En
los evangelios sinópticos, hemos podido, por lo general,
comparar unas con las otras las alusiones a la Parusía
registradas por los evangelistas; y a menudo hemos encontrado
ventajoso hacerlo. No es fácil, sin embargo, entrelazar el
cuarto evangelio con los sinópticos, y a menudo es un poco
notable que ni una sola alusión a la Parusía en los
últimos se encuentre en el primero. Es, pues, preferible, por
todas las razones, considerar el evangelio de Juan por sí
mismo, y encontraremos que las referencias al tema de nuestra
investigación, aunque no muchas en número, son muy
importantes y están llenas de interés.
La
Parusía y la Resurrección de los Muertos
Juan 5:25-29
- "De cierto, de cierto os digo: Viene la
hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de
Dios; y los que la oyeren, vivirán. Porque como el Padre tiene
vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el
tener vida en sí mismo; y también le dio autoridad de
hace juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre.
"No
os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos
los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que
hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas
los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación".
En
las referencias a la cercana consumación que hemos encontrado
en los evangelios sinópticos, es imposible no impresionarse
con la constante asociación de la Parusía con un gran
acto de juicio. Desde la primera noticia de este gran suceso hasta el
fin, la idea de juicio aparece de modo prominente. Juan el Bautista
advierte a la nación de "la ira venidera". Los
hombres de Nínive y la reina del sur han de aparecer en el
juicio con esta generación. En la siega al final del
tiempo, la paja ha de ser quemada, y el trigo recogido en el granero.
El Hijo del hombre habría de venir en su gloria para dar a
cada uno según sus obras. El juicio de Capernaum y Corazín
habría de ser más severo que el de Tiro y Sidón.
Casi todas las últimas parábolas en el ministerio de
nuestro Señor declaran el juicio venidero - las minas, el
labrador malvado, las bodas del hijo del rey, las diez vírgenes,
los talentos, las ovejas y los cabritos. La gran profecía del
Monte de los Olivos se ocupa enteramente del mismo tema.
Es
notable que la primera alusión de Juan a este suceso reconoce
su carácter judicial. Pero ahora encontramos un nuevo
elemento introducido en la descripción de la cercana
consumación. Está relacionado con la resurrección
de los muertos; de "todos los que están en la tumba".
"La hora viene cuando todos los que están en la tumba
oirán su voz, y saldrán", etc.
No
puede haber ninguna duda de que el pasaje que se acaba de citar (ver.
28,29) se refiere a la resurrección literal de los muertos.
También puede admitirse que los versículos precedentes
(25,26) se refieren a la comunicación de vida espiritual a los
que están muertos espiritualmente. (1) El tiempo para este
proceso vivificante ya había comenzado. "La hora viene, y
ahora es". Los muertos en delitos y pecados estaban a punto de
ser vivificados por el poder resucitador del Espíritu divino
actuando en las almas de los hombres para que predicasen el evangelio
de Cristo. Este poder vivificador pertenecía, por designio
divino, al Hijo de Dios, al cual también había sido
entregado, en virtud de su humanidad, el oficio de Juez supremo (ver.
27).
Anticipándose
al hecho de que esta afirmación de ser el Juez de la humanidad
haría tambalear a sus oyentes, nuestro Señor procede a
reforzar su afirmación y aumentar la admiración de
ellos declarando que, a su voz, y antes de mucho, los muertos
saldrían de de sus tumbas para estar de pie delante de su
trono de juicio.
El
lector notará en particular las indicaciones de tiempo
especificadas por nuestro Señor en estos importantes pasajes.
Primero tenemos: "viene la hora, y ahora es". Esto indica
que la acción de la cual se habla, o sea, la comunicación
de vida espiritual a los espiritualmente muertos, ya ha comenzado a
tener lugar. Luego tenemos: "vendrá hora", sin la
adición de las palabras "y ahora es", indicando que
el suceso especificado, es decir, el levantarse los muertos de sus
tumbas, está a una mayor distancia en el tiempo, aunque
todavía no muy lejos. La fórmula "viene la hora"
siempre denota que el suceso al que se refiere no está muy
distante. En realidad, no define el tiempo, sino que lo ubica dentro
de un período comparativamente breve. Encontramos estas dos
expresiones. "viene la hora" y "viene la hora, y ahora
es", empleadas por nuestro Señor en su conversación
con la mujer de Samaria (Juan 4:21,23), y su uso aquí puede
ayudarnos a establecer su fuerza en el pasaje que tenemos delante.
Cuando nuestro Señor dice: "Viene la hora, y ahora es,
cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu
y en verdad", está indicando que el tiempo ya era
presente, pues, ¿no había empezado a reunir los
materiales de aquella iglesia espiritual de verdaderos adoradores de
la cual hablaba? Sin embargo, cuando dice: "Mujer, créeme,
que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén
adoraréis al Padre", habla de un tiempo que, aunque no
estaba distante, todavía no había llegado. Preveía
el período del cual hablaba, cuando cesaría la
adoración en el templo, cuando el monte Sión sería
"arado como campo", y el monte Gerizim también sería
abrumado por el diluvio de ira. Pero era necesaria la abrogación
de lo local y lo material para la entronización de lo
universal y lo espiritual; y, por lo tanto, el templo con su ritual
debía ser suprimido para hacer lugar para la más noble
adoración "en espíritu y en verdad".
Por
supuesto, no puede probarse absolutamente que la frase "la hora
viene" se refiere precisamente al mismo punto en el tiempo en
estos dos casos, aunque es fuerte la presunción de que así
es. Para esta etapa, baste notar que nuestro Señor habla aquí
de la resurrección de los muertos y el juicio como sucesos que
no estaban distantes, pero tan distantes que podía decirse
correctamente: "La hora viene", etc.
La
Resurrección, el Juicio, y el Día Postrero
Juan 6:39. "Y
esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo
que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día
postrero".
Juan 6:40:
"Yo le resucitaré en el día
postrero".
Juan 6:44:
"Yo le resucitaré en el día
postrero".
Juan 11:24: "Yo sé
que resucitará en la resurrección, en el día
postrero".
Juan 12:48:
"La palabra que he hablado, ella le
juzgará en el día postrero".
En
estos pasajes tenemos otra nueva frase en relación con la
consumación que se acercaba, que es peculiar al cuarto
evangelio. En los sinópticos nunca encontramos la expresión
"el día postrero", aunque encontramos sus
equivalentes, "aquel día" y "el día del
juicio". No puede dudarse que estas expresiones son sinónimas,
y se refieren al mismo período. Pero ya hemos visto que el
juicio es contemporáneo con "el fin del tiempo"
(sonteleia ton aiwnoj), e inferimos que "el día postrero"
es sólo otra forma de la expresión "el fin del
tiempo" o Peón. La Parusía también está
representada constantemente como coincidente en el tiempo con "el
fin del tiempo", de modo que todos estos grandes sucesos, la
Parusía, la resurrección de los muertos, el juicio, y
el día postrero, son contemporáneos. Entonces, puesto
que el fin del tiempo no es, como se imagina generalmente, el fin
del mundo, o la destrucción total de la tierra, sino la
terminación de la economía judía; y puesto que
nuestro Señor mismo clara y frecuentemente coloca ese suceso
dentro de los límites de la genración existente,
llegamos a la conclusión de que la Parusía, la
resurrección, el juicio, y el día postrero, pertenecen
todos al período de la destrucción de Jerusalén.
Por
muy alarmante o increíble que pueda parecer esta conclusión
al principio, es la enseñanza a la cual el Nuevo Testamento
está dedicado absolutamente, y, al avanzar en esta
investigación, encontraremos que la evidencia en apoyo de esta
conclusión se acumula hasta tal grado que es irresistible. Nos
encontraremos con expresiones como "los últimos tiempos",
"los últimos días", y "la útima
hora", que evidentemente denotan el mismo período que "el
día postrero", pero de las cuales, sin embargo, se habla
como no lejanas, y hasta como que ya han llegado. Mientras tanto,
sólo podemos pedir al lector que reserve su juicio, y calmada
e imparcialmente sopese la evidencia derivada, no de autoridad
humana, sino de la misma palabra de inspiración.
El
Juicio del Mundo y del Príncipe de Este Mundo
Juan 12:31.
"Ahora es el juicio de este mundo; ahora
el príncipe de este mundo será echado fuera".
Juan 16:11.
"De juicio, por cuanto el príncipe
de este mundo ha sido juzgado".
Se
acostumbra explicar estas palabras en el sentido de que había
llegado una gran crisis en la historia espiritual del mundo: que la
muerte de Cristo en la cruz era un momento crucial, por decirlo así,
del gran conflicto entre el bien y el mal, entre el Dios vivo y
verdadero y el falso dios usurpador de este mundo - que el resultado
de la muerte de Cristo sería la derrota final del poder de
Satanás y el establecimiento del reino de verdad y justicia
sobre las ruinas del imperio de Satanás.
No
hay duda de que hay mucha verdad importante en esta explicación,
pero no satisface todos los requisitos del lenguaje muy claro y
enfático de nuestro Señor con respecto a la cercanía
y lo completo del suceso al cual se refiere: "Ahora es el
juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será
echado fuera". No es suficiente decir que, para la previsión
profética de nuestro Salvador, el futuro distante era como si
fuera el presente; ni que, por la cercanía de su muerte, el
juicio del mundo y la expulsión de Satanás estarían
virtualmente asegurados, y que por lo tanto podrían ser
considerados como hechos consumados. Tampoco es suficiente decir que,
desde el momento en que se ofreció el gran sacrificio de la
cruz, el poder y la influencia de Satanás comenzaron a
menguar, y tiene que disminuir constantemente hasta que él sea
finalmente aniquilado. El lenguaje de nuestro Señor apunta
manifiestamente a una transacción judicial grande y
final, que pronto habría de tener lugar. Pero juicio es
un acto que difícilmente puede concebirse como extendiéndose
sobre un período indefinido, y especialmente cuando está
restringida por la palabra ahora, a un punto distinto e inminente en
el tiempo. La frase "echado fuera", también, es
evidentemente una alusión a la expulsión de un demonio
de un cuerpo poseído por un espíritu inmundo. Pero esto
indica un acto súbito, violento, y casi instantáneo, y
no un proceso gradual y prolongado. Ninguna figura podría ser
menos apropiada para describir la lenta decadencia y el agotamiento
final del poder satánico que la expulsión de un
demonio. Nos vemos obligados, pues, a hacer a un lado la explicación
que hace que las palabras de nuestro Señor se refieran a un
juicio que, después de transcurridos muchos siglos, todavía
continúa; o a una expulsión de Satanás que
todavía no se ha efectuado. Él no hablaría de un
juicio, que no habría de tener lugar por miles de años,
como si fuera "ahora", ni de una inminente "expulsión"
de Satanás, que habría de ser el resultado de un
proceso lento y prolongado.
Concluimos,
entonces, que, cuando nuestro Señor dijo: "Ahora es el
juicio de este mundo", etc., se refería a un suceso que
estaba cercano, y, en cierto sentido, era inmediato: es decir,
tenía a la vista aquella gran catástrofe que apenas
parece haber estado ausente de sus pensamientos - la solemne
transacción judicial cuando "el Hijo del hombre habría
de sentarse sobre el trono de su gloria" - la gran "cosecha"
al final del tiempo, cuando los ángeles segadores habrían
de "recoger de su reino todas las cosas que ofenden y hacen
inquidad". Si se objeta a esto que la palabra ko.smoj (mundo) es
demasiado abarcante para que quede restringida a una tierra o una
nación, puede replicarse que kosmoj se emplea aquí,
como en algunos otros pasajes, especialmente en los escritos de Juan,
más bien en un sentido ético que como expresión
geográfica. (Véase Juan 7:7; 8:23; 1 Juan 2:15; v.14).
