testamento, lo cual explica hasta cierto
punto, aunque quizás no justifica, el hecho de que se envíe el tema
entero a la región de los problemas oscuros e insolubles, sin
esperanza.
Sin embargo, ésta es sólo una explicación parcial.
Merece consideración, ya sea que haya o no una diferencia fundamental
entre la relación de la iglesia de la era apostólica con la Parusía
predicha y la relación con ese suceso sostenida en épocas
subsiguientes. Sin duda, los primeros cristianos creían que estaban al
borde de una gran catástrofe, y sabemos cuánta intensidad y cuánto
entusiasmo inspiraba la esperanza de la casi inmediata venida del
Señor; pero, si no puede demostrarse que los cristianos actuales tienen
una actitud similar, habría una falta de verdad y realismo al simular
la ansiosa anticipación y esperanza de la iglesia primitiva. Un mismo
suceso no puede ser inminente en dos períodos diferentes separados por
casi dos mil años. Por lo tanto, debe haber alguna grave equivocación
por parte de los que sostienen que la iglesia cristiana actual tiene
precisamente la misma relación con, y debería tener la misma actitud
hacia, la 'venida del Señor' que la iglesia en los días de Pablo.
En
un espíritu franco y reverente, esta obra es un intento de aclarar este
malentendido, y establecer el verdadero significado de la Palabra de
Dios sobre un tema que ocupa un lugar tan conspicuo en las enseñanzas
de Nuestro Señor y de sus apóstoles. Es el fruto de muchos años de
paciente investigación, y el autor no ha escatimado esfuerzos para
poner a prueba al máximo la validez de sus conclusiones. Ha sido su
única meta establecer lo que dice la Escritura, y su único deseo, ser
gobernado por una leal sumisión a la autoridad de ella. El ideal de
interpretación bíblica que ha mantenido ante sí es el que fue tan bien
expresado por un teólogo alemán: 'Explicatio plana non tortuosa,
facilis non violenta, eademque et exegeticce et Chistance conscientium
pariter arridens'. (1)
Aunque la naturaleza de la investigación
hace necesario referirse con alguna frecuencia al original del Nuevo
Testamento y a las leyes de construcción gramatical e investigación, ha
sido el propósito del autor presentar esta obra de la manera más
popular posible, de modo que cualquier persona de educación e
inteligencia normales pueda leerla con facilidad e interés. La Biblia
es un libro para todo hombre, y el autor no ha escrito esta obra para
eruditos y críticos solamente, sino para los muchos que están
profundamente interesados en la interpretación bíblica, y que piensan,
con Locke, que 'una búsqueda imparcial del verdadero significado de las
Sagradas Escrituras es la mejor manera que tenemos de emplear el
tiempo'. (2) Para el autor será suficiente recompensa de sus trabajos
si logra dilucidar en alguna medida las enseñanzas de la revelación
divina que han sido oscurecidas por prejuicios tradicionales, o
malinterpretadas por una exégesis errónea.
1878.
CONTENIDO
Prefacio
Las últimas palabras de la profecía en el Antiguo Testamento
El Libro de Malaquías
El intervalo entre Malaquías y Juan el Bautista
PARTE I
LA PARUSÍA EN LOS EVANGELIOS
La Parusía Predicha Por Juan el Bautista
La Enseñanza de Nuestro Señor Sobre la Parusía, En los Evangelios
Predicción de la ira venidera sobre aquella generación
Alusiones adicionales a la ira venidera
Destino inminente de la nación judía (Parábola de la higuera estéril)
El fin del mundo, o la terminación de la dispensación judía (Parábolas
de la
cizaña y la red)
La venida del Hijo del Hombre (la Parusía) durante la vida de los
apóstoles
La Parusía ha de tener lugar durante la vida de algunos discípulos
La venida del Hijo del Hombre segura y pronta (Parábola de la viuda
inoportuna)
La recompensa de los discípulos en la edad venidera, es decir, en la
Parusía
Indicaciones proféticas de la próxima consumación del reino de Dios:
1 Parábola de las minas
2. Lamento de Jesús sobre Jerusalén
3. Parábola de los labradores malvados
4. Parábola de las bodas del Hijo del Rey
5. Ayes contra los escribas y fariseos
6. La profecía del Monte de los Olivos
Examen de la profecía del Monte de los Olivos:
I. Preguntas de los discípulos
II. Respuesta de Nuestro Señor a los discípulos
(a) Sucesos que más remotamente habrían de preceder a la consumación
(b) Indicaciones adicionales del próximo destino de Jerusalén
(c) Los discípulos advertidos contra los falsos profetas
(d) Llegada del 'fin', o la catástrofe de Jerusalén
(e) La Parusía ha de tener lugar antes de que pase la generación actual
(f) Certeza de la consumación, pero incertidumbre de su fecha exacta
(g) Lo repentino de la Parusía, y llamado a estar vigilantes
(h) Los discípulos advertidos de lo repentino de la Parusía (Parábola
del señor de la
casa)
II.Respuesta de Nuestro Señor a los discípulos (continuación):
(i) La Parusía, un tiempo de juicio tanto para los amigos como los
enemigos de Cristo
(Parábola de las vírgenes prudentes y las vírgenes insensatas)
(k) La Parusía, un tiempo de juicio (Parábola de los talentos)
(l) La Parusía, un tiempo de juicio (Las ovejas y los cabritos)
Declaración de Nuestro Señor Ante el Sumo Sacerdote
Predicción de los ayes que vienen sobre Jerusalén
Oración del ladrón penitente
La comisión apostólica
La Parusía en el Evangelio de Juan
La Parusía y la resurrección de los muertos
La resurrección, el juicio, y el último día
El juicio de este mundo, y del príncipe de este mundo
El regreso de Cristo (la Parusía) será pronto
Juan ha de vivir hasta la Parusía
Resumen de la enseñanza de los evangelios con respecto a la Parusía
Apéndice a la Parte I
Nota A.- Sobre la teoría de interpretación del doble sentido
Nota B.- Sobre el elemento profético en los evangelios
PARTE II
LA PARUSÍA EN LOS HECHOS Y EN LAS EPÍSTOLAS
En los Hechos de los Apóstoles
'Irse' y 'regresar'
Vienen los últimos días
La próxima destrucción de aquella generación
La Parusía y la restitución de todas las cosas
Cristo habrá de juzgar pronto al mundo
En las Epístolas Apostólicas
Introducción
En la Primera Epístola a los Tesalonicenses
Esperanza de la pronta venida de Cristo
La ira venidera sobre el pueblo judío
Significado de la Parusía para los discípulos de Cristo
Cristo ha de venir con todos sus santos
Los sucesos que acompañan a la Parusía
Exhortación a la vigilancia en la espera de la Parusía
