LA PARUSÍA EN LAS EPÍSTOLAS APOSTÓLICAS LA PARUSÍA EN LA EPÍSTOLA A LOS GÁLATAS
No encontramos
ninguna alusión directa a la Parusía en la Epístola a los Gálatas. Ella
contribuye, sin embargo, a dilucidar el tema, proporcionando una
ilustración de la primera aparición y el rápido crecimiento de la
defección de la fe predicha por nuestro Señor y designada por Pablo
como "la apostasía" o "enfriamiento", que era señal precursora de la
Parusía. (Véase Mat. 24:12; 2 Tesa. 2:3; 1 Tim. 4; 2 Tim. 3; 4:3,4). La
plaga ya había brotado en las iglesias de Galacia, y en esta epístola
vemos cuán fervientemente trató el apóstol de detener su progreso,
protestando vehementemente contra esta perversión del evangelio, y
denunciando a sus originadores y propagandistas como enemigos de la
cruz de Cristo. El mal surgía de las artes de los maestros judaizantes,
que por todas partes eran los inveterados oponentes de Pablo, y que
parecen haber estado poseídos del mismo espíritu de proselitismo que
distinguía a los fariseos, que "rodeaban mar y tierra para hacer un
prosélito". En esta manifestación de la apostasía predicha, tenemos una
marcada indicación de la aproximación de "los últimos tiempos" o del
"fin del tiempo". "EL PRESENTE SIGLO MALO", O LA ÉPOCA MALA Gál. 1:4. "El cual se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos del presente siglo malo". El
apóstol habla aquí del estado de cosas existente como malo, y del Señor
Jesucristo como el que nos libra de él. La palabra época [o eón] no se
refiere por supuesto al mundo material, la tierra, sino al mundo moral,
o época moral. Es equivalente a la frase que ocurre tan a menudo en los
evangelios, "esta generación perversa" (Mat. 2:45, etc.). El presente
siglo malo es considerado como que está pasando, y a punto de ser
sucedido por un nuevo orden, el . (Heb. 2:5). LAS DOS JERUSALENES, LA ANTIGUA Y LA NUEVA Gál.
4:25,26. "Porque Agar es el monte Sinaí en Arabia, y corresponde a la
Jerusalén actual, pues ésta, junto con sus hijos, está en esclavitud.
Mas la Jerusalén de arriba, la cual es madre de todos nosotros, es
libre". En este momento, no es nuestra intención hacer otra cosa que
simplemente tomar nota de este notable contraste entre las dos
ciudades, la nueva Jerusalén y la antigua. En esta etapa, nos
abstenemos, a propósito, de entrar en símbolos y su significado, hasta
que toquemos el tema entero en el libro de Apocalipsis. Mientras
tanto, se le solicita al lector que tome nota cuidadosa del contraste
que se presenta aquí. La Jerusalén que ahora es, y la Jerusalén que
habrá de ser; la Jerusalén terrenal, y la Jerusalén celestial; la
Jerusalén que está en esclavitud, y la Jerusalén que es libre; la
Jerusalén que está debajo, y la Jerusalén que está arriba; la Jerusalén
que es madre de esclavos, y la Jerusalén que es nuestra madre.
Descubriremos que este contraste nos será de no poco valor para
establecer el significado de algunos de los símbolos del Apocalipsis. LA PARUSÍA EN LAS EPÍSTOLAS APOSTÓLICAS LA PARUSÍA EN LA EPÍSTOLA A LOS ROMANOS Las
alusiones a la venida del Señor en esta epístola no son muchas en
número, pero son muy importantes e instructivas. Se habla de la venida
como de algo que con toda certeza era creído y ansiosamente esperado
por los cristianos de la era apostólica; y el hecho de su cercanía está
o implícito o afirmado en cada alusión al acontecimiento. EL DÍA DE LA IRA Rom.
2:5,6. "Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras
para tí mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo
juicio de Dios, el cual pagará a cada uno conforme a sus obras". Rom.
2:1,16. "Porque todos los que bajo la ley han pecado, por la ley serán
juzgados; en el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de
los hombres, conforme a mi evangelio". No puede haber ninguna duda
con respecto a este "día de la ira" y "revelación del justo juicio de
Dios". Es el mismo que fue predicho por Malaquías como "el día grande y
terrible de Jehová" (Mal. 4:5); por Juan el Bautista como "la ira
venidera" (Mat. 3:7); y por el Señor Jesucristo como "el día del
juicio" (Mat. 11:22,24). Era el acto final de la época, el . Es apenas
necesario repetir que este "fin" se dice que cae dentro del período de
la generación existente, cuando el Hijo del hombre, el Juez designado,
"pagará a cada uno según sus obras" (Mat. 16:27). LA ESCATOLOGÍA DE PABLO Rom.
8:18-23. "Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente
no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de
manifestarse [que está a punto de revelársenos]. Porque el anhelo
ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de
Dios. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia
voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también
la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la
libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la
creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; y
no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las
primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros
mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo". Hay
algunas cosas en este pasaje que son, y probablemente continuarán
siendo, oscuras por la naturaleza del tema; pero también hay mucho que
es sencillo y claro. No podemos confundir la regocijada anticipación,
expresada por Pablo, de un venidero día de liberación de los
sufrimientos y miserias del presente; una liberación que estaba ya
allí, y no lejana. Venía un día de redención que traería libertad y
gloria para los hijos de Dios, de cuyos beneficios participaría la
creación entera. La llegada de aquella consumación era esperada y
deseada ansiosamente, no sólo por los que, como el apóstol mismo,
tenían la esperanza de una herencia interminable y gloriosa arriba,
sino por la creación que sufre cargas y gime en general, por la cual
estaban rodeados. Tan estimulante era la perspectiva de la emancipación
venidera que, en vista de ella, el apóstol pudo decir: "Pues tengo por
cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con
la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse"; o, como dice un
pasaje similar: "Porque esta leve tribulación momentánea produce en
nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria" (2 Cor.
4:17). Ahora procedemos a examinar el pasaje completo más particularmente. El
primer punto que exige atención es la clara indicación de la cercanía
de esta gloria venidera. En nuestra Versión Autorizada [en inglés] se
pierde esto de vista por completo; y de manera similar, ha sido
ignorado casi por todos los comentaristas. Hasta Alford, que por lo
general es muy cuidadoso en su atención a los tiempos verbales, pasa
por este caso evidente sin hacer ninguna observación, aunque nada puede
ser más gramaticalmente enfático que la indicación de la cercanía de la
esperada revelación. Tholuck observa que el apóstol habla del tiempo
como cercano - "En gozosa exultación, el apóstol concibe su comienzo
como a la mano"- pero considera errado al apóstol, y que se ha dejado
llevar de sus sentimientos. Conybeare y Howson dan la correcta fuerza
del lenguaje - "la gloria que está a punto de ser revelada, que pronto
será revelada". [] "La gloria venidera" es la contraparte o antítesis
de "la ira venidera", diferentes aspectos del mismo gran suceso; porque
la Parusía, que era la revelación de gloria para los hijos de Dios, era
la revelación del día de ira para sus enemigos (Rom. 2:5,7). Así,
se observará que no es a la muerte a lo que el apóstol mira como el
período de liberación de los males presentes; aún menos a alguna época
muy distante en el futuro. Ciertamente sería pobre consuelo, para los
hombres que se retorcían bajo la angustia de sus sufrimientos,
hablarles de un período, en alguna época futura, que les traería
compensación por su actual aflicción. El apóstol no se burla de ellos
con una esperanza diferida. El día de liberación había llegado; la
gloria estaba a punto de ser revelada; y era tan cercano y tan grande
aquel peso de gloria, que reducía a una insignificancia las pasajeras
incomodidades de la hora presente. El punto siguiente que merece
observarse es la afirmación que el apóstol procede a hacer con respecto
al interés en aquella consumación que se aproximaba más allá de los
límites del sufriente pueblo de Dios. Éstos serían realmente los que
más ganarían con la redención venidera, pero sus beneficios habrían de
extenderse mucho más allá. Este es un tema sumamente importante e interesante, y requiere nuestra cuidadosa consideración. "Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios". Cualquiera
que sea el significado que atribuyamos a la palabra "creación" [], no
tendrá diferencia alguna para la actitud ansiosa y expectante en la
cual está representada como esperando la consumación venidera. Lange
observa que, como la palabra significa esperar con la cabeza levantada,
esto implica una intensa expectación, un anhelo intenso, en espera de
una satisfacción. Pero esta misma actitud implica la cercanía, o el
convencimiento de la cercanía, de la deseada liberación. Poniendo,
pues, juntas estas dos afirmaciones, primera, que la gloria "pronto ha
de ser revelada"; segunda, que "el anhelo ardiente es esperar la
manifestación", tenemos una demostración, tan fuerte como es posible
concebirla, de que el suceso en cuestión está representado por el
apóstol como muy cercano. Pero, ¿qué se quiere decir con la
creación []? Algunos comentaristas consideran que abarca el universo
entero, o la creación material, animada e inanimada, racional e
irracional - la estructura entera de la naturaleza. Hablan del
terremoto, la tormenta, y el volcán como síntomas del doloroso mal
genio del mundo natural. Pero esto parece demasiado vago y general para
el argumento del apóstol. Es evidente que el suceso sólo puede
referirse a seres conscientes, voluntarios, racionales, y morales.
Tiene "intenso anhelo"; tiene su "propia voluntad"; tiene "esperanza";
es capaz de ser "sujetado a vanidad"; de ser "librado de corrupción";
de participar en "la gloria de los hijos de Dios". Estas
características excluyen la creación inanimada e irracional, e incluyen
a la raza humana en su totalidad. Además, la antítesis en el versículo
23 entre la creación como un todo y "nosotros mismos, que tenemos las
primicias del Espíritu", sería muy antinatural e imperfecta si no
diferenciara a los cristianos, no de las bestias y las plantas, sino de
otros hombres. El verdadero contraste ocurre entre los que tienen las
primicias del Espíritu y los que no las tienen; y sería manifiestamente
incongruente hablar de la creación irracional e inanimada como que "no
tiene el Espíritu". Hacer que el apóstol se refiera aquí a la
naturaleza universal puede ser admisible quizás como poesía, pero
estaría bastante fuera de lugar en un argumento sobrio y serio.
Entendemos, pues, que se refiere a la raza humana y a la humanidad en
términos generales; el significado que tiene la palabra en pasajes
tales como Mar. 16:15: "Predicad el evangelio a toda criatura" []; Col.
1:23. "El cual se predica en toda la creación que está debajo del
cielo" []. Esto nos trae a la pregunta: ¿Puede decirse que la raza
humana tiene esta actitud ansiosa y expectante, gimiendo y en labores
de parto, esperando y anhelando la liberación y la libertad? Sin duda
que es posible; y nunca más verdaderamente que en el mismo período en
que el apóstol escribió. Era una época de la más profunda corrupción y
degradación social; puede decirse que la humanidad gemía bajo la carga
de su miseria y su esclavitud; y sin embargo, había un extraño y
misterioso sentimiento en las mentes de los hombres de que, de alguna
manera y en alguna parte, la liberación había llegado. Cuán exactamente
se ajusta la descripción del apóstol a las condiciones morales y
sociales del pueblo judío en este período, no necesita ninguna prueba.
Gemían bajo el yugo de la esclavitud romana. Suspiraban ansiosamente
por el prometido Libertador. El caso de los griegos y los romanos no
era muy diferente, como lo prueban llamativamente los siguientes
pasajes de Conybeare y Howson; en verdad, podrían haber sido escritos
como un comentario sobre el pasaje que tenemos delante. "Las
condiciones sociales de los griegos había ido cayendo, durante este
período, en la corrupción más baja; ... pero la misma difusión y el
mismo desarrollo de esta corrupción estaba preparando el camino, porque
mostraba la necesidad de la intervención del evangelio. La enfermedad
misma parecía llamar al Sanador. Y si los males prevalecientes de la
población griega presentaban obstáculos a gran escala para el progreso
del cristianismo, los griegos mostraban, para todo tiempo futuro, la
debilidad de los más altos poderes del hombre cuando no reciben ayuda
de lo alto; y debe haber habido muchos que gemían bajo la esclavitud de
una corrupción de la cual no podían sacudirse, y estaban listos a
escuchar la voz de Aquél que "llevó nuestras enfermedades y sufrió
nuestros dolores". Hasta aquí las condiciones de los griegos; las de los romanos se describen así: "Sería
iluso imaginar que, cuando el mundo quedó bajo un solo cetro, cualquier
real principio de unidad mantendría juntas sus diferentes partes. El
emperador fue deificado porque los hombres fueron esclavizados. No hubo
verdadera paz cuando Augusto cerró el templo de Jano. El Imperio era
sólo el orden del gobierno externo, con un caos tanto de opiniones como
de la moral dentro de él. Los escritos de Tácito y de Juvenal continúan
atestiguando la corrupción que se enconaba en todos los niveles, lo
mismo en el Senado que en la familia. La antigua sobriedad de modales,
y la antigua fe en la mayor parte de la religión romana, habían
desaparecido. Los licenciosos credos y las licenciosas prácticas de
Grecia y del Oriente habían inundado a Italia y a Occidente, y el
Panteón era sólo el monumento a un acomodamiento entre una multitud de
supersticiones decadentes. Es verdad que este estado de cosas produjo
una notable tolerancia, y es probable que, por corto tiempo, el
cristianismo mismo compartiese la ventajas de ello. Pero, aún así, el
genio de los tiempos era básicamente tanto cruel como profano, y los
apóstoles pronto quedaron expuestos a una encarnizada persecución. El
Imperio Romano estaba desprovisto de la unidad que el evangelio da a la
humanidad. Era un reino de este mundo, y la raza humana gemía por la
mejor paz de un "reino que no era de este mundo". "Por esto, en la
condición misma del Imperio Romano, y en el estado miserable de su
población mixta, podemos reconocer una preparación negativa para el
evangelio de Cristo. Esta tiranía y esta opresión requerían un
Consolador, tanto como la enfermedad moral de los griegos requería un
Sanador. Tanto el Imperio entero como los judíos necesitaban un Mesías,
aunque no era esperado con la misma consciente expectación. Pero no nos
es difícil avanzar mucho más allá de este punto, y no podemos dudar en
descubrir, en las circunstancias del mundo en este período, rastros
significativos de una preparación positiva para el evangelio". Ciertamente,
es notable que una descripción de las condiciones sociales y morales
del mundo en la era apostólica, escrita aparentemente sin pensar en la
ilustración del pasaje que ahora tenemos delante, adoptara sin
proponérselo, no sólo el espíritu, sino en gran medida las palabras
mismas, con las cuales Pablo presenta la miseria, la esclavitud, los
gemidos, y el anhelo de liberación de la creación como aparecía a su
aprensión. Pero, puede decirse: ¿Había algo en el futuro inmediato que
satisficiese este ansioso anhelo del mundo esclavizado y gimiente y que
respondiese a él? ¿Qué es este terminus ad quem, "esta revelación de
los hijos de Dios"? ¿Y en qué sentido podía ello traer, o trajo,
liberación y consuelo a la humanidad oprimidad? La respuesta a
esta pregunta se encuentra en casi todas las páginas de los escritos
del apóstol. Según él, un gran acontecimiento estaba a las puertas; el
Señor estaba a punto de venir, según Su promesa, para ejercer su poder
real, para dar recompensa y salvación a su pueblo, y poner a sus
enemigos debajo de sus pies. Pero la Parusía había de traer más que
esto. Marcó una gran época en el gobierno divino del hombre. Puso fin
al período de privilegio exclusivo para Israel. Disolvió el pacto entre
Jehová y el pueblo judío, y abrió el camino para un pacto nuevo y
mejor, que abarcaba a toda la humanidad. El cristianismo es la
proclamación de la universal paternidad de Dios, pero la nueva era no
fue inaugurada plenamente sino hasta que el estrecho reino teocrático
local fue superado, y el Rey teocrático renunció a su jurisdicción y la
entregó en las manos del Padre. Entonces la exclusiva relación nacional
entre Dios y un solo pueblo fue disuelta, o se fundió con el sistema
abarcante y mundial en el cual "no hay judío ni griego, ni circunciso
ni incircunciso, ni bárbaro, ni escita, ni esclavo ni libre, sino sólo
el Hombre. Cristo había hecho de todos los hombres Uno, "para que Dios
sea todo en todos". Esta es ciertamente una adecuada respuesta a
los gemidos y trabajos de la sufriente y oprimida humanidad; la
perspectiva de tal consumación puede ser representada bien con la
alborada de un día de redención. Era nada menos que abrir las puertas
de la misericordia para la humanidad; era la emancipación de la raza
humana de la desesperación que le aplastaba hasta hundirle en una
corrupción y una degradación cada vez más profundas; era introducirles
"a la gloriosa libertad de los hijos de Dios"; conferir a los gentiles,
"ajenos a la comunidad de Israel y extranjeros a los pactos de la
promesa", los privilegios de la "ciudadanía de los santos", y hacerles
"miembros de la casa de Dios". Es de esta admisión de toda la raza
humana en la [adopción de hijos], la cual, hasta ahora, había sido el
exclusivo privilegio del pueblo escogido, de la que habla el apóstol
con lenguaje tan entusiasta en Rom. 8:19-21. Era un tema sobre el cual
nunca se cansaba de espaciarse, y que llenaba su alma entera de asombro
y agradecimiento. Habla de ello como del "misterio que en otras
generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres", "la
multiforme sabiduría de Dios" (Efe. 3:5,10; Col. 1:26). Los tres
primeros capítulos de la Epístola a los Efesios están ocupados por una
animada descripción de la revolución causada por la obra redentora de
Cristo en la relación entre Dios y los gentiles, que no formaban parte
del pacto. "La dispensación de la plenitud de los tiempos" había
llgado, en la cual Dios se proponía "reunir en uno todas las cosas en
Cristo, haciéndole cabeza de todas las cosas", derribando las barreras
de separación entre judíos y gentiles, haciendo de ambos pueblos uno
solo; aboliendo la ley ceremonial, fundiendo los elementos heterogéneos
en un todo homogéneo, reconciliando la antipatía mutua, y uniendo a
ambos como una familia a los pies del Padre de todos. Pero, puede
decirse: ¿No se había llevado a cabo todo esto ya por medio de la
muerte expiatoria en la cruz? ¿Y no es ésa una revelación de una gloria
futura que se aproximaba, a la cual alude el apóstol aquí? Sin duda que
es así. Sin embargo, el Nuevo Testamento siempre habla de que la obra
de redención estaba incompleta hasta la llegada de la Parusía. Se
observará que, en el versículo veintitrés, el apóstol se representa a
sí mismo y a los otros creyentes como esperando todavía el . Aun los
hijos de Dios habían recibido solamente las arras y las primicias, y no
la plena cosecha de su condición de hijos. Aquello no sería
completamente suyo sino hasta la venida del Señor, cuando "los santos
que estaban vivos y habían quedado" cambiarían el presente cuerpo
mortal y corruptible por una casa no hecha de manos, eterna, en los
cielos. La Parusía era la proclamación pública y formal de que la
dispensación mesiánica o teocrática había llegado a su fin; y que el
nuevo orden, en el cual Dios era todo en todos, había sido inaugurado.