Pero
puede decirse: ¿Cómo podría hablarse de este
juicio de Israel como si fuese "ahora" más que de un
juicio que todavía está en el futuro? Cuarenta años
de aquí en adelante no es más ahora que cuatro mil
años. A esto puede replicarse: Más que ningún
otro, el suceso que ahora era inminente precipitaría la
condenación de Israel. La crucifixión de Cristo habría
de ser el clímax del crimen, el acto culminante de apostasía
y culpabilidad que llenó la copa de la ira, y selló la
suerte de "aquella generación malvada". El intervalo
entre la crucifixión de Cristo y la destrucción de
Jerusalén fue sólo el breve espacio entre el
pronunciamiento de la sentencia y la ejecución del criminal; y
de la misma manera, nuestro Señor, cuando abandonó el
templo por última vez, exclamó: "He aquí,
vuestra casa os es dejada desierta", aunque su desolación
no tuvo lugar realmente sino hasta casi cuarenta años más
tarde, pudo decir: "Ahora es el juicio de este mundo",
aunque un espacio de tiempo semejante transcurriría entre el
pronunciamiento y la ejecución de sus palabras.
De
manera semejante, la "expulsión del príncipe de
este mundo" está representada como coincidente con el
"juicio de este mundo", y ambos son manifiestamente el
resultado de la muerte de Cristo. Pero, ¿cómo puede
decirse que Satanás fue expulsado en el período al que
se refiere, o sea, el juicio al final del tiempo? Aquel suceso marcó
una gran época en la administración divina. Fue la
inauguración de un nuevo orden de cosas: la "venida del
reino de Dios" en un sentido alto y especial, cuando se disolvió
la peculiar relación entre Jehová e Israel, y Él
vino a ser conocido como Dios y Padre de toda la raza humana. De allí
en adelante, Satanás no habría de ser ya más el
dios de este mundo, sino que el Altísimo habría de
tomar el reino para sí mismo. Esta revolución se
efectuó por la muerte expiatoria de Cristo en la cruz, que se
declara que es "la reconciliación consigo de todas las
cosas, así las que están en la tierra como las que
están en los cielos" (Col. 1:20). Pero la inauguración
formal del nuevo orden es representada como teniendo lugar al "fin
del tiempo", el período en que "el reino de Dios
vendría con poder", y el Hijo del hombre se sentaría
como Juez "en el trono de su gloria". ¿Qué
podría ser más apropiado, entonces, que la "expulsión"
del príncipe de este mundo en el período en que su
reino, "este mundo", fuese juzgado?
Puede
objetarse que, si realmente tuvo lugar entonces un suceso como la
expulsión de Satanás, debería estar marcado por
alguna muy palpable disminución del poder del diablo sobre los
hombres. La objeción es razonable, y puede rebatirse con la
afirmación de que sí existe evidencia de la disminución
de la influencia satánica en el mundo. La historia de los
tiempos de nuestro Salvador proporciona prueba abundante del
ejercicio de un poder sobre las almas y cuerpos de hombres que
entonces estaban poseídos por Satanás, un poder que
felizmente es desconocido en nuestros días. La misteriosa
influencia llamada "posesión demoníaca" se
atribuye siempre en la Escritura a los agentes satánicos; y
era una de las credenciales de la comisión divina de nuestro
Señor que Él, "por el poder de Dios, echaba fuera
demonios". ¿En qué período cesó de
manifestarse la sujeción de los hombres al poder demoníaco?
Era común en los días de nuestro Señor: continuó
durante la época de los apóstoles, porque tenemos
muchas alusiones al hecho de que ellos echaban fuera espíritus
inmundos; pero no tenemos evidencia de que esta sujeción
continuó existiendo en los tiempos post-apostólicos. El
fenómeno ha desaparecido tan completamente que, para muchos,
su anterior existencia es increíble, y la resuelven con una
superstición popular, o con una teoría no científica
de enfermedad mental - una explicación que es totalmentee
incompatible con las representaciones del Nuevo Testamento.
Vale
la pena observar que nuestro Señor, en una ocasión
anterior, hizo una declaración muy parecida a la que ahora
estamos considerando.
Cuando
los setenta discípulos regresaron de su misión
evangélica, informaron con regocijo de su éxito al
echar fuera demonios en el nombre de su Maestro:
"Señor,
aun los demonios se nos sujetan en tu nombre" (Lucas 10:17). Al
responderles, Jesús les dijo: "Yo
veía a Satanás caer del cielo como un rayo",
una expresión que es casi equivalente a las palabras: "Ahora
el príncipe de este mundo será echado fuera", y
sobre la cual Neander hace las siguientes sugestivas observaciones:
"Del mismo modo que Jesús
había designado previamente la cura, por Él mismo, de
endemoniados como una señal de que el reino de Dios había
venido a la tierra, así también ahora consideró
lo que los discípulos informaron como señal del poder
conquistador de ese reino, delante del cual toda cosa mala tenía
que retroceder: 'Yo veía a Satanás caer del cielo como
un rayo', es decir, del pináculo del poder que hasta ahora
había tenido entre los hombres. Antes de que la mirada
intuitiva de su espíritu expusiera a la vista los resultados
que habrían de seguir a su obra redentora después de su
ascensión al cielo, vio, en espíritu, al reino de Dios
avanzando triunfante sobre el reino de Satanás. No dice:
'Ahora veo', sino 'Veía'. Lo veía antes de que los
discípulos trajeran su informe de las maravillas que habían
llevado a cabo. Mientras ellos estaban llevando a cabo estas obras
aisladas, él veía la sola gran obra de la cual las de
ellos eran sólo señales particulares e individuales -
la victoria, completamente ejecutada, sobre el gran poder del mal que
había gobernado a la humanidad". (2)
Al
comparar estas dos notables afirmaciones de nuestro Señor, hay
tres puntos que merecen particular atención:
1.