Oración para que los tesalonicenses sobrevivan hasta la venida de
Cristo
En la Segunda Epístola a los Tesalonicenses
La Parusía, un tiempo de juicio contra los enemigos de Cristo, y de la
liberación de su pueblo
Sucesos que deben preceder a la Parusía
1. La apostasía
2. El hombre de pecado
En las Epístolas a los Corintios
La Primera Epístola a los Corintios
Actitud de los cristianos de Corinto en relación con la Parusía
Carácter judicial del 'día del Señor' (I Cor. 3:13)
Carácter judicial del 'día del Señor (I Cor. 4:5)
Cercanía de la consumación que se aproxima
El fin del mundo ya ha llegado
Sucesos que acompañan a la Parusía
Los santos (vivos) transformados en la Parusía
La Parusía y la 'final trompeta'
'Maranatha', la contraseña apostólica
La Segunda Epístola a los Corintios
Anticipaciones del 'fin' y del 'día del Señor'
Los muertos en Cristo han de ser presentados junto con los vivos en la
Parusía
Esperanza de la futura bienaventuranza en la Parusía
En la Epístola a los Gálatas
'La edad presente'
Las dos Jerusalenes - la antigua y la nueva
En la Epístola a los Romanos
El día de la ira
La escatología de Pablo
Cercanía de la próxima salvación
Esperanza de una pronta liberación
En la Epístola a los Colosenses
La manifestación de Cristo se aproxima
La ira venidera
En la Epístola a los Efesios
La dispensación de la plenitud de los tiempos
El día de redención
La edad presente y la venidera
La (s) edad (es) venidera (s)
En la Epístola a los Filipenses
El día de Cristo
Esperanza de la Parusía
Cercanía de la Parusía
En las Epístolas a Timoteo
En la Primera Epístola:
Apostasía de los postreros días
Tabla escatológica, o sinopsis, de los pasajes relacionados con los
postreros tiempos
Frases equivalentes que se refieren al mismo período
Tabla de pasajes relacionados con la apostasía de los postreros tiempos
Conclusión con respecto a la apostasía
Timoteo y la Parusía
La apostasía ya se está manifestando
En la Segunda Epístola:
Esperanza de 'aquel día', es decir, la Parusía
La apostasía de los 'postreros días' es inminente
Espera del fin que se aproxima
En la Epístola a Tito
Anticipación de la Parusía
En la Epístola a los Hebreos
Los últimos días ya han llegado
Las edades, o períodos mundiales
El mundo venidero, o el nuevo orden
El fin del tiempo
La promesa del reposo de Dios
El fin de los tiempos
Esperanza de la Parusía
La Parusía se aproxima
La Parusía es inminente
La Parusía y los santos del Nuevo Testamento
La gran consumación se acerca
Cercanía y fin de la consumación
Expectativa de la Parusía
En la Epístola de Santiago
Vienen los últimos días
Cercanía de la Parusía
En las Epístolas de Pedro
En la Primera Epístola:
La salvación a punto de ser revelada en los postreros tiempos
La revelación cercana de Jesucristo
Relación entre la redención de Cristo y el mundo antediluviano
Cercanía del juicio y el fin de todas las cosas
Las buenas nuevas anunciadas a los muertos
El fuego de prueba y la gloria venidera
Ha llegado el tiempo del juicio
La gloria a punto de ser revelada
En la Segunda Epístola:
Burladores en 'los postreros días'
La escatología de Pedro
Certeza de la consumación que se aproxima
Lo repentino de la Parusía
Actitud de los cristianos primitivos en relación con la Parusía
Los nuevos cielos y la nueva tierra
La cercanía de la Parusía, un motivo para ser diligentes
Los creyentes no deben desanimarse por la aparente demora de la Parusía
Alusión de Pedro a las enseñanzas de Pablo concernientes a la Parusía
En las Epístolas de Juan
El mundo pasa: viene la última hora
Viene el anticristo, prueba de que es la última hora
El anticristo no es una persona, sino un principio
Marcas del anticristo
Esperanza de la Parusía
En la Epístola de Judas
APÉNDICE A LA PARTE II
Nota A.- El reino de los cielos, o el reino de Dios
Nota B.- Acerca de la 'Babilonia' de 1 Pedro 5:13
Nota C.- Acerca del simbolismo de la profecía, con referencia especial
a las
predicciones de la Parusía
Nota D.- El Dr. Owen acerca de 'los nuevos cielos y la nueva tierra' (2
Pedro 3:7)
Nota E.- El Rev. F. D. Maurice acerca de 'el último tiempo' (1 Juan
2:18)
PARTE III
La Parusía en el Apocalipsis
Interpretación del Apocalipsis
Limitación de tiempo en el Apocalipsis
Fecha del Apocalipsis
El verdadero significado del Apocalipsis
Estructura y plan del Apocalipsis
El número siete en el Apocalipsis
El tema del Apocalipsis
El prólogo
La Primera Visión
Los mensajes a las siete iglesias
La Segunda Visión
Los Siete Sellos
Introducción a la visión
Apertura del primer sello
Apertura del segundo sello
Apertura del tercer sello
Apertura del cuarto sello
Apertura del quinto sello
Apertura del sexto sello
Sellamiento de los siervos de Dios
La Tercera Visión
Las Siete Trompetas
Apertura del séptimo sello
Las cuatro primeras trompetas
La quinta trompeta
La sexta trompeta
Episodio del ángel y el librito
Medición del templo
Episodio de los dos testigos
La séptima trompeta
La Cuarta Visión
Las Siete Figuras Místicas
La mujer vestida de sol
El gran dragón escarlata
El hijo varón
La primera bestia
El número de la bestia
La segunda bestia
El Cordero en el Monte Sión
El Hijo del Hombre en las Nubes
La Quinta Visión
Las Siete Copas
La Sexta Visión
La gran ramera
El misterio de la bestia escarlata
Los siete reyes
Los diez cuernos de la bestia
Nota sobre Apocalipsis 17
La caída de Babilonia
El juicio de la bestia y sus poderes confederados
El juicio del dragón
El reino de los santos y mártires
Satanás soltado después de mil años
La catástrofe de la sexta visión
La Séptima Visión
La santa ciudad, o la esposa
Prólogo a la visión
Descripción de la santa ciudad
Epílogo
Resumen y Conclusión
Apéndice a la Parte III
Nota A.- Reuss, acerca de el número de la bestia.
Nota B.- "Vida y Escritos de Pablo", por el Dr. J. M. MacDonald; el
obispo Warburton, acerca
de "La Profecía de Nuestro Señor Sobre el Monte de los Olivos", y
acerca de "El Reino de los
Cielos'.
LAS ÚLTIMAS PALABRAS DE LA PROFECÍA DEL ANTIGUO TESTAMENTO
El Libro de Malaquías
El Intervalo Entre Malaquías y Juan el Bautista
EL LIBRO DE MALAQUÍAS
El
canon de las Escrituras del Antiguo Testamento se cierra de manera muy
diferente de lo que podría esperarse después del espléndido futuro
revelado a la nación del pacto en las visiones de Isaías. Ninguno de
los profetas es portador de una carga más pesada que el último del AT.
Malaquías es el profeta de la destrucción. Parecía que la nación, por
medio de su incorregible obstinación y desobediencia, había renunciado
al favor divino y demostrado ser, no sólo indigna, sino incapaz, de las
glorias prometidas. La partida del espíritu profético estaba llena de
malos presagios, y parecía indicar que el Señor estaba a punto de
abandonar el país. En consecuencia, la luz de la profecía del Antiguo
Testamento se apaga en medio de nubes y densa oscuridad. El Libro de
Malaquías es una larga y terrible acusación contra la nación. El Señor
mismo es el acusador, y con la evidencia más clara, sustenta cada uno
de los cargos contra el pueblo culpable. La larga acusación incluye
sacrilegio, hipocresía, desprecio contra Dios, infidelidad conyugal,
perjurio, apostasía, blasfemia; mientras, por otro lado, el pueblo
tiene el descaro de repudiar la acusación, y declararse 'no culpable'
de cada uno de los cargos. El pueblo parece haber alcanzado esa etapa
de insensibilidad moral en que los hombres llaman a lo malo bueno, y a
lo bueno malo, y están madurando rápidamente para ser juzgados.
Como resultado, el juicio venidero es 'la carga de la palabra del Señor
a Israel por medio de Malaquías'.
Cap.
3:5.- "Y vendré a vosotros para juicio; y seré pronto testigo contra
los hechiceros y adúlteros, contra los que juran mentira, y los que
defraudan en su salario al jornalero, a la viuda y al huérfano, y a los
que hacen injusticia al extranjero, no teniendo temor de mí, dice
Jehová de los ejércitos".
Cap. 4:1.- "Porque he aquí, viene el día
ardiente como un horno, y todos los soberbios y todos los que hacen
maldad serán estopa; aquel día que vendrá los abrasará, ha dicho Jehová
de los ejércitos, y no les dejará ni raíz ni rama".
Que esta no es
una amenaza vaga y sin significado es evidente a juzgar por los
términos claros y definidos con que es anunciada. Todo apunta a una
inminente crisis en la historia de la nación, cuando Dios administre
juicio sobre su pueblo rebelde. "Viene el día ardiente como un horno",
"el día grande y terrible de Jehová". Que este "día" se refiere a
cierto período y a un suceso específico no admite duda. Ya había sido
predicho, y precisamente con las mismas palabras, por el profeta Joel
(2:31): "El día grande y espantoso de Jehová". Y encontraremos una
clara referencia a él en el discurso del apóstol Pedro el día de
Pentecostés (Hechos 2:20). Pero el período queda definido más
precisamente por la notable declaración de Malaquías en 4:5: "He aquí,
yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande
y terrible". La declaración explícita de nuestro Señor de que el Elías
predicho no es otro que su precursor, Juan el Bautista (Mat. 11:14),
nos permite establecer el momento y el suceso a los que se hace
referencia como "el día de Jehová. grande y terrible". El suceso no
debe ser buscado a gran distancia del período de Juan el Bautista. Es
decir, la alusión al juicio de la nación judía, cuando su ciudad y su
templo fueron destruidos, y la estructura entera del estado mosaico fue
disuelta.
Merece notarse que tanto Isaías como Malaquías predicen
la aparición de Juan el Bautista como el precursor de nuestro Señor,
pero en términos muy diferentes. Isaías le representa como el heraldo
del Salvador venidero: "Voz que clama en el desierto: Preparad camino a
Jehová; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios". (Isa. 40:3).
Malaquías representa a Juan como el precursor del Juez venidero: "He
aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí;
y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis, y
el ángel del pacto, a quien deseáis vosotros. He aquí viene, ha dicho
Jehová de los ejércitos". (Mal. 3:1).
Que esta es una venida de
juicio se pone de manifiesto por las palabras que siguen inmediatamente
después, y que describen la alarma y la consternación causadas por su
aparición: "Y quién podrá soportar el tiempo de su venida? ¿o quién
podrá estar en pie cuando él se manifieste?" (Mal. 3:2).
No puede
decirse que este lenguaje es apropiado para la primera venida de
Cristo; pero es altamente apropiado para su segunda venida. Hay una
clara alusión a este pasaje en Apoc. 6:17, donde "los reyes de la
tierra, y los grandes, los ricos, los capitanes," etc. son
representados como ocultándose "del rostro de aquél que está sentado
sobre el trono, y de la ira del Cordero, diciendo: El gran día de su
ira ha llegado; ¿y quién podrá sostenerse en pie?" Nada puede estar más
claro que "el día de su venida" en Mal. 3:2 es el mismo que "el día de
Jehová, grande y terrible" de 4:5, y que ambos responden al "gran día
de su ira" en Apoc. 6:17. Por lo tanto, concluimos que el profeta
Malaquías habla, no del primer advenimiento de nuestro Señor, sino del
segundo.
Esto queda probado además por el hecho significativo de
que, en 3:1, el Señor es representado como viniendo "súbitamente a su
templo". Entender esto como que se refiere a la presentación del
Salvador niño en el templo por sus padres, a los suyos en los atrios
del templo, o a los suyos de entre los compradores y vendedores del
sagrado edificio es ciertamente una explicación de lo más inadecuada.
Ésas no son ocasiones de terror y consternación, como está implícito en
el segundo versículo: "¿Quién podrá estar en pìe cuando él se
manifieste?" Sin embargo, la expresión sugiere vívidamente la
visitación final y judicial sobre la casa de su Padre, cuando habría de
quedar "desierta", según su predicción. El templo era el centro de la
vida de la nación, el símbolo visible del pacto entre Dios y su pueblo;
era el lugar en que "el juicio debía comenzar", y que habría de ser
alcanzado por "destrucción repentina". Entonces, tomando en cuenta
todos estos detalles, la "súbita venida del Señor a su templo", la
consternación que acompaña "el día de su venida", su venida como "fuego
purificador", su venida "para juicio", "viene el día ardiente como un
horno", "todos los que hacen maldad serán estopa", "no les dejará ni
raíz ni rama", y la aparición de Juan el Bautista, el segundo Elías,
antes de la llegada del "día grande y terrible de Jehová", es imposible
resistirse a la conclusión de que aquí el profeta predice la gran
catástrofe nacional en la cual el templo, la ciudad, y la nación
perecieron juntas; y que esto es designado como "el día de su venida".
Sin
embargo, aunque parezca extraño, el hecho indudable es que Malaquías no
alude a la primera venida de nuestro Señor. Esto lo reconoce claramente
Hengstenberg, que observa: "Malaquías omite del todo la primera venida
de Cristo en humillación, y deja completamente en blanco el intervalo
entre su precursor y el juicio de Jerusalén". (1) Esto debe explicarse
por el hecho de que el principal objeto de la profecía es predecir la
detrucción nacional y no la liberación nacional.