Hasta que el juicio de Israel tuvo lugar, todas las cosas no habían
sido puestas bajo Cristo, el rey teocrático; sus enemigos todavía no
habían sido puestos bajo sus pies. Hasta ese momento, podía decirse de
la adopción [] que "le pertenecía a Israel". Cuando al apóstol escribió
esta epístola, Cristo estaba esperando que "sus enemigos fueran puestos
debajo de sus pies". Había todavía algo incompleto en su obra, hasta
que toda la estructura y la urdimbre del judaísmo fueron barridas. Este
hecho aparece claramente resaltado en la Epístola a los Hebreos. El
escritor afirma que "aún no se había manifestado el camino al Lugar
Santísimo, entre tanto que la primera parte del tabernáculo estuviese
en pie". Dice que este tabernáculo es "símbolo para el tiempo presente"
- sirve a un propósito temporal - hassta el tiempo de la reforma, esto
es, la introducción de un nuevo orden (Heb. 9:8,9). Este pasaje es de
gran importancia en relación con esta discusión, y las siguientes
observaciones de Conybeare y Howson presentan su significado muy
claramente: "Puede preguntarse: ¿Cómo puede decirse, después de la
ascensión de Cristo, que aún no se había manifestado el camino al Lugar
Santísimo? La explicación es que, mientras el culto del templo, con su
exclusión de todos, menos del sumo sacerdote, del Lugar Santísimo,
todavía existía, el camino de la salvación no se habría manifestado
plenamente a los que se adherían a las observancias externas típicas,
en vez de ser, por lo tanto, conducidos al antitipo". Life and Epistles
of St. Paul, cap. 28. Había una conveniencia y una plenitud del
tiempo en los cuales el pacto antiguo sería superado por el nuevo; al
antiguo y al nuevo se les permitió susbsistir juntos por un tiempo; la
bondad y la paciencia de Dios demoraron el golpe final del juicio.
Aunque, pues, las grandes barreras contra la introducción de todos los
hombres, sin distinción, a los privilegios de los hijos de Dios, fueron
casi eliminadas por la muerte de Cristo en la cruz, la demostración
formal y final de que "el camino al Lugar Santísimo" estaba abierto de
par en par para toda la humanidad, no ocurrió sino hasta que la
estructura entera de la economía mosaica, con su ritual, y el templo,
la ciudad, y el pueblo fueron repudiados pública y solemnemente, y el
judaísmo, con todo lo que le pertenecía, fue barrido para siempre. Hay
todavía una porción de este pasaje profundamente interesante sobre el
cual reposa mucha obscuridad. En el versículo 20, el apóstol dice que
"la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino
por causa del que la sujetó en esperanza", etc. La interpretación común
de estas palabras es que "la creación visible ha sido puesta bajo la
sentencia de descomposición y disolución, no por su propia elección,
sino por un acto de Dios que, sin embargo, no la ha dejado sin
esperanza". Sin duda, esto da un buen sentido al pasaje, aunque
nos aventuramos a pensar que no exactamente el sentido que el apóstol
se proponía darle. No capta la naturaleza del mal al cual "la creación"
fue sujetada; y, por consiguiente, tampoco la naturaleza de la
liberación que se espera de ese mal. Entendiendo por [creación] a
la raza humana, por las razones que ya se han especificado, observamos
que se dice que ha sido sujetada a vanidad []. ¿Qué es esta vanidad? La
palabra es muy significativa, especialmente en labios de un judío. Para
el tal, "vanidad" es sinónimo de idolatría. Es la palabra que la
Septuaginta emplea para denotar la estupidez del culto a los ídolos.
Los ídolos son "vanidades ilusorias" (Sal. 31:6; Jonás 2:8); "enseñanza
de vanidades es el leño"; los ídolos "vanidad son, obra vana" (Jer.
10:8,15). "Los formadores de imágenes de talla, todos ellos son
vanidad" (Isa. 44:9). Casi que la la palabra se ha separado para este
uso especial. Lo mismo puede decirse de su uso en el Nuevo Testamento.
En Listra, Pablo imploraba que el pueblo se "convirtiera de aquellas
vanidades [], es decir, del culto a los ídolos, para servir al Dios
vivo (Hechos 14:15). En esta misma epístola (Rom. 1:21), tenemos un
caso notable del uso de la palabra, en que Pablo, dando razón de la
apostasía de la raza humana y su alejamiento de Dios, la explica por el
hecho de que "se envanecieron" en sus razonamientos []; un pasaje en
que Alford, con Bengel, Locke, y muchos otros, reconoce la alusión al
culto idólatra. Sólo es necesario mirar el pasaje para ver su relación
con el origen y la prevalencia de la idolatría (véase también Efe.
4:17). Aquí retrocede a Rom. 1:21, y nos proporciona la clave de la
verdadera interpretación. La idolatría era la "vanidad" a la cual
estaba sujeta la raza humana; la idolatría, la religión de los
gentiles, la degradación del hombre, la deshonra de Dios. Pero,
¿puede decirse que el hombre fue sujetado a este mal por el acto de
Dios ("por causa del que la sujetó")? Sin duda, tal afirmación estaría
en armonía con la Palabra de Dios. En el primer capítulo de la Epístola
a los Romanos, se expresa tres veces este hecho significativo: "Dios
los entregó", en referencia a esta misma apostasía (Rom. 1:24,26,28).
Este abandono sólo puede ser considerado un acto judicial. Encontramos
una expresión todavía más fuerte en Romanos 11:32. "Dios sujetó a todos
en desobediencia". La verdad es que la Escritura está llena de la
doctrina de que Dios entrega a los contumaces y rebeldes a la fatal
consecuencia de su pecado. Por eso, puede decirse que la sujeción de la
raza humana al mal de la idolatría no era simplemente la voluntad del
hombre mismo, sino el acto judicial de la divina justicia. Pero no
era un decreto sin esperanza. "La preservación de una nación de la
apostasía universal llevaba en sí un germen de esperanza para la
humanidad. En la plenitud del tiempo, se manifestó el propósito divino
de misericordia y redención para la raza humana, y "la adopción de
hijos", que había sido privilegio exclusivo de un pueblo, ahora se
declaraba abierto para todos sin distinción. La raza es representada
como esperando con ansiosa expectación este alto privilegio, y ahora el
evangelio, que era el medio divinamente señalado para rescatar a los
hombres de la corrupción y degradación morales del paganismo,
proclamaba liberación y salvación "para gentiles y judíos, bárbaros,
escitas, esclavos y libres". Ya hemos mostrado en qué sentido
puede decirse que esta proclamación de la nueva era fue hecha de la
manera más pública y formal en la Parusía. LA CERCANÍA DE LA SALVACIÓN VENIDERA Rom.
13:11,12. "Y esto, conociendo el tiempo, que es ya hora de levantarnos
del sueño; porque ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación
que cuando creímos". No es posible que palabras algunas expresen más
claramente la convicción del apóstol de que la gran liberación había
llegado. Sería absurdo considerar, con Moses Stuart, que este lenguaje
se refiere a la cercana aproximación de la muerte y la eternidad. En
ese caso, el apóstol habría dicho: "El día ha pasado, la noche ha
llegado". Pero este no es el estilo del Nuevo Testamento; nunca es la
muerte y la tumba, sino la Parusía, la "bendita esperanza, y la
gloriosa aparición de Jesucristo", lo que los apóstoles esperan. El
profesor Jowett observa correctamente que "en el Nuevo Testamento no
encontramos ninguna exhortación basada en la cortedad de la vida.
Parece como si el fin de la vida no tuviese ninguna importancia
práctica para los primeros creyentes, porque seguramente sería
anticipado por el día del Señor". Sin duda esto es cierto; pero, ¿y
entonces, qué? O el apóstol estaba errado, o no nos merece confianza
como expositor autorizado de la verdad divina; o de lo contrario,
estaba bajo la guía del Espíritu de Dios, y lo que enseñaba era verdad
infalible. Ante este dilema callan los expositores que no pueden
siquiera imaginar la posibilidad de que la Parusía haya ocurrido de
acuerdo con las enseñanzas de Pablo. Es curioso ver los cambios a los
cuales recurren para encontrar alguna forma de escapar a la inevitable
conclusión. Tholuck admite francamente la expectación del apóstol, pero a costa de su autoridad. "Desde
el día en que los fieles se congregaron por primera vez alrededor de su
Mesías, hasta la fecha de su epístola, habían pasado varios años; el
amanecer pleno, como creía Pablo, estaba a las puertas. Aquí
encontramos corroborado lo que también es evidente en varios otros
pasajes, que el apóstol esperaba el pronto advenimiento del Señor. La
razón de esto reside, en parte en la ley general de que al hombre le
gusta imaginarse que el objeto de su esperanza está a la mano, y en
parte en la circunstancia de que el Salvador a menudo había hecho la
amonestación de que en todo momento había que estar preparados para la
crisis en cuestión, y también, según el usus loquendi de los profetas,
había descrito el período como aproximándose rápidamente". Stuart
protesta contra el hecho de que Tholuck renuncie a la corrección del
juicio del apóstol, pero adopta la insostenible posición de que Pablo
está hablando aquí de: "La salvación espiritual que los creyentes han de experimentar cuando sean trasladados al mundo de vida eterna y de gloria". Por otra parte, Alford admite que: "Una
correcta exégesis de este pasaje puede difícilmente dejar de reconocer
el hecho de que aquí el apóstol, como en otro lugar (1 Tes. 4:17; 1
Cor. 15:51), habla de la venida del Señor como aproximándose
rápidamente. Razonar, como lo hace Stuart, que, porque Pablo corrige en
los Tesalonicenses el error de imaginar que estaba inmediatamente a las
puertas (o hasta que ya había llegado), él mismo no la esperaba tan
pronto, está seguramente fuera de lugar". El editor estadounidense del Comentario de Lange, hablando de Romanos, escribe la siguiente nota: "El
Dr. Hodge objeta con algún detalle la referencia a la segunda venida de
Cristo. Por otra parte, la mayoría de los modernos comentaristas
alemanes defienden esta referencia. Olshausen, De Wette, Philippi,
Meyer, y otros, creen que ninguna otra posición es sostenible en lo más
mínimo; y el Dr. Lange, aunque evita cuidadosamente las teorías
extremas sobre este punto, niega la referencia a la bienaventuranza
eterna, y admite que se quiere decir la Parusía. Esta opinión gana
terreno entre los exégetas anglosajones". Hay algunos intérpretes
que evitan la dificultad negando que términos tales como cercano y
distante hagan alguna referencia al tiempo en absoluto. Por ejemplo, se
nos dice que: "Esto concuerda con todas las enseñanzas de nuestro
Señor, de que representa el día decisivo de la segunda aparición de
Cristo como que está a las puertas, para mantener a los creyentes
siempre en la actitud de expectación vigilante, pero sin referencia a
la cercanía o distancia cronológica a ese suceso". Este es un método
no natural de interpretación, que simplemente vacía las palabras de
todo significado. Hay sólo una manera de salir de la dificultad, y es
creer que el apóstol dice lo que quiere decir, y que quiere decir lo
que dice. Él era el inspirado apóstol y embajador de Cristo, y el Señor
no dejó que ninguna de sus palabras cayera al suelo. Su continua
consigna y clamor de advertencia a las iglesias de la era primitiva
era: "El Señor está a las puertas". Él creía esto; enseñaba esto; y
esta era la fe y la esperanza de toda la iglesia. ¿Estaba
equivocado? ¿Vivió y murió la iglesia primitiva creyendo una mentira?
¿No ocurrió nada que correspondiese a sus expectativas? ¿Dónde está el
templo de Dios? ¿Dónde está la ciudad de Jerusalén? ¿Dónde está la ley
de Moisés? ¿Dónde está la nacionalidad judía? Pero todas estas cosas
perecieron al mismo tiempo; y de todas ellas se predijo que
desaparecerían en la Parusía. El cumplimiento de aquellos otros sucesos
en la región de lo espiritual y lo invisible que estaban
indisolublemente conectados con la Parusía, pero de los cuales, en la
naturaleza de las cosas, no puede haber registro en las páginas de la
historia humana. ESPERANZA DE UNA PRONTA LIBERACIÓN Rom. 16:20. "Y el Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies". Aquí
tenemos otra referencia inconfundible a la cercana aproximación al día
de liberación. El aplastamiento de la cabeza de la serpiente es la
victoria de Cristo, y esa victoria se ganaría pronto. Entre los
enemigos que habrían de quedar debajo de sus pies estaban la muerte, y
el que tenía el poder de la muerte, a saber, el diablo. En la
expectativa de su crucifixión, el Señor declaró: "Ahora es el juicio de
este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera", y ya
hemos demostrado en qué sentido y cuán ciertamente se cumplió esa
predicción. De la misma manera, se acercaba el día en que los sufridos
y perseguidos cristianos serían librados, por la Parusía, de los
enemigos de los cuales estaban rodeados, y cuando el maligno instigador
y cómplice de toda esa enemistad yacería postrado bajo los pies de
ellos. LA PARUSÍA EN LAS EPÍSTOLAS APOSTÓLICAS EN LA EPÍSTOLA A LOS COLOSENSES
En
ninguna de las epístolas de Pablo encontramos una alusión menos directa
a la Parusía, y sin embargo, puede decirse que ninguna está más llena
de la idea de ese acontecimiento. El pensamiento de él subyace casi
todas las expresiones del apóstol; está implícita en "la esperanza que
os está guardada en los cielos"; "la herencia de los santos en luz";
"el reino de su amado Hijo"; "la reconciliación de todas las cosas con
Dios"; "presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de
él". Pero hay por lo menos una alusión muy clara a la Parusía en la cual el apóstol habla de la esperada consumación. LA MANIFESTACIÓN DE CRISTO SE APROXIMA Col. 3:4. "Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados en él en gloria". Aquí
encontramos una clara alusión al mismo acontecimiento y al mismo
período que en Rom. 8:19, es decir, "la manifestación de los hijos de
Dios". En ambos pasajes, es evidente que esta manifestación se concibe
como cercana. En realidad, en Rom. 8:18 se afirma expresamente que es
así; la gloria está "a punto de ser revelada", mientras que aquí en
Colosenses los discípulos son representados como "muertos", y esperando
la vida y la gloria que recibirían a la revelación de Jesucristo, o
sea, en la Parusía. Es inconcebible que el apóstol pueda hablar en
términos tales de un suceso lejano; su cercanía es, evidentemente, uno
de los elementos de su exhortación de que debían "poner el corazón en
las cosas de arriba, no en las de la tierra". ¿Hemos de suponer que
todavía están en un estado de muerte, que su vida todavía está
escondida? Pero su vida y su gloria están representadas como
contingentes con la "manifestación de Jesucristo". LA IRA VENIDERA Col. 3:6. "Cosas [la idolatría, entre otras] por las cuales la ira de Dios viene". La
conclusión precedente (con respecto a la cercanía de la gloria
venidera) está confirmada por la referencia del apóstol a la cercanía
de la ira venidera. La cláusula "sobre los hijos de desobediencia" no
se encuentra en algunos de los manuscritos más antiguos, y es omitida
por Alford. Probablemente ha sido añadida de Efe. 5:6. Tomando el
pasaje como está, hay algo muy sugestivo y enfático en su afirmación:
"Viene la ira de Dios". Hay un contraste inconfundible entre "la gloria
venidera del pueblo de Dios" y "la ira venidera" sobre sus enemigos. No
menos clara es la alusión a la "ira venidera" profetizada por Juan el
Bautista, y a la cual con tanta frecuencia se refieren nuestro Señor y
sus apóstoles. Tanto la gloria como la ira están "a punto de ser
reveladas"; coinciden con la Parusía de Cristo, y las iglesias
apostólicas estaban en constante expectación de la pronta manifestación
de ambas. LA PARUSÍA EN LAS EPÍSTOLAS APOSTÓLICAS EN LA EPÍSTOLA A LOS EFESIOS LA ECONOMÍA DE LA PLENITUD DE LOS TIEMPOS
Efe.
1:9,10. "Dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su
beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir todas
las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los
tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la
tierra", etc. Aunque este pasaje no afirma nada directamente con
respecto a la cercanía de la Parusía, tiene una relación directa con el
acontecimiento en sí. El campo de investigación que abre es ciertamente
demasiado amplio para que lo exploremos ahora, pero no podemos pasarlo
por alto por completo. Este es un tema en el que al apóstol le encanta
espaciarse, y en ninguna parte se espacia con más entusiasmo que en
esta epístola. Por lo tanto, puede suponerse que, por muy oscuro que
nos parezca en algunos respectos, no era ininteligible para los
cristianos de Éfeso, ni para aquellos a los cuales se les envió esta
epístola, porque, como bien observa Paley, nadie escribe
ininteligiblemente a propósito. También podemos esperar encontrar
alusiones al mismo tema en otras partes de los escritos del apóstol,
que pueden servir para dilucidar dichos oscuros en este pasaje. Hay
dos preguntas que surgen del pasaje que tenemos delante: (1) ¿Qué se
quiere decir con "reunir todas las cosas en Cristo"? (2) ¿Cuál es el
período designado como "la dispensación del cumplimiento de los
tiempos", en el cual ha de tener lugar este "reunir todas las cosas en
Cristo"? 1. Con respecto al primer punto, recibimos gran ayuda de
la expresión que el apóstol emplea en relación con él, es decir, "el
misterio de su voluntad". Esta es una palabra favorita de Pablo al
hablar de ese nuevo y maravilloso descubrimiento que nunca dejó de
llenar su alma de adoración, gratitud y alabanza - la admisión de los
gentiles a todos los privilegios de la nación del pacto. Es difícil
para nosotros formarnos un concepto del sobresalto, la sorpresa y la
incredulidad que causó en las mentes de los judíos el anuncio de
semejante revolución en la administración divina. Sabemos que ni
siquiera los apóstoles estaban preparados para ella, y que fue con algo
parecido a la duda y la sospecha con que, por fin, cedieron a la
abrumadora evidencia de los hechos: "¡De manera que también a los
gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida!" (Hechos 11:18). Pero,
para el apóstol a los gentiles, este era el glorioso estatuto de la
emancipación universal. De entre todos los hombres, él vio con la mayor
claridad su belleza y su gloria divinas, su trascendente misterio y
maravilla. Vio las barreras de separación entre judíos y gentiles, la
antipatía entre las razas, "la pared intermedia de separación",
derribadas por Cristo, y una gran familia y una hermandad formada por
todas las naciones, y tribus, y pueblos, y lenguas, bajo el poder
reconciliador y unificador de la sangre expiatoria. No podemos
equivocarnos, pues, al entender este misterio de "reunir todas las
cosas en Cristo" como el mismo que se explica más plenamente en el
capítulo 3:5,6, "misterio que en otras generaciones no se dio a conocer
a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos
apóstoles y profetas por el Espíritu: que los gentiles son coherederos
y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo
Jesús por medio del evangelio". Esta es la unificación, "el resumen", o
consumación [], a la cual el apóstol se refiere con tanta frecuencia en
esta epístola: "hacer de ambos pueblos uno sólo"; "crear en sí mismo de
los dos un solo y nuevo hombre"; "reconciliar con Dios a ambos en un
solo cuerpo" (Efe. 2:14,15,16). Este era el gran secreto de Dios, que
había estado oculto a las pasadas generaciones, pero que ahora era
revelado a la admiración y la gratitud del cielo y la tierra. Pero,
puede preguntarse, ¿cómo puede el hecho de recibir a los gentiles en
los privilegios de Israel ser llamado la reunión de todas las cosas,
tanto las que están en los cielos como las que están en la tierra? Algunos
críticos muy capaces han supuesto que las palabras cielo y tierra en
éste y en otros pasajes deben entenderse en un sentido limitado y, por
decirlo así, técnico. Para la mente judía, la nación del pacto, el
pueblo peculiar de Dios, podría ser llamado apropiadamente "celestial",
mientras que los degenerados gentiles, que estaban fuera del pacto,
pertenecían a una condición inferior, terrenal. Esta es la posición de
Locke en su nota sobre este pasaje: "Que Pablo debió usar "cielo"
y "tierra" para los judíos y los gentiles no se considerará tan extraño
si consideramos que Daniel mismo se refiere a la nación de los judíos
con el nombre de "cielo" (Dan. 8:10). Ni quiere un ejemplo de ello en
nuestro Salvador mismo, quien (Luc. 21:26) con "las potencias de los
cielos" quiere significar claramente los grandes hombres de la nación
judía. Ni es éste el único lugar en esta epístola de Pablo a los
Efesios que lleva esta interpretación de cielo y tierra. Quien lea los
primeros quince versículos del cap. 3 y sopese las expresiones
cuidadosamente, y observe la dirección del pensamiento del apóstol en
ellos, no encontrará que hace violencia manifiesta al sentido de Pablo
si por "familia en los cielos y en la tierra" (ver. 15) entiende el
cuerpo unido de cristianos, compuesto de judíos y gentiles, que todavía
viven promiscuamente entre estas dos clases de pueblos que continuaron
en su incredulidad. Sin embargo, no estoy seguro de esta
interpretación, sino que la ofrezco como una cuestión de investigación
a los que creen que una búsqueda imparcial del verdadero significado de
las Sagradas Escrituras es la mejor forma de emplear el tiempo de que
disponen". Es en favor de esta interpretación de "cielo y tierra"
que estas expresiones deben aparentemente ser tomadas en un sentido
restringido similar en otros pasajes en que ocurren. Por ejemplo:
"Hasta que pasen el cielo y la tierra" (Mat. 5:18); "el cielo y la
tierra pasarán" (Luc. 21:33). En el primero de estos pasajes, el
contexto muestra que es imposible que se refiera a la disolución final
de la creación material, porque eso afirmaría la perpetuidad de cada
jota y cada tilde de lo que hace mucho tiempo fue abrogado y anulado.
Debemos, pues, entender, el "pasar el cielo y la tierra" en un sentido
tópico. Un expositor juicioso hace las siguientes observaciones sobre
este pasaje: "Una persona completamente familiarizada con la
fraseología del Antiguo Testamento sabe que la disolución de la
economía mosaica y el establecimiento de la cristiana a menudo se
entiende como la desaparición de la antigua tierra y los antiguos
cielos, y la creación de una nueva tierra y unos cielos nuevos. (Véase
Isa. 65:17 y 66:22). El período de terminación de una dispensación y el
comienzo de la otra se describe como "los últimos días" y "el fin del
mundo", y como una conmoción tal de la tierra y los cielos que
conduciría a la destrucción de las cosas conmocionadas (Hag. 2:6; Heb.
14:26,27)". Parece, pues, que hay justificación bíblica para
entender "las cosas que están en los cielos y las que están en la
tierra" en el sentido indicado por Locke, judíos y gentiles. Es
posible, sin embargo, que las palabras apunten a una comprensión más
amplia y a una consumación más gloriosa. Ellas pueden indicar que la
raza humana, separada de Dios y de todos los seres santos, y dividida
por la mutua enemistad y el mutuo alejamiento, estaba destinada, por el
misericordioso de Dios, a unirse nuevamente, bajo una Cabeza común, el
Señor Jesucristo, con el único Dios y Padre de la humanidad, y con
todos los seres santos y felices en el cielo. Según este punto de
vista, todo el universo inteligente habría de ser puesto bajo un
dominio, el de Dios Padre, por medio de su Hijo Jesucristo. Esta es la
mayor consumación que se nos presenta en otras tantas formas en el
Nuevo Testamento. Es la "regeneración" [] de Mat. 19:28; los "tiempos
de refrigerio" []; y "los tiempos de la restauración de todas las
cosas" [] de Hechos 3:19,21; "la sujeción de todas las cosas a Cristo"
de 1 Cor. 15:28; la "reconciliación de todas las cosas con Dios" [] de
Col. 1:20; el "tiempo de reforma" [] de Heb. 9:10; el " " -- "la nueva
era" -- de Efe. 1:21. Todas éstas son sólo diferentes formas y
expresiones de la misma cosa, y todas apuntan a la misma gran era
venidera; y, sin titubear, a esta categoría podemos asignar la frase
"la dispensación de la plenitud de los tiempos", y "reunir todas las
cosas en Cristo". Antes de que este dominio universal del Padre
pudiese ser asumido y proclamado públicamente, era necesario que la
relación exclusiva y limitada de Dios con una sola nación fuera
reemplazada por una mejor y abolida. Por lo tanto, la teocracia debía
ser hecha a un lado, para hacer lugar para la paternidad universal de
Dios: "para que Dios pudiese ser todo en todos". 2. La siguiente
pregunta que debemos considerar es: ¿Tenemos alguna indicación del
período en el cual tendría lugar esta consumación? Tenemos las más
explícitas afirmaciones sobre este punto; pues, casi todas las
designaciones del acontecimiento nos permiten fijar el tiempo. La
regeneración es "cuando el Hijo del hombre se siente en el trono de su
gloria"; los tiempos de la "restitución de todas las cosas" son cuando
"Dios envíe a Jesucristo"; la "sujeción de todas las cosas a Cristo" es
"en su venida" y "en el fin". En otras palabras, todos estos sucesos
coinciden con la Parusía; y éste, por lo tanto, es el período de la
"reunificación de todas las cosas" bajo Cristo. Llegamos a la
misma conclusión a partir de la frase "la dispensación de la plenitud
de los tiempos". Una dispensación es una disposición u orden de cosas,
y parece equivaler a la frase , o pacto. La dispensación o economía
mosaica es designada como el "pacto antiguo" (2 Cor. 3:14), en
contraste con el "nuevo pacto", o la "dispensación del evangelio". El
"pacto antiguo" o la antigua economía es representada como "decadente,
que envejece, y está próxima a desaparecer" -- es decir, la
dispensación mosaica estaba a punto de ser abolida, y de ser
reemplazada por la dispensación cristiana (Heb. 8:13). Algunas veces,
de la era o economía judía se habla como de esta era, la era presente
[,]; y de la dispensación cristiana o del evangelio, como de "la era
venidera", y "el mundo por venir" [,] (Efe. 1:21; Heb. 2:5). Al fin de
la era o economía judía se le llama "el fin del tiempo" [], y es
razonable concluir que el fin de lo antiguo es el comienzo de lo nuevo.
Se sigue, por lo tanto, que la economía de la plenitud de los tiempos
es ese estado u orden de cosas que sucede y reemplaza inmediatamente a
la antigua economía judía. La dispensación de la plenitud de los
tiempos es la dispensación final, la corona; el "reino que no puede ser
movido"; "el mejor pacto, establecido sobre mejores promesas".
Entonces, puesto que la antigua economía fue finalmente hecha a un lado
y abrogada en la destrucción de Jerusalén, llegamos a la conclusión de
que la nueva era, o la "dispensación de la plenitud de los tiempos",
recibió su inauguración solemne y pública en el mismo período, que
coincide con la Parusía. EL DÍA DE REDENCIÓN Efe. 1:13,14. "El
Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia
hasta la redención de la posesión adquirida". Efe. 4:30. "El Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención". Estos
dos pasajes apuntan obviamente al mismo suceso y al mismo período.
¿Cuál es la redención de que se habla aquí -- la redención de la
posesión adquirida? El antiguo Israel es llamado la herencia de Jehová
(Deut. 32:9); y del pueblo de Dios se dice que es su herencia (Efe.
1:11, traducción de Alford). Aquí, sin embargo, no es la herencia de
Dios, sino nuestra herencia, a la que se hace referencia; y esa
herencia todavía no está en posesión, sino en perspectiva; la prenda o
las arras de ella (es decir, el Espíritu Santo) habiendo sido
recibidas. Por tanto, nos vemos obligados a entender por herencia la
futura gloria y felicidad que esperan al cristiano en el cielo. Esta,
entonces, es la herencia, y también la posesión adquirida, porque ambas
se refieren a la misma cosa. Obviamente, es algo futuro, pero no
distante, pues ya ha sido adquirido, aunque todavía no ha sido poseído.
Guardaba la misma relación para los cristianos de Éfeso que la tierra
de Canaán para los antiguos israelitas en el desierto. Era el reposo
prometido, al cual esperaban vivir para entrar. El día en que el Señor
Jesús se revelase desde el cielo era el día de redención que las
iglesias apostólicas esperaban. Nuestro Señor había predicho las
señales de la aproximación de ese día. "Cuando estas cosas comiencen a
suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención
está cerca". También había declarado que la generación actual no
pasaría hasta que todo se hubiese cumplido. (Luc. 21:28,32). El día de
redención, pues, se acercaba, según ellos. De la misma manera,
Pablo, escribiendo a los cristianos en Roma, habla del ansioso anhelo
con el cual "esperaban la adopción o la redención de su cuerpo de la
esclavitud de la corrupción" Rom.- 8:23). Este pasaje es precisamente
paralelo a Efe. 1:14 y a 4:30. Hay la misma herencia, las mismas arras
de ella, la misma redención plena en perspectiva. El cambio del cuerpo
material y mortal en un cuerpo incorruptible y espiritual era parte
importante de la herencia. Esto es lo que el apóstol y sus conversos
esperaban en la Parusía. El día de redención, pues, coincide con la
Parusía. LA EDAD PRESENTE Y LA QUE VIENE Efe. 1:21. "No sólo en este siglo, sino también en el venidero". A
menudo, hemos tenido ocasión de hacer notar el correcto sentido de la
palabra , tan a menudo traducida "mundo". Locke observa: "Puede que
valga la pena considerar si no tendría normalmente un significado más
natural en el Nuevo Testamento interpretarla como un período de tiempo
de duración considerable, pasando por debajo de alguna dispensación
notable". Según el apóstol, había por lo menos dos grandes períodos, o
edades: una, la presente, pero que se acercaba a su fin; la otra,
futura, y que estaba a punto de comenzar. La primera era el actual
orden de cosas bajo la ley mosaica; la segunda era la época nueva y
gloriosa que habría de ser inaugurada por la Parusía. LOS SIGLOS [EONES] VENIDEROS Efe. 2:7. "Para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gloria". Conybeare y Howson hacen la siguiente observación sobre este pasaje: "En
los siglos venideros"; es decir, el tiempo del perfecto triunfo de
Cristo sobre el mal, siempre contemplado en el Nuevo Testamento como
"cercano". Quizás sería más correcto decir que se refiere a la
cercana salvación de estos creyentes gentiles, y su glorificación con
Cristo; porque esta es la consumación que es contemplada siempre en el
Nuevo Testamento como cercana (Rom. 13:11). LA PARUSÍA EN LAS EPÍSTOLAS APOSTÓLICAS: EN LA EPÍSTOLA A LOS FILIPENSES El Día de Cristo Fil. 1:6. "El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo". Fil. 1:10. "A fin de que seáis sinceros e irreprensibles para el día de Cristo". Evidentemente,
el día de Cristo es considerado por el apóstol como la consumación de
la disciplina moral y el período de prueba de los creyentes. No puede
haber duda de que él tiene en mente el día de la venida del Señor,
cuando Él "dé a cada uno según sus obras". Suponiendo que el día de
Cristo esté todavía en el futuro, se deduce que la disciplina moral de
los filipenses no se ha completado todavía; que su tiempo de prueba no
ha concluído; y que la buena obra comenzada en ellos todavía no ha sido
perfeccionada. La nota de Alford sobre este pasaje (cap. 1:6)
merece ser notada: "Esto supone la cercanía de la venida del Señor.
Aquí, como en otros lugares, los comentaristas han tratado de escapar
de esta inferencia", etc. Esto es justo; pero la inferencia del propio
Alford, de que Pablo estaba errado, es igualmente insostenible. LA EXPECTACIÓN DE LA PARUSÍA Fil.
3:20,21. "Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también
esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el
cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de
la gloria suya", etc. Estas palabras dan testimonio decisivo de la
expectación acariciada por el apóstol, y por los cristianos de su
tiempo, acerca de la pronta venida del Señor. No era la muerte lo que
esperaban, como nosotros, sino lo que sorbería la muerte en victoria:
la transformación que superaría la necesidad de morir. La nota de
Alford sobre este pasaje es como sigue: "Las palabras presuponen,
como Pablo siempre lo hace cuando habla incidentalmente, que él
sobreviviría para presenciar la venida del Señor. El cambio del polvo
de la tierra en la resurrección, como quiera que acomodemos la
expresión a él, no estaba originalmente contemplado por él". CERCANÍA DE LA PARUSÍA Fil. 4:5. "El Señor está cerca". Aquí
el apóstol repite la bien conocida consigna de la iglesia primitiva:
"El Señor está cerca", equivalente al "Maranatha" de 1 Cor. 16:22.
Dudar de su plena convicción de la cercanía de la venida de Cristo es
incompatible con el debido respeto al claro significado de las
palabras; poner esta convicción como un error es incompatible con el
debido respeto por su autoridad e inspiración apostólicas. LA PARUSÍA EN LAS EPÍSTOLAS APOSTÓLICAS: EN LA PRIMERA EPÍSTOLA A TIMOTEO LA APOSTASÍA DE LOS ÚLTIMOS DÍAS
1
Tim. 4:1-3. "Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros
tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus
engañadores y a doctrinas de demonios; por la hipocresía de mentirosos
que, teniendo cauterizada la conciencia, prohibirán casarse, y mandarán
abstenerse de alimentos que Dios creó para que con acción de gracias
participasen de ellos los creyentes y los que han conocido la verdad". Una
de las señales que nuestro Señor predijo que estaría entre las
precursoras de la gran catástrofe que habría de abrumar al sistema y al
pueblo judíos era la general y ominosa apostasía de la fe, que se
manifestaría entre los profesos discípulos de Cristo. La referencia de
nuestro Señor a esta apostasía, aunque clara y directa, no es tan
minuciosa y detallada como la descripción que de ella encontramos en
las epístolas de Pablo; de aquí que infiramos, como también sugiere el
lenguaje del primer versículo de este capítulo, que a los apóstoles se
les habían hecho las subsiguientes revelaciones de su naturaleza y sus
características. En 2 Tesa. 2:3, Pablo la designa como "la apostasía"
que rápidamente presenta los lineamientos del "hombre de pecado". Ya
hemos señalado la diferencia entre "la apostasía" y "el hombre de
pecado", y que confundirlos ha sido un error común, pero egregio. En la
secuela, descubriremos que la descripción que Pablo hace de la
apostasía es tan minuciosa como la que hace del "hombre de pecado",
para permitirnos a la una tan rápidamente como al otro. El primer
punto que será bueno establecer es el período de la apostasía; es
decir, el tiempo en que se habría de declarar. Se dice que ocurriría
"en los postreros tiempos" [enusteroizkairoiz], una expresión que,
tomada en sí misma, podría parecer algo indefinida, pero que, cuando se
la compara con otras frases similares, se encontrará sin duda que
denota un período específico y definido, bien entendido por Timoteo y
todas las iglesias apostólicas. Será conveniente poner juntos todos los
pasajes que se refieren a esta época trascendental y crítica, que eran
la meta y el término hacia los cuales, según lo muestra el Nuevo
Testamento, se apresuraban rápidamente todas las cosas. TABLA ESCATOLÓGICA, O SINOPSIS, DE LOS PASAJES RELATIVOS A LOS POSTREROS TIEMPOS El Fin del Siglo Mat.
3:39. "La siega es el fin del siglo". Mat. 13:40. "Así será en el fin
de este siglo". Mat. 13:49. "Así será al fin del siglo". Mat. 24:3.
"¿Qué señal habrá de tu venida [parousia] y del fin del siglo?" Mat.
28:20. "He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del
siglo". Heb. 9:26. "Pero ahora, en la consumación de los siglos"
[tvnaiwnwn]. El Fin Mat. 10:22. "El que persevere hasta el fin,
éste será salvo". Mat. 24:6. "Pero aún no es el fin" (Mar. 13:9; Luc.
21:9). Mat. 24:13. "Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo"
(Mar. 13:13). Mat. 24:14. "Y entonces vendrá el fin". 1 Cor. 1:8. "El
cual también os confirmará hasta el fin". 1 Cor. 10:11. "A quienes han
alcanzado los fines de los siglos". 1 Cor. 15:24. "Luego el fin". Heb.
3:6. "Firme hasta el fin". Heb. 3:14. "Firme hasta el fin". Heb. 6:11.
"La misma solicitud hasta el fin". 1 Ped. 4:7. "El fin de todas las
cosas se acerca". Apoc. 2:26. "El que guardare mis obras hasta el fin".
Los Postreros Tiempos, Los Postreros Días, etc. 1 Tim. 4:1. "En
los postreros tiempos algunos apostatarán" [enusteroizkairoz]. 2 Tim.
3:1. "En los postreros días vendrán tiempos peligrosos"
[enescataizhmeraiz]. Heb. 1:2. "En estospostreros días [Dios] nos ha
hablado" [epescatoutvnhmerwntoutwn]. Sant. 5:3. "Habéis acumulado
tesoros para los días postreros" [enescataizhmeraiz]. 1 Ped. 1:5. "La
salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo
postrero" [enkairyescaty]. 1 Ped. 1:20. "Manifestado en los postreros
tiempos por amor de vosotros" [epescatoutvncronwn]. 2 Ped. 3:3. "En los
postreros días vendrán burladores" [epescatoutvnhmerwn]. 1 Juan 2:18.