Ambas son pronunciadas en ocasiones en que el triunfo de su causa,
que se acercaba, aparecía vívidamente delante de él.
2.
En ambas, la expulsión de Satanás es representada como
un hecho consumado.
3.
En ambas, se considera como un acto rápido y sumario, no como
un proceso lento y prolongado: en un caso, Satanás cae "del
cielo como un rayo"; en el otro, es "echado fuera" de
un endemoniado como espíritu inmundo.
Neander,
pues, ha pasado un poco por alto el verdadero énfasis de la
expresión, en sus observaciones, por lo demás,
admirables. Creemos que las palabras apuntan claramente a una gran
transacción judicial, que tiene lugar en un punto particular
del tiempo, que ese tiempo estaba muy cercano, y que es la
consecuencia y el resultado de la muerte del Salvador en la cruz. Tal
transacción y tal período los podemos encontrar sólo
en la gran catástrofe tan vívidamente presentada por
nuestro Señor en su discurso profético, y por lo tanto,
no podemos titubear al entender que sus palabras se refieren a aquel
suceso memorable.
Ninguna
otra explicación satisface los requisitos de la declaración:
"Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de
este mundo será echado fuera".
EL
RÁPIDO RETORNO DE CRISTO [LA PARUSÍA]
Juan 14:3. "Y
si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré
a mí mismo".
Juan 14:18:
"No os dejaré huérfanos;
vendré a vosotros".
Juan 14:28:
"Voy, y vengo a vosotros".
Juan 16:16:
"Todavía un poco, y no me veréis;
y de nuevo un poco, y me veréis; porque yo voy al Padre".
Juan 16:22:
"Os volveré a ver, y se gozará
vuestro corazón".
Por
simples que puedan parecer estas palabras, han causado gran
perplejidad a los comentaristas. La misma simplicidad de las palabras
es posiblemente la causa de la dificultad de ellos: porque es muy
difícil creer que significan lo que parecen decir. Se ha
supuesto que nuestro Señor se refiere, en algunos pasajes, a
su cercana partida de la tierra y a su regreso final al "fin de
los días", a la consumación de la historia humana;
y que, en otros, se refiere a su ausencia temporal durante el
intervalo entre su crucifixión y su resurrección.
Un
examen cuidadoso de las alusiones de nuestro Señor a su
partida y a su venida otra vez satisfará a cada lector
inteligente de que la venida del Señor, o "segunda
venida", siempre se refiere a un suceso particular y a un
período en particular. Ningún suceso está más
claramente marcado en el Nuevo Testamento que la Parusía, la
segunda venida del Señor. Se la describe siempre como un acto,
no como un proceso; un acontecimiento grandioso y feliz; una "bendita
esperanza", ansiosamente anticipada por sus discípulos y
de la cual se creía confiadamente que estaba a las puertas.
Los apóstoles y los primeros creyentes no sabían nada
de una Parusía extendida a lo largo de un período de
tiempo vasto e indefinido, ni de varias "venidas", todas
distintas y separadas la una de la otra; sino de una sola venida - la
Parusía, "la gloriosa aparición del gran Dios y
nuestro Salvador Jesucristo" (Tito 2:13). Si algo está
escrito claramente en la Escritura es esto. Es con asombro, pues, que
leemos los comentarios de Dean Alford sobre nuestras palabras en Juan
14:3.
"El
venir otra vez del Señor no es un solo acto, como su
resurrección, o el descenso del Espíritu, o su segundo
advenimiento personal, o la venida final en juicio, sino el gran
complejo de todo esto, cuyo resultado será que Él
tome a su pueblo a sí mismo adonde él esté. Este
ercomaise inicia (ver. 18) en su resurrección;
continúa (ver. 23) en la vida espiritual, alistándoles
para el lugar que está preparado; progresa aún más
cuando cada uno, por medio de la muerte, es arrebatado para estar con
Él (Fil. 1:23); se completa plenamente en su venida en
gloria, cuando estarán con Él para siempre (1 Tes.
4:17) en el perfecto estado de resurrección". (3)
¡Todo
esto se desarrolla a partir de una sola palabra, ercomai! Pero, si
ercomai tiene tal variedad y complejidad de significados, por
qué no npayw y porenomai? ¿Por qué
no debería tener "fuere" tantas partes y procesos
como "vendré otra vez"? De la misma manera, puede
preguntarse: ¿Cómo podrían haber entendido los
discípulos el lenguaje de nuestro Señor, si el lenguaje
tenía un "gran complejo" de significados? ¿O
cómo puede esperarse que hombres sencillos capten jamás
el significado de las Escrituras si las expresiones más
simples son tan intrincadas y desconcertantes?
Este
comentario no ha sido concebido en el lúcido espíritu
del sentido común inglés, sino en la jerga mística
de Lange y Stier. ¿Qué puede ser más sencillo
que el "vendré otra vez" es un acto tan definido
como el "me fuere", y que sólo puede referirse a la
profecía y la promesa del Nuevo Testamento, la Parusía?
Que este suceso no habría de ser diferido por mucho tiempo es
evidente por el lenguaje en que se anuncia: "Ercomai - Vendré".
Todo el tenor del discurso de nuestro Señor supone que la
separación entre sus discípulos y Él mismo ha de
ser breve, y su reunión rápida y perpetua. ¿Por
qué se va? A preparar un lugar para ellos. ¿Todavía
no está preparado, entonces? ¿Todavía no los ha
recibido a sí mismo? ¿Todavía no están
donde él está? Si la Parusía está todavía
en el futuro, estas esperanzas todavía no se han cumplido.
Que
este esperado regreso y esta reunión no eran un suceso lejano,
que estaba a una distancia de muchos siglos, sino un suceso que
estaba a las puertas, lo demuestran las subsiguientes referencias a
él que hace nuestro Señor. "Todavía
un poco, y no me veréis; y de nuevo un poco, y me veréis;
porque yo voy al Padre". (Juan
16:16). Pronto habría de dejarles; pero no para siempre, ni
por mucho tiempo - "un poco", unos pocos y cortos añ;os,
y su tristeza y su separación terminarían; porque "os
volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y
nadie os quitará vuestro gozo" (Juan 16:22). Se observará
que nuestro Señor no dice que la muerte les reuniría,
sino que lo haría su venida. Esa venida, pues, no podía
estar distante.
Que
es a este intervalo entre su partida y la Parusía a lo que se
refiere nuestro Señor cuando habla de "un poco" es
evidente por dos consideraciones: Primera, porque Él afirma
claramente que va al Padre, lo cual muestra que su ausencia se
relaciona con el período subsiguiente a la ascensión; y
segunda, porque, en la epístola a los Hebreos, este mismo
período, es decir, el intervalo entre la partida de nuestro
Señor y su venida otra vez, es denominado expresamente "un
poco". "Porque aún un poquito, y el que ha de venir
vendrá, y no tardará" (Heb. 10:37).
Aquí
nuevamente nos vemos constreñidos a protestar contra la
interpretación forzada y antinatural que hace Alford de este
pasaje (Juan 16:16):
"El modo
de expresión", observa, "es enigmático a
propósito; no siendo el qewreite y oesque coordinados:
refiriéndose el primero a la vista física, la segunda
también a la vista espiritual. El odesqj (veréis)
comenzó a cumplirse en la resurrección; luego tuvo su
pleno cumplimiento en el día de Pentecostés; y
habrá tenido su cumplimiento final en el gran regreso del
Señor de aquí en adelante. Recuérdese,
nuevamente, que en todas estas profecías se nos presenta una
perspectiva de cumplimientos continuamente en desarrollo". (4)
Imagínese
un acto de visión, "veréis", dividido en tres
operaciones distintas, cada una separada de la otra por una era, un
intervalo, y la última todavía sin completarse después
de dieciocho siglos, y esto choca de frente con la expresa
declaración de nuestro Señor de que habría de
ser después de "un poco de tiempo". Esto no es
crítica, sino misticismo. Una explicación tan
artificial e intrincada jamás se les podría haber
ocurrido a los discípulos, y es sorprendente que se le haya
ocurrido a cualquier intérprete sobrio de la Escritura. Pero
hasta los discípulos, aunque perplejos al principio por el "un
poco", pronto captaron lo que quería decir nuestro Señor
cuando dijo:
"Salí
del Padre, y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo, y voy al
Padre" (Juan 16:28).
Auméntese
esto con otras tres palabras de Jesús, y tenemos la substancia
de su enseñanza con respecto a la Parusía:
"Vendré
otra vez, y os recibiré a mí mismo, para que donde yo
estoy, vosotros también estéis" (Juan
14:3).
"No
os dejaré huérfanos; vendré a vosotros"
(Juan 14:18).
"Todavía
un poco, y no me veréis; y de nuevo un poco, y me veréis"
(Juan 16:16).
El
lenguaje es incapaz de transmitir el pensamiento con exactitud si
estas palabras no afirman que el regreso de nuestro Salvador a sus
discípulos habría de ser rápido.
JUAN
HABRÍA DE VIVIR HASTA LA PARUSÍA
Juan
2:22. "Jesús le dijo: Si
quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a
ti? Sígueme tú".
Sería
unútil especificar y discutir las varias interpretaciones de
este pasaje que hombres eruditos han conjeturado. Si hubiese sido un
enigma para la Esfinge, no podría haber causado más
perplejidad y sido más desconcertante. Los que deseen ver
algunas de las numerosas opiniones que han sido traídas a
colación sobre el tema las encontrarán en las
referencias de Lange. (5)
Las
palabras mismas son suficientemente sencillas. Toda la oscuridad y
todas las dificultades han sido importadas a ellas por la renuencia
de los intérpretes a reconocer, en la "venida" de
Cristo, un punto en el tiempo, claro y definido, dentro del espacio
de la generación existente. A menudo, al reiterar nuestro
Señor la certeza de que vendría en su reino, vendría
en gloria, vendría a juzgar a sus enemigos y a recompensar a
sus amigos, antes de que pasara por completo la generación que
entonces existía en la tierra, parece haber una repugnancia
casi invencible, de parte de los teólogos, a aceptar las
palabras de Jesús en su sentido obvio y sencillo. Persisten en
suponer que Él debe haber querido decir alguna otra cosa o
algo más. Admítase una vez lo que es innegable, que
nuestro Señor mismo declaró que su venida habría
de tener lugar durante la vida de algunos de sus discípulos
(Mat. 16:27,28), y la dificultad desaparece. Acababa de revelar a
Simón Pedro con qué muerte habría de glorificar
a Dios, y Pedro, con característica impulsividad, se atrevió
a preguntar cuál sería el destino del discípulo
amado, en quien se fijó en ese momento. Nuestro Señor
no dio una respuesta explícita a esta pregunta, que sonaba un
poco a intromisión, pero los discípulos entendieron que
su respuesta quería decir que Juan viviría para ver el
regreso de Jesús. "Si quiero que él quede hasta
que yo venga". Este lenguaje es muy significativo. Supone como
posible que Juan viviera hasta la venida del Señor. Es
más, lo sugiere como probable, aunque no lo afirma como
cierto. Los discípulos lo interpretaron como que Juan
no moriría en absoluto. El evangelista mismo ni afirma ni
niega lo correcto de esta interpretación, sino que se contenta
con repetir las palabras de Jesús: "Si quiero que él
quede hasta que yo venga". Es, sin embargo, una circunstancia
del mayor interés que sabemos cómo se entendieron
generalmente las palabras de Jesús en ese momento en la
hermandad de los discípulos. Evidentemente, llegaron a la
conclusión de que Juan viviría para presenciar la
venida de Jesús; y dedujeron que, en ese caso, él no
moriría en absoluto. Es esta última inferencia la que
Juan se guarda de hacer. Que él viviría hasta la venida
del Señor, Juan parece admitirlo sin duda. Si esto implicaba,
además, que no moriría en absoluto, era un punto dudoso
que las palabras de Jesús no decidieron.
Tampoco
era esta inferencia de "los hermanos" una cosa tan
increíble o irrazonable como les puede parecer a muchos. Vivir
hasta la venida del Señor era, de acuerdo con la creencia y la
enseñanza apostólica, equivalente a gozar de la
exención de muerte. Pablo enseñaba a los corintios: "No
todos dormiremos [moriremos], pero todos seremos transformados"
(1 Cor. 15:51). Habló a los tesalonicenses de la posibilidad
de estar vivos a la venida del Señor: "Nosotros que
vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor"
(1 Tesa. 4:15). Expresaba su propia preferencia personal de no "ser
desnudados [de la vestimenta del cuerpo], sino revestidos [con la
vestimenta espiritual] -- en otras palabras, no morir, sino ser
transformados (2 Cor. 5:4). Los discípulos podrían
estar justificados en esta creencia por las palabras de Jesús
en la noche de la cena pascual: "Vendré otra vez, y os
tomaré a mí mismo". ¿Cómo podrían
ellos suponer que esto significaba la muerte? O ellos pueden haber
recordado las palabras de Él en el Monte de los Olivos: "Y
enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y
juntarán a sus escogidos", etc. (Mat. 24:31). Esto, les
había asegurado, tendría lugar antes de que pasara la
actual generación. No estaban, pues, por completo sin
preparación para recibir un anuncio como el que el Señor
hizo con respecto a Juan. (6).
Podemos,
pues, hacer legítimamente las siguientes deducciones de este
importante pasaje:
1.
Que no había nada increíble ni absurdo en la suposición
de que Juan viviría hasta la venida del Señor.
2.
Que las palabras de nuestro Señor indican la posibilidad de
que, en efecto, fuera así.
3.
Que los discípulos entendieron la respuesta de nuestro Señor
como implicando que Juan no moriría en absoluto.
4.
Que el mismo Juan no da ninguna señal de que hubiese nada
increíble ni imposible en la inferencia, aunque no lo
declara categóricamente.
5.
Que tal opinión armonizaría con la expresa enseñanza
de nuestro Señor con respecto a la cercanía y la
coincidencia de su propia venida, la destrucción de
Jerusalén, el juicio de Israel, y el fin de aquel eón
o aquella era.
6.
Que todos estos sucesos, según las afirmaciones de Jesús,
ocurrirían dentro del período de la presente
generación.
Habiendo
visto así los cuatro evangelios y examinado todos los pasajes
que se relacionan con la Parusía, o venida del Señor,
puede ser útil recapitular y poner en un solo panorama la
enseñanza general de estos registros inspirados sobre este
importante tema.
RESUMEN
DE LA ENSEÑANZA DE LOS EVANGELIOS CON
RESPECTO A LA PARUSÍA
1.
Tenemos el enlace entre la profecía del Antiguo Testamento y
la del Nuevo en el anuncio de Juan el Bautista (el Elías de
Malaquías) sobre la cercanía de la ira venidera, o el
juicio de la nación teocrática.
2.
El anuncio es seguido de cerca por el Rey, que anuncia que el reino
de Dios está a las puertas, y llama a la nación al
arrepentimiento.
3.
Las ciudades que fueron favorecidas con la presencia de Cristo, pero
rechazaron su mensaje, son amenazadas con una destrucción más
intolerable que la de Sodoma y Gomorra.
4.
Nuestro Señor asegura expresamente a sus discípulos que
su venida tendría lugar antes de que ellos hubiesen completado
la evangelización de las ciudades de Israel.
5.
Jesús preedice un juicio al "fin del tiempo" o de la
era [sunteleia ton aiwnos], una frase que no significa la destrucción
de la tierra, sino la consumación de la era, es decir, de la
dispensación judía.
6.
Nuestro Señor declara expresamente que Él vendría
presto [mellei epcesqai] en gloria, en su reino, con sus ángeles,
y que algunos de entre sus discípulos no morirían hasta
que su venida tuviera lugar.
7.
En varias parábolas y en varios discursos, nuestro Señor
predice la destrucción que se cierne sobre Israel en el
período de su venida. (Véase Lucas 18, parábola
de la viuda importuna. Lucas 19, parábola de las minas.
Mateo 21, parábola de los labradores malvados. Mateo
22, parábola de la fiesta de bodas).
8.
Con frecuencia, nuestro Señor denuncia la maldad de la
generación a la cual predicaba, y declara que los crímenes
de épocas anteriores y la sangre de los profetas sería
requerida de su mano.
9.
La resurrección de los muertos, el juicio del mundo, y la
expulsión de Satanás son representados como
coincidentes con la Parusía, y que están a las puertas.
10.
Nuestro Señor aseguró a los discípulos que
vendría otra vez a ellos, y que su venida sería
dentro de "poco".
11.
La profecía del Monte de los Olivos es un discurso relacionado
y continuo, que se refiere exclusivamente a la destrucción de
Jerusalén e Israel, que se acercaba, de acuerdo con la expresa
afirmación de nuestro Señor (Mat. 24:34; Mar. 13:30;
Luc. 21:32).
12.
Las parábolas de las diez vírgenes, los talentos, y las
ovejas y los cabritos pertenecen todas al mismo acontecimiento, y se
cumplen en el juicio de Israel.
13.
Se exhorta a los discípulos a velar y a orar, y a vivir en la
común esperanza de la Parusía, porque sería
súbita y rápida.
14.
Después de su resurrección, nuestro Señor dio a
Juan razón para esperar que viviría para presenciar su
venida.
Notas:
1.
Algunos intérpretes prefieren entender "los muertos"
del versículo 25 como que se refieren a casos tales como la
hija de Jairo, el hijo de la viuda de Naín, y Lázaro de
Betania, personas literalmente levantadas de los muertos y
restauradas a la vida por Jesús. Entienden que el argumento de
Jesús es algo así: "Vosotros os asombráis
de la obra maravillosa que he llevado a cabo en este hombre
indefenso, pero vosotros veréis maravillas mucho mayores.
Llegará el momento en que llamaré aun a los muertos a
la vida; y si esto os parece increíble, un día mi poder
efectuará una obra aun más poderosa: porque viene la
hora en que todos los que están en la tumba saldrán al
oir mi llamado, y estarán de pie ante mí en el juicio".
(Dr. J. Brown. Discursos y dichos de nuestro Señor, vol. i, p.
98). Esta explicación tiene la ventaja de la consistencia al
dar el mismo sentido de la palabra "muertos" durante todo
el pasaje; pero parece imposible admitir que nuestro Señor
esté hablando en el versículo 24 de la muerte literal.
Decir que el creyente ya ha pasado de muerte a vida es obviamente lo
mismo que decir que ha pasado de la condenación a la
justificación. Nos sentimos obligados, pues, a adoptar la
interpretación generalmente aceptada, en relación con
los versículos 24 y 25, en el sentido de que se refieren a los
espiritualmente muertos, y en relación con los versículos
28 y 29, en el sentido de que se refieren a los corporalmente
muertos.
2.
Life of Christ, cap. 12, p. 205.
3.
Greek Testament, in loc.
4.
Alford, Greek Testament, in loc.
5.
Commentary of St. John.
6.
Es apenas necesario señalar que, acerca de la hipótesis
de que la "venida" de Cristo no habría de tener
lugar sino hasta "el fn del mundo", en la aceptación
popular de la frase, la respuesta de nuestro Señor entrañaría
una extravagancia, si no un absurdo. Habría equivalido a
decir: "Supón que a mí me pareciera bien que él
viviera mil años o más, ¿qué a tí?"
Pero es evidente que los discípulos tomaron la respuesta en
serio.
APÉNDICE
A LA PARTE I
Nota
A
Sobre
la Teoría de Interpretación del Doble Sentido
Los
siguientes extractos, de teólogos de diferentes épocas,
países, e iglesias, demuestran un poderoso consenso de
autoridades que se oponen al método de interpretación
inexacto y arbitrario adoptado por muchos comentaristas alemanes e
ingleses:
"Unam
quandam ac certam et simplicem sententiam ubique quaerendam esse".-
Melanchton. ("En
todos los casos, ha de procurarse un sólo signficado definido
y sencillo [de la Escritura]").
"Absit
a nobis ut Deum faciamus o,.i,glwtton, aut multiplices sensus
affingamus ipsius verbo, in quo potius tanquarn in speculo
limpidissimo sui autoris simplicitatem contemplari debemus. (Sal.
12:6; xix. B.) Unicus ergo sensus scripturae, nempe
grammaticus, est admittendus, quibuscunque demum terminis, vel
propriis vel tropicis et figuratis exprimatur".- Maresius.
(Lejos sea de nosotros hacer que Dios hable
con dos lenguas, o atribuir una variedad de significados a su
Palabra, en la cual debemos más bien contemplar la sencillez
de su divino autor reflejada como si fuera en un espejo (Sal. 12:6;
19:8). Por lo tanto, sólo es admisible un significado de la
Escritura: esto es, el gramatical, en cualesquiera términos,
ya sean propios o típicos o figurados, en que pueda ser
expresado.)
"La
observación del Dr. Owen está llena de buen sentido".-
"Si la Escritura tiene más de un significado, no tiene
ningún sentido en absoluto". "Y es tan aplicable a
las profecías como a cualquier otra porción de la
Escritura"- Dr. John Brown, Sufferings and Glories of the
Messiah, p. 5, note.
Las
consecuencias de admitir esta principio deberían ser bien
sopesadas.
¿Qué
libro en el mundo tiene doble sentido, a menos que sea un libro que
contenga enigmas a propósito? Y hasta un libro así
no tiene sino un solo significado verdadero. Los oráculos
paganos podían realmente decir: "Aio te, Pyrrhe,
Romanos vincere posse"; pero, ¿puede un equívoco
tal ser admisible en los oráculos del Dios viviente? Y si un
sentido literal y un sentido oculto pueden transmitirse a la misma
vez y con las mismas palabras, ¿quién que no sea
inspirado puede decirnos cuál es el sentido oculto? ¿Mediante
qué leyes de interpretación ha de ser juzgado? Por
ninguna que pertenezca al lenguaje humano; porque otros libros aparte
de la Biblia no llevan consigo un doble sentido.
"Por
estas y parecidas razones, la estratagema de asignar un doble sentido
a las Escrituras es inadmisible. Pone a flotar todos los principios
fundamentales de interpretación por medio de los cuales
llegamos a un convencimiento y a una certeza establecidos, y nos
lanza sobre el océano sin límites de la imaginación
y la conjetura sin timón y sin brújula". - Stuart
on the Hebrews, Excurs. xx.
"Primero,
puede afirmarse que la Escritura tiene un solo significado, el
significado que tuvo para la mente del profeta o evangelista que
primero la pronunció o la escribió para los oyentes o
lectores que primero la recibieron". "La
Escritura, como otros libros, tiene un solo sentido, que debe
captarse partiendo de sí mismo, sin referencia a las
adaptaciones de padres o teólogos, y sin relación con
las ideas a priori sobre su naturaleza y su origen". "La
función del intérprete es no añadir otra
[interpretación], sino recuperar la original: el significado,
esto es, de las palabras como ellas llegaron a los oídos o
brillaron ante los ojos de los que primero las oyeron y las
leyeron".- Professor Jewett, Essay on the Interpretation of
Scripture, párr. i, 3,4.
"Sostengo
que las palabras de la Escritura se propusieron tener un solo
significado definido, y que nuestro primer objetivo debe ser
descubrir ese sentido, y adherirnos rígidamente a él.
Creo que, por regla general, las palabras de la Escritura se proponen
tener, como todos los otros idiomas, un solo sentido sencillo y
definido, y que decir que las palabras significan una cosa meramente
porque se les puede torturar para que lo digan, es una manera
extremadamente deshonrosa y peligrosa de manejar la Escritura".-
Canon Ryle, Expository Thoughts on St. Luke, vol. i, p. 383.
NOTA
B
SOBRE
EL ELEMENTO PROFÉTICO EN
LOS EVANGELIOS
Procedamos
hasta las predicciones sobre la destrucción de Jerusalén.
Como es bien sabido, estas predicciones, en todas las narraciones de
los evangelios, (que, dicho sea de paso, ocurren singularmente por
consentimiento, implicando que todos los evangelistas bebieron de una
sola tradición consolidada) están inextricablemente
mezcladas con profecías de la segunda venida de Cristo y el
fin del mundo, una confusión que Hutton admite libremente. La
porción relativa a la destrucción de la ciudad es
singularmente definida, y corresponde muy de cerca al acontecimiento
real. La otra porción, por el contrario, es vaga y
grandilocuente, y se refiere principalmente a fenómenos y
catástrofes naturales. De la precisión de una porción,
la mayoría de los críticos deduce que los evangelios
fueron compilados durante el sitio y la conquista de Jerusalén.
De la confusión de las dos porciones, Hutton hace la
inferencia opuesta, a saber, que la predicción existía
en la forma registrada actualmente antes de ese acontecimiento. Es
improbable en el más alto grado, arguye, que, si Jerusalén
había caído, y las otras señales de la venida de
Cristo no mostraban ninguna indicación de seguirlas, los
escritores no hayan reconocido y desenmarañado la confusión,
y corregido sus registros para ponerlos en armonía con lo que
entonces estaba comenzando a verse que podría ser el verdadero
significado de Cristo o la verdad real de la historia.
"Pero
aquí reside la verdadera perplejidad. La predicción,
como la tenemos, hace que Cristo afirme claramente que su segunda
venida seguirá - "inmediatamente", "en aquellos
días" - después de la destrucción de
Jerusalén, y que "esta generación" (la
generación a la cual se dirigía) no pasaría
hasta que "todas estas cosas se cumplan". Hutton cree que
estas últimas palabras Cristo se proponía aplicarlas
sólo a la destrucción de la Santa Ciudad. Tiene derecho
a su opinión; y, en sí misma, ésta no es una
solución improbable. Pero, bajo las circunstancias, es una
construcción algo forzada, pues debe recordarse, primero, que
se hace necesaria sólo por la suposición que mantiene
Hutton - a saber, que los poderes proféticos de Jesús
no podían fallar; segundo, supone o implica que las
narraciones evangélicas de los pronunciamientos de Jesús
son de fiar, aunque en estas predicciones especiales admite que son
esencialmente confusas, y tercero, (aunque creemos que él no
lo debería haber pasado por alto), la frase que él cita
no es en modo alguno la única que indica que Jesús
mismo tenía la convicción, que sin duda comunicó
a sus seguidores, de que su segunda venida para juzgar al mundo
tendría lugar en una fecha muy temprana. No sólo
tendría lugar "inmediatamente" después de la
destrucción de la ciudad (Mat. 24:29), sino que sería
presenciada por muchos de los que lo escuchaban. Y estas predicciones
no están en modo alguno mezcladas con las de la destrucción
de Jerusalén: "De cierto os digo que hay algunos de
los que están aquí, que no gustarán la muerte,
hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino"
(Mat. 16:28); "De cierto os digo, que no acabaréis de
recorrer todas las ciudades de Israel, antes que venga el Hijo del
Hombre" (Mat. 10:23); "Si quiero que él quede hasta
que yo venga, ¿qué a tí?" (Juan 21:23), y
los pasajes correspondientes en los otros sinópticos.
"Si,
pues, Jesús no dijo estas cosas, los evangelios deben ser
extrañamente inexactos. Si las dijo, su facultad profética
no puede haber sido lo que Hutton cree. De que todos sus discípulos
tenían esta esperanza errónea, y la sostenían
con la supuesta autoridad de su Maestro, no puede haber ninguna duda
en absoluto. (Véase 1 Cor. 10:11, 15:51; Fil. 14:5; 1 Tesa.
14:15; Sant. 5:8; 1 Pedro 4:7; 1 Juan 2:18; Apoc. 1:13; 22:7,0,12).
La verdad es que Hutton reconoce esto por lo menos tan franca y
plenamente como lo hemos dicho".- W. R. Greg, en Contemporary
Review, Nov. 1876.
Para
los que sostienen que nuestro Señor predijo el fin del mundo
antes de que pasara aquella generación, las objeciones del
escéptico presentan una formidable dificultad - insuperable de
veras, sin recurrir a evasiiones forzadas y antinaturales, o
admisiones que son fatales para la autoridad y la inspiración
de las narraciones evangélicas. Nosotros, por el contrario,
reconocemos plenamente la construcción de sentido común
que adelanta Greg sobre el lenguaje de Jesús, y la no menos
obvia aceptación de ese significado por parte de los
apóstoles. Pero llegamos a una conclusión directamente
contraria a la del crítico, y apelamos a la profecía
del Monte de los Olivos como señalado ejemplo y demostración
de la visión sobrenatural del Señor.