Al mismo tiempo,
mientras el juicio y la ira son los elementos predominantes de la
profecía, los rasgos de un carácter diferente no están completamente
ausentes. El día de la ira es también un día de redención. Hay un
remanente fiel, aun en la nación apóstata: hay oro y plata que deben
ser refinados y joyas que deben ser reunidas, así como escoria que debe
ser rechazada y rastrojo que debe ser quemado. Hay hijos a quienes
perdonar la vida, así como enemigos que ser destruidos; y el día que
trajo consternación y oscuridad para los impíos, verá "el Sol de
justicia nacer trayendo salvación en sus alas" para los fieles. Hasta
Malaquías sugiere que la puerta de la misericordia todavía no está
cerrada. Si la nación regresa a Dios, Él regresará a ellos. Si quieren
restituir lo que sacrílegamente han retenido del servicio del templo,
Él los compensará con bendiciones mayores de las que ellos podrían
recibir. Todavía pueden ser una "tierra deliciosa", la envidia de todas
las naciones. En la hora undécima, si la misión del segundo Elías tiene
éxito en ganar los corazones del pueblo, la catástrofe inminente puede
ser alejada, después de todo (3:3, 16-18; 4:2, 3, 5).
Sin embargo,
existe la conclusión inevitable de que las amonestaciones y las
amenazas no servirán de nada. Las últimas palabras suenan como el
tañido de campanas anunciando destrucción. (Mal. 4:6): "No sea que yo
venga y hiera la tierra con maldición".
El pleno significado de
esta ominosa declaración no es evidente en seguida. Para la mente
hebrea, esta declaración indicaba la más terrible suerte que podría
sobrevenirle a una ciudad o a un pueblo. La 'maldición' era el anatema,
o cherem, que denotaba que la persona o cosa sobre la que recaía la
maldición era entregada a una completa destrucción. Tenemos un ejemplo
del cherem, o ban, en la maldición pronunciada sobre Jericó (Josué
6:17; y una declaración más detallada de la ruina que ello significaba,
en el libro de Deuteronomio (13:12-18). La ciudad habría de ser herida
a filo de espada, toda cosa viviente en ella debía ser ejecutada, el
botín no debía ser tocado, todo era maldito e inmundo, la ciudad debía
ser consumida por el fuego, y el lugar entregado a desolación perpetua.
Hengstenberg observa: "Todas las cosas imaginables están incluídas en
esta sola palabra"; (2) y cita el comentario de Vitringa sobre este
pasaje: "No cabe duda de que Dios quería decir que entregaría a una
segura destrucción tanto a los obstinados transgresores de la ley como
a su ciudad, y que debían sufrir el extremo castigo de su justicia,
como dirigentes consagrados a Dios, sin ninguna esperanza de obtener
favor o perdón".
Tal es la terrible maldición que dejó suspendida
sobre la tierra de Israel el espíritu profético en el momento de partir
y guardar un silencio que duraría siglos. Es importante observar que
todo esto hace referencia clara y específica a la tierra de Israel. El
mensaje del profeta es a Israel; los pecados que son reprobados son los
de Israel; la venida del Señor es a su templo en Israel; la tierra
amenazada con maldición es la tierra de Israel. (3) Todo esto apunta
manifiestamente a una específica catástrofe local y nacional, de la
cual la tierra de Israel habría de ser el escenario, y sus culpables
habitantes las víctimas. La historia registra el cumplimiento de la
profecía, en exacta correspondencia con el tiempo, el lugar, y las
circunstancias, en la ruina que devastó a la nación judía durante el
período de la destrucción de Jerusalén.
EL INTERVALO ENTRE MALAQUÍAS Y JUAN EL BAUTISTA
Los
cuatro siglos que transcurren entre la conclusión del Antiguo
Testamento y el principio del Nuevo están en blanco en la historia de
las Escrituras. Sin embargo, sabemos, por los libros de los Macabeos y
los escritos de Josefo, que fue un período agitado en los anales
judíos. Judea fue, por turnos, vasalla de las grandes monarquías que la
circundaban - Persia, Grecia, Egipto, Siria, y Roma - con un intervalo
de independencia bajo los príncipes macabeos. Pero, aunque durante este
período la nación pasó por grandes sufrimientos, y produjo algunos
ilustres ejemplos de patriotismo y de piedad, en vano buscamos algún
oráculo divino, o algún mensajero inspirado, que declarase la palabra
de Dios. Israel podía decir en verdad: "No vemos ya nuestras señales;
no hay más profeta, ni entre nosotros hay quien sepa hasta cuándo".
(Sal. 74:9). Y sin embargo, esos cuatro siglos no dejaron de ejercer
una poderosa influencia en el carácter de la nación. Durante este
período, se establecieron sinagogas por todo el territorio, y el
conocimiento de las Escrituras se extendió ampliamente. Surgieron las
grandes escuelas religiosas de los fariseos y de los saduceos, cuyos
dos grupos profesaban ser expositores y defensores de la ley de Moisés.
En gran número, los judíos se asentaron en las grandes ciudades de
Egipto, Asia Menor, Grecia, e Italia, llevando consigo y a todas partes
el culto de la sinagoga y la Septuaginta, la traducción griega del
Antiguo Testamento. Sobre todo, la nación acariciaba en lo más
recóndito de su corazón la esperanza de un libertador venidero, un
heredero de la casa real de David, que debía ser el rey teocrático, el
liberador de Israel de la dominación gentil, cuyo reino fuera tan feliz
y glorioso que mereciera llamarse "el reino de los cielos". Pero, en su
mayor parte, el concepto popular del rey venidero era terrenal y
carnal. En cuatrocientos años, no había habido ningún mejoramiento en
la condición moral del pueblo y, entre el formalismo de los fariseos y
el escepticismo de los saduceos, la verdadera religión se había hundido
hasta llegar a su punto más bajo. Sin embargo, todavía había un fiel
remanente que tenía conceptos más verdaderos del reino de los cielos, y
"que esperaba la redención en Israel". Al acercarse el tiempo, hubo
indicios del regreso del espíritu profético, y presagios de que el
prometido liberador estaba cerca. A Simeón se le aseguró que, antes de
morir, vería al "ungido de Jehová"; parece que una indicación parecida
se le había hecho a la anciana profetisa Ana. Es razonable suponer que
tales revelaciones deben haber despertado gran expectación en los
corazones de muchos, y les prepararon para el pregón que poco después
se oyó en el desierto de Judea: "Arrepentíos, porque el reino de los
cielos se ha acercado". Nuevamente se había levantado profeta en
Israel, y "el Señor había visitado a su pueblo".
PARTE I
LA PARUSÍA EN LOS EVANGELIOS LA PARUSÍA PREDICHA POR JUAN EL BAUTISTA
No
hay nada más claramente afirmado en el Nuevo Testamento que la
identidad de Juan el Bautista con el heraldo en el desierto por medio
de Isaías y el Elías de Malaquías. Cuán bien concuerda la descripción
de Juan con la de Elías es evidente al primer vistazo. Cada uno era
austero y asceta en su estilo de vida; cada uno era un celoso
reformador de la religión; cada uno era un severo censurador del
pecado. Los tiempos en que vivieron eran singularmente semejantes. En
ambos períodos, la nación judía era degenerada y corrupta. Elías tuvo
su Acab, Juan su Herodes. No es objeción a esta identificación de Juan
como el Elías predicho el hecho de que el Bautista mismo rechazó el
nombre cuando los sacerdotes y levitas de Jerusalén exigieron: "¿Eres
tú Elías?" (Juan 1:21). Los judíos esperaban la reaparición del Elías
literal, y la respuesta de Juan estaba dirigida a esa opinión errónea.
Pero su verdadero derecho a la designación es afirmado expresamente en
el anuncio hecho por el ángel a su padre Zacarías: "E irá delante de él
con el espíritu y el poder de Elías (Lucas 1:17); así como en las
declaraciones de nuestro Señor: "Y si queréis recibirlo, él es aquel
Elías que había de venir". (Mat. 11:14). "Mas os digo que Elías ya
vino, y no le conocieron ... Entonces los discípulos comprendieron que
les había hablado de Juan el Bautista". (Mat. 17:10-13). Juan era el
segundo Elías, y cumplió exhaustivamente las predicciones de Isaías y
Malaquías concernientes a él. Por lo tanto, soñar con un "Elías del
futuro" equivale a poner en duda la afirmación expresa de la palabra de
Dios, y no descansa en ninguna justificación bíblica en absoluto.
Ya
hemos aludido al doble aspecto de la misión de Juan presentada por los
profetas Isaías y Malaquías. La misma diversidad se ve en las
descripciones del Nuevo Testamento tocantes al segundo Elías. El
aspecto benigno de su misión presentada por Isaías se reconoce también
en las palabras del ángel por medio del cual había sido predicho su
nacimiento, como ya se ha citado, y en el pronunciamiento inspirado de
su padre Zacarías: "Y tú, niño, profeta del Altísimo serás llamado;
porque irás delante de la presencia del Señor, para preparar sus
caminos; para dar conocimiento de salvación a su pueblo, para perdón de
sus pecados" (Lucas 1:76, 77). Encontramos el mismo aspecto de gracia
en los versículos iniciales de evangelio de Juan: "Este vino por
testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos
creyesen por él" (Juan 1:7).
Pero el otro aspecto de su misión no
es reconocido con menos claridad en los evangelios. Es representado, no
sólo como el heraldo del Salvador venidero, sino como el del Juez
venidero. En realidad, sus propias afirmaciones registradas hablan
mucho más de ira que de salvación, y están concebidas más en el
espíritu del Elías de Malaquías que en el del heraldo del desierto en
Isaías. Amonesta a los fariseos y a los saduceos, y a las multitudes
que venían a su bautismo, a que "huyeran de la ira venidera". Les dice
que "el hacha está puesta a la raíz de los árboles". Anuncia la venida
de Uno más poderoso que él, "cuyo aventador está en su mano, y recogerá
su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego que nunca se
apagará" (Mat. 3:12).
Es imposible no impresionarse con la
correspondencia entre el lenguaje del Bautista y el de Malaquías. Como
observa Hengstenberg: "A través de todo el texto, es la profecía de
Malaquías la que Juan comenta". (1) En ambos, la venida del Señor se
describe como un día de ira; ambos hablan de su venida con fuego que
refina y prueba, con fuego que quema y consume. Ambos hablan de un
tiempo de discriminación y separación entre los justos y los impíos, el
oro y la escoria, el trigo y la paja; y ambos hablan de la completa
destrucción de la paja, o rastrojo. con fuego que no se apaga. Estas no
son semejanzas fortuitas: las dos predicciones son la contraparte la
una de la otra, y sólo pueden referirse al mismo suceso, el mismo "día
del Señor", el mismo juicio venidero.
Pero lo que merece
observarse más especialmente es la evidente cercanía de la crisis que
Juan predice. "La ira venidera" es una interpretación muy inadecuada
del lenguaje del profeta. (2) Debería ser "la ira que viene"; esto es,
no meramente futura, sino inminente. "La ira venidera" puede ser
indefinidamente distante, pero "la ira que viene" es inminente. Como
observa justamente Alford: "Juan está hablando ahora en el verdadero
carácter de un profeta que predice la ira que pronto ha de ser
derramada sobre la nación judía". (3) Así sucede con las otras
representaciones en el discurso del Bautista; todo indica la rápida
aproximación de la destrucción. "Ya el hacha está puesta a la raíz de
los árboles". El aventador estaba realmente en las manos del labrador;
el proceso de cribado estaba a punto de comenzar. Estas advertencias de
Juan el Bautista no son las vagas e indefinidas exhortaciones al
arrepentimiento, dirigidas a los hombres en todo tiempo, que algunas
veces se supone que son; son palabras urgentes, ardientes, que tienen
relevancia específica y presente para la generación que entonces
existía, los hombres que vivían, y a los cuales les traía el mensaje de
Dios. La nación judía estaba ahora en su última prueba; el segundo
Elías había venido como precursor del "día grande y terrible de
Jehová": si rechazaban sus advertencias, la destrucción profetizada por
Malaquías seguiría con toda certeza y rapidez. "Vendré y heriré la
tierra con maldición". Nada puede ser más obvio que la catástrofe a la
que Juan alude es específica, nacional, local, e inminente, y la
historia nos dice que, dentro del período de la generación que
escuchaba su clamor de amonestación, "vino sobre ellos la ira al
máximo".
PARTE I
LA PARUSÍA EN LOS EVANGELIOS
La enseñanza de Nuestro Señor sobre la Parusía en los evangelios
sinópticos
Predicción de la ira venidera sobre aquella generación
Alusiones adicionales a la ira venidera
Destino inminente de la nación judía
El fin del siglo, o el término de la dispensación judía
La venida del Hijo del Hombre (la Parusía) durante la vida de los
apóstoles
La Parusía ha de tener lugar durante la vida de los discípulos
La venida del Hijo del Hombre, segura y pronta
La recompensa de los discípulos en la era venidera, es decir, la
Parusía
LA ENSEÑANZA DE NUESTRO SEÑOR SOBRE LA PARUSÍA EN LOS EVANGELIOS
SINÓPTICOS
A
consecuencia de haber sido encarcelado por Herodes Antipas, el fin del
ministerio de Juan el Bautista marca una nueva orientación en el
ministerio de nuestro Señor. En verdad, antes de ese tiempo, había
enseñado al pueblo, efectuado milagros, ganado adherentes, y obtenido
amplia popularidad; pero, después de ese suceso, que puede considerarse
como una indicación del fracaso de la misión de Juan, nuestro Señor se
retiró a Galilea, y allí entró en una nueva fase de su ministerio
público. Se nos dice que "desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a
decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado" (Mat.
4:17). Éstos son los términos precisos con los que se describe la
predicación de Juan el Bautista (Mat. 3:2). Tanto nuestro Señor como su
precursor llamaron "a la nación al arrepentimiento", y anunciaron el
acercamiento del "reino de los cielos". Se deduce que, con la frase "el
reino de los cielos se ha acercado", Juan no podría significar
meramente que el Mesías estaba a punto de aparecer, porque, cuando
Cristo en efecto apareció, hizo el mismo anuncio. "El reino de los
cielos se ha acercado". De manera semejante, cuando los doce discípulos
fueron enviados en su primera misión evangelística, se les ordenó
predicar, no que el reino de los cielos había venido, sino que se había
acercado (Mat. 10:7). Además, que el reino no vino en el tiempo de
nuestro Señor, ni en el día de Pentecostés, es evidente por el hecho de
que, en su discurso profético en el Monte de los Olivos, nuestro Señor
dio a sus discípulos ciertas señales por medio de las cuales podían
saber que el reino de los cielos estaba cerca (Lucas 21:31).
Por lo tanto, arribamos a ciertas conclusiones claramente deducibles de
las enseñanzas de nuestro Señor:
1. Que Él proclamó que una gran crisis, o consumación, llamada "el
reino de los cielos", se había acercado.
2.
Que esta consumación, aunque cercana, no habría de tener lugar durante
el curso de su vida, ni durante algunos años después de su muerte.
3. Que sus discípulos, o por lo menos algunos de ellos, podían esperar
presenciar la llegada de esta consumación.
Pero el tema entero de "el reino de los cielos" debe ser reservado para
una discusión más completa en un tiempo futuro.
PREDICCIÓN DE LA IRA VENIDERA SOBRE AQUELLA GENERACIÓN
Hay
otro punto de semejanza entre la predicación de nuestro Señor y la de
Juan el Bautista. Ambos dieron las más claras indicaciones de la
estrecha cercanía de un tiempo de un tiempo de juicio que debía
abatirse sobre la generación existente, a causa de su rechazo de las
amonestaciones e invitaciones de la misericordia divina. Así como el
Bautista habló de la "ira venidera", así también nuestro Señor, con
igual claridad, advirtió al pueblo del "juicio venidero". Jesús
reconvino a "las ciudades en las cuales había hecho muchos de sus
milagros, porque no se habían arrepentido", y predijo que les
sobrevendría un infortunio mayor que el que había caído sobre Tiro y
Sidón, Sodoma y Gomorra (Mat. 11:20-24). Que todo esto apunta a una
catástrofe que no era remota, sino cercana, y que realmente se abatiría
sobre aquella generación actual, es evidente por las expresas
afirmaciones de Jesús.
Mat. 12:38-46 (compárese con Lucas 11:16,
24-36): "Entonces respondieron algunos de los escribas y de los
fariseos, diciendo: Maestro, deseamos ver de tí señal. Él respondió y
les dijo: La generación mala y adúltera demanda señal; pero señal no le
será dada, sino la señal del profeta Jonás. Porque como estuvo Jonás en
el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del
Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches. Los hombres
de Nínive se levantarán en el juicio con esta generación, y la
condenarán; porque ellos se arrepintieron a la predicación de Jonás, y
he aquí más que Jonás en este lugar. La reina del sur se levantará en
el juicio con esta generación, y la condenará; porque ella vino de los
fines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, y he aquí más que
Salomón en este lugar. Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda
por lugares secos, buscando reposo, y no lo halla. Entonces dice:
Volveré a mi casa de donde salí; y cuando llega, la halla desocupada,
barrida, y adornada. Entonces va, y toma consigo otros siete espíritus
peores que él, y entrados, moran allí; y el postrer estado de aquel
hombre viene a ser peor que el primero. Así también acontecerá a esta
mala generación".
Este pasaje es de gran importancia para establecer
el verdadero significado de la frase "esta generación" [genea]. En este
lugar, sólo puede referirse al pueblo de Israel que entonces vivía - la
generación entonces actual. Ningún comentarista ha propuesto jamás
llamar "genea" aquí a la raza judía de todos los tiempos. Nuestro Señor
acostumbraba referirse a sus contemporáneos como a esta generación:
"Mas,
¿a qué compararé esta generación?" - esto es, a los hombres de ese
tiempo que no escuchaban ni a su precursor ni a Él mismo (Mat. 11:16;
Luc. 7:31). Hasta comentaristas como Stier, que sostiene la
interpretación de "genea" como raza o linaje en otros pasajes, admite
que la referencia en estas palabras es "a la generación que estaba viva
en ese entonces y en esa época, que era de lo más importante". (1) Así
que, en el pasaje que tenemos delante, no puede haber controversia con
respecto a la aplicación de las palabras exclusivamente a la generación
que existía entonces, los contemporáneos de Cristo. Nuestro Señor da
aquí testimonio de la exacerbada y enorme maldad de ese período. Jesús
se acaba de dirigir a aquella generación con las mismas palabras del
Bautista: "¡Generación de víboras!". Se declara que su culpa supera a
la de los paganos; se la compara con un endemoniado, de quien el
espíritu inmundo se ha apartado por un tiempo, pero ha regresado con
mayor fuerza que antes, acompañado por otros siete espíritus peores que
él, de manera que "el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor
que el primero". En el testimonio de Josefo tenemos una impresionante
confirmación de la descripción que hace nuestro Señor de la condición
moral de aquella generación. "Como sería imposible relatar en detalle
sus enormidades, diré brevemente que ninguna otra ciudad sufrió jamás
calamidades similares, y que ninguna generación existió jamás que fuese
más prolífica en el crimen. Confesaban que eran esclavos - y lo eran -
la escoria misma de la sociedad, los engendros espurios y contaminados
de la nación". (2) "Y aquí no puedo contenerme, y debo expresar lo que
mis sentimientos me indican. Soy de la opinión de que, si los Romanos
hubiesen diferido el castigo de estos miserables, o la tierra se
hubiese abierto y se hubiese tragado la ciudad, o ésta habría sido
barrida por un diluvio, o compartido el destino de Sodoma. Porque
produjo una raza mucho más impía que la de los que fueron así
visitados. Porque, por medio de la locura desesperada de estos hombres,
la nación entera se vio envuelta en la ruina de ellos". (3) "De alguna
manera, aquel período se había vuelto tan prolífico en iniquidad de
todo tipo entre los judíos, que ninguna obra mala quedó sin ser
perpetrada; ... tan universal era el contagio, tanto en público como en
privado, y tal la emulación para superarse los unos a los otros en
actos de impiedad hacia Dios e injusticia hacia sus prójimos". (4)
Tal
era la terrible condición hacia la que la nación se apresuraba cuando
nuestro Señor pronunció estas palabras proféticas. El clímax todavía no
había llegado, pero ya estaba plenamente a la vista. El espíritu
inmundo no había regresado a su casa todavía, pero estaba en camino.
Como observa Stier: "En el período entre la ascensión de Cristo y la
destrucción de Jerusalén, especialmente hacia el fin de ella, podríamos
decir que esta nación aparece como poseída por siete mil demonios". (5)
¿No es éste un cumplimiento adecuado y completo de la predicción del
Salvador? ¿Tenemos la más ligera justificación para, o la más ligera
necesidad de, decir que significa alguna otra cosa, o algo más que
esto? ¿Qué razón hay para suponer un cumplimiento adicional y futuro de
sus palabras? ¿No es un virtual descrédito de la profecía buscar algo
más que el sentido obvio que apunta tan claramente a una catástrofe
inminente que estaba a punto de acontecerle a aquella generación?
Seguramente mostramos la mayor reverencia a la palabra de Dios cuando
aceptamos implícitamente sus obvias enseñanzas, y rehusamos las
especulaciones injustificadas y meramente humanas que los críticos y
los teólogos han extraído de su propia fantasía. Concluimos, entonces,
que, en el escandaloso libertinaje de la época, y las señaladas
calamidades que, antes de que terminara, destruirían al pueblo judío,
tenemos el testimonio histórico del exhaustivo cumplimiento de esta
profecía.
ALUSIONES ADICIONALES A LA IRA VENIDERA
Lucas
13:1-9: "En este mismo tiempo estaban allí algunos que le contaban
acerca de los galileos cuya sangre Pilato había mezclado con los
sacrificios de ellos. Respondiendo Jesús, les dijo: ¿Pensáis que estos
galileos, porque padecieron tales cosas, eran más pecadores que todos
los galileos? Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis
igualmente. O aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la torre de
Siloé, y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos los
hombres que habitan en Jerusalén? Os digo: No; antes si no os
arrepentís, todos pereceréis igualmente".
Cuán vívidamente percibió
nuestro Señor las inminentes calamidades de la nación, y cuán claras y
distintas fueron sus advertencias, puede inferirse de este pasaje. La
matanza de algunos galileos que habían subido a Jerusalén a la fiesta
de la Pascua, ya fuera por orden o con la confabulación del gobernador
romano, y la súbita destrucción de dieciocho personas mediante la caída
de la torre cerca del estanque de Siloé, eran incidentes que formaban
los temas de conversación del pueblo en ese tiempo. Nuestro Señor
declara que las víctimas de estas calamidades no eran excepcionalmente
impías, sino que una suerte semejante alcanzaría a las mismas personas
que ahora hablaban de ellas, a menos que se arrepintieran. El punto de
su obervación, que a menudo se pasa por alto, reside en la similitud de
la amenaza de la destrucción. No es "todos vosotros pereceréis
también", sino "todos vosotros pereceréis del mismo modo". Que nuestro
Señor tenía a la vista la ruina final que estaba a punto de alcanzar a
Jerusalén y a la nación difícilmente puede dudarse. La analogía entre
los casos es real e impresionante. Fue en la fiesta de la Pascua cuando
la población de Judea se había agolpado en Jerusalén, y allí fue
encerrada por las legiones de Tito. Josefo nos cuenta cómo, en la
agonía final del sitio, la sangre de los sacerdotes que oficiaban fue
derramada al pie del altar de los sacrificios. Los soldados romanos
fueron los ejecutores del juicio divino; y al caer al suelo el templo y
la torre, sepultaron en sus ruinas muchas víctimas de la impenitencia y
la incredulidad. Es satisfactorio descubrir que tanto Alford como Stier
reconocen la alusión histórica en este pasaje. El primero observa: la
fuerza se pierde en la versión inglesa "likewise", [parecida], que
debería traducirse "in like manner" [de la misma manera], como de hecho
pereció el pueblo judío por la espada de los romanos". (6)
EL DESTINO INMINENTE DE LA NACIÓN JUDÍA
Parábola de la Higuera Estéril
Lucas
13:6-9: "Dijo también esta parábola: Tenía un hombre una higuera
plantada en su viña, y vino a buscar fruto en ella, y no lo halló. Y
dijo al viñador: He aquí, hace tres años que vengo a buscar fruto en
esta higuera, y no lo hallo; córtala; ¿para qué inutiliza también la
tierra? Él entonces, respondiendo, le dijo: Señor, déjala todavía este
año, hasta que yo cave alrededor de ella, y la abone. Y si diere fruto,
bien; y si no, la cortarás después".
El mismo significado profético
se pone de manifiesto en esta parábola, que es casi la contraparte de
la que aparece en Isaías 5, tanto en forma como en significado. La
verdadera interpretación es tan obvia que apenas es necesaria alguna
explicación. Su aplicación al pueblo judío es de lo más clara y
directa, más especialmente cuando se la considera en relación con las
advertencias que anteceden. Israel es la higuera inútil, cultivada por
mucho tiempo, pero sin producir fruto para su dueño. Ahora se encuentra
en su última prueba: el hacha, como había declarado Juan el Bautista,
estaba puesta a la raíz del árbol; pero el golpe fatal fue aplazado por
la intercesión de la misericordia. Aún en ese momento, el Salvador
estaba ocupado en su obra de gracia de alimentarla y cultivarla; un
poco más, y saldría el decreto: "Córtala. ¿Para qué inutiliza también
la tierra?"
No hay duda de que, en ésta como en otras parábolas,
hay principios generales aplicables a todas las naciones y todos los
tiempos; pero no debemos perder de vista su referencia original y
primaria al pueblo judío. Stier y Alford parecen perderse en la
búsqueda de significados recónditos y místicos en los detalles menores
de las imágenes; pero Neander da una luminosa explicación de su
verdadera importancia: "Como la higuera inútil, que no reconoció el
propósito de su existencia, fue destruida, así también la nación
teocrática, por la misma razón, después de habérsele tenido mucha
paciencia, habría de ser alcanzada por los juicios de Dios, y cortada
de su reino". (7)
EL FIN DEL SIGLO, O EL TÉRMINO DE LA DISPENSACIÓN JUDÍA
Parábolas de la cizaña y la red
Mat.
13:36-50: Entonces, despedida la gente, entró Jesús en la casa; y
acercándose a él sus discípulos, le dijeron: Explícanos la parábola de
la cizaña del campo. Respondiendo él, les dijo: El que siembra la buena
semilla es el Hijo del Hombre. El campo es el mundo; la buena semilla
son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del malo. El enemigo
que la sembró es el diablo; la siega es el fin del siglo; y los
segadores son los ángeles. De manera que como se arranca la cizaña, y
se quema en el fuego, así será en el fin de este siglo. Enviará el Hijo
del Hombre a sus ángeles, y recogerán de su reino a todos los que
sirven de tropiezo, y a los que hacen iniquidad, y los echarán en el
horno de fuego; alí será el lloro y el crujir de dientes. Entonces los
justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre. El que tiene
oídos para oír, oiga. ... Asimismo el reino de los cielos es semejante
a una red, que echada en el mar, recoge de toda clase de peces; y una
vez llena, la sacan a la orilla; y sentados, recogen lo bueno en
cestas, y lo malo echan fuera. Así será al final del siglo; saldrán los
ángeles, y apartarán a los malos de entre los justos, y los echarán en
el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes".
En
los pasajes aquí citados, encontramos un ejemplo de una de esas
interpretaciones que han hecho mucho para confundir y desorientar a los
lectores ordinarios de nuestra versión inglesa. Es probable que, con la
frase "el fin del mundo", noventa y nueve de cada cien lectores
entienden el fin de la historia humana y la destrucción de la tierra
material. No se imaginarían que "el mundo" del versículo 38 y el
"mundo" de los versículos 39, 40 [en la versión inglesa KJV] son
palabras totalmente diferentes, con significados totalmente diferentes.
Pero así es. En el versículo 38, koinos es traducido correctamente como
mundo, y se refiere al mundo de los hombres, pero aeon en los
versículos 39, 40 se refiere a un período de tiempo, y debería ser
traducida como era o época. Lange la traduce como eón. Es de la mayor
importancia entender correctamente los dos significados de esta
palabra, y de la frase "el fin del eón", o de la "era". Aion es, como
hemos dicho, un período de tiempo, o época. Es exactamente equivalente
a la palabra latina aevum, que es meramente aion con ropaje latino; y
la frase (griego - venida), traducida a nuestra versión inglesa, "el
fin del mundo", debería ser "el fin de esta época". Tittman observa:
(griego - venida), como ocurre en el Nuevo Testamento, no denota el
fin, sino más bien la consumación del eón, que ha de ser seguida por
una nueva era. Así ocurre en Mateo 13:39, 40, 49; 24:3; es de temer que
este último pasaje se malentienda al aplicarlo a la destrucción del
mundo". (8) Era creencia de los judíos que el Mesías entronizaría un
nuevo eón, o una nueva era: y a este nuevo eón, o a esta era, la
llamban "el reino de los cielos". Por lo tanto, el eón existente era la
dispensación judía, que ahora se acercaba a su fin; y el Señor muestra
en estas parábolas de manera impresionante cómo terminaría. Es en
verdad sorprendente que los expositores hayan dejado de reconocer en
estas solemnes predicciones la reproducción y la reiteración de las
palabras de Malaquías y de Juan el Bautista. Aquí encontramos la misma
separación final entre los justos y los impíos; la misma purificación
de la tierra; el mismo recoger el trigo en el granero; el mismo quemar
de la paja [la cizaña, el rastrojo] en el fuego. ¿Puede haber alguna
duda de que es al mismo acto de juicio, al mismo período de tiempo, al
mismo suceso histórico, al que se refieren Malaquías, Juan y nuestro
Señor?
Pero hemos visto que Juan el Bautista predijo un juicio que
entonces era inminente - una catástrofe tan cercana que ya el hacha
estaba puesta a la raíz de los árboles - de acuerdo con la profecía de
Maalaquías, de que "el día grande y terrible de Jehová" habría de
seguir a la venida del segundo Elías. Llegamos, por lo tanto, a la
conclusión de que esta discriminación entre justos e impíos, este
recoger el trigo en el granero, y quemar la cizaña en el horno de
fuego, se refieren a la misma catástrofe, es decir, a la ira que vino
sobre aquella misma generación, cuando Jerusalén se convirtió,
literalmente, en un "horno de fuego", y la era del judaísmo terminó en
"el día grande y terrible de Jehová".
Esta conclusión está apoyada
por el hecho de que hay una estrecha relación entre esta gran época
judicial y la venida del "reino de los cielos". Nuestro Señor
representa la separación entre los justos y los impíos como la
característica de la gran consumación que se llama "el reino de Dios".
Pero se había declarado que el reino estaba a las puertas. Se sigue,
por lo tanto, que las parábolas que tenemos delante de nosotros se
refieren, no a un remoto suceso todavía en el futuro, sino a uno que,
en el tiempo de nuestro Salvador, estaba cerca.
Un argumento
adicional a favor de este punto de vista se deriva de la consideración
de que nuestro Señor, en su explicación de la parábola de la cizaña,
habla de sí mismo como el sembrador de la buena semilla: "El que
siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre". Es a su propio
ministerio personal y sus resultados a lo que Él se refiere, y por lo
tanto, nosotros debemos considerar la parábola como que tiene una
relación especial con sus contemporáneos. Esto está en perfecta armonía
con su solemne advertencia de Lucas 13:26 [-28], donde Él describe la
condenación de los que tuvieron el privilegio de disfrutar de su
presencia personal y de su ministerio, los que pretendían el
discipulado, que eran cizaña y no trigo. "Entonces comenzaréis a decir:
Delante de tí hemos comido y bebido, y en nuestras plazas enseñaste.
Pero os dirá: Os digo que no sé de dónde sois; apartaos de mí todos
vosotros, hacedores de maldad. Allí será el lloro y el crujir de
dientes, cuando veáis a Abraham, a Isaac, a Jacob, y a todos los
profetas en el reino de Dios, y vosotros estéis excluidos". Por
aplicable que sea este lenguaje a los hombres en general bajo el
evangelio, es claro que tenía una aplicación directa y específica a los
contemporáneos de nuestro Señor - la generación que presenció sus
milagros y oyó sus parábolas; y que tiene una relación con ellos como
no la puede tener con nadie más.
Al final de la parábola de la
cizaña, encontramos una impresionante nota bene, que llama la atención
de manera especial a la instrucción contenida en ella: "El que tiene
oídos para oír, oiga". Podemos tomar ocasión de esto para hacer una
observación acerca de la vasta importancia de tener un verdadero
concepto del período en el que nuestro Señor y los apóstoles enseñaron.
Esto es indispensable para entender correctamente la doctrina del Nuevo
Testamento con respecto al "reino de Dios", el "fin de la era", y la
"era venidera" o mundo por venir. Ese período estaba cerca del fin de
la dispensación judía. La economía mosaica - como se le llama - el
sistema de leyes e instituciones dadas a la nación por Dios mismo, y
que había existido por más de cuarenta generaciones,- estaba a punto de
ser reemplazada y desaparecer. La última generación que habría de
poseer la tierra, - la última y también la peor, la hija y heredera de
sus predecesoras - ya estaba en escena. El largo período durante el
cual Jehová había agotado todos los métodos que la divina sabiduría y
el divino amor podían idear para cultivar y reformar a Israel estaba a
punto de terminar. Habría de terminar desastrosamente. La ira, por
largo tiempo contenida y reprimida, habría de estallar y destruir a
aquella generación. Su "útimo día" habría de ser un "dies irae", "el
día grande y terrible de Jehová". Este es "el fin del siglo" al que a
menudo se refería nuestro Señor, y que sus apóstoles constantemente
predecían. Ya estaban dentro de la penumbra de aquella tremenda crisis,
que cada día se acercaba más y más, y que por fin habría de llegar
repentinamente "como ladrón en la noche". Esta es la verdadera
explicación de aquellas constantes exhortaciones a vigilar, ser
pacientes, y esperar, que abundan en las epístolas apostólicas. Vivían
esperando una consumación que habría de llegar en su propio tiempo, y
que podrían presenciar con sus propios ojos. Este hecho es evidente en
los escritos del Nuevo Testamento; es la clave para interpretar gran
parte de lo que, de otro modo, sería oscuro e ininteligible, y veremos
durante esta investigación cuán consistentemente es sostenido este
punto de vista durante todas las Escrituras del Nuevo Testamento.