"Ya es el último tiempo" [escathwra]. Judas 18. "En el postrer tiempo
habrá burladores" [enescatycrony]. FRASES EQUIVALENTES QUE SE REFIEREN AL MISMO PERÍODO El Día Mat.
25:13. "No sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de
venir". Luc. 17:30. "El día en que el Hijo del Hombre se manifieste".
Rom. 2:16. "El día en que Dios juzgará por Jesucristo". 1 Cor. 3:13.
"El día la declarará". Aquel Día Heb. 10:25. "Cuanto veis que
aquel día se acerca". Mat. 7:22. "Muchos me dirán en aquel día: Señor,
Señor". Mat. 24:36. "Pero del día y la hora nadie sabe". Luc. 10:12.
"En aquel día será más tolerable el castigo para Sodoma". Luc. 21:34.
"Y venga de repente sobre vosotros aquel día". 1 Tes. 5:4. "Para que
aquel día os sorprenda como ladrón". 2 Tes. 2:3. "[Aquel día] no vendrá
sin que antes venga la apostasía". 2 Tim. 1:12. "Poderoso para guardar
mi depósito para aquel día". 2 Tim. 1:18. "Halle misericordia cerca del
Señor en aquel día". 2 Tim. 4:8. "La cual me dará el Señor, juez justo,
en aquel día". El Día del Señor Hech. 2:20. "Antes que venga el
día del Señor". 1 Cor. 1:8. "Para que seáis irreprensibles en el día de
nuestro Señor Jesucristo". 1 Cor. 5:5. "A fin de que el espíritu sea
salvo en el día del Señor Jesús". 2 Cor. 1:14. "Para el día del Señor
Jesús". Fil. 2:16. "Para que en el día de Cristo yo pueda gloriarme". 1
Tes. 5:2. "El día del Señor vendrá así como ladrón en la noche". El Día de Dios 2 Ped. 3:12. "Apresurándoos para la venida del día de Dios". El Gran Día Judas
6. "Para el juicio del gran día". Apoc. 6:17. "El gran día de su ira ha
llegado". Apoc. 16:14. "A la batalla de aquel gran día". El Día de la Ira Rom. 2:5. "Atesoras para tí mismo ira para el día de la ira". Apoc. 6:17. "El gran día de su ira ha llegado". El Día del Juicio Mat.
10:15. "En el día del juicio será más tolerable el castigo ..." Mat.
11:22. "En el día del juicio será más tolerable el castigo ..." Mat.
11:24. "En el día del juicio será más tolerable el castigo ..." Mat.
12:36. "De ella darán cuenta en el día del juicio". 2 Ped. 2:9. "Para
ser castigados en el día del juicio". 2 Ped. 3:7. "Guardados para el
fuego en el día del juicio". 1 Juan 4:17. "Para que tengamos confianza
en el día del juicio". El Día de la Redención Efe. 4:30. "Sellados para el día de la redención". El Día Postrero Juan
6:39. "Sino que lo resucite en el día postrero". Juan 6:40. "Yo le
resucitaré en el día postrero". Juan 6:44. "Yo le resucitaré en el día
postrero". Juan 6:54. "Yo le resucitaré en el día postrero". Juan
11:24. "Resucitará en la resurrección, en el día postrero". Una comparación de estos pasajes mostrará que: 1.
Todos se refieren al mismo período y sólo a él - cierto tiempo definido
y específico. 2. Todos presuponen o afirman que el período en cuestión
no está muy distante. 3. El límite más allá del cual no es permisible
ir para establecer el período llamado "los últimos tiempos" está
indicado en las Escrituras del Nuevo Testamento, o sea, la duración de
la vida de la generación que rechazó a Cristo. 4. Esto nos trae al
período de la destrucción de Jerusalén, como el que marca "el fin del
siglo", "el día del Señor", "el fin". Es decir, la venida del Señor, o
la Parusía. DESCRIPCIÓN DE LA APOSTASÍA Habiendo puesto juntos en
un solo cuadro los pasajes que hablan del período de la apostasía, es
apropiado seguir un método similar con respecto a los pasajes que
describen las características y la naturaleza de la apostasía misma.
Esta fatal defección arroja su sombra oscura sobre todo el campo de la
historia del Nuevo Testamento, desde el discurso profético de nuestro
Señor en el Monte de los Olivos, y aún antes, hasta el Apocalipsis de
Juan. Es instructivo observar cómo, al aproximarse el tiempo de su
desarrollo y su manifestación, la sombra se vuelve más y más oscura,
hasta que alcanza las más profundas tinieblas en la revelación del
anticristo. SINOPSIS DE LOS PASAJES RELATIVOS A LA APOSTASÍA EN LOS POSTREROS TIEMPOS 1. La apostasía, predicha por nuestro Señor Falsos
profetasMateo 7:15"Guardaos de los falsos profetas, que vienen a
vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos
rapaces".ÍdemMateo 7:22"Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no
profetizamos en tu nombre?", etc.Falsos CristosMateo 24:5"Vendrán
muchos en mi nombre, y a muchos engañarán".Falsos profetasMateo 24:11"Y
muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos".Falsos
Cristos y falsos profetasMateo 24:24"Se levantarán falsos Cristos y
falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios".Apostasía
generalMateo 24:10"Muchos tropezarán, y se entregarán unos a otros, y
unos a otros se aborrecerán".Mateo 24:12"Por haberse multiplicado la
maldad, el amor de muchos se enfriará". 2. La apostasía, predicha por Pablo Falsos
maestrosHechos 20:29,30"Yo sé que después de mi partida entrarán en
medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. Y de
vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para
arrastrar tras de sí a los discípulos".La apostasía2 Tesa. 2:3"No
vendrá sin que antes venga la apostasía".Falsos apóstoles2 Cor.
11:13,14"Éstos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se
disfrazan como apóstoles de Cristo. Y no es maravilla, porque el mismo
Satanás se disfraza como ángel de luz".Falsos maestrosGál. 1:7"Hay
algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de
Cristo".Falsos hermanosGál. 2:4"Falsos hermanos introducidos a
escondidas".Engañadores y cismáticosRom. 16:17,18"Fijaos en los que
causan divisiones y tropiezos contra la doctrina que habéis aprendido,
y apartaos de ellos. Tales personas no sirven a nuestro Señor
Jesucristo, sino a sus propios vientres, y con suaves palabras y
lisonjas engañan los corazones de los ingenuos". Falsos maestrosCol.
2:8"Mirad que nadie os engañe con filosofías y huecas sutilezas".
ÍdemCol. 2:18"Nadie os prive de vuestro premio, afectando humildad y
culto a los ángeles". Maestros judaizantesFil. 3:2"Guardaos de los
perros; guardaos de los malos obreros, guardaos de los mutiladores del
cuerpo". Enemigos de la cruzFil. 3:18"Por ahí andan muchos, de los
cuales os dije muchas veces ... que son enemigos de la cruz de Cristo".
SensualistasFil. 3:19"El fin de los cuales será perdición, cuyo dios es
el vientre".Falsos maestros1 Tim. 1:3,4"Manda a algunos que no enseñen
diferente doctrina, ni presten atención a fábulas y genealogías
interminables". Judaizantes1 Tim. 1:6,7"Algunos se apartaron y se
desviaron a vana palabrería, queriendo ser doctores de la ley", etc.
Apóstatas1 Tim. 1:19"Algunos desecharon y no mantuvieron la fe y y
buena conciencia, y naufragaron". Mentirosos e hipócritas1 Tim.
4:1,2"Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos
algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a
doctrinas de demonios; por la hipocresía de mentirosos que tienen
cauterizada la conciencia". Falsos maestros1 Tim. 4:3"Prohibirán
casarse, y mandarán abstenerse de alimentos que Dios creó..."Ídem1 Tim.
6:20,21"Evita las profanas pláticas sobre cosas vanas, y los argumentos
de la falsamente llamada ciencia, la cual profesando algunos, se
desviaron de la fe". Ídem2 Tim 2:16-18"Mas evita profanas y vanas
palabrerías, porque conducirán más y más a la impiedad. Y su palabra
carcomerá como gangrena; de los cuales son Himeneo y Fileto, que se
desviaron de la verdad, diciendo que la resurrección ya se efectuó, y
trastornan la fe de algunos". Inmoralidad de la apostasía2 Tim.
3:1-6,8"También debes saber esto; que en los postreros días vendrán
tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros,
vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres,
ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores,
intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores,
impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que
tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella ...
Porque de éstos son los que se meten en las casas y llevan cautivas a
las mujercillas cargadas de pecados", etc. "Hombres corruptos de
entendimiento, réprobos en cuanto a la fe". Falsos maestros2 Tim.
3:13"Los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor, engañando
y siendo engañados".Ídem.2 Tim. 4:3,4"Porque vendrá tiempo cuando no
sufrirán la sana doctrina, sino que, teniendo comezón de oír, se
amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y
apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas". Maestros
judaizantesTito 1:10"Porque hay aún muchos contumaces, habladores de
vanidades y engañadores, mayormente los de la circuncisión".ÍdemTito
1:14"No atendiendo a fábulas judaicas, ni a mandamientos de hombres que
se apartan de la verdad". InmoralesTito 1:16"Profesan conocer a Dios,
pero con los hechos lo niegan, siendo abominables y rebeldes,
reprobados en cuanto a toda buena obra". 3. La apostasía, predicha por Pedro Falsos
maestros2 Ped. 2:1"Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo,
como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán
encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los
rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina". Inmoralidad
de la apostasía2 Ped. 2:10,13,14"Aquellos que, siguiendo la carne,
andan en concupiscencia e inmundicia, y desprecian el señorío.
Atrevidos y contumaces, no temen decir mal de las potestades superiores
... Estos son inmundicias y manchas, quienes aun mientras comen con
vosotros, se recrean en sus errores", etc. Burladores2 Ped.
3:3"Sabiendo primero esto, que en los postreros días vendrán
burladores, andando según sus propias concupiscencias". 4. La apostasía, predicha por Judas Falsos maestrosJudasVéase 2 Ped. Ped. 2. 5. La apostasía, predicha por Juan El
anticristo, los apóstatas1 Juan 2:18,19"Hijitos, ya es el último
tiempo; y según vosotros oísteis que el anticristo viene, así ahora han
surgido muchos anticristos; por esto conocemos que es el último tiempo.
Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros". El anticristo1 Juan
2:22"¿Quién es el mentiroso, sino el que niga que Jesús es el Cristo?
Este es anticristo, el que niega al Padre y al Hijo".Falsos maestros1
Jun 2:26"Os he escrito esto sobre los que os engañan".Falsos profetas1
Juan 4:1"Muchos falsos profetas han salido por el mundo".El anticristo1
Juan 4:3"Todo espíritu que confiesa que no confiesa que Jesucristo ha
venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo,
el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el
mundo". Los engañadores y el anticristo2 Juan, ver. 7"Porque muchos
engañadores han salido por el mundo, que no confiesan que Jesucristo ha
venido en carne. Quien esto hace es el engañador y el anticristo".
CONCLUSIONES RELATIVAS A LA APOSTASÍA Por una consideración y una comparación de estos pasajes, se echa de ver que: 1.
Todos se refieren a la misma gran defección de la fe, designada por
Pablo como "la apostasía". 2. Esta apostasía sería general y extendida.
3. Estaría marcada por una extremada depravación moral, particularmente
por pecados de la carne. 4. Estaría acompañada por pretensiones de
poder milagroso. 5. Sería mayormente, si no principalmente, judía en su
natualeza. 6. Rechazaría la encarnación y la divinidad del Señor
Jesucristo; es decir, sería el anticristo predicho. 7. Alcanzaría su
pleno desarrollo en los "postreros tiempos", y sería la precursora de
la Parusía. Habiendo así echado un vistazo general a la doctrina del
Nuevo Testamento concerniente a la apostasía, sólo queda tomar nota de
algunas objeciones que se puedan hacer a las conclusiones que
anteceden. 1. Puede preguntarse: ¿Qué evidencia tenemos de que
tales errores y herejías prevalecían en los tiempos apostólicos? La
respuesta es: El Nuevo Testamento mismo proporciona la prueba. Los
males que descritos por Pablo como futuros están representados por
Pedro y por Juan como presentes en la actualidad. Las características
de la apostasía como las presenta uno son precisamente las descritas
por los otros. El ascetismo y la inmoralidad son conspicuos en los
bosquejos proféticos que Pablo hace de la apostasía, y encontramos las
mismas características en las descripciones históricas que hacen Pedro
y Juan. 2. Puede objetarse que el período llamado "los postreros
tiempos", o "los últimos días", no se describe estrictamente y puede,
por lo que sabemos, ser todavía futuro. Pero, en primer lugar, los
mandatos que Pablo da a Timoteo implican claramente que no era un mal
distante, sino presente, o en todo caso inminente, del cual él hablaba.
Es manifiesto que los síntomas de la apostasía ya habían comenzado a
mostrarse, y que todo el tenor de la exhortación del apóstol implica
que los males especificados serían observados por Timoteo (1 Tim.
6:20,21). Nada puede ser más seguro que los apóstoles consideraban
que ellos vivían en "los postreros tiempos". En la secuela, tendremos
ocasión de ver esto claramente demostrado. Mientras tanto, puede
observarse que todos los pasajes dispuestos bajo el encabezado "Los
Postreros Tiempos" en nuestra tabla escatológica se refieren a la misma
gran crisis. Era "el fin de las edades" [sunteleiatouaivnoz], de lo
cual nuestro Señor hablaba tan a menudo. La apostasía era la predicha
precursora del fin. TIMOTEO Y LA PARUSÍA 1 Tim. 6:14,15. "[Te
encargo] que guardes el mandamiento sin mácula ni reprensión, hasta la
aparición de nuestro Señor Jesucristo, la cual a su tiempo mostrará",
etc. Esto implica que Timoteo podría esperar vivir hasta que aquel
suceso tuviese lugar. El apóstol no dice: "Guarda este mandamiento
entre tanto que vivas", ni "Guárdalo hasta tu muerte", sino "hasta la
aparición de Jesucristo". Estas expresiones no son en modo alguno
equivalentes. La "aparición" [epifaneia] es idéntica a la Parusía, un
suceso que Pablo y Timoteo creían por igual que estaba cerca. La
nota de Alford sobre este versículo es eminentemente insatisfactoria.
Después de citar la observación de Bengel de que "los fieles en la era
apostólica estaban acostumbrados a esperar el día de Cristo como
aproximándose; mientras que nosotros estamos acostumbrados a esperar el
día de la muerte de la misma manera", continúa diciendo: "Podemos
decir con justicia que, cualquier impresión traicionada por las
palabras de que la venida del Señor ocurriría durante la vida de
Timoteo, queda depurada y corregida por la expresión kairoizidioiz [su
propio tiempo] del versículo siguiente". ¡En otras palabras, la
errónea opinión de una oración es corregida por la cautelosa vaguedad
de la siguiente! ¿Es posible aceptar tal declaración? ¿Hay algo en
kairoizidioiz que justifique tal comentario? ¿O es tal estimación del
lenguaje del apóstol compatible con una creencia en su inspiración? No
fue ninguna "impresión" lo que el apóstol "traicionó", sino una
convicción y una certeza fundadas en las expresas promesas de Cristo y
las revelacions de su Espíritu. No menos digna de excepción es la reflexión con que concluye: "Por
pasajes como éste vemos que la era apostólica sostenía lo que debería
ser la actitud de todas las épocas, una constante expectación por el
regreso del Señor". Pero, si esta expectación no era más que una
falsa impresión, ¿no es la actitud de ellos más bien una advertencia
que un ejemplo? Ahora vemos (suponiendo que la Parusía nunca tuvo
lugar) que ellos acariciaban una vana esperanza y vivían en la creencia
de un engaño. Y si estaban equivocados en ésta, la más confiada y
acariciada de sus convicciones, ¿cómo podemos confiar en sus otras
opiniones? Considerar a todos los apóstoles y cristianos primitivos
como envueltos en un egregio engaño sobre un tema que ocupaba un lugar
prominente en su fe y en su esperanza es asestar un golpe fatal a la
inspiración y la autoridad del Nuevo Testamento. Cuando Pablo declaró,
una y otra vez: "El Señor está cerca", no expresaba su opinión privada,
sino que hablaba con autoridad como órgano del Espíritu Santo. Las
observaciones de Alford pueden ser refutadas mejor con las palabras de
su propio contrarreplicador al Profesor Jowett: "¿Escribía o no
escribía el apóstol bajo el poder de un espíritu mayor que el suyo
propio? ¿Nos habla Dios o no nos habla en la Biblia en algún sentido o
no? Si es verdad, de todos los pasajes es en éstos, que tratan con
tanta confianza del futuro, en los que debemos reconocer la voz de
Dios; si no tenemos a Dios en estos pasajes, entonces, ¿dónde debemos
escuchar todo esto?" Encontramos el mismo tono de disculpa en las observaciones del Dr. Ellicott sobre este pasaje: "Puede
admitirse, quizás, que los escritores sagrados han usado un lenguaje en
referencia al regreso del Señor que parece mostrar que los anhelos de
esperanza casi se habían convertido en convicciones de fe". Sería
extraño que las afirmaciones más claras, más fuertes, y más a menudo
repetidas de la fe y la esperanza de Pablo produjeran en la mente de un
lector una impresión tan débil de sus convicciones como ésta. Pero no
hay titubeos en la declaración del apóstol; no es incertidumbre lo que
él pronuncia; es con tono firme y confiado que exclama gozoso: "El
Señor está cerca". No expresa sus propias conjeturas, ni su propia
esperanza, ni sus propios anhelos, sino que transmite el mensaje que se
le confió, y, como fiel testigo de Cristo, proclama por todas partes la
pronta venida del Señor. LA APOSTASÍA MANIFESTÁNDOSE YA 1 Tim.
6:20,21. "Oh, Timoteo, guarda lo que se te ha encomendado, evitando las
profanas pláticas sobre cosas vanas, y los argumentos de la falsa
llamada ciencia, la cual profesando algunos, se desviaron de la fe". Es
importante notar que, a partir de varios indicios en esta epístola, se
ve que la defección de la fe que habría de caracterizar a los postreros
días ya se había instalado. Pablo advierte a Timoteo contra los "falsos
maestros" con sus "fábulas y genealogías interminables". Le advierte
contra "los que naufragaron en cuanto a la fe", "los que deliran acerca
de cuestiones y contiendas de palabras -- hombres corruptos de
entendimiento y privados de la verdad". Evidentemente, estos "lobos con
piel de oveja" ya estaban devorando el rebaño. Por lo tanto, ubicar la
apostasía en una era post-apostólica es pasar por alto la obvia
enseñanza de la epístola. Era un mal presente, no distante, lo que el
apóstol desaprobaba: la peste había comenzado en el campamento. LA PARUSÍA EN LA SEGUNDA EPÍSTOLA A TIMOTEO "AQUEL DÍA" - ES DECIR, LA PARUSÍA, ESPERADA 2
Tim. 1:12. "Es poderoso para guardar mi depósito para aquel día". 2
Tim. 1:18. "Concédale el Señor que halle misericordia cerca del Señor
en aquel día". 2 Tim. 4:8. "La corona de justicia, la cual me dará el
Señor, juez justo, en aquel día". En todos estos pasajes, la alusión es al "día del Señor", el día por excelencia; el día de su aparición; la Parusía. Todo
el tenor de estos pasajes indica que Pablo consideraba "aquel día" como
muy cercano en ese momento. En espera de él, prorrumpe en júbilo
triunfante, como si estuviese a punto de recibir la corona de victoria:
"He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.
Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará
el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a
todos los que aman su venida". ¡Cuán evidentemente son esperados, como
muy cercanos, todos estos sucesos: su propia partida, su corona, "aquel
día", y la aparición del Señor! ¿Diremos que su espera era demasiado
optimista? ¿Que el día todavía no ha llegado? ¿Que su corona todavía
está guardada? ¿Que Onesíforo todavía no ha alcanzado misericordia?
Esta suposición es increíble. LA APOSTASÍA DE LOS "POSTREROS DÍAS", INMINENTE 2
Tim. 3:1-8. "También debes saber esto: que en los postreros días
vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos,
avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los
padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables,
calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno,
traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de
Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de
ella; a éstos evita. Porque de éstos son los que se meten en las casas
y llevan cautivas a las mujercillas cargadas de pecados, arrastradas
por diversas concupiscencias. Éstas siempre están aprendiendo, y nunca
pueden llegar al conocimiento de la verdad. Y de la manera que Janes y
Jambres resistieron a Moisés, así también éstos resisten a la verdad;
hombres corruptos de entendimiento, réprobos en cuanto a la fe". Evidentemente,
"los postreros días" de este pasaje son idénticos a "los postreros
tiempos" de 1 Tim. 4:1. Esto es tan obvio que no necesita ninguna
prueba. El intento de distinguir entre los "postreros" tiempos de un
pasaje y el otro, que Bengel parece sancionar, es, pues, inútil. Es
apenas necesario añadir que "los postreros días" eran los días del
propio apóstol, el tiempo que era presente entonces. Él está hablando,
no de un futuro distante, sino de un tiempo que ya comenzaba; porque es
claro que él traza el cuadro de los caracteres descritos de la vida.
Las indicaciones de la apostasía venidera ya eran evidentes. "De éstos
son los que", etc. (vers. 6). Se supone que Timoteo se encontraría con
aquellos tiempos, y con aquellos hombres malvados de los cuales le
exhorta a alejarse. La siguiente nota de Conybeare y Howson se acerca
mucho a la verdad, aunque no llega a la verdad total: "Esta frase
(escataizhmeraiz), usada sin el artículo, habiendo llegado a
convertirse en una expresión familiar, denota por lo general la
terminación de la dispensación mosaica. (Véase Hechos 2:17; 1 Ped.
1:5,20; Heb. 1:2). Por esta razón, la expresión generalmente denota (en
la era apostólica) el tiempo presente; pero aquí apunta a un futuro
inmediatamente cercano que está, sin embargo, fundido con el presente
(véase ver. 6,8), y era, de hecho, el fin de la era apostólica.
(Compárese con 1 Juan 2:18: "Este es el último tiempo". La larga
duración de este último período del desarrollo mundial no les fue
revelada a los apóstoles; ellos esperaban que el regreso de su Señor le
pondría fin en su propia generación; y así se cumplieron las palabras
de Jesús, de que nadie sabría el tiempo de su venida". Esta
explicación final es la que no puede admitir nadie que crea que los
apóstoles hablaron y escribieron por el poder del Espíritu Santo; y, a
pesar de la opinión casi unánime de sus críticos de que seguramente
estaban errados, nosotros estamos con los apóstoles antes que con sus
críticos. El comentario de Alford sobre este pasaje se contradice
dolorosamente, y muestra a qué cambios quedan reducidos los eruditos
para salvar el crédito de los apóstoles cuando no pueden creer sus
sencillas declaraciones. Dicen: "Mayormente, el apóstol escribió y
habló de ella (la venida del Señor) como que tendría lugar pronto, no
sin muchas y suficientes señales, sin embargo, proporcionadas por el
Espíritu, de un intervalo, no corto, que transcurriría primero". Pero,
¿cómo ocurriría pronto un suceso, y sin embargo, ocurriría primero un
período largo? O, ¿debemos suponer que el Espíritu Santo enseñó una
cosa mientras los apóstoles escribían y hablaban otra? Si ellos dijeron
lo que dijeron con respecto a la cercanía de la Parusía cuando en
realidad no tenían ningún conocimiento ni ninguna revelación sobre el
tema, claramente excedieron su comisión, y cometieron lo que la Palabra
de Dios declara como uno de los pecados más presuntuosos -- añadieron a
las palabras de la profecía que tenían la comisión de transmitir.
Rechazamos la explicación en su totalidad. No sólo no es una
explicación no natural, sino completamente inconsistente con cualquier
teoría de inspiración de la palabra de Dios. El pasaje que tenemos
delante es sumamente importante para delinear el carácter de "la
apostasía". La temida aparición ya había comenzado a revelarse, y es
evidente que el apóstol la describe por haberla observado en realidad.
Figelo y Hermógenes, que abandonaron al apóstol; Himeneo y Fileto, con
su palabrería profana y vana; los serviles engañadores, que convertían
en prosélitas a las mujeres débiles de mente; los hombres de mentes
corruptas, réprobos en cuanto a la fe, que resistían a la verdad; éstos
eran la vanguardia del ejército de langostas de "erroristas" y
apóstatas que venían a cubrir y a devastar el hermoso rostro del
cristianismo primitivo. Su aparición indicaba que "los postreros
tiempos" habían llegado, y que la Parusía estaba cerca. Podemos
suponer, a primera vista, que el horrible catálogo de réprobos
contenido en los primeros versículos del capítulo 3 describe la
corrupción general de la sociedad fuera de la iglesia cristiana, pero
es demasiado evidente que el apóstol está aludiendo a hombres que una
vez profesaron la fe de Cristo. Tenían una "forma de piedad", pero "su
fe había naufragado", eran verdaderos "apóstatas". Que esta
"apostasía" de la verdad ya se había instalado, es evidente por las
reiteradas exhortaciones y advertencias que el apóstol dirige a
Timoteo. ¿Por qué hablaría con tan apasionada vehemencia si el mal no
haría su aparición antes de veinte o cuarenta siglos? Es absurdo decir
que Pablo escribía para beneficio de futuras edades. Él era
verdaderamente un hombre que vivía en su propio tiempo, y escribía a un
hombre de su propio tiempo con relación a cuestiones de interés actual
y personal para ambos, como cualquiera de nosotros que ahora
vertiéramos nuestros pensamientos en una carta para un amigo ausente.
Hay una total irrealidad en cualquier otro punto de vista sobre las
epístolas apostólicas. Es imposible leerlas sin sentir los latidos del
corazón en cada línea; todo es vívido, intenso, vivo. No es un peligro
distante, visto a través de la bruma de los siglos, sino un peligro que
es instantáneo y urgente: el enemigo está a las puertas, y el veterano
guerrero, a punto de hundirse en el campo de batalla, alienta al joven
soldado a ser fiel y a resistir hasta el fin. ESPERA DEL FIN QUE SE APROXIMA 2
Tim. 4:1,2. "Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que
juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino,
que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo;
redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina". Encontramos
asociados juntos en este pasaje, como sucesos contemporáneos, a la
Parusía, el juicio, y el reino de Cristo. Todos ellos están conectados
y relacionados en su naturaleza y en el tiempo de su ocurrencia.
Encontramos la misma disposición de sucesos en Mat. 25:31. "Cuando el
Hijo del hombre venga en su gloria, entonces se sentará en su trono de
gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones", etc. Se
afirma claramente la cercanía de esta consumación. No es, como dice
nuestra Versión Autorizada [en inglés], "que juzgará", sino "que está a
punto de juzgar" [toumellontozkrinein]. Una afirmación como ésta podría
ser suficiente para zanjar la cuestión tanto en cuanto al hecho como en
cuanto a la creencia del apóstol en el hecho, de que el tiempo de la
Parusía estaba cerca. Pero, en lugar de una sola afirmación, tenemos el
tenor uniforme y constante de la doctrina sobre el tema en el Nuevo
Testamento entero. Los que dicen que los apóstoles estaban errados
sobre este punto deben tener una "facultad verificadora" para
distinguir entre los pronunciamientos inspirados de ellos y los que no
lo eran. Si Pablo fue inspirado para escribir krinein , ¿no estaba
igualmente inspirado para escribir mellontoz? La inminencia de la
Parusía explica el fervor con el cual el apóstol insta a Timoteo a
hacer todos los esfuerzos para desempeñar los deberes de su posición.
"Predica la palabra; insta a tiempo y fuera de tiempo; redarguye,
reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina". Estos mandatos se
emplean a veces para establecer la normal intensidad y urgencia con que
la función pastoral debería desempeñarse (y nosotros no condenamos la
aplicación); pero es claro que Pablo no está hablando de tiempos y
esfuerzos ordinarios. Es la agonía de una crisis tremenda; el tiempo es
corto; es ahora o nunca; victoria o muerte. Éstas no son frases comunes
sobre el diligente desempeño del deber, sino la alarma del centinela
que ve el enemigo a las puertas, y hace sonar la trompeta para avisar a
la ciudad.
LA PARUSÍA EN LA EPÍSTOLA A TITO EN ESPERA DE LA PARUSÍA Tito 2:13. "Aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo". Aquí
encontramos nuevamente lo que hace tiempo hemos llegado a reconocer, la
actitud habitual de los cristianos de la era apostólica, la expectación
de la venida del Señor. Esta expectativa es inculcada como uno de los
principales deberes cristianos, y se identifica con una vida sobria,
justa, y piadosa. Esto implica que el acontecimiento era considerado
como cercano, porque, ¿cómo podría derivarse un poderoso motivo para
velar de una contingencia remota y desconocida en un futuro distante?
O, ¿cómo podría ser deber de los cristianos "aguardar" lo que no
ocurriría durante cientos o miles de años? Es evidente que el apóstol
considera que la edad presente, tonnunaivna, está acercándose a su fin,
y exhorta a los cristianos a vivir en la actitud de expectativa de la
Parusía, que debía introducir el nuevo orden, "el aiwno melln".
LA PARUSÍA EN LAS EPÍSTOLAS APOSTÓLICAS EN LA EPÍSTOLA A LOS HEBREOS
Está
fuera del ámbito de esta investigación discutir la cuestión de quién
escribió la Epístola a los Hebreos. Aunque no haya salido de la misma
pluma que la Epístola a los Romanos, y pocos de los que están
familiarizados con el estilo de Pablo afirmarán que no lo ha hecho, su
espíritu y su enseñanza son esencialmente paulinos, y podemos con
justicia considerarla como uno de los más preciosos legados de la era
apostólica. Su valor como clave del significado de la economía levítica
y como contribución a la doctrina y la vida cristianas es inestimable;
y ya sea que se la atribuyamos a Bernabé o a Apolo, o a cualquier otro
colaborador de Pablo, podemos aceptarla sin titubear, "no como palabra
de hombre, sino como la palabra de Dios, que lo es en verdad". Ahora
podemos adentrarnos aún más profundamente en la oscura sombra de la
apostasía predicha. Fue para combatir a este formidable antagonista del
evangelio que esta epístola se escribió; y el carácter judaico del
movimiento anti-cristiano es evidente en la línea del argumento que su
autor adopta. Nos encontramos en seguida en "los postreros días". LOS DÍAS YA HAN LLEGADO Heb.
1:1,2. "Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro
tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha
hablado por el Hijo". La frase "en estos postreros días" o "en estos
últimos días" muestra que el escritor consideraba el tiempo de la
encarnación y el ministerio de Cristo como el período final de una
dispensación o era. Encontramos una expresión algo similar en el cap.
9:26. "Ahora, en la consumación de los siglos" [episunteleiatwnaiwnwn],
en que la referencia es a la encarnación y al sacrificio expiatorio de
Cristo. Una era antigua, llámese mosaica, judaica, o del Antiguo
Testamento, estaba terminando ahora; muchas cosas que habían parecido
inamovibles y eternas estaban a punto de desvanecerse; y "el fin del
siglo" o "los postreros tiempos" habían llegado. LAS ERAS, EDADES, O PERÍODOS MUNDIALES Heb. 1:2. "Por quien asimismo hizo el universo [mundo]". Mucha
confusión ha surgido del uso indiscriminado de la palabra "mundo" como
traducción de las diferentes palabras griegas aiwn, kozmoz, oikoumenh,
y gh. El lector no ilustrado que se encuentra con la frase "el fin del
mundo", inevitablemente piensa en la destrucción del mundo material,
mientras que, si lee "fin del tiempo", pensará naturalmente en la
terminación de cierto período de tiempo, que es su correcto
significado. Ya hemos tenido ocasión de observar que aiwn es
correctamente una designación de tiempo, una época; y es dudoso que
tenga jamás algún otro significado en el Nuevo Testamento. Su
equivalente en latín es aevum, que en realidad es la palabra griega
aiwn con ropaje latino. La palabra correcta para tierra, o mundo, es
kosmoz, que se usa para designar tanto al mundo material como el moral.
Oikumenh es correctamente el mundo habitado, "el habitable", y en el
Nuevo Testamento se refiere a menudo al Imperio Romano, algunas veces a
una porción tan pequeña de él como Palestina. Gh, aunque algunas veces
significa la tierra de modo general, en los evangelios se refiere con
mayor frecuencia a la tierra de Israel. Una correcta comprensión de
estas palabras arroja mucha luz sobre muchos pasajes. Es seguro
que, en el tiempo de nuestro Salvador, los judíos estaban acostumbrados
a dividir el tiempo en dos grandes períodos o edades, la edad presente
[onunaiwn, oaiwnowtoz] y la edad venidera [oaiwnmellwn]. La edad
venidera era la del Mesías, o "el reino de Dios". La misma división se
reconoce en el Nuevo Testamento, y ya hemos visto que, según el punto
de vista del escritor de la epístola, el fin de la edad presente se
acercaba. (Véase el Commentary de Suart sobre Hebreos in loc.; el
Testamento Griego de Alford; el Lexicon de Wahl. voc. aiwn). Puede
decirse, sin embargo, que, aunque la palabra sí significa
principalmente una edad, en este caso el sentido de este pasaje
requiere obviamente que traduzcamos aiwnaz como mundos. Debe
reconocerse que suena grosero a nuestros oídos decir: "Dios hizo los
mundos por medio de Jesucristo" y muy simple y natural decir: "Él hizo
el mundo"; pero, cuando consideramos que el escritor de esta epístola
no concebía mundos en el sentido en el cual nosotros usamos ahora esa
expresión, esto quizás modifique nuestra opinión. Somos muy propensos a
acreditarle al autor nuestras ideas astronómicas, y a suponer que él se
refiere al sol, la luna, y las estrellas como otros tantos mundos. Pero
no tenemos ninguna razón para creer que él tenía alguna idea como ésa.
Los cuerpos celestes eran para él luces, no mundos. Con las edades, sin
embargo, el autor de esta epístola, como hombre de letras, debe haber
estado completamente familiarizado. Entonces, ¿qué quiso decir con que
Dios hizo el universo [las edades]? Éstas eran las grandes eras, o
épocas de tiempo, que la Suprema Sabiduría había ordenado y dispuesto;
los períodos del mundo, como podemos llamarlos, que constituían actos
en el gran drama de la Providencia. Parece haber una alusión a este
ordenamiento de las edades, o períodos mundiales, en Hechos 17:26: "Les
ha prefijado el orden de los tiempos" [orisazprostetagmenouzkairouz];
como también en Efe. 1:10: "La dispensación del cumplimiento de los
tiempos". Se inclina fuertemente a favor de este punto de vista el
hecho de que es sustancialmente la adoptada por los padres griegos. EL MUNDO VENIDERO, O EL NUEVO ORDEN Heb. 2:5. "Porque no sujetó a los ángeles el mundo venidero, acerca del cual estamos hablando". Este
pasaje aclara el tema aún más. Aquí tenemos una de las eras - el mundo
venidero - es decir, no un mundo material, sino un sistema u orden de
cosas análogo a la dispensación mosaica. Hay una evidente comparación o
contraste entre la economía mosaica y el estado nuevo o cristiano. La
primera fue puesta bajo la administración de ángeles; era "la palabra
hablada por ángeles"; "por disposición de ángeles" (Hechos 7:53); fue
"ordenada por medio de ángeles en mano de un mediador" (Gál. 3:19).
Pero la nueva edad, el reino de los cielos, fue administrado por uno
mayor que los ángeles, el mismo Hijo de Dios; prueba de la superioridad
de la dispensación cristiana sobre la judía. Es ciertamente algo
singular que encontráramos la palabra oikoumenh aquí, donde debíamos
haber esperado encontrar aiwna. Si hubiera sido oikonomian, como en
Efe. 1:10, estaría más de acuerdo con nuestras ideas del verdadero
significado; pero no hay derecho a suponer que una palabra haya tomado
el lugar de la otra. De que la alusión es al sistema o al orden de
cosas introducido por Cristo no puede haber ninguna duda, y la frase es
equivalente al "reino de los cielos". Puede añadirse que se dice que
"viene", mellousa, una palabra que implica cercanía, como "la ira
venidera", "la gloria venidera", "el mundo venidero". EL FIN, ES DECIR, DE LA EDAD, O DEL EÓN Heb.
3:6. "Si retenemos firme hasta el fin la confianza y el gloriarnos en
la esperanza". Heb. 3:14. "Con tal que retengamos firme hasta el fin
nuestra confianza del principio". Heb. 6:11. "La misma solicitud hasta
el fin, para plena certeza de la esperanza". Ya hemos tenido ocasión
de observar la significativa frase "el fin", como se usa en el Nuevo
Testamento. No significa hasta el fin, o el fin de la vida, sino el fin
de la edad. Alford observa correctamente: "El fin que se tiene en
mente no es la muerte de cada individuo, sino la venida del Señor, que
es llamada constantemente por este nombre". LA PROMESA DEL REPOSO DE DIOS Heb.
4:1-11. "Temamos, pues, no sea que permaneciendo aún la promesa de
entrar en su reposo, alguno de vosotros parezca no haberlo alcanzado.
Porque también a nosotros se nos ha anunciado la buena nueva como a
ellos; pero no les aprovechó el oir la palabra, por no ir acompañada de
fe en los que la oyeron. Pero los que hemos creído entramos en el
reposo, de la manera que dijo: Por tanto, juré en mi ira, No entrarán
en mi reposo; aunque las obras suyas estaban acabadas desde la
fundación del mundo. Porque en cierto lugar dijo así del séptimo día: Y
reposó Dios de todas sus obras en el séptimo día. Y otra vez aquí: No
entrarán en mi reposo. Por lo tanto, puesto que falta que algunos
entren en él, y aquellos a quienes primero se les anunció la buena
nueva no entraron por causa de desobediencia, otra vez determina un
día: Hoy, diciendo después de tanto tiempo, por medio de David, como se
dijo: Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones. Porque
si Josué les hubiera dado el reposo, no hablaría después de otro día.
Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios. Porque el que ha
entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de
las suyas. Procuremos, pues, entrar en aquel reposo, para que ninguno
caiga en semejante ejemplo de desobediencia". Este es un pasaje
extremadamente importante e interesante, no sin sus oscuridades y
dificultades, que han ocasionado mucha diversidad de interpretaciones.
Algunos han encontrando en él un argumento para la perpetuidad del
cuarto mandamiento, y la observancia del primer día de la semana como
el sábado cristiano. Otros han interpretado el argumento entero en un
sentido ético y subjetivo, como si el escritor exhortara a alcanzar un
cierto estado mental llamado el reposo de fe: cesar de la duda y la
autodependencia, y obtener perfecto reposo de la mente mediante la
plena confianza en Dios. Tales interpretaciones, sin embargo, erran por
completo el punto del argumento, y son más glosas ingeniosas que
deducciones legítimas. ¿Cuál es la dirección del argumento? Es muy
evidente que el objeto del escritor es advertir a los cristianos
hebreos contra la incredulidad y la desobediencia poniendo ante ellos,
por una parte, la recompensa de la obediencia, y por la otra, el
castigo por la desobediencia. Tenía a la mano un ejemplo señalado,
memorable para todos los israelitas, es decir, la renuncia a la tierra
de Canaán por sus padres a consecuencia de su incredulidad. Habían
provocado al Señor para que jurase en su ira: "No entrarán en mi
reposo". Según el punto de vista del escritor, había una notable
correspondencia entre la situación de los israelitas que se aproximaban
a la tierra de la promesa y la situación de los cristianos que
esperaban el cumplimiento de su esperanza, la promesa del reposo. Para
hacer más clara esta correspondencia, el escritor muestra que el reposo
prometido al antiguo Israel, y el prometido al pueblo de Dios ahora,
eran realmente una y la misma cosa. La entrada a la tierra de Canaán no
era en modo alguno el todo, ni siquiera la parte principal, del
prometido reposo de Dios. El escritor prueba esto demostrando que,
mucho después de que los israelitas se establecieron en Canaán, el
Señor, por boca de David, en el Salmo 95, repite virtualmente la
promesa hecha a los israelitas en el desierto, y le dice al pueblo: "Si
oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones". La repetición
de la orden implica la repetición de la promesa, y también de la
amenaza; como si Dios estuviese diciendo: "Crean, y entrarán en mi
reposo. No crean, y no entrarán en mi reposo". De aquí se sigue que hay
un reposo además y más allá del reposo de Canaán. Luego sigue la
explicación del reposo del que se habla, es decir, el "reposo de Dios",
que Él llama "Mi reposo". Ciertamente ese nombre nunca se le dio a la
tierra de Canaán, ni se le puede aplicar a nada que no sea el "reposo"
del cual leemos en el relato de la creación, cuando Dios efectivamente
reposó de toda "su obra que había hecho" (Gén. 2:2,3). Este era el
sábado de Dios, el reposo que Él santificó y llamó su reposo. Por lo
tanto, debe ser a este reposo - el reposo santo, sabático, celestial -
al que se refiere principalmente la promesa. De ese reposo de Dios,
Canaán era sin duda el tipo, pues aquél era el reposo de los israelitas
después de los peligros y las fatigas del desierto; pero la posesión de
Canaán estaba lejos de agotar el pleno significado de la promesa, y por
lo tanto el reposo todavía permanecía, y era guardado en reserva para
el pueblo de Dios. "Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios".
El escritor de la Epístola a los Hebreos evidentemente consideraba
el "reposo de Dios" como una consumación no muy distante. Dice de él:
"Los que hemos creído entramos en el reposo". Esto no significa "ir al
cielo a la muerte", sino la expectativa de la pronta venida del reino
de Dios, la esperanza tan fuertemente acariciada por los primeros
cristianos (Rom. 8:18-25). Considerar estas exhortaciones y apelaciones
como ordinarias y comunes de la enseñanza religiosa es despojarlas de
la mitad de su significado. Es verdad que hay un sentido en el cual
pueden aplicarse a todos los tiempos, pero tenían un significado y una
fuerza en aquella particular coyuntura que nos es difícil comprender
ahora. Los cristianos de aquella época estaban, por decirlo así, en la
línea que separaba lo antiguo de lo nuevo, entre la era que estaba
terminando y la que estaba comenzando. Creían que el día del Señor
estaba justo a las puertas, que Cristo regresaría pronto, y que
entrarían con Él en el reino de los cielos, el reposo de Dios. De aquí
el deber de que se "exhortaran unos a otros, y tanto más cuanto veían
que el día se acercaba; de que guardaran firmes hasta el fin el
principio de su confianza; de que se esforzaran por entrar en aquel
reposo, no fuera a ser que algunos de ellos parecieran no haberlo
alcanzado". En los versículos 9 y 10 de este capítulo, el escritor
de este capítulo muestra lo apropiado de llamar a este prometido reposo
"sabadismo" o reposo sabático. "Por tanto, queda un sabadismo para el
pueblo de Dios. Porque el que ha entrado en su reposo, también ha
reposado de sus obras, como Dios de las suyas". Hay una ambigüedad en
este lenguaje, tanto en griego como en inglés. Puede significar que
todos los fieles que han partido han cesado de sus trabajos en la
tierra, y ahora disfrutan del reposo y la recompensa del cielo. Este es
el sentido que normalmente se le atribuye a las palabras. (Véase el
Comentario de Stuart sobre Hebreos, in loc.; Conybeare and Howson,
etc.). Hay que confesar, sin embargo, que la relevancia de este
lenguaje así interpretado en relación con el asunto en discusión no es
muy evidente, y que la construcción gramatical difícilmente justificará
esta explicación. El argumento afirma, no que los cristianos han
entrado en ese reposo, sino justamente lo contrario. Como Conybeare y
Howson muestran muy correctamente, que el escritor declara "que el
pueblo de Dios nunca antes ha disfrutado de ese perfecto reposo, y que,
por lo tanto, ese goce es todavía futuro". Entonces, ¿quiénes son los
que han entrado? Evidentemente, es Cristo, el Precursor, que entró
detrás del velo en el nombre de nosotros; nuestro gran Sumo Sacerdote,
que ascendió a los cielos; el Josué del Nuevo Testamento, el Capitán de
nuestra salvación, que "entró en su reposo", cesando en su obra de
redención, como su Padre cesó de su propia obra de creación. Esto
demuestra lo correcto de llamar al cielo "sabadismo", "un reposo de
Dios", pues aquí tanto el Padre como el Hijo guardan el sábado eterno.
Puede añadirse que esta interpretación nos alivia del sentido de
incongruencia que se siente al comparar la cesación de los trabajos del
cristiano con la cesación de la obra de la creación por parte de Dios;
es también perfectamente relevante al argumento en el contexto. No
sólo soportan las palabras este sentido, sino que no soportan ningún
otro, como lo demuestra muy bien Alford. (Véase el Testamento Griego,
in loc.). Ahora podemos ver la fuerza del argumento en su totalidad. El
escritor demuestra las fatales consecuencias de la incredulidad y la
desobediencia por medio del ejemplo de los antiguos israelitas (cap.
3:7-19). Tenían una gran promesa de entrar en el reposo de Dios, que
perdieron por su incredulidad (cal. 3:7-19). Pero aquella promesa de
reposo todavía se ofrece, y todavía se puede perder. Fue ofrecida a
Israel nuevamente en el tiempo de David y por boca de él; no se agotó
por la entrada de los israelitas en Canaán (cap. 4:4-8). En aquel
entonces, la promesa se refería al estado celestial, el reposo de Dios
mismo, cuando Él guardó el sábado después de la obra de la creación
(cap. 4:3-5). Pero Cristo también guarda su sábado, habiendo cesado de
la obra de redención, como el Padre cesó de la obra de la creación
(cap. 4:10). Queda, pues, todavía un sábado, o reposo celestial, para
el pueblo de Dios (cap. 4:9). Procuremos, pues, entrar en aquel reposo
de Cristo y de Dios, amonestados contra la incredulidad y la
desobediencia por el ejemplo del antiguo Israel (cap. 4:11). Encontraremos
en la secuela mucha luz arrojada sobre este tema de la entrada en el
estado celestial, y la relación con él en que estaban los santos tanto
antes como desde la venida de Cristo. LA CONSUMACIÓN DE LOS SIGLOS Heb.
9:26. "De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces
desde el principio del mundo [kosmou] ; pero ahora, en la consumación
de los siglos [aiwnwn], se presentó una vez para siempre por el
sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado". En este
versículo tenemos un caso notable de la confusión que surge de la
traducción de dos palabras diferentes, kosmou y aiwn, con la misma
palabra "mundo" [la versión hispana traduce "siglos"]. La
expresión sunteleiatwnaiwnwn tiene precisamente el mismo significado
que sunteleiatouaiwnoz, y se refiere a la era judía que estaba a punto
de terminar. Moses Stuart traduce el pasaje así: "Pero ahora, al final
de la [dispensación] judía, Él ha hecho su aparición una vez para
siempre", etc. Esta es otra prueba decisiva de que "el fin de la era"
[en la versión hispana "la consumación de los siglos"] era considerada
como cercana por las iglesias apostólicas. EXPECTACIÓN DE LA PARUSÍA Heb. 9:28. "Y aparecerá por segunda vez, sn relación con el pecado, para salvar a los que le esperan". La
actitud de expectación mantenida por los cristianos de la era
apostólica se muestra incidentalmente aquí. Esperaban, en esperanza y
con confianza, el cumplimiento de la promesa de Su venida. Suponer que
ellos esperaban un suceso que no ocurrió es imputarles, a ellos y a sus
maestros, una cantidad de ignorancia y error incompatible con respecto
a sus creencias en cualquier otro tema. LA PARUSÍA SE ACERCA Heb. 10:25. "Exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca". Por
supuesto, "el día" significa "el día del Señor", el tiempo de su
aparición, la Parusía. Ahora se había acercado; no podían verla
acercándose. Sin duda, las indicaciones de su aproximación predicha po
nuestro Señor eran evidentes, y sus discípulos las reconocieron,
recordando sus palabras: "Cuando veáis que suceden estas cosas, conoced
que está cerca, a las puertas" (Mar. 13:29). No es correcto tergiversar
estas palabras en un sentido no natural o doble, y decir con Alford: "Aquel
día, en su sentido grande y final, siempre está cerca, siempre listo
para irrumpir en la iglesia; pero estos hebreos vivían en realidad
cerca de uno de aquellos grandes tipos y anticipaciones de él, la
destrucción de la Santa Ciudad". Al mismo efecto es su nota sobre Heb. 9:26: "Los
primeros cristianos hablaban universalmente de la segunda venida del
Señor como cercana, y en realidad siempre lo estuvo y lo está". Los
cristianos hebreos vivían cerca de la verdadera Parusía que nuestro
Señor predijo, y su iglesia esperaba, antes de que pasara aquella
generación. No es verdad que la Parusía "está siempre cerca, y siempre
lista para irrumpir sobre la iglesia". Esto no es más cierto que decir
que el nacimiento de Cristo, su crucifixión, o su resurrección están
siempre listas para irrumpir. La Parusía era tan distintamente un
suceso específico, con su lugar apropiado en el tiempo, como la
encarnación o la crucifixión; y hacer de ella una forma fantasma, que
aparece y desaparece, siempre viniendo pero nunca llegando, distante y
cercana, pasada y futura, es vaciar la palabra de todo significado.
Creemos que Cristo, en su discurso profético, tenía a la vista un
suceso pleno; un suceso con un lugar en la historia y la cronología; un
suceso cuyo período Él mismo indicó claramente, no ciertamente la hora,
ni el día, ni siquiera el año preciso, pero dentro de límites bien
definidos, el período de la generación existente. Tal era,
manifiestamente, la creencia del escritor de esta epístola. Para él, la
Parusía era un acontecimiento bien definido, cuya aproximación podía
ver; ni puede detectarse en su lenguaje, ni en el lenguaje de ninguna
de las epístolas, ningún rastro de doble sentido, ni de una Parusía
parcial o preliminar, sino de una Parusía grande y final. El comentario de Conybeare y Howson es mucho más satisfactorio: "'El
día'" de la venida de Cristo se veía aproximándose en este tiempo por
el amenazante preludio de la gran guerra judía, en la cual Él vino a
juzgar aquella nación". LA PARUSÍA INMINENTE Heb. 10:37. "Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará". Esta
declaración mira en la misma dirección que la precedente. La frase "el
que ha de venir" [oercomenoz] es la designación acostumbrada del
Mesías, "el que viene". Esa venida ahora está a la mano. El lenguaje a
este efecto es mucho más expresivo de la cercanía del tiempo en griego
que en inglés: "Todavía un poquitito", o, como lo traduce Tregelles:
"¡Un poquito, cuán poquito, cuán poquito!". La reduplicación del
pensamiento al final del versículo: "vendrá y no tardará" también
indica la certeza y la prontitud del acontecimiento que se aproxima.
Este es el comentario de Moses Stuart sobre este pasaje: "El Mesías vendrá prontamente y, al destruir el poder judío, pondrá fin al sufrimiento que vuestros perseguidores os infligen". Esto
es sólo parte de la verdad; la Parusía trajo mucho más que esto al
pueblo de Dios, si hemos de creer a las garantías dadas por los
inspirados apóstoles de Cristo. LA PARUSÍA Y LOS SANTOS DEL ANTIGUO TESTAMENTO Heb.
11:39,40. "Y todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la
fe, no recibieron lo prometido; proveyendo Dios alguna cosa mejor para
nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros". El
argumento que aquí se trae a su conclusión es de gran importancia, y
merece muy cuidadosa consideración. Se encontrará que presta un
poderoso apoyo indirecto a los puntos de vista propuestos en esta
investigación, y que de hecho proporciona la verdadera clave para su
explicación. Habiendo ilustrado en este capítulo undécimo su
posición principal - la fe en Dios era la característica distintiva de
aquellos justos cuyos nombres adornan los anales del Antiguo Testamento
- el escritor llama la atención al hecho de que Abraham, Isaac, y Jacob
nunca entraron realmente en posesión de la herencia que se les había
prometido. No obtuvieron la tierra de Canaán; nunca vieron la Jerusalén
terrenal. "Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo
prometido" (ver. 13). Luego declara que estos padres de Israel eran
conscientes de un significado más profundo de la promesa de Dios que
una mera herencia temporal y terrenal. Mientras habitaba como
extranjero y peregrino en la tierra de la promesa, Abraham miraba más
allá, "a la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor
es Dios" (ver. 10). Es evidente que esto no puede referirse a la
Jerusalén terrenal, pero el lenguaje parece apuntar a alguna ciudad
bien conocida descrita así. Pero, ¿a cuál otra ciudad puede estarse
aludiendo que no sea la ciudad descrita en Apocalipsis como "teniendo
doce fundamentos", "la ciudad del Dios viviente", la Jerusalén
celestial? La correspondencia no puede ser accidental, y proporciona
más que una presunción de que cualquiera que haya escrito la Epístola a
los Hebreos haya leído la descripción de la Nueva Jerusalén en
Apocalipsis. No es una ciudad, sino la ciudad; no es la que tiene
fundamentos, sino "los fundamentos", una ciudad particular y bien
conocida. Pero volvamos. La confesión de los padres de que eran
extranjeros y peregrinos en la tierra era una declaración de su fe en
la existencia de una "patria mejor", "los que esto dicen, claramente
dan a entender que buscan una patria", no cualquier patria terrenal,
sino "una mejor", esto es, "una celestial" (vers. 14,16). Esta fe en
una herencia futura y celestial, que ellos veían sólo "de lejos" era
verdadera, no sólo en relación con Abraham, Isaac, y Jacob, sino en
relación con la compañía entera de los antiguos creyentes (ver. 39). Ni
uno sólo de ellos recibió el cumplmiento de aquella divina promesa que
su fe había abrazado: "todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio
mediamte la fe, no recibieron lo prometido" (ver. 39). Este es un
hecho que vale la pena considerar. Hasta ese momento, de acuerdo con el
autor de esta epístola, los santos del Antiguo Testamento habían estado
esperando, y todavía esperaban, el cumplimiento de la gran promesa que
Dios había hecho a Abraham y a su simiente, y todavía no habían
recibido la herencia, ni habían entrado en la patria mejor, ni habían
visto la ciudad construida por Dios, que tenía fundamentos. ¿Cómo era
esto? ¿Cuál podría ser la causa de la larga demora? ¿Qué obstáculo les
impedía la entrada al pleno goce de su herencia? La pregunta ha sido
anticipada y contestada. "Aún no se había manifestado el camino al
Lugar Santísimo", como lo indicaba la continuada existencia del templo
y sus servicios (cap. 9:8). El acceso al lugar de santidad y privilegio
no se permitió sino hasta que se hubo abierto el camino mediante el
sacrificio expiatorio de Cristo, el gran Sumo Sacerdote, el Mediador
del nuevo pacto; no podía conferir un título perfecto a sus súbditos
por el cual pudieran ser admitidos para entrar en posesión de la
herencia (cap. 9:9). El mero ritual no podía quitar las barreras que el
pecado había erigido entre Dios y el hombre; y por lo tanto no había
entrada, ni siquiera para los fieles bajo el antiguo pacto, en los
plenos privilegios de la condición de santos e hijos. Pero esta barrera
fue quitada por el sacrificio perfecto del gran Sumo Sacerdote. "El
Mediador del nuevo pacto", mediante la ofrenda de sí mismo a Dios,
redimió las transgresiones cometidas bajo el pacto antiguo, o la
economía mosaica, librando así a los súbditos de aquel pacto de sus
incapacidades, y haciéndole competente para que los escogidos
"recibieran la promesa de la herencia eterna" (cap. 9:11-15). El
argumento de la epístola, pues, requiere suponer que, hasta que el
sacrificio expiatorio de la cruz fue ofrecido, la bienaventuranza de
los santos del Antiguo Testamento estaba incompleta. En este sentido,
estaban en desventaja en comparación con los creyentes bajo el nuevo
pacto. Estos últimos fueron en seguida puestos en posesión de aquello
para lo cual los primeros tuvieron que esperar largo tiempo. La
superioridad de los creyentes ahora, bajo la dispensación cristiana,
sobre los creyentes bajo la anterior dispensación, es un punto fuerte
en el argumento. Nosotros, dice el escritor, no tenemos ningún período
de demora prolongado interpuesto entre nosotros y la herencia
prometida; "nos hemos acercado a ella"; "estamos entrando en ella";
"Dios ha provisto alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen
ellos perfeccionados aparte de nosotros". Es decir, los antiguos
creyentes no sólo no tenían ninguna precedencia sobre los cristianos en
el disfrute de la herencia prometida, sino que tuvieron que esperar
largo tiempo, hasta que llegara la plenitud del tiempo en que, habiendo
abierto Cristo el camino hacia el Lugar Santísimo, pudiesen entrar,
junto con nosotros, en posesión de la herencia prometida. Es
apenas necesario preguntar: ¿Qué esta herencia prometida de la cual
tanto se habla aquí, y que los santos del Antiguo Testamento esperaban
en fe? Incuestionablemente, es la que Dios prometió a Abraham, Isaac, y
Jacob (ver. 9); la que los patriarcas miraron de lejos (ver. 13);
aquélla en la cual sus ilustres sucesores creyeron pero que nunca
recibieron (ver. 19). Es "la promesa de la herencia eterna" (cap.
9:15); "la esperanza puesta delante de nosotros" (cap. 6:18); "la
ciudad con fundamentos" (cap. 11:10); "una mejor, esto es, celestial"
(cap. 11:16); "un reino inconmovible" (cap. 12:28). Es en realidad la
verdadera Canaán; la tierra prometida; "el reposo de Dios"; "el reposo
que queda para el pueblo de Dios" (cap. 4:9). Es algo de lo cual el
escritor habla de principio a fin. Regrese el lector en sus
pensamientos al capítulo cuarto, donde primero comienza la discusión
con respecto al prometido reposo. Evidentemente, aquel "prometido
reposo" es idéntico a la "tierra prometida", y la "tierra prometida" es
idéntica a "la herencia prometida"; y todas estas diferentes
designaciones - ciudad, patria, reino, herencia, promesa - significan
una y la misma cosa. La Canaán terrenal no era el todo, no era la
realidad, sino sólo el símbolo de la herencia que Dios prometió a
Abraham y a su simiente. Esa promesa, lejos de haberse cumplido
exhaustivamente mediante la posesión de la tierra bajo Josué, era
todavía mantenida en reserva para el pueblo de Dios. Pero ahora había
llegado el tiempo en que la herencia estaba a punto de ser entronizada
y disfrutada, y los creyentes del pacto antiguo, junto con los del
nuevo, habían de entrar en seguida y juntos en el reposo prometido. Hay
una notable correspondencia entre el argumento contenido en este pasaje
y las afimaciones de Pablo en sus epístolas a los gálatas y a los
romanos, que sirve para arrojar luz adicional sobre todo el tema, pero
también para probar cuán enteramente paulino es el argumento de
Hebreos. Seleccionamos algunos de los principales pensamientos en Gál.
3 a manera de ilustración. Ver. 16. "Ahora bien, a Abraham fueron
hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como
si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es
Cristo". Ver. 18. "Porque si la herencia es por la ley, ya no es por la promesa; pero Dios la concedió a Abraham mediante la promesa". Ver.
19. "Entonces, ¿para qué sirve la ley? Fue añadida a causa de las
transgresiones, hasta que viniese la simiente a quien fue hecha la
promesa", etc. Ver. 22. "Mas la Escritura lo encerró todo bajo
pecado, para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a
los creyentes". Ver. 23. "Pero antes que viniese la fe, estábamos confinados bajo la ley, encerrados para aquella fe que iba a ser revelada". Ver. 29. "Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa". Ahora
bien, haciendo lugar para la diferencia en el propósito que Pablo tiene
en mente al escribir a los gálatas, se verá cuán notablemente apoyan
sus afirmaciones las de la Epístola a los Hebreos. 1. En ambas
encontramos el mismo tema: la herencia prometida. 2. En ambas se admite
que la herencia no fue realmente poseída y disfrutada por aquellos a
quienes se prometió primero. 3. En ambas se muestra que el cumplimiento
de la promesa fue suspendido hasta la venida de Cristo. 4. En ambas se
muestra que este acontecimiento (la venida de Cristo) produjo un cambio
en la situación de los que esperaban esta herencia. 5. En ambas se
argumenta que la fe es la condición para heredar la promesa. 6. En
ambas se asegura que por fin ha llegado el tiempo en que está a punto
de realizarse la verdadera posesión de la herencia. Muy similar es el alcance del argumento en la Epístola a los Romanos: Rom.
4:13. "Porque no por la ley fue dada a Abraham o a su descendencia la
promesa de que sería heredero del mundo [tierra, kosmoz = gh], sino por
la justicia de la fe". Ver. 16. "Por tanto, es por fe, para que
sea por gracia, a fin de que la promesa sea firme para toda su
descendencia; no solamente para la que es de la ley, sino también para
la que es de la fe de Abraham, el cual es padre de todos nosotros". Rom.
5:1,2. "Justificados, pues, por la fe tenemos paz para con Dios por
medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada
por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en
la esperanza de la gloria de Dios". En estos versículos encontramos: 1.
La misma herencia prometida (ver. 13). 2. La misma condición para la
posesión de ella, es decir, la fe (ver. 2). 3. La suspensión del
cumplimiento de la promesa durante el período de la ley (vers. 14,16).
4. La entrada de los creyentes bajo la dispensación cristiana en el
estado de privilegio y herencia (cap. 5:2). 5. La expectación de la
plena posesión de la herencia. "Nos gloriamos en la esperanza de la
gloria de Dios" (cap. 5:2). Tomando juntos todos estos pasajes, podemos deducir de ellos las siguientes conclusiones: 1.
Que el gran objeto de la fe y la esperanza establecidas tan
constantemente en las Escrituras como la consumación de la felicidad de
los creyentes tanto bajo el Antiguo como del Nuevo Testamento es uno y
el mismo; y, ya sea que se le llame "la tierra prometida", "la herencia
prometida", "el reino de Dios", "la gloria que ha de ser revelada", "el
reposo de Dios", "la esperanza puesta delante de nosotros", todas estas
expresiones significan una y la misma cosa y apuntan a una recompensa
celestial, no terrenal. 2. Que este era ek verdadero significado de la
promesa hecha a Abraham. 3. Que el cumplimiento de esta promesa no
podía tener lugar hasta que apareciese la la verdadera "simiente" de
Abraham y se ofreciese el sacrificio de la cruz. 4. Que los santos del
Antiguo Testamento tuvieron que esperar hasta entonces, antes de que
pudiesen recibir la herencia prometida - esto es, antes de que pudiesen
entrar en plena posesión y disfrute del estado celestial. 5. Que los
santos del Nuevo Testamento tenían esta ventaja sobre sus predecesores
- no tuvieron que esperar la realización de su esperanza. 6. Que los
santos del Antiguo Testamento, y los creyentes del Nuevo, habían de
entrar al mismo tiempo en posesión de la herencia; no "ellos sin
nosotros", ni "nosotros sin ellos", sino simultáneamente (Heb. 11:40). Es
evidente, sin embargo, que el escritor de la Epístola a los Hebreos no
consideraba que ni los santos del Antiguo Testamento ni los del Nuevo
habían entrado todavía en posesión de la herencia. El mismo propósito y
la misma meta de todas sus exhortaciones y apelaciones a los creyentes
hebreos es advertirles contra el peligro de abandonar la herencia a
causa de apostasía, y animarles a estar firmes y a perseverar para que
pudieran recibir la promesa. "Temamos, pues, no sea que permaneciendo
aún la promesa de entrar en su reposo, alguno de vosotros parezca no
haberlo alcanzado" (Heb. 4:1). "Porque os es necesaria la paciencia,
para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa"
(Heb. 10:36). No era suya todavía, pues, en posesión verdadera; pero
todo el argumento implica que estaba muy cerca, tan cerca que casi se
podía decir que estaba al alcance de la mano. "Los que hemos creído
entramos en el reposo" (Heb. 4:3). "Porque aún un poquito, y el que ha
de venir vendrá, y no tardará" (Heb. 10:37). Esto indica claramente el
período de la esperada entrada en la herencia: es la Parusía; "la
venida del Señor"; el día largamente esperado; la plenitud del tiempo,
cuando los santos del AT y los del NT entraran simultáneamente en
posesión de la herencia prometida; la tierra del reposo; la ciudad con
fundamentos; la patria mejor, esto es, la celestial; el reino
inamovible; "la herencia incorruptible, incontaminada, inmarcesible,
reservada en los cielos para vosotros". Pero, puede objetarse: Si
ya ha venido la simiente "a quien fueron hechas las promesas"; si ya se
ofreció el sacrificio del Calvario; si el gran Sumo Sacerdote ha
rasgado el velo y quitado el muro; si se ha abierto el camino al Lugar
Santísimo, ¿no se sigue que la posesión de la herencia sería otorgada
inmediatamente a los santos del AT, y que ellos entrarían en el reposo
prometido junto con el Redentor resucitado y triunfante? Este es
el punto de vista que han adoptado muchos teólogos, que fijan la
resurrección de Cristo como el período de avance y de gloria de los
santos del AT. Pero es claro que la doctrina apostólica fija ese
período en la Parusía, y esto por la razón dada en la Epístola a los
Hebreos (cap. 10:12,13). Aunque el gran Sumo Sacerdote había ofrecido
su único sacrificio por el pecado; aunque se había sentado a la diestra
de Dios, su triunfo todavía no había llegado plenamente. Todavía estaba
"esperando de ahí en adelante a que sus enemigos fuesen puestos por
estrado de sus pies". Al mismo efecto es la declaración de Pablo en 1
Cor. 15:22. La consumación se alcanza en etapas sucesivas; primera, la
resurrección de Cristo; después, los que son de Cristo, en su venida;
luego, "el fin". El edificio no fue coronado sino hasta la Parusía,
cuando el Hijo del hombre vino en su reino, y sus enemigos fueron
puesto bajo sus pies. Esa fue la consumación, el fin, cuando el
gobierno mesiánico delegado habría de cesar; lo ceremonial, local, y
temporal habría de fundirse con lo espiritual, universal, y eterno;
cuando Dios fuese revelado como el Padre, no de una nación, sino del
hombre; cuando todas las distinciones seccionales y nacionales fuesen
abolidas, y "Dios fuese todo en todos". Mientras tanto, cuando
esta epístola se escribió, el sistema mosaico parecía intacto: "el
tabernáculo exterior" todavía estaba en pie; el judaísmo, aunque era un
tronco hueco, cuyo corazón se había deteriorado totalmente, todavía
tenía una semblanza de vigor, pero había llegado la hora en que la
economía entera habría de ser suprimida. Un diluvio de ira estaba a
punto de derramarse sobre la tierra y abrumar la ciudad, el templo, y
la nación; el juicio de los impenitentes y el pueblo apóstata tendría
lugar, y los santos del AT, con los creyentes en Cristo, juntos
"entrarían en el reposo" y "heredarían el reino preparado para ellos
desde la fundación del mundo". Cuando recordamos que, de acuerdo
con algunos expositores, esta epístola se escribió en el umbral de la
gran guerra judía que terminó en la destrucción de Jerusalén; o, según
otros, después de su estallido, podemos concebir cuán intensa
expectación debe haber producido en los corazones cristianos aquella
crisis que se aproximaba. La largamente esperada consumación ahora no
era cuestión de años, sino de meses o días. Antes de dejar este
interesante pasaje es apropiado hacer alusión a las opiniones de
algunos de los más eminentes expositores en relación con él. El
profesor Stuart pierde el camino por completo. Declara a Heb. 11:40 "un
versículo extremadamente difícil, sobre cuyo significado ha habido
multitud de conjeturas", y expresa su opinión de que "la cosa mejor"
reservada para los cristianos no es una recompensa en el cielo; porque
tal recompensa se les ofreció también a los santos de la antigüedad. "Tengo,
pues", añade, "que adoptar otra exégesis del pasaje entero, que refiere
epaggelian [la promesa] a la prometida bendición del Mesías.
Interpreto, pues, el pasaje entero de esta manera: Los santos de la
antigüedad perseveraron en su fe, aunque el Mesías les era conocido
sólo por la promesa. Nosotros estamos más obligados que ellos a
perseverar: porque Dios ha cumplido su promesa con respecto al Mesías,
colocándonos en una condición mejor adaptada a la perseverancia que
ellos. Tanto es nuestra condición preferible a la de ellos que hasta
podemos decir que, sin la bendición de que disfrutamos, su felicidad no
podría haberse completado. En otras palabras, la venida del Mesías era
esencial para la consumación de su felicidad en gloria, es decir, era
necesaria para su teleiosiz". Se verá que Stuart confunde por
completo lo que quiere decir el escritor. La epaggelia no es el Mesías,
sino la herencia, la promesa de entrar en el reposo. Además, no capta
la relación del tema con el tiempo entonces presente, y que toda la
fuerza del argumento reside en el hecho de que estaba cercano el
momento en que la gran promesa de Dios se cumpliría. El Dr. Alford
aprehende el argumento mucho más claramente, pero no capta el sentido
preciso del todo. Cuán cerca está de aproximarse a la verdadera
solución de la dificultad puede verse en la siguiente nota: "El
escritor implica, como de hecho parece atestiguarlo el cap. 10:14, que
el advenimiento y la obra de Cristo han cambiado el estado de los
padres y los santos del AT en una bendición mayor y más perfecta, una
inferencia que nos impone la Escritura en muchos otros lugares. De modo
que su perfección dependía de nuestra perfección; su perfección y la
nuestra fueron introducidas al mismo tiempo, cuando Cristo 'por una
sola ofrenda perfeccionó para siempre a los santificados'. De manera
que el resultado con relación a ellos es que sus espíritus, desde el
tiempo en que Cristo descendió al Hades y ascendió al cielo, disfrutan
de la bienaventuranza celestial, y esperan, junto con todos los que han
seguido a su glorificado Sumo Sacerdote dentro del velo, la
resurrección de sus cuerpos, la regeneración, la renovación de todas
las cosas". Esta explicación, aunque en algunos respectos no está
lejos de la verdad, es inconsistente con las afirmaciones de la
epístola, pues supone que los santos del AT todavía esperan su completa
felicidad, y reducen hasta a los creyentes del NT a la misma condición
de espera de una consumación todavía futura. ¿Qué sucede, entonces, con
kreittonti, la "alguna cosa mejor" que Dios, según el escritor, había
provisto para los cristianos? La ventaja a la que él tanta importancia
le da desaparece por completo. Y si la Parusía nunca tuvo lugar, los
creyentes del NT no tienen ninguna ventaja en absoluto sobre los santos
de la antigüedad. El Dr. Tholuck hace las siguientes observaciones
sobre el estado de los santos que han partido antes del advenimiento de
Cristo: "Los santos del AT se reunieron con los padres, y quizás
fueron en parte trasladados a una esfera superior de vida; pero, como
la salvación completa sólo se alcanza por medio de la unión con Cristo,
cuyo Espíritu, que mora en el interior, vivificará también nuestros
cuerpos recién glorificados, así también los padres que se reunieron
con Dios tuvieron que esperar el advenimiento de Cristo, como Él mismo
dijo de Abraham, que se regocijó de ver Su día". Es curioso encontrar varias opiniones similares expresadas por el Dr. Owen en su tratado sobre Hebreos (vol. 5, p. 311): "Creo
que los padres que murieron bajo el AT tenían una admisión más cercana
a la presencia de Dios que aquella de la cual habían disfrutado antes.
Estaban en el cielo delante del santuario de Dios, pero no eran
admitidos del velo adentro, al Lugar Santísimo, donde todos los
consejos de Dios se muestran y están representados". Mucho de lo que
es verdad está mezclado aquí con algo erróneo. Todas estas opiniones
concuerdan en la conclusión de que la obra redentora de Cristo tuvo una
poderosa influencia sobre el estado de los creyentes del AT; pero
ninguna de ellas aprehendió el hecho, tan legiblemente escrito sobre la
faz de esta epístola, de que no fue sino hasta que el entramado externo
del judaísmo fue barrido, y Cristo había venido en su reino, que la
herencia prometida fue abierta para los creyentes, bien del AT o del
NT, y que la Parusía fue el tiempo señalado para que ambos grupos
entraran juntos en posesión del "reposo de Dios". LA GRAN CONSUMACIÓN ESTÁ CERCANA Contraste entre la situación de los cristianos hebreos y la de los israelitas en Sinaí Heb.
12:18-24. "Porque no os habéis acercado al monte que se podía palpar, y
que ardía en fuego, a la oscuridad, a las tinieblas y a la tempestad,
al sonido de la trompeta, y a la voz que hablaba, la cual los que la
oyeron rogaron que no se les hablase más, porque no podían soportar lo
que se ordenaba: Si aun una bestia tocare el monte, será apedreada, o
pasada con dardo; y tan terrible era lo que se veía, que Moisés dijo:
Estoy espantado y temblando; sino que os habéis acercado al monte de
Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía
de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos
que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los
espíritus de los justos hechos perfectos, a Jesús el Mediador del nuevo
pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel". En
este pasaje tenemos una poderosa exhortación a la firmeza en la fe,
reforzada por un vívido paralelo, o más bien, contraste, entre la
situación de sus antepasados hebreos mientras permanecían de pie
temblando ante el monte Sinaí, y la posición ocupada por ellos mismos,
de pie, por decirlo así, teniendo delante el monte de Sion y todas las
glorias de la herencia prometida. Lo cierto es que, en esta
representación, hay tanto un paralelo como un contraste. La semejanza
reside en la cercanía del objeto - la reunión con Dios. Como los
israelitas en el monte Sinaí, los cristianos hebreos se habían acercado
[proselhluqate] al monte de Sion; como sus padres, habían estado cara a
cara con Dios. Pero, en otros respectos, había un fuerte contraste en
sus circunstancias. En el monte Sinaí, todo era terrible y espantoso;
en el monte de Sion, todo era adorable y atractivo. Y esta era la
perspectiva que ahora tenían delante suyo. Unos pasos más, y estarían
en medio de aquellas escenas de gloria y de gozo, a salvo en la tierra
prometida. No puede haber dudas con repecto a la identidad de la escena
que aquí se describe: es una visión cercana de la "herencia", "el
reposo de Dios", tan constantemente presentada en esta epístola como el
ultimátum del creyente - una vez contemplada, de lejos, por
patriarrcas, profetas, y santos de la antigüedad, pero ahora visible
para todos y dentro de unos días de marcha - "la ciudad con
fundamentos", "la patria mejor, a saber, la celestial". Aquí se
presenta una pregunta interesante. ¿De qué fuente extrajo el escritor
esta vívida descripción de la herencia celestial? Por supuesto, es
fácil decir: Es un pronunciamiento original del Espíritu, que habló a
los profetas. Pero el autor de la epístola evidentemente escribe como
si los cristianos hebreos supiesen y estuviesen familiarizados con las
cosas de las cuales él habla. Es evidente que el cuadro del monte Sinaí
y sus circunstancias acompañantes se derivan del libro de Éxodo; y si
encontramos los materiales para el cuadro del monte Sinaí listos y a la
mano en cualquier libro particular del NT, no es incorrecto suponer que
la descripción fue tomada de allí. Ahora bien, la verdad es que
encontramos cada uno de los elementos de esta descripción en el libro
de Apocalipsis; y cuando el lector compara cada característica separada
de la escena presentada en la epístola con su contraparte en el
Apocalipsis, le será fácil juzgar si la correspondencia puede o no
puede ser sincera, y cuál es el cuadro original: Monte de Sion
Apoc. 14:1 La ciudad del Dios viviente Apoc. 3:12; 21:10 La Jerusalén
celestial Apoc. 3:12; 21:10 La innumerable compañía de ángeles Apoc.
5:11; 7:11 La asamblea general y la iglesia de los Apoc. 3:12; 7:4;
14:1-4 primogénitos, etc. Dios, el Juez de todos Apoc. 20:11,12 Los
espíritus de los justos hechos perfectos Apoc. 14:5 Jesús, el mediador
del nuevo pacto Apoc. 5:6-9 La sangre del rociamiento Apoc. 5:9 Mirando
la exacta correspondencia entre las representaciones de la epístola y
las de Apocalipsis, parece imposible resistir la conclusión de que el
escritor de esta epístola tenía en mente las descripciones de
Apocalipsis; y su lenguaje presupone el conocimiento de ese libro por
parte de los cristianos hebreos. Esta conclusión conlleva la inferencia
de que Apocalipsis se escribió antes de la Epístola a los Hebreos, y en
consecuencia, antes de la destrucción de Jerusalén. Nos encontraremos
con el tema nuevamente cuando entremos a considerar el libro de
Apocalipsis; mientras tanto, baste observar que tanto en esta epístola
como en Apocalipsis los acontecimientos que se narran son considerados
tan cercanos como para describirlos como realmente actuales; en la
epístola, la iglesia militante se ve como que ya ha llegado a la
herencia, y en Apocalipsis las cosas que han de suceder pronto se ven
como hechos consumados. LA CERCANÍA Y LO FINAL DE LA CONSUMACIÓN Heb.
12:25-29. "Mirad que no desechéis al que habla. Porque si no escaparon
aquellos que desecharon al que los amonestaba en la tierra, mucho menos
nosotros, si desecháramos al que amonesta desde los cielos. La verdad
del cual conmovió entonces la tierra, pero ahora ha prometido,
diciendo: Aún una vez, y conmoveré no solamente la tierra, sino también
el cielo. Y esta frase: Aún una vez, indica la remoción de las cosas
movibles, como cosas hechas, para que queden las inconmovibles. Así
que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y
mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor, porque nuestro
Dios es fuego consumidor". El paralelo, o más bien el contraste,
entre la situación de los antiguos israelitas que se acercaron a Dios
en Sinaí y la de los cristianos hebreos que esperaban la Parusía es
llevado aún más adelante aquí con el propósito de instar a los últimos
a soportar y a perseverar. Si era peligroso desestimar las palabras
habladas desde el Monte Sinaí - la voz de Dios por boca de Moisés -
cuánto más peligroso es dar la espalda a Aquél que habla desde el
cielo, la voz de Dios por medio de su Hijo. La voz desde el Sinaí
estremeció la tierra (Éx. 19:18; Sal. 68:8); pero una convulsión más
terrible estaba cerca, por medio de la cual, no sólo la tierra, sino
también el cielo, habrían de ser removidos finalmente y para siempre. Pero, ¿qué es este inminente y final "conmover y remover la tierra y el cielo"? Según Alford, "Es
claramente erróneo entender, con algunos intérpretes, esta conmoción
como el mero derrumbe del judaísmo delante del evangelio, o de
cualquier otra cosa que se cumplirá durante la economía cristiana,
excepto su glorioso fin y su glorioso cumplimiento". Al mismo tiempo, admite que: "El
período que transcurre [antes de que este zarandeo tenga lugar] no será
sino uno, sin admitir que se divida en muchos; y ese uno es corto". Pero,
si es así, seguramente la catástrofe debe haber sido inmediata porque,
sobre la suposición de que pertenece al futuro distante, el intervalo
debe ser por necesidad muy largo, y divisible en muchos períodos, como
años, décadas, siglos, y hasta milenios. El comentario de Moses Stuart es mucho más al punto: "Que
el pasaje respeta los cambios que serían introducidos por la venida del
Mesías, y la nueva dispensación que Él iniciaría, es evidente por la
lectura de Hageo 2:7-9. Tal lenguaje figurado es frecuente en la
Escritura, y denota grandes cambios que han de tener lugar. Así lo
explica el apóstol, en el mismo versículo siguiente. (Comp. Isa. 13:13;
Hageo 2:21, 22; Joel 3:16; Mat. 24:29-37). La clave para la
interpretación de este pasaje se encuentra en la profecía de Hageo. Al
comparar los símbolos proféticos en ese libro, se verá que el "hacer
temblar el cielo y la tierra" es evidentemente emblemático y sinónimo
de "trastornar tronos, destruir reinos", y revoluciones sociales y
políticas y similares (Hageo 2:21,22). Tales tropos y metáforas son los
mismos elementos de la descripción profética, y sería absurdo insistir
en el cumplimiento literal de tales figuras. Constantemente se usan
prodigios y convulsiones para expresar grandes revoluciones sociales o
morales. Que los que encuentran difícil creer que la abrogación de la
dispensación mosaica pueda ser prefigurado en lenguaje de tan tremenda
sublimidad consideren la magnificencia del lenguaje empleado por
profetas y salmistaspara describir su introducción. (Véase Sal.
68:7,8,16,17; 114:1-8; Habacuc 3:1-6). Entonces, ¿qué es la gran
catástrofe representada simbólicamente como sacudir los cielos y la
tierra? Sin duda es el derribamiento y la abolición de la dispensación
mosaica, o pacto antiguo; la destrucción de la iglesia y el estado
judíos, junto con todas sus instituciones y ordenanzas. Había "cosas
celestiales" que pertenecía a aquella dispensación: las leyes, y
estatutos, y ordenanzas, que eran divinos en su origen, y que podrían
llamarse correctamente "el bagaje espiritual" del judaísmo - éstos eran
los cielos, que habrían de ser conmovidos y removidos. Había también
las "cosas terrenales": la Jerusalén literal, el templo material, la
tierra de Canaán - éstas eran la tierra, que dee la misma manera debía
ser conmovida y removida. En realidad, estos símbolos equivalen a los
que empleó nuestro Señor cuando predijo el destino de Israel.
"Inmediatamente después de la tribulación de aquellos días [los
horrores del sitio de Jerusalén], el sol se oscurecerá, y la luna no
dará su lumbre, y las potencias de los cielos serán conmovidas" (Mat.
24:29). Ambos pasajes se refieren a la misma catástrofe y emplean
figuras muy similares; además de lo cual tenemos la autoridad de
nuestro Señor para fijar el acontecimiento y el período del cual Él
habla dentro de los límites de la generación que entonces existía; es
decir, las referencias sólo pueden ser al juicio de la nación judía y
la abrogación de la economía mosaica en la Parusía. Aquel gran
acontecimiento debía preparar el camino para un nuevo y superior orden
de cosas. Un reino que no puede ser conmovido habría reemplazar las
instituciones materiales y mutables que eran imperfectas en su
naturaleza y temporales en su duración; lo material daría lugar a lo
espiritual; lo temporal a lo eterno; y lo terrenal a lo celestial. Esta
era con mucho la mayor revolución que el mundo hubiese presenciado
jamás. Trascendía con mucho en importancia y grandeza hasta la entrega
de la ley en el monte Sinaí; y como ella, estuvo acompañada por
terribles señales y maravillas, convulsiones físicas, y fenómenos
portentosos. Era adecuado que prodigios similares, y aún más terribles,
acompañaran su abrogación y la apertura de una nueva era. Que tales
portentos precedieron realmente a la destrucción de Jerusalén no
tenemos dificultad en creerlo; primero, basándonos en la analogía;
segundo, por el testimonio de Josefo; y, sobre todo, por la autoridad
del discurso profético de nuestro Señor. Pero no es tanto a
cualquier nueva era sobre la tierra como al glorioso reposo y la
gloriosa recompensa del pueblo de Dios en el estado celestial a lo que
el autor de la epístola dirige la esperanza de los cristianos hebreos.
En aquel reino eterno los fieles siervos de Cristo creían que estaban a
punto de entrar, y ninguna consideración estaba más calculada para
fortalecer a los débiles y confirmar a los vacilantes. "Así que,
recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y
mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia;
porque nuestro Dios es fuego consumidor". EXPECTATIVA DE LA PARUSÍA Heb. 13:14. "Porque no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la por venir". Bien dice Alford: "Este
versículo llega al lector con un tono solemne, considerando cuán corto
fue el tiempo que duró en realidad la menousapoliz [ciudad duradera], y
cuán pronto la destrucción de Jerusalén puso fin al sistema judío, que
se suponía sería tan duradero". Esto es irreprochable, y podemos
decir: "¡O si sic omnia!". El comentarista ve claramente en este caso
la relación entre el lenguaje del escritor y las circunstancias
verdaderas de los hebreos. Este principio habría sido una guía segura
en otros casos en que nos parece que a él se le escapó por completo el
punto principal del argumento. Los cristianos a quienes se escribió la
epístola habían arribado a la escena final del sistema judío; la
catástrofe final estaba cerca. Oyeron el llamado: "Salid de ella,
pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus plagas". Jerusalén, la
ciudad santa, con su templo sagrado, sus torres y palacios, sus muros y
baluartes, ya no era una "ciudad duradera"; estaba a punto de ser
"conmovida y removida". Pero el santo hebreo podía ver, más allá de sus
lágrimas, otra Jerusalén, la ciudad del Dios viviente; un hogar
duradero y celestial, muy cerca, y "bajando", como si fuera "del
cielo". Esta era la ciudad venidera [thnmellousan = la ciudad que
pronto vendría], a la cual alude el escritor, y que él creía que ellos
estaban a punto de recibir. (Heb. 21:28).
LA PARUSÍA EN LA EPÍSTOLA DE SANTIAGO Un
interés especial acompaña a esta epístola, por cuanto manifiestamente
pertenece a "los últimos días", el período final de la dispensación. Es
una voz dirigida al Israel disperso de Dios desde dentro de la ciudad
condenada a muerte, cuya catástrofe estaba cerca en ese momento. Es el
último testigo a la nación tanto dentro como fuera de los linderos de
Palestina. Aunque dirigida a los creyentes hebreos, contiene evidencias
de la degeneración en la iglesia cristiana y la extrema corrupción de
la nación. Abunda la iniquidad, y el amor de muchos se ha enfriado.
Pero Santiago de Jerusalén, como uno de los antiguos profetas de
Israel, testifica en favor de la verdad y la justicia con resuelta
fidelidad, hasta que obtiene la victoria del martirio. Las alusiones
directas a la Parusía en esta epístola son pocas en número, pero claras
y decisivas en carácter, y es claro que la epístola entera está escrita
bajo la profunda impresión de la próxima consumación. VIENEN LOS ÚLTIMOS DÍAS Sant.
5:1,3. - "¡Vamos ahora, ricos! Llorad y aullaad por las miserias que os
vendrán. ... Habéis acumulado tesoros para los días postreros". Esta
osada acusación contra los poderosos opresores y ladrones de los pobres
en los últimos días el estado judío nos recuerda las advetencias del
profeta Malaquías: "Vendré a vosotros para juicio; y seré pronto
testigo contra los hechiceros y los adúlteros, contra los que juran
mentira, y los que defraudan en su salario al jornalero, a la viuda y
al huérfano, y los que hacen injusticia al extranjero, no teniendo
temor de mí, dice Jehová de los ejércitos" (Mal. 3:5). Aquel juicio se
acercaba ahora, y el juez "estaba delante de la puerta". Nada
puede ser más franco que ewl reconocimiento que hace Alford de la
importancia histórica de esta conminación, y su expresa referencia a
los tiempos del apóstol. Dando razón de la ausencia de cualquier
exhortación directa a la penitencia en esta denuncia, dice: "Que
una exhortación como esta no aparezca aquí se debe principalmente a la
cercana proximidad del juicio que el escritor tiene delante".
Nuevamente observa: "Howl [ololuxein] es una palabra del Antiguo
Testamento limitada a los profetas, y usada, como aquí, con referencia
a la cercana proximidad de los juicios de Dios". Nuevamente: "No se
debe pensar en estas miserias como el fin natural y determinado de
todas las riquezas mundanas, sino como los juicios enlazados con la
venida del Señor: comp. ver. 8, 'la venida del Señor está cerca'. Puede
ser que esta expectación todavía estuviese íntimamente ligada a la
próxima destrucción de la ciudad y el sistema político judíos, porque
hay que recordar que son judíos aquellos a los que se les dirigen estas
palabras". El único inconveniente de esta explicación es el uso
desafortunado de la frase "puede ser" en la última oración. ¿Cómo
podría pensarse en la incertidumbre en un caso tan sencillo? Nuestra
preocupación es con lo que estaba en la mente del apóstol, y
seguramente ningunas palabras pueden transmitir un testimonio más
fuerte a su convicción de que "los últimos días" y "el fin" estaban a
punto de llegar. En su nota sobre el ver. 3, Alford da el significado del apóstol con perfecta exactitud: "Los últimos días (es decir, los últimos días antes de la venida del Señor), etc." Es
interesante descubrir que el Dr. Manton, un teólogo que vivió en los
días en que una exégesis rigurosa no se practicaba mucho, y una
exposición de la Escritura era cualquier significado que se le
atribuyera, ha discernido con gran perspicacia el significado histórico
de ésta y otras alusiones de Santiago a la Parusía. Por ejemplo, acerca
de la cláusula: "El moho de ellos devorará vuestras carnes como fuego",
Monton dice: "Posiblemente haya aquí alguna alusión latente a la
manera en que ocurrió la ruina de Jerusalén, en la cual muchos miles de
personas perecieron a causa del fuego". Nuevamente, acerca de la
cláusula: "Habéis acumulado tesoros para los días postreros", observa:
"No hay ninguna razón convincente para que tomemos esto en sentido
metafórico, especialmente puesto que, con amplio permiso del contexto,
el propósito del apóstol, y el estado de cosas en aquellos tiempos,
podemos conservar lo literal. Por lo tanto, debo entender las palabras
simplemente como una intimación de sus próximos juicios; así que me
parece que el apóstol grava la vanidad de ellos al atesorar y acumular
riquezas cuando aquellos días de dispersión, fatales para la comunidad
judía, estaban a punto de sobrecogerles". CERCANÍA DE LA PARUSÍA Sant.
5:7. "Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor".
Sant. 5:8. "La venida del Señor se acerca". Sant. 5:9. "He aquí, el
juez está delante de la puerta". Tres declaraciones claras, cortas, nítidas, alarmantes, todas significando la inminente llegada del "día del Señor". El comentario de Manton sobre estos pasajes, aunque lo persigue el fantasma del doble sentido, es en general excelente: "¿Qué
se quiere decir aquí? (Sant. 5:7). ¿Cualquier venida particular de
Cristo, o su solemne venida a un juicio general? Respondo: Posiblemente
ambas; los cristianos primitivos creían que ambas ocurrirían juntas. 1.
Puede referirse a la venida particular de Cristo a juzgar a estos
hombres impíos. Esta epístola se escribió aproximadamente treinta años
después de la muerte de Cristo, y sólo transcurrió un corto tiempo
entre ese suceso y los últimos momentos de Jerusalén, de modo que hasta
la venida del Señor significa hasta la destrucción de Jerusalén, que
también se expresa en alguna otra parte como la venida, si hemos de
creer a Crisóstomo y Ecumenio acerca de Juan 21:22: 'Si quiero que
quede hasta yo venga', esto es, dicen ellos, venga a la destrucción de
Jerusalén". Luego, conntinúa dando un significado alterno, se acuerdo con la costumbre de los expositores del doble sentido. Acerca del versículo octavo: "Porque la venida del Señor se acerca", Manton observa: "O
a ellos primero para un juicio particular; porque no quedaban sino unos
pocos años, y entonces todo se perdió; y probablemente eso es lo que
los apóstoles quieren decir cuando hablan tan a menudo de la cercanía
de la venida de Cristo. Pero, se dirá: ¿Cómo podría esto ser propuesto
como argumento de paciencia a los piadosos hebreos que Cristo vendría y
destruiría el templo y la ciudad? Respondo: (1) El tiempo del solemne
proceso judicial de Cristo contra los judíos fue el tiempo en que Él se
defendió con honor de sus adversarios, y el escándalo y el reproche de
su muerte habían pasado. (2) La proximidad de su juicio general terminó
la persecución; y cuando los piadosos eran atendidos en Pella, los
incrédulos perecían por la espada romana", etc. Acerca del vers. 9:
"He aquí, el juez está delante de la puerta", Manton descarta por
completo el doble sentido, y da la siguiente explicación irreprochable:
"Había dicho antes: 'La venida del Señor se acerca'; ahora añade
que 'está delante de la puerta', una frase que no sólo implica la
certeza, sino lo súbito, del juicio. Véase Mat. 24:33: 'Sabed que está
cerca, aún a las puertas', de modo que esta frase da a entender también
la rapidez de la ruina de los judíos". Es fácil ver que la
perdonable ansiedad por encontrar un uso actual didáctico y edificante
en toda la Escritura reside en la base de gran parte de la exposición
de teólogos como Manton, y les inclina a adoptar significados alternos
y ajustes, que una exégesis estricta no puede admitir. Pero el lenguaje
del apóstol en este caso no necesita ninguna explicación, pues habla
por sí solo. Muestra la actitud de expectativa y la esperanza con la
que las iglesias apostólicas esperaban la manifestación del regreso de
su Señor. Una iglesia perseguida necsitaba pacienciabajo las
injusticias infligidas por sus opresores. Su clamor era: ¡Oh, Señor!
¿Hasta cuándo? Se consolaban con la certeza de que el día de liberación
estaba cerca; "el juez", el vengador de sus injusticias ya estaba
"delante de la puerta". "Aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y
no tardará". ¿Cómo es posible reconciliar esta confiada esperanza de
una liberación casi inmediata con una consumación todavía futura
después de que hubiesen pasado dieciocho siglos? No hay sino dos
alternativas posibles: o Santiago y los otros apóstoles estaban
burdamente engañados en su esperanza de la Parusía, o aquel
acontecimiento sí ocurrió, de acuerdo con su esperanza y la predicción
del Señor, al final de la era judía. Si adoptamos esta última
alternativa, la única compatible con la fe cristiana, tenemos que
aceptar la inferencia de que la Parusía era la gloriosa aparición del
Señor Jesucristo para abolir la dispensación mosaica, ejecutar juicio
sobre la nación culpable,y recibir a su fiel pueblo en su reino y su
gloria celestiales.