CONCERTACIÓN
FACULTAD PARA EL DESARROLLO DE UNA NUEVA REFORMA
 
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La Parousia

LA PARUSÍA 6a parte

LA PARUSÍA EN LAS EPÍSTOLAS APOSTÓLICAS
LA PARUSÍA EN LA EPÍSTOLA A LOS GÁLATAS



No encontramos ninguna alusión directa a la Parusía en la Epístola a los Gálatas. Ella contribuye, sin embargo, a dilucidar el tema, proporcionando una ilustración de la primera aparición y el rápido crecimiento de la defección de la fe predicha por nuestro Señor y designada por Pablo como "la apostasía" o "enfriamiento", que era señal precursora de la Parusía. (Véase Mat. 24:12; 2 Tesa. 2:3; 1 Tim. 4; 2 Tim. 3; 4:3,4). La plaga ya había brotado en las iglesias de Galacia, y en esta epístola vemos cuán fervientemente trató el apóstol de detener su progreso, protestando vehementemente contra esta perversión del evangelio, y denunciando a sus originadores y propagandistas como enemigos de la cruz de Cristo. El mal surgía de las artes de los maestros judaizantes, que por todas partes eran los inveterados oponentes de Pablo, y que parecen haber estado poseídos del mismo espíritu de proselitismo que distinguía a los fariseos, que "rodeaban mar y tierra para hacer un prosélito". En esta manifestación de la apostasía predicha, tenemos una marcada indicación de la aproximación de "los últimos tiempos" o del "fin del tiempo".
"EL PRESENTE SIGLO MALO", O LA ÉPOCA MALA
Gál. 1:4. "El cual se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos del presente siglo malo".
El apóstol habla aquí del estado de cosas existente como malo, y del Señor Jesucristo como el que nos libra de él. La palabra época [o eón] no se refiere por supuesto al mundo material, la tierra, sino al mundo moral, o época moral. Es equivalente a la frase que ocurre tan a menudo en los evangelios, "esta generación perversa" (Mat. 2:45, etc.). El presente siglo malo es considerado como que está pasando, y a punto de ser sucedido por un nuevo orden, el . (Heb. 2:5).
LAS DOS JERUSALENES, LA ANTIGUA Y LA NUEVA
Gál. 4:25,26. "Porque Agar es el monte Sinaí en Arabia, y corresponde a la Jerusalén actual, pues ésta, junto con sus hijos, está en esclavitud. Mas la Jerusalén de arriba, la cual es madre de todos nosotros, es libre".
En este momento, no es nuestra intención hacer otra cosa que simplemente tomar nota de este notable contraste entre las dos ciudades, la nueva Jerusalén y la antigua. En esta etapa, nos abstenemos, a propósito, de entrar en símbolos y su significado, hasta que toquemos el tema entero en el libro de Apocalipsis.
Mientras tanto, se le solicita al lector que tome nota cuidadosa del contraste que se presenta aquí. La Jerusalén que ahora es, y la Jerusalén que habrá de ser; la Jerusalén terrenal, y la Jerusalén celestial; la Jerusalén que está en esclavitud, y la Jerusalén que es libre; la Jerusalén que está debajo, y la Jerusalén que está arriba; la Jerusalén que es madre de esclavos, y la Jerusalén que es nuestra madre. Descubriremos que este contraste nos será de no poco valor para establecer el significado de algunos de los símbolos del Apocalipsis.
LA PARUSÍA EN LAS EPÍSTOLAS APOSTÓLICAS
LA PARUSÍA EN LA EPÍSTOLA A LOS ROMANOS
Las alusiones a la venida del Señor en esta epístola no son muchas en número, pero son muy importantes e instructivas. Se habla de la venida como de algo que con toda certeza era creído y ansiosamente esperado por los cristianos de la era apostólica; y el hecho de su cercanía está o implícito o afirmado en cada alusión al acontecimiento.
EL DÍA DE LA IRA
Rom. 2:5,6. "Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para tí mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual pagará a cada uno conforme a sus obras".
Rom. 2:1,16. "Porque todos los que bajo la ley han pecado, por la ley serán juzgados; en el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme a mi evangelio".
No puede haber ninguna duda con respecto a este "día de la ira" y "revelación del justo juicio de Dios". Es el mismo que fue predicho por Malaquías como "el día grande y terrible de Jehová" (Mal. 4:5); por Juan el Bautista como "la ira venidera" (Mat. 3:7); y por el Señor Jesucristo como "el día del juicio" (Mat. 11:22,24). Era el acto final de la época, el . Es apenas necesario repetir que este "fin" se dice que cae dentro del período de la generación existente, cuando el Hijo del hombre, el Juez designado, "pagará a cada uno según sus obras" (Mat. 16:27).
LA ESCATOLOGÍA DE PABLO
Rom. 8:18-23. "Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse [que está a punto de revelársenos]. Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo".
Hay algunas cosas en este pasaje que son, y probablemente continuarán siendo, oscuras por la naturaleza del tema; pero también hay mucho que es sencillo y claro. No podemos confundir la regocijada anticipación, expresada por Pablo, de un venidero día de liberación de los sufrimientos y miserias del presente; una liberación que estaba ya allí, y no lejana. Venía un día de redención que traería libertad y gloria para los hijos de Dios, de cuyos beneficios participaría la creación entera. La llegada de aquella consumación era esperada y deseada ansiosamente, no sólo por los que, como el apóstol mismo, tenían la esperanza de una herencia interminable y gloriosa arriba, sino por la creación que sufre cargas y gime en general, por la cual estaban rodeados. Tan estimulante era la perspectiva de la emancipación venidera que, en vista de ella, el apóstol pudo decir: "Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse"; o, como dice un pasaje similar: "Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria" (2 Cor. 4:17).
Ahora procedemos a examinar el pasaje completo más particularmente.
El primer punto que exige atención es la clara indicación de la cercanía de esta gloria venidera. En nuestra Versión Autorizada [en inglés] se pierde esto de vista por completo; y de manera similar, ha sido ignorado casi por todos los comentaristas. Hasta Alford, que por lo general es muy cuidadoso en su atención a los tiempos verbales, pasa por este caso evidente sin hacer ninguna observación, aunque nada puede ser más gramaticalmente enfático que la indicación de la cercanía de la esperada revelación. Tholuck observa que el apóstol habla del tiempo como cercano - "En gozosa exultación, el apóstol concibe su comienzo como a la mano"- pero considera errado al apóstol, y que se ha dejado llevar de sus sentimientos. Conybeare y Howson dan la correcta fuerza del lenguaje - "la gloria que está a punto de ser revelada, que pronto será revelada". [] "La gloria venidera" es la contraparte o antítesis de "la ira venidera", diferentes aspectos del mismo gran suceso; porque la Parusía, que era la revelación de gloria para los hijos de Dios, era la revelación del día de ira para sus enemigos (Rom. 2:5,7).
Así, se observará que no es a la muerte a lo que el apóstol mira como el período de liberación de los males presentes; aún menos a alguna época muy distante en el futuro. Ciertamente sería pobre consuelo, para los hombres que se retorcían bajo la angustia de sus sufrimientos, hablarles de un período, en alguna época futura, que les traería compensación por su actual aflicción. El apóstol no se burla de ellos con una esperanza diferida. El día de liberación había llegado; la gloria estaba a punto de ser revelada; y era tan cercano y tan grande aquel peso de gloria, que reducía a una insignificancia las pasajeras incomodidades de la hora presente.
El punto siguiente que merece observarse es la afirmación que el apóstol procede a hacer con respecto al interés en aquella consumación que se aproximaba más allá de los límites del sufriente pueblo de Dios. Éstos serían realmente los que más ganarían con la redención venidera, pero sus beneficios habrían de extenderse mucho más allá.
Este es un tema sumamente importante e interesante, y requiere nuestra cuidadosa consideración.
"Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios".
Cualquiera que sea el significado que atribuyamos a la palabra "creación" [], no tendrá diferencia alguna para la actitud ansiosa y expectante en la cual está representada como esperando la consumación venidera. Lange observa que, como la palabra significa esperar con la cabeza levantada, esto implica una intensa expectación, un anhelo intenso, en espera de una satisfacción. Pero esta misma actitud implica la cercanía, o el convencimiento de la cercanía, de la deseada liberación. Poniendo, pues, juntas estas dos afirmaciones, primera, que la gloria "pronto ha de ser revelada"; segunda, que "el anhelo ardiente es esperar la manifestación", tenemos una demostración, tan fuerte como es posible concebirla, de que el suceso en cuestión está representado por el apóstol como muy cercano.
Pero, ¿qué se quiere decir con la creación []? Algunos comentaristas consideran que abarca el universo entero, o la creación material, animada e inanimada, racional e irracional - la estructura entera de la naturaleza. Hablan del terremoto, la tormenta, y el volcán como síntomas del doloroso mal genio del mundo natural. Pero esto parece demasiado vago y general para el argumento del apóstol. Es evidente que el suceso sólo puede referirse a seres conscientes, voluntarios, racionales, y morales. Tiene "intenso anhelo"; tiene su "propia voluntad"; tiene "esperanza"; es capaz de ser "sujetado a vanidad"; de ser "librado de corrupción"; de participar en "la gloria de los hijos de Dios". Estas características excluyen la creación inanimada e irracional, e incluyen a la raza humana en su totalidad. Además, la antítesis en el versículo 23 entre la creación como un todo y "nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu", sería muy antinatural e imperfecta si no diferenciara a los cristianos, no de las bestias y las plantas, sino de otros hombres. El verdadero contraste ocurre entre los que tienen las primicias del Espíritu y los que no las tienen; y sería manifiestamente incongruente hablar de la creación irracional e inanimada como que "no tiene el Espíritu". Hacer que el apóstol se refiera aquí a la naturaleza universal puede ser admisible quizás como poesía, pero estaría bastante fuera de lugar en un argumento sobrio y serio. Entendemos, pues, que se refiere a la raza humana y a la humanidad en términos generales; el significado que tiene la palabra en pasajes tales como Mar. 16:15: "Predicad el evangelio a toda criatura" []; Col. 1:23. "El cual se predica en toda la creación que está debajo del cielo" [].
Esto nos trae a la pregunta: ¿Puede decirse que la raza humana tiene esta actitud ansiosa y expectante, gimiendo y en labores de parto, esperando y anhelando la liberación y la libertad? Sin duda que es posible; y nunca más verdaderamente que en el mismo período en que el apóstol escribió. Era una época de la más profunda corrupción y degradación social; puede decirse que la humanidad gemía bajo la carga de su miseria y su esclavitud; y sin embargo, había un extraño y misterioso sentimiento en las mentes de los hombres de que, de alguna manera y en alguna parte, la liberación había llegado. Cuán exactamente se ajusta la descripción del apóstol a las condiciones morales y sociales del pueblo judío en este período, no necesita ninguna prueba. Gemían bajo el yugo de la esclavitud romana. Suspiraban ansiosamente por el prometido Libertador. El caso de los griegos y los romanos no era muy diferente, como lo prueban llamativamente los siguientes pasajes de Conybeare y Howson; en verdad, podrían haber sido escritos como un comentario sobre el pasaje que tenemos delante.
"Las condiciones sociales de los griegos había ido cayendo, durante este período, en la corrupción más baja; ... pero la misma difusión y el mismo desarrollo de esta corrupción estaba preparando el camino, porque mostraba la necesidad de la intervención del evangelio. La enfermedad misma parecía llamar al Sanador. Y si los males prevalecientes de la población griega presentaban obstáculos a gran escala para el progreso del cristianismo, los griegos mostraban, para todo tiempo futuro, la debilidad de los más altos poderes del hombre cuando no reciben ayuda de lo alto; y debe haber habido muchos que gemían bajo la esclavitud de una corrupción de la cual no podían sacudirse, y estaban listos a escuchar la voz de Aquél que "llevó nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores".
Hasta aquí las condiciones de los griegos; las de los romanos se describen así:
"Sería iluso imaginar que, cuando el mundo quedó bajo un solo cetro, cualquier real principio de unidad mantendría juntas sus diferentes partes. El emperador fue deificado porque los hombres fueron esclavizados. No hubo verdadera paz cuando Augusto cerró el templo de Jano. El Imperio era sólo el orden del gobierno externo, con un caos tanto de opiniones como de la moral dentro de él. Los escritos de Tácito y de Juvenal continúan atestiguando la corrupción que se enconaba en todos los niveles, lo mismo en el Senado que en la familia. La antigua sobriedad de modales, y la antigua fe en la mayor parte de la religión romana, habían desaparecido. Los licenciosos credos y las licenciosas prácticas de Grecia y del Oriente habían inundado a Italia y a Occidente, y el Panteón era sólo el monumento a un acomodamiento entre una multitud de supersticiones decadentes. Es verdad que este estado de cosas produjo una notable tolerancia, y es probable que, por corto tiempo, el cristianismo mismo compartiese la ventajas de ello. Pero, aún así, el genio de los tiempos era básicamente tanto cruel como profano, y los apóstoles pronto quedaron expuestos a una encarnizada persecución. El Imperio Romano estaba desprovisto de la unidad que el evangelio da a la humanidad. Era un reino de este mundo, y la raza humana gemía por la mejor paz de un "reino que no era de este mundo".
"Por esto, en la condición misma del Imperio Romano, y en el estado miserable de su población mixta, podemos reconocer una preparación negativa para el evangelio de Cristo. Esta tiranía y esta opresión requerían un Consolador, tanto como la enfermedad moral de los griegos requería un Sanador. Tanto el Imperio entero como los judíos necesitaban un Mesías, aunque no era esperado con la misma consciente expectación. Pero no nos es difícil avanzar mucho más allá de este punto, y no podemos dudar en descubrir, en las circunstancias del mundo en este período, rastros significativos de una preparación positiva para el evangelio".
Ciertamente, es notable que una descripción de las condiciones sociales y morales del mundo en la era apostólica, escrita aparentemente sin pensar en la ilustración del pasaje que ahora tenemos delante, adoptara sin proponérselo, no sólo el espíritu, sino en gran medida las palabras mismas, con las cuales Pablo presenta la miseria, la esclavitud, los gemidos, y el anhelo de liberación de la creación como aparecía a su aprensión. Pero, puede decirse: ¿Había algo en el futuro inmediato que satisficiese este ansioso anhelo del mundo esclavizado y gimiente y que respondiese a él? ¿Qué es este terminus ad quem, "esta revelación de los hijos de Dios"? ¿Y en qué sentido podía ello traer, o trajo, liberación y consuelo a la humanidad oprimidad?
La respuesta a esta pregunta se encuentra en casi todas las páginas de los escritos del apóstol. Según él, un gran acontecimiento estaba a las puertas; el Señor estaba a punto de venir, según Su promesa, para ejercer su poder real, para dar recompensa y salvación a su pueblo, y poner a sus enemigos debajo de sus pies. Pero la Parusía había de traer más que esto. Marcó una gran época en el gobierno divino del hombre. Puso fin al período de privilegio exclusivo para Israel. Disolvió el pacto entre Jehová y el pueblo judío, y abrió el camino para un pacto nuevo y mejor, que abarcaba a toda la humanidad. El cristianismo es la proclamación de la universal paternidad de Dios, pero la nueva era no fue inaugurada plenamente sino hasta que el estrecho reino teocrático local fue superado, y el Rey teocrático renunció a su jurisdicción y la entregó en las manos del Padre. Entonces la exclusiva relación nacional entre Dios y un solo pueblo fue disuelta, o se fundió con el sistema abarcante y mundial en el cual "no hay judío ni griego, ni circunciso ni incircunciso, ni bárbaro, ni escita, ni esclavo ni libre, sino sólo el Hombre. Cristo había hecho de todos los hombres Uno, "para que Dios sea todo en todos".
Esta es ciertamente una adecuada respuesta a los gemidos y trabajos de la sufriente y oprimida humanidad; la perspectiva de tal consumación puede ser representada bien con la alborada de un día de redención. Era nada menos que abrir las puertas de la misericordia para la humanidad; era la emancipación de la raza humana de la desesperación que le aplastaba hasta hundirle en una corrupción y una degradación cada vez más profundas; era introducirles "a la gloriosa libertad de los hijos de Dios"; conferir a los gentiles, "ajenos a la comunidad de Israel y extranjeros a los pactos de la promesa", los privilegios de la "ciudadanía de los santos", y hacerles "miembros de la casa de Dios".
Es de esta admisión de toda la raza humana en la [adopción de hijos], la cual, hasta ahora, había sido el exclusivo privilegio del pueblo escogido, de la que habla el apóstol con lenguaje tan entusiasta en Rom. 8:19-21. Era un tema sobre el cual nunca se cansaba de espaciarse, y que llenaba su alma entera de asombro y agradecimiento. Habla de ello como del "misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres", "la multiforme sabiduría de Dios" (Efe. 3:5,10; Col. 1:26). Los tres primeros capítulos de la Epístola a los Efesios están ocupados por una animada descripción de la revolución causada por la obra redentora de Cristo en la relación entre Dios y los gentiles, que no formaban parte del pacto. "La dispensación de la plenitud de los tiempos" había llgado, en la cual Dios se proponía "reunir en uno todas las cosas en Cristo, haciéndole cabeza de todas las cosas", derribando las barreras de separación entre judíos y gentiles, haciendo de ambos pueblos uno solo; aboliendo la ley ceremonial, fundiendo los elementos heterogéneos en un todo homogéneo, reconciliando la antipatía mutua, y uniendo a ambos como una familia a los pies del Padre de todos.
Pero, puede decirse: ¿No se había llevado a cabo todo esto ya por medio de la muerte expiatoria en la cruz? ¿Y no es ésa una revelación de una gloria futura que se aproximaba, a la cual alude el apóstol aquí? Sin duda que es así. Sin embargo, el Nuevo Testamento siempre habla de que la obra de redención estaba incompleta hasta la llegada de la Parusía. Se observará que, en el versículo veintitrés, el apóstol se representa a sí mismo y a los otros creyentes como esperando todavía el . Aun los hijos de Dios habían recibido solamente las arras y las primicias, y no la plena cosecha de su condición de hijos. Aquello no sería completamente suyo sino hasta la venida del Señor, cuando "los santos que estaban vivos y habían quedado" cambiarían el presente cuerpo mortal y corruptible por una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos. La Parusía era la proclamación pública y formal de que la dispensación mesiánica o teocrática había llegado a su fin; y que el nuevo orden, en el cual Dios era todo en todos, había sido inaugurado. Hasta que el juicio de Israel tuvo lugar, todas las cosas no habían sido puestas bajo Cristo, el rey teocrático; sus enemigos todavía no habían sido puestos bajo sus pies. Hasta ese momento, podía decirse de la adopción [] que "le pertenecía a Israel". Cuando al apóstol escribió esta epístola, Cristo estaba esperando que "sus enemigos fueran puestos debajo de sus pies". Había todavía algo incompleto en su obra, hasta que toda la estructura y la urdimbre del judaísmo fueron barridas. Este hecho aparece claramente resaltado en la Epístola a los Hebreos. El escritor afirma que "aún no se había manifestado el camino al Lugar Santísimo, entre tanto que la primera parte del tabernáculo estuviese en pie". Dice que este tabernáculo es "símbolo para el tiempo presente" - sirve a un propósito temporal - hassta el tiempo de la reforma, esto es, la introducción de un nuevo orden (Heb. 9:8,9). Este pasaje es de gran importancia en relación con esta discusión, y las siguientes observaciones de Conybeare y Howson presentan su significado muy claramente:
"Puede preguntarse: ¿Cómo puede decirse, después de la ascensión de Cristo, que aún no se había manifestado el camino al Lugar Santísimo? La explicación es que, mientras el culto del templo, con su exclusión de todos, menos del sumo sacerdote, del Lugar Santísimo, todavía existía, el camino de la salvación no se habría manifestado plenamente a los que se adherían a las observancias externas típicas, en vez de ser, por lo tanto, conducidos al antitipo". Life and Epistles of St. Paul, cap. 28.
Había una conveniencia y una plenitud del tiempo en los cuales el pacto antiguo sería superado por el nuevo; al antiguo y al nuevo se les permitió susbsistir juntos por un tiempo; la bondad y la paciencia de Dios demoraron el golpe final del juicio. Aunque, pues, las grandes barreras contra la introducción de todos los hombres, sin distinción, a los privilegios de los hijos de Dios, fueron casi eliminadas por la muerte de Cristo en la cruz, la demostración formal y final de que "el camino al Lugar Santísimo" estaba abierto de par en par para toda la humanidad, no ocurrió sino hasta que la estructura entera de la economía mosaica, con su ritual, y el templo, la ciudad, y el pueblo fueron repudiados pública y solemnemente, y el judaísmo, con todo lo que le pertenecía, fue barrido para siempre.
Hay todavía una porción de este pasaje profundamente interesante sobre el cual reposa mucha obscuridad. En el versículo 20, el apóstol dice que "la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza", etc. La interpretación común de estas palabras es que "la creación visible ha sido puesta bajo la sentencia de descomposición y disolución, no por su propia elección, sino por un acto de Dios que, sin embargo, no la ha dejado sin esperanza".
Sin duda, esto da un buen sentido al pasaje, aunque nos aventuramos a pensar que no exactamente el sentido que el apóstol se proponía darle. No capta la naturaleza del mal al cual "la creación" fue sujetada; y, por consiguiente, tampoco la naturaleza de la liberación que se espera de ese mal.
Entendiendo por [creación] a la raza humana, por las razones que ya se han especificado, observamos que se dice que ha sido sujetada a vanidad []. ¿Qué es esta vanidad? La palabra es muy significativa, especialmente en labios de un judío. Para el tal, "vanidad" es sinónimo de idolatría. Es la palabra que la Septuaginta emplea para denotar la estupidez del culto a los ídolos. Los ídolos son "vanidades ilusorias" (Sal. 31:6; Jonás 2:8); "enseñanza de vanidades es el leño"; los ídolos "vanidad son, obra vana" (Jer. 10:8,15). "Los formadores de imágenes de talla, todos ellos son vanidad" (Isa. 44:9). Casi que la la palabra se ha separado para este uso especial. Lo mismo puede decirse de su uso en el Nuevo Testamento. En Listra, Pablo imploraba que el pueblo se "convirtiera de aquellas vanidades [], es decir, del culto a los ídolos, para servir al Dios vivo (Hechos 14:15). En esta misma epístola (Rom. 1:21), tenemos un caso notable del uso de la palabra, en que Pablo, dando razón de la apostasía de la raza humana y su alejamiento de Dios, la explica por el hecho de que "se envanecieron" en sus razonamientos []; un pasaje en que Alford, con Bengel, Locke, y muchos otros, reconoce la alusión al culto idólatra. Sólo es necesario mirar el pasaje para ver su relación con el origen y la prevalencia de la idolatría (véase también Efe. 4:17). Aquí retrocede a Rom. 1:21, y nos proporciona la clave de la verdadera interpretación. La idolatría era la "vanidad" a la cual estaba sujeta la raza humana; la idolatría, la religión de los gentiles, la degradación del hombre, la deshonra de Dios.
Pero, ¿puede decirse que el hombre fue sujetado a este mal por el acto de Dios ("por causa del que la sujetó")? Sin duda, tal afirmación estaría en armonía con la Palabra de Dios. En el primer capítulo de la Epístola a los Romanos, se expresa tres veces este hecho significativo: "Dios los entregó", en referencia a esta misma apostasía (Rom. 1:24,26,28). Este abandono sólo puede ser considerado un acto judicial. Encontramos una expresión todavía más fuerte en Romanos 11:32. "Dios sujetó a todos en desobediencia". La verdad es que la Escritura está llena de la doctrina de que Dios entrega a los contumaces y rebeldes a la fatal consecuencia de su pecado. Por eso, puede decirse que la sujeción de la raza humana al mal de la idolatría no era simplemente la voluntad del hombre mismo, sino el acto judicial de la divina justicia.
Pero no era un decreto sin esperanza. "La preservación de una nación de la apostasía universal llevaba en sí un germen de esperanza para la humanidad. En la plenitud del tiempo, se manifestó el propósito divino de misericordia y redención para la raza humana, y "la adopción de hijos", que había sido privilegio exclusivo de un pueblo, ahora se declaraba abierto para todos sin distinción. La raza es representada como esperando con ansiosa expectación este alto privilegio, y ahora el evangelio, que era el medio divinamente señalado para rescatar a los hombres de la corrupción y degradación morales del paganismo, proclamaba liberación y salvación "para gentiles y judíos, bárbaros, escitas, esclavos y libres".
Ya hemos mostrado en qué sentido puede decirse que esta proclamación de la nueva era fue hecha de la manera más pública y formal en la Parusía.
LA CERCANÍA DE LA SALVACIÓN VENIDERA
Rom. 13:11,12. "Y esto, conociendo el tiempo, que es ya hora de levantarnos del sueño; porque ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos".
No es posible que palabras algunas expresen más claramente la convicción del apóstol de que la gran liberación había llegado. Sería absurdo considerar, con Moses Stuart, que este lenguaje se refiere a la cercana aproximación de la muerte y la eternidad. En ese caso, el apóstol habría dicho: "El día ha pasado, la noche ha llegado". Pero este no es el estilo del Nuevo Testamento; nunca es la muerte y la tumba, sino la Parusía, la "bendita esperanza, y la gloriosa aparición de Jesucristo", lo que los apóstoles esperan. El profesor Jowett observa correctamente que "en el Nuevo Testamento no encontramos ninguna exhortación basada en la cortedad de la vida. Parece como si el fin de la vida no tuviese ninguna importancia práctica para los primeros creyentes, porque seguramente sería anticipado por el día del Señor". Sin duda esto es cierto; pero, ¿y entonces, qué? O el apóstol estaba errado, o no nos merece confianza como expositor autorizado de la verdad divina; o de lo contrario, estaba bajo la guía del Espíritu de Dios, y lo que enseñaba era verdad infalible. Ante este dilema callan los expositores que no pueden siquiera imaginar la posibilidad de que la Parusía haya ocurrido de acuerdo con las enseñanzas de Pablo. Es curioso ver los cambios a los cuales recurren para encontrar alguna forma de escapar a la inevitable conclusión.
Tholuck admite francamente la expectación del apóstol, pero a costa de su autoridad.
"Desde el día en que los fieles se congregaron por primera vez alrededor de su Mesías, hasta la fecha de su epístola, habían pasado varios años; el amanecer pleno, como creía Pablo, estaba a las puertas. Aquí encontramos corroborado lo que también es evidente en varios otros pasajes, que el apóstol esperaba el pronto advenimiento del Señor. La razón de esto reside, en parte en la ley general de que al hombre le gusta imaginarse que el objeto de su esperanza está a la mano, y en parte en la circunstancia de que el Salvador a menudo había hecho la amonestación de que en todo momento había que estar preparados para la crisis en cuestión, y también, según el usus loquendi de los profetas, había descrito el período como aproximándose rápidamente".
Stuart protesta contra el hecho de que Tholuck renuncie a la corrección del juicio del apóstol, pero adopta la insostenible posición de que Pablo está hablando aquí de:
"La salvación espiritual que los creyentes han de experimentar cuando sean trasladados al mundo de vida eterna y de gloria".
Por otra parte, Alford admite que:
"Una correcta exégesis de este pasaje puede difícilmente dejar de reconocer el hecho de que aquí el apóstol, como en otro lugar (1 Tes. 4:17; 1 Cor. 15:51), habla de la venida del Señor como aproximándose rápidamente. Razonar, como lo hace Stuart, que, porque Pablo corrige en los Tesalonicenses el error de imaginar que estaba inmediatamente a las puertas (o hasta que ya había llegado), él mismo no la esperaba tan pronto, está seguramente fuera de lugar".
El editor estadounidense del Comentario de Lange, hablando de Romanos, escribe la siguiente nota:
"El Dr. Hodge objeta con algún detalle la referencia a la segunda venida de Cristo. Por otra parte, la mayoría de los modernos comentaristas alemanes defienden esta referencia. Olshausen, De Wette, Philippi, Meyer, y otros, creen que ninguna otra posición es sostenible en lo más mínimo; y el Dr. Lange, aunque evita cuidadosamente las teorías extremas sobre este punto, niega la referencia a la bienaventuranza eterna, y admite que se quiere decir la Parusía. Esta opinión gana terreno entre los exégetas anglosajones".
Hay algunos intérpretes que evitan la dificultad negando que términos tales como cercano y distante hagan alguna referencia al tiempo en absoluto. Por ejemplo, se nos dice que:
"Esto concuerda con todas las enseñanzas de nuestro Señor, de que representa el día decisivo de la segunda aparición de Cristo como que está a las puertas, para mantener a los creyentes siempre en la actitud de expectación vigilante, pero sin referencia a la cercanía o distancia cronológica a ese suceso".
Este es un método no natural de interpretación, que simplemente vacía las palabras de todo significado. Hay sólo una manera de salir de la dificultad, y es creer que el apóstol dice lo que quiere decir, y que quiere decir lo que dice. Él era el inspirado apóstol y embajador de Cristo, y el Señor no dejó que ninguna de sus palabras cayera al suelo. Su continua consigna y clamor de advertencia a las iglesias de la era primitiva era: "El Señor está a las puertas". Él creía esto; enseñaba esto; y esta era la fe y la esperanza de toda la iglesia.
¿Estaba equivocado? ¿Vivió y murió la iglesia primitiva creyendo una mentira? ¿No ocurrió nada que correspondiese a sus expectativas? ¿Dónde está el templo de Dios? ¿Dónde está la ciudad de Jerusalén? ¿Dónde está la ley de Moisés? ¿Dónde está la nacionalidad judía? Pero todas estas cosas perecieron al mismo tiempo; y de todas ellas se predijo que desaparecerían en la Parusía. El cumplimiento de aquellos otros sucesos en la región de lo espiritual y lo invisible que estaban indisolublemente conectados con la Parusía, pero de los cuales, en la naturaleza de las cosas, no puede haber registro en las páginas de la historia humana.
ESPERANZA DE UNA PRONTA LIBERACIÓN
Rom. 16:20. "Y el Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies".
Aquí tenemos otra referencia inconfundible a la cercana aproximación al día de liberación. El aplastamiento de la cabeza de la serpiente es la victoria de Cristo, y esa victoria se ganaría pronto. Entre los enemigos que habrían de quedar debajo de sus pies estaban la muerte, y el que tenía el poder de la muerte, a saber, el diablo.
En la expectativa de su crucifixión, el Señor declaró: "Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera", y ya hemos demostrado en qué sentido y cuán ciertamente se cumplió esa predicción. De la misma manera, se acercaba el día en que los sufridos y perseguidos cristianos serían librados, por la Parusía, de los enemigos de los cuales estaban rodeados, y cuando el maligno instigador y cómplice de toda esa enemistad yacería postrado bajo los pies de ellos.
LA PARUSÍA EN LAS EPÍSTOLAS APOSTÓLICAS
EN LA EPÍSTOLA A LOS COLOSENSES

En ninguna de las epístolas de Pablo encontramos una alusión menos directa a la Parusía, y sin embargo, puede decirse que ninguna está más llena de la idea de ese acontecimiento. El pensamiento de él subyace casi todas las expresiones del apóstol; está implícita en "la esperanza que os está guardada en los cielos"; "la herencia de los santos en luz"; "el reino de su amado Hijo"; "la reconciliación de todas las cosas con Dios"; "presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él".
Pero hay por lo menos una alusión muy clara a la Parusía en la cual el apóstol habla de la esperada consumación.
LA MANIFESTACIÓN DE CRISTO SE APROXIMA
Col. 3:4. "Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados en él en gloria".
Aquí encontramos una clara alusión al mismo acontecimiento y al mismo período que en Rom. 8:19, es decir, "la manifestación de los hijos de Dios". En ambos pasajes, es evidente que esta manifestación se concibe como cercana. En realidad, en Rom. 8:18 se afirma expresamente que es así; la gloria está "a punto de ser revelada", mientras que aquí en Colosenses los discípulos son representados como "muertos", y esperando la vida y la gloria que recibirían a la revelación de Jesucristo, o sea, en la Parusía. Es inconcebible que el apóstol pueda hablar en términos tales de un suceso lejano; su cercanía es, evidentemente, uno de los elementos de su exhortación de que debían "poner el corazón en las cosas de arriba, no en las de la tierra". ¿Hemos de suponer que todavía están en un estado de muerte, que su vida todavía está escondida? Pero su vida y su gloria están representadas como contingentes con la "manifestación de Jesucristo".
LA IRA VENIDERA
Col. 3:6. "Cosas [la idolatría, entre otras] por las cuales la ira de Dios viene".
La conclusión precedente (con respecto a la cercanía de la gloria venidera) está confirmada por la referencia del apóstol a la cercanía de la ira venidera. La cláusula "sobre los hijos de desobediencia" no se encuentra en algunos de los manuscritos más antiguos, y es omitida por Alford. Probablemente ha sido añadida de Efe. 5:6. Tomando el pasaje como está, hay algo muy sugestivo y enfático en su afirmación: "Viene la ira de Dios". Hay un contraste inconfundible entre "la gloria venidera del pueblo de Dios" y "la ira venidera" sobre sus enemigos. No menos clara es la alusión a la "ira venidera" profetizada por Juan el Bautista, y a la cual con tanta frecuencia se refieren nuestro Señor y sus apóstoles. Tanto la gloria como la ira están "a punto de ser reveladas"; coinciden con la Parusía de Cristo, y las iglesias apostólicas estaban en constante expectación de la pronta manifestación de ambas.
LA PARUSÍA EN LAS EPÍSTOLAS APOSTÓLICAS
EN LA EPÍSTOLA A LOS EFESIOS
LA ECONOMÍA DE LA PLENITUD DE LOS TIEMPOS

Efe. 1:9,10. "Dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra", etc.
Aunque este pasaje no afirma nada directamente con respecto a la cercanía de la Parusía, tiene una relación directa con el acontecimiento en sí. El campo de investigación que abre es ciertamente demasiado amplio para que lo exploremos ahora, pero no podemos pasarlo por alto por completo. Este es un tema en el que al apóstol le encanta espaciarse, y en ninguna parte se espacia con más entusiasmo que en esta epístola. Por lo tanto, puede suponerse que, por muy oscuro que nos parezca en algunos respectos, no era ininteligible para los cristianos de Éfeso, ni para aquellos a los cuales se les envió esta epístola, porque, como bien observa Paley, nadie escribe ininteligiblemente a propósito. También podemos esperar encontrar alusiones al mismo tema en otras partes de los escritos del apóstol, que pueden servir para dilucidar dichos oscuros en este pasaje.
Hay dos preguntas que surgen del pasaje que tenemos delante: (1) ¿Qué se quiere decir con "reunir todas las cosas en Cristo"? (2) ¿Cuál es el período designado como "la dispensación del cumplimiento de los tiempos", en el cual ha de tener lugar este "reunir todas las cosas en Cristo"?
1. Con respecto al primer punto, recibimos gran ayuda de la expresión que el apóstol emplea en relación con él, es decir, "el misterio de su voluntad". Esta es una palabra favorita de Pablo al hablar de ese nuevo y maravilloso descubrimiento que nunca dejó de llenar su alma de adoración, gratitud y alabanza - la admisión de los gentiles a todos los privilegios de la nación del pacto. Es difícil para nosotros formarnos un concepto del sobresalto, la sorpresa y la incredulidad que causó en las mentes de los judíos el anuncio de semejante revolución en la administración divina. Sabemos que ni siquiera los apóstoles estaban preparados para ella, y que fue con algo parecido a la duda y la sospecha con que, por fin, cedieron a la abrumadora evidencia de los hechos: "¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida!" (Hechos 11:18). Pero, para el apóstol a los gentiles, este era el glorioso estatuto de la emancipación universal. De entre todos los hombres, él vio con la mayor claridad su belleza y su gloria divinas, su trascendente misterio y maravilla. Vio las barreras de separación entre judíos y gentiles, la antipatía entre las razas, "la pared intermedia de separación", derribadas por Cristo, y una gran familia y una hermandad formada por todas las naciones, y tribus, y pueblos, y lenguas, bajo el poder reconciliador y unificador de la sangre expiatoria. No podemos equivocarnos, pues, al entender este misterio de "reunir todas las cosas en Cristo" como el mismo que se explica más plenamente en el capítulo 3:5,6, "misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio". Esta es la unificación, "el resumen", o consumación [], a la cual el apóstol se refiere con tanta frecuencia en esta epístola: "hacer de ambos pueblos uno sólo"; "crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre"; "reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo" (Efe. 2:14,15,16). Este era el gran secreto de Dios, que había estado oculto a las pasadas generaciones, pero que ahora era revelado a la admiración y la gratitud del cielo y la tierra.
Pero, puede preguntarse, ¿cómo puede el hecho de recibir a los gentiles en los privilegios de Israel ser llamado la reunión de todas las cosas, tanto las que están en los cielos como las que están en la tierra?
Algunos críticos muy capaces han supuesto que las palabras cielo y tierra en éste y en otros pasajes deben entenderse en un sentido limitado y, por decirlo así, técnico. Para la mente judía, la nación del pacto, el pueblo peculiar de Dios, podría ser llamado apropiadamente "celestial", mientras que los degenerados gentiles, que estaban fuera del pacto, pertenecían a una condición inferior, terrenal. Esta es la posición de Locke en su nota sobre este pasaje:
"Que Pablo debió usar "cielo" y "tierra" para los judíos y los gentiles no se considerará tan extraño si consideramos que Daniel mismo se refiere a la nación de los judíos con el nombre de "cielo" (Dan. 8:10). Ni quiere un ejemplo de ello en nuestro Salvador mismo, quien (Luc. 21:26) con "las potencias de los cielos" quiere significar claramente los grandes hombres de la nación judía. Ni es éste el único lugar en esta epístola de Pablo a los Efesios que lleva esta interpretación de cielo y tierra. Quien lea los primeros quince versículos del cap. 3 y sopese las expresiones cuidadosamente, y observe la dirección del pensamiento del apóstol en ellos, no encontrará que hace violencia manifiesta al sentido de Pablo si por "familia en los cielos y en la tierra" (ver. 15) entiende el cuerpo unido de cristianos, compuesto de judíos y gentiles, que todavía viven promiscuamente entre estas dos clases de pueblos que continuaron en su incredulidad. Sin embargo, no estoy seguro de esta interpretación, sino que la ofrezco como una cuestión de investigación a los que creen que una búsqueda imparcial del verdadero significado de las Sagradas Escrituras es la mejor forma de emplear el tiempo de que disponen".
Es en favor de esta interpretación de "cielo y tierra" que estas expresiones deben aparentemente ser tomadas en un sentido restringido similar en otros pasajes en que ocurren. Por ejemplo: "Hasta que pasen el cielo y la tierra" (Mat. 5:18); "el cielo y la tierra pasarán" (Luc. 21:33). En el primero de estos pasajes, el contexto muestra que es imposible que se refiera a la disolución final de la creación material, porque eso afirmaría la perpetuidad de cada jota y cada tilde de lo que hace mucho tiempo fue abrogado y anulado. Debemos, pues, entender, el "pasar el cielo y la tierra" en un sentido tópico. Un expositor juicioso hace las siguientes observaciones sobre este pasaje:
"Una persona completamente familiarizada con la fraseología del Antiguo Testamento sabe que la disolución de la economía mosaica y el establecimiento de la cristiana a menudo se entiende como la desaparición de la antigua tierra y los antiguos cielos, y la creación de una nueva tierra y unos cielos nuevos. (Véase Isa. 65:17 y 66:22). El período de terminación de una dispensación y el comienzo de la otra se describe como "los últimos días" y "el fin del mundo", y como una conmoción tal de la tierra y los cielos que conduciría a la destrucción de las cosas conmocionadas (Hag. 2:6; Heb. 14:26,27)".
Parece, pues, que hay justificación bíblica para entender "las cosas que están en los cielos y las que están en la tierra" en el sentido indicado por Locke, judíos y gentiles. Es posible, sin embargo, que las palabras apunten a una comprensión más amplia y a una consumación más gloriosa. Ellas pueden indicar que la raza humana, separada de Dios y de todos los seres santos, y dividida por la mutua enemistad y el mutuo alejamiento, estaba destinada, por el misericordioso de Dios, a unirse nuevamente, bajo una Cabeza común, el Señor Jesucristo, con el único Dios y Padre de la humanidad, y con todos los seres santos y felices en el cielo. Según este punto de vista, todo el universo inteligente habría de ser puesto bajo un dominio, el de Dios Padre, por medio de su Hijo Jesucristo. Esta es la mayor consumación que se nos presenta en otras tantas formas en el Nuevo Testamento. Es la "regeneración" [] de Mat. 19:28; los "tiempos de refrigerio" []; y "los tiempos de la restauración de todas las cosas" [] de Hechos 3:19,21; "la sujeción de todas las cosas a Cristo" de 1 Cor. 15:28; la "reconciliación de todas las cosas con Dios" [] de Col. 1:20; el "tiempo de reforma" [] de Heb. 9:10; el " " -- "la nueva era" -- de Efe. 1:21. Todas éstas son sólo diferentes formas y expresiones de la misma cosa, y todas apuntan a la misma gran era venidera; y, sin titubear, a esta categoría podemos asignar la frase "la dispensación de la plenitud de los tiempos", y "reunir todas las cosas en Cristo".
Antes de que este dominio universal del Padre pudiese ser asumido y proclamado públicamente, era necesario que la relación exclusiva y limitada de Dios con una sola nación fuera reemplazada por una mejor y abolida. Por lo tanto, la teocracia debía ser hecha a un lado, para hacer lugar para la paternidad universal de Dios: "para que Dios pudiese ser todo en todos".
2. La siguiente pregunta que debemos considerar es: ¿Tenemos alguna indicación del período en el cual tendría lugar esta consumación?
Tenemos las más explícitas afirmaciones sobre este punto; pues, casi todas las designaciones del acontecimiento nos permiten fijar el tiempo. La regeneración es "cuando el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria"; los tiempos de la "restitución de todas las cosas" son cuando "Dios envíe a Jesucristo"; la "sujeción de todas las cosas a Cristo" es "en su venida" y "en el fin". En otras palabras, todos estos sucesos coinciden con la Parusía; y éste, por lo tanto, es el período de la "reunificación de todas las cosas" bajo Cristo.
Llegamos a la misma conclusión a partir de la frase "la dispensación de la plenitud de los tiempos". Una dispensación es una disposición u orden de cosas, y parece equivaler a la frase , o pacto. La dispensación o economía mosaica es designada como el "pacto antiguo" (2 Cor. 3:14), en contraste con el "nuevo pacto", o la "dispensación del evangelio". El "pacto antiguo" o la antigua economía es representada como "decadente, que envejece, y está próxima a desaparecer" -- es decir, la dispensación mosaica estaba a punto de ser abolida, y de ser reemplazada por la dispensación cristiana (Heb. 8:13). Algunas veces, de la era o economía judía se habla como de esta era, la era presente [,]; y de la dispensación cristiana o del evangelio, como de "la era venidera", y "el mundo por venir" [,] (Efe. 1:21; Heb. 2:5). Al fin de la era o economía judía se le llama "el fin del tiempo" [], y es razonable concluir que el fin de lo antiguo es el comienzo de lo nuevo. Se sigue, por lo tanto, que la economía de la plenitud de los tiempos es ese estado u orden de cosas que sucede y reemplaza inmediatamente a la antigua economía judía. La dispensación de la plenitud de los tiempos es la dispensación final, la corona; el "reino que no puede ser movido"; "el mejor pacto, establecido sobre mejores promesas". Entonces, puesto que la antigua economía fue finalmente hecha a un lado y abrogada en la destrucción de Jerusalén, llegamos a la conclusión de que la nueva era, o la "dispensación de la plenitud de los tiempos", recibió su inauguración solemne y pública en el mismo período, que coincide con la Parusía.
EL DÍA DE REDENCIÓN
Efe. 1:13,14. "El Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida".
Efe. 4:30. "El Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención".
Estos dos pasajes apuntan obviamente al mismo suceso y al mismo período. ¿Cuál es la redención de que se habla aquí -- la redención de la posesión adquirida? El antiguo Israel es llamado la herencia de Jehová (Deut. 32:9); y del pueblo de Dios se dice que es su herencia (Efe. 1:11, traducción de Alford). Aquí, sin embargo, no es la herencia de Dios, sino nuestra herencia, a la que se hace referencia; y esa herencia todavía no está en posesión, sino en perspectiva; la prenda o las arras de ella (es decir, el Espíritu Santo) habiendo sido recibidas. Por tanto, nos vemos obligados a entender por herencia la futura gloria y felicidad que esperan al cristiano en el cielo. Esta, entonces, es la herencia, y también la posesión adquirida, porque ambas se refieren a la misma cosa. Obviamente, es algo futuro, pero no distante, pues ya ha sido adquirido, aunque todavía no ha sido poseído. Guardaba la misma relación para los cristianos de Éfeso que la tierra de Canaán para los antiguos israelitas en el desierto. Era el reposo prometido, al cual esperaban vivir para entrar. El día en que el Señor Jesús se revelase desde el cielo era el día de redención que las iglesias apostólicas esperaban. Nuestro Señor había predicho las señales de la aproximación de ese día. "Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca". También había declarado que la generación actual no pasaría hasta que todo se hubiese cumplido. (Luc. 21:28,32). El día de redención, pues, se acercaba, según ellos.
De la misma manera, Pablo, escribiendo a los cristianos en Roma, habla del ansioso anhelo con el cual "esperaban la adopción o la redención de su cuerpo de la esclavitud de la corrupción" Rom.- 8:23). Este pasaje es precisamente paralelo a Efe. 1:14 y a 4:30. Hay la misma herencia, las mismas arras de ella, la misma redención plena en perspectiva. El cambio del cuerpo material y mortal en un cuerpo incorruptible y espiritual era parte importante de la herencia. Esto es lo que el apóstol y sus conversos esperaban en la Parusía. El día de redención, pues, coincide con la Parusía.
LA EDAD PRESENTE Y LA QUE VIENE
Efe. 1:21. "No sólo en este siglo, sino también en el venidero".
A menudo, hemos tenido ocasión de hacer notar el correcto sentido de la palabra , tan a menudo traducida "mundo". Locke observa: "Puede que valga la pena considerar si no tendría normalmente un significado más natural en el Nuevo Testamento interpretarla como un período de tiempo de duración considerable, pasando por debajo de alguna dispensación notable". Según el apóstol, había por lo menos dos grandes períodos, o edades: una, la presente, pero que se acercaba a su fin; la otra, futura, y que estaba a punto de comenzar. La primera era el actual orden de cosas bajo la ley mosaica; la segunda era la época nueva y gloriosa que habría de ser inaugurada por la Parusía.
LOS SIGLOS [EONES] VENIDEROS
Efe. 2:7. "Para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gloria".
Conybeare y Howson hacen la siguiente observación sobre este pasaje:
"En los siglos venideros"; es decir, el tiempo del perfecto triunfo de Cristo sobre el mal, siempre contemplado en el Nuevo Testamento como "cercano".
Quizás sería más correcto decir que se refiere a la cercana salvación de estos creyentes gentiles, y su glorificación con Cristo; porque esta es la consumación que es contemplada siempre en el Nuevo Testamento como cercana (Rom. 13:11).
LA PARUSÍA EN LAS EPÍSTOLAS APOSTÓLICAS:
EN LA EPÍSTOLA A LOS FILIPENSES
El Día de Cristo
Fil. 1:6. "El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo".
Fil. 1:10. "A fin de que seáis sinceros e irreprensibles para el día de Cristo".
Evidentemente, el día de Cristo es considerado por el apóstol como la consumación de la disciplina moral y el período de prueba de los creyentes. No puede haber duda de que él tiene en mente el día de la venida del Señor, cuando Él "dé a cada uno según sus obras". Suponiendo que el día de Cristo esté todavía en el futuro, se deduce que la disciplina moral de los filipenses no se ha completado todavía; que su tiempo de prueba no ha concluído; y que la buena obra comenzada en ellos todavía no ha sido perfeccionada.
La nota de Alford sobre este pasaje (cap. 1:6) merece ser notada: "Esto supone la cercanía de la venida del Señor. Aquí, como en otros lugares, los comentaristas han tratado de escapar de esta inferencia", etc. Esto es justo; pero la inferencia del propio Alford, de que Pablo estaba errado, es igualmente insostenible.
LA EXPECTACIÓN DE LA PARUSÍA
Fil. 3:20,21. "Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya", etc.
Estas palabras dan testimonio decisivo de la expectación acariciada por el apóstol, y por los cristianos de su tiempo, acerca de la pronta venida del Señor. No era la muerte lo que esperaban, como nosotros, sino lo que sorbería la muerte en victoria: la transformación que superaría la necesidad de morir. La nota de Alford sobre este pasaje es como sigue:
"Las palabras presuponen, como Pablo siempre lo hace cuando habla incidentalmente, que él sobreviviría para presenciar la venida del Señor. El cambio del polvo de la tierra en la resurrección, como quiera que acomodemos la expresión a él, no estaba originalmente contemplado por él".
CERCANÍA DE LA PARUSÍA
Fil. 4:5. "El Señor está cerca".
Aquí el apóstol repite la bien conocida consigna de la iglesia primitiva: "El Señor está cerca", equivalente al "Maranatha" de 1 Cor. 16:22. Dudar de su plena convicción de la cercanía de la venida de Cristo es incompatible con el debido respeto al claro significado de las palabras; poner esta convicción como un error es incompatible con el debido respeto por su autoridad e inspiración apostólicas.
LA PARUSÍA EN LAS EPÍSTOLAS APOSTÓLICAS:
EN LA PRIMERA EPÍSTOLA A TIMOTEO
LA APOSTASÍA DE LOS ÚLTIMOS DÍAS

1 Tim. 4:1-3. "Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios; por la hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia, prohibirán casarse, y mandarán abstenerse de alimentos que Dios creó para que con acción de gracias participasen de ellos los creyentes y los que han conocido la verdad".
Una de las señales que nuestro Señor predijo que estaría entre las precursoras de la gran catástrofe que habría de abrumar al sistema y al pueblo judíos era la general y ominosa apostasía de la fe, que se manifestaría entre los profesos discípulos de Cristo. La referencia de nuestro Señor a esta apostasía, aunque clara y directa, no es tan minuciosa y detallada como la descripción que de ella encontramos en las epístolas de Pablo; de aquí que infiramos, como también sugiere el lenguaje del primer versículo de este capítulo, que a los apóstoles se les habían hecho las subsiguientes revelaciones de su naturaleza y sus características. En 2 Tesa. 2:3, Pablo la designa como "la apostasía" que rápidamente presenta los lineamientos del "hombre de pecado". Ya hemos señalado la diferencia entre "la apostasía" y "el hombre de pecado", y que confundirlos ha sido un error común, pero egregio. En la secuela, descubriremos que la descripción que Pablo hace de la apostasía es tan minuciosa como la que hace del "hombre de pecado", para permitirnos a la una tan rápidamente como al otro.
El primer punto que será bueno establecer es el período de la apostasía; es decir, el tiempo en que se habría de declarar. Se dice que ocurriría "en los postreros tiempos" [enusteroizkairoiz], una expresión que, tomada en sí misma, podría parecer algo indefinida, pero que, cuando se la compara con otras frases similares, se encontrará sin duda que denota un período específico y definido, bien entendido por Timoteo y todas las iglesias apostólicas. Será conveniente poner juntos todos los pasajes que se refieren a esta época trascendental y crítica, que eran la meta y el término hacia los cuales, según lo muestra el Nuevo Testamento, se apresuraban rápidamente todas las cosas.
TABLA ESCATOLÓGICA, O SINOPSIS, DE LOS PASAJES RELATIVOS A LOS POSTREROS TIEMPOS
El Fin del Siglo
Mat. 3:39. "La siega es el fin del siglo". Mat. 13:40. "Así será en el fin de este siglo". Mat. 13:49. "Así será al fin del siglo". Mat. 24:3. "¿Qué señal habrá de tu venida [parousia] y del fin del siglo?" Mat. 28:20. "He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del siglo". Heb. 9:26. "Pero ahora, en la consumación de los siglos" [tvnaiwnwn].
El Fin
Mat. 10:22. "El que persevere hasta el fin, éste será salvo". Mat. 24:6. "Pero aún no es el fin" (Mar. 13:9; Luc. 21:9). Mat. 24:13. "Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo" (Mar. 13:13). Mat. 24:14. "Y entonces vendrá el fin". 1 Cor. 1:8. "El cual también os confirmará hasta el fin". 1 Cor. 10:11. "A quienes han alcanzado los fines de los siglos". 1 Cor. 15:24. "Luego el fin". Heb. 3:6. "Firme hasta el fin". Heb. 3:14. "Firme hasta el fin". Heb. 6:11. "La misma solicitud hasta el fin". 1 Ped. 4:7. "El fin de todas las cosas se acerca". Apoc. 2:26. "El que guardare mis obras hasta el fin".
Los Postreros Tiempos, Los Postreros Días, etc.
1 Tim. 4:1. "En los postreros tiempos algunos apostatarán" [enusteroizkairoz]. 2 Tim. 3:1. "En los postreros días vendrán tiempos peligrosos" [enescataizhmeraiz]. Heb. 1:2. "En estospostreros días [Dios] nos ha hablado" [epescatoutvnhmerwntoutwn]. Sant. 5:3. "Habéis acumulado tesoros para los días postreros" [enescataizhmeraiz]. 1 Ped. 1:5. "La salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero" [enkairyescaty]. 1 Ped. 1:20. "Manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros" [epescatoutvncronwn]. 2 Ped. 3:3. "En los postreros días vendrán burladores" [epescatoutvnhmerwn]. 1 Juan 2:18. "Ya es el último tiempo" [escathwra]. Judas 18. "En el postrer tiempo habrá burladores" [enescatycrony].
FRASES EQUIVALENTES QUE SE REFIEREN AL MISMO PERÍODO
El Día
Mat. 25:13. "No sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir". Luc. 17:30. "El día en que el Hijo del Hombre se manifieste". Rom. 2:16. "El día en que Dios juzgará por Jesucristo". 1 Cor. 3:13. "El día la declarará".
Aquel Día
Heb. 10:25. "Cuanto veis que aquel día se acerca". Mat. 7:22. "Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor". Mat. 24:36. "Pero del día y la hora nadie sabe". Luc. 10:12. "En aquel día será más tolerable el castigo para Sodoma". Luc. 21:34. "Y venga de repente sobre vosotros aquel día". 1 Tes. 5:4. "Para que aquel día os sorprenda como ladrón". 2 Tes. 2:3. "[Aquel día] no vendrá sin que antes venga la apostasía". 2 Tim. 1:12. "Poderoso para guardar mi depósito para aquel día". 2 Tim. 1:18. "Halle misericordia cerca del Señor en aquel día". 2 Tim. 4:8. "La cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día".
El Día del Señor
Hech. 2:20. "Antes que venga el día del Señor". 1 Cor. 1:8. "Para que seáis irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo". 1 Cor. 5:5. "A fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús". 2 Cor. 1:14. "Para el día del Señor Jesús". Fil. 2:16. "Para que en el día de Cristo yo pueda gloriarme". 1 Tes. 5:2. "El día del Señor vendrá así como ladrón en la noche".
El Día de Dios
2 Ped. 3:12. "Apresurándoos para la venida del día de Dios".
El Gran Día
Judas 6. "Para el juicio del gran día". Apoc. 6:17. "El gran día de su ira ha llegado". Apoc. 16:14. "A la batalla de aquel gran día".
El Día de la Ira
Rom. 2:5. "Atesoras para tí mismo ira para el día de la ira". Apoc. 6:17. "El gran día de su ira ha llegado".
El Día del Juicio
Mat. 10:15. "En el día del juicio será más tolerable el castigo ..." Mat. 11:22. "En el día del juicio será más tolerable el castigo ..." Mat. 11:24. "En el día del juicio será más tolerable el castigo ..." Mat. 12:36. "De ella darán cuenta en el día del juicio". 2 Ped. 2:9. "Para ser castigados en el día del juicio". 2 Ped. 3:7. "Guardados para el fuego en el día del juicio". 1 Juan 4:17. "Para que tengamos confianza en el día del juicio".
El Día de la Redención
Efe. 4:30. "Sellados para el día de la redención".
El Día Postrero
Juan 6:39. "Sino que lo resucite en el día postrero". Juan 6:40. "Yo le resucitaré en el día postrero". Juan 6:44. "Yo le resucitaré en el día postrero". Juan 6:54. "Yo le resucitaré en el día postrero". Juan 11:24. "Resucitará en la resurrección, en el día postrero".
Una comparación de estos pasajes mostrará que:
1. Todos se refieren al mismo período y sólo a él - cierto tiempo definido y específico. 2. Todos presuponen o afirman que el período en cuestión no está muy distante. 3. El límite más allá del cual no es permisible ir para establecer el período llamado "los últimos tiempos" está indicado en las Escrituras del Nuevo Testamento, o sea, la duración de la vida de la generación que rechazó a Cristo. 4. Esto nos trae al período de la destrucción de Jerusalén, como el que marca "el fin del siglo", "el día del Señor", "el fin". Es decir, la venida del Señor, o la Parusía.
DESCRIPCIÓN DE LA APOSTASÍA
Habiendo puesto juntos en un solo cuadro los pasajes que hablan del período de la apostasía, es apropiado seguir un método similar con respecto a los pasajes que describen las características y la naturaleza de la apostasía misma. Esta fatal defección arroja su sombra oscura sobre todo el campo de la historia del Nuevo Testamento, desde el discurso profético de nuestro Señor en el Monte de los Olivos, y aún antes, hasta el Apocalipsis de Juan. Es instructivo observar cómo, al aproximarse el tiempo de su desarrollo y su manifestación, la sombra se vuelve más y más oscura, hasta que alcanza las más profundas tinieblas en la revelación del anticristo.
SINOPSIS DE LOS PASAJES RELATIVOS A LA APOSTASÍA EN LOS POSTREROS TIEMPOS
1. La apostasía, predicha por nuestro Señor
 Falsos profetasMateo 7:15"Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces".ÍdemMateo 7:22"Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre?", etc.Falsos CristosMateo 24:5"Vendrán muchos en mi nombre, y a muchos engañarán".Falsos profetasMateo 24:11"Y muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos".Falsos Cristos y falsos profetasMateo 24:24"Se levantarán falsos Cristos y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios".Apostasía generalMateo 24:10"Muchos tropezarán, y se entregarán unos a otros, y unos a otros se aborrecerán".Mateo 24:12"Por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará".
2. La apostasía, predicha por Pablo
 Falsos maestrosHechos 20:29,30"Yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras de sí a los discípulos".La apostasía2 Tesa. 2:3"No vendrá sin que antes venga la apostasía".Falsos apóstoles2 Cor. 11:13,14"Éstos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo. Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz".Falsos maestrosGál. 1:7"Hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo".Falsos hermanosGál. 2:4"Falsos hermanos introducidos a escondidas".Engañadores y cismáticosRom. 16:17,18"Fijaos en los que causan divisiones y tropiezos contra la doctrina que habéis aprendido, y apartaos de ellos. Tales personas no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a sus propios vientres, y con suaves palabras y lisonjas engañan los corazones de los ingenuos". Falsos maestrosCol. 2:8"Mirad que nadie os engañe con filosofías y huecas sutilezas". ÍdemCol. 2:18"Nadie os prive de vuestro premio, afectando humildad y culto a los ángeles". Maestros judaizantesFil. 3:2"Guardaos de los perros; guardaos de los malos obreros, guardaos de los mutiladores del cuerpo". Enemigos de la cruzFil. 3:18"Por ahí andan muchos, de los cuales os dije muchas veces ... que son enemigos de la cruz de Cristo". SensualistasFil. 3:19"El fin de los cuales será perdición, cuyo dios es el vientre".Falsos maestros1 Tim. 1:3,4"Manda a algunos que no enseñen diferente doctrina, ni presten atención a fábulas y genealogías interminables". Judaizantes1 Tim. 1:6,7"Algunos se apartaron y se desviaron a vana palabrería, queriendo ser doctores de la ley", etc. Apóstatas1 Tim. 1:19"Algunos desecharon y no mantuvieron la fe y y buena conciencia, y naufragaron". Mentirosos e hipócritas1 Tim. 4:1,2"Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios; por la hipocresía de mentirosos que tienen cauterizada la conciencia". Falsos maestros1 Tim. 4:3"Prohibirán casarse, y mandarán abstenerse de alimentos que Dios creó..."Ídem1 Tim. 6:20,21"Evita las profanas pláticas sobre cosas vanas, y los argumentos de la falsamente llamada ciencia, la cual profesando algunos, se desviaron de la fe". Ídem2 Tim 2:16-18"Mas evita profanas y vanas palabrerías, porque conducirán más y más a la impiedad. Y su palabra carcomerá como gangrena; de los cuales son Himeneo y Fileto, que se desviaron de la verdad, diciendo que la resurrección ya se efectuó, y trastornan la fe de algunos". Inmoralidad de la apostasía2 Tim. 3:1-6,8"También debes saber esto; que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella ... Porque de éstos son los que se meten en las casas y llevan cautivas a las mujercillas cargadas de pecados", etc. "Hombres corruptos de entendimiento, réprobos en cuanto a la fe". Falsos maestros2 Tim. 3:13"Los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados".Ídem.2 Tim. 4:3,4"Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que, teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas". Maestros judaizantesTito 1:10"Porque hay aún muchos contumaces, habladores de vanidades y engañadores, mayormente los de la circuncisión".ÍdemTito 1:14"No atendiendo a fábulas judaicas, ni a mandamientos de hombres que se apartan de la verdad". InmoralesTito 1:16"Profesan conocer a Dios, pero con los hechos lo niegan, siendo abominables y rebeldes, reprobados en cuanto a toda buena obra".
3. La apostasía, predicha por Pedro
 Falsos maestros2 Ped. 2:1"Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina". Inmoralidad de la apostasía2 Ped. 2:10,13,14"Aquellos que, siguiendo la carne, andan en concupiscencia e inmundicia, y desprecian el señorío. Atrevidos y contumaces, no temen decir mal de las potestades superiores ... Estos son inmundicias y manchas, quienes aun mientras comen con vosotros, se recrean en sus errores", etc. Burladores2 Ped. 3:3"Sabiendo primero esto, que en los postreros días vendrán burladores, andando según sus propias concupiscencias".
4. La apostasía, predicha por Judas
 Falsos maestrosJudasVéase 2 Ped. Ped. 2.
5. La apostasía, predicha por Juan
 El anticristo, los apóstatas1 Juan 2:18,19"Hijitos, ya es el último tiempo; y según vosotros oísteis que el anticristo viene, así ahora han surgido muchos anticristos; por esto conocemos que es el último tiempo. Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros". El anticristo1 Juan 2:22"¿Quién es el mentiroso, sino el que niga que Jesús es el Cristo? Este es anticristo, el que niega al Padre y al Hijo".Falsos maestros1 Jun 2:26"Os he escrito esto sobre los que os engañan".Falsos profetas1 Juan 4:1"Muchos falsos profetas han salido por el mundo".El anticristo1 Juan 4:3"Todo espíritu que confiesa que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo". Los engañadores y el anticristo2 Juan, ver. 7"Porque muchos engañadores han salido por el mundo, que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne. Quien esto hace es el engañador y el anticristo". CONCLUSIONES RELATIVAS A LA APOSTASÍA
Por una consideración y una comparación de estos pasajes, se echa de ver que:
1. Todos se refieren a la misma gran defección de la fe, designada por Pablo como "la apostasía". 2. Esta apostasía sería general y extendida. 3. Estaría marcada por una extremada depravación moral, particularmente por pecados de la carne. 4. Estaría acompañada por pretensiones de poder milagroso. 5. Sería mayormente, si no principalmente, judía en su natualeza. 6. Rechazaría la encarnación y la divinidad del Señor Jesucristo; es decir, sería el anticristo predicho. 7. Alcanzaría su pleno desarrollo en los "postreros tiempos", y sería la precursora de la Parusía.
Habiendo así echado un vistazo general a la doctrina del Nuevo Testamento concerniente a la apostasía, sólo queda tomar nota de algunas objeciones que se puedan hacer a las conclusiones que anteceden.
1. Puede preguntarse: ¿Qué evidencia tenemos de que tales errores y herejías prevalecían en los tiempos apostólicos? La respuesta es: El Nuevo Testamento mismo proporciona la prueba. Los males que descritos por Pablo como futuros están representados por Pedro y por Juan como presentes en la actualidad. Las características de la apostasía como las presenta uno son precisamente las descritas por los otros. El ascetismo y la inmoralidad son conspicuos en los bosquejos proféticos que Pablo hace de la apostasía, y encontramos las mismas características en las descripciones históricas que hacen Pedro y Juan.
2. Puede objetarse que el período llamado "los postreros tiempos", o "los últimos días", no se describe estrictamente y puede, por lo que sabemos, ser todavía futuro.
Pero, en primer lugar, los mandatos que Pablo da a Timoteo implican claramente que no era un mal distante, sino presente, o en todo caso inminente, del cual él hablaba. Es manifiesto que los síntomas de la apostasía ya habían comenzado a mostrarse, y que todo el tenor de la exhortación del apóstol implica que los males especificados serían observados por Timoteo (1 Tim. 6:20,21).
Nada puede ser más seguro que los apóstoles consideraban que ellos vivían en "los postreros tiempos". En la secuela, tendremos ocasión de ver esto claramente demostrado. Mientras tanto, puede observarse que todos los pasajes dispuestos bajo el encabezado "Los Postreros Tiempos" en nuestra tabla escatológica se refieren a la misma gran crisis. Era "el fin de las edades" [sunteleiatouaivnoz], de lo cual nuestro Señor hablaba tan a menudo. La apostasía era la predicha precursora del fin.
TIMOTEO Y LA PARUSÍA
1 Tim. 6:14,15. "[Te encargo] que guardes el mandamiento sin mácula ni reprensión, hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo, la cual a su tiempo mostrará", etc.
Esto implica que Timoteo podría esperar vivir hasta que aquel suceso tuviese lugar. El apóstol no dice: "Guarda este mandamiento entre tanto que vivas", ni "Guárdalo hasta tu muerte", sino "hasta la aparición de Jesucristo". Estas expresiones no son en modo alguno equivalentes. La "aparición" [epifaneia] es idéntica a la Parusía, un suceso que Pablo y Timoteo creían por igual que estaba cerca.
La nota de Alford sobre este versículo es eminentemente insatisfactoria. Después de citar la observación de Bengel de que "los fieles en la era apostólica estaban acostumbrados a esperar el día de Cristo como aproximándose; mientras que nosotros estamos acostumbrados a esperar el día de la muerte de la misma manera", continúa diciendo:
"Podemos decir con justicia que, cualquier impresión traicionada por las palabras de que la venida del Señor ocurriría durante la vida de Timoteo, queda depurada y corregida por la expresión kairoizidioiz [su propio tiempo] del versículo siguiente".
¡En otras palabras, la errónea opinión de una oración es corregida por la cautelosa vaguedad de la siguiente! ¿Es posible aceptar tal declaración? ¿Hay algo en kairoizidioiz que justifique tal comentario? ¿O es tal estimación del lenguaje del apóstol compatible con una creencia en su inspiración? No fue ninguna "impresión" lo que el apóstol "traicionó", sino una convicción y una certeza fundadas en las expresas promesas de Cristo y las revelacions de su Espíritu.
No menos digna de excepción es la reflexión con que concluye:
"Por pasajes como éste vemos que la era apostólica sostenía lo que debería ser la actitud de todas las épocas, una constante expectación por el regreso del Señor".
Pero, si esta expectación no era más que una falsa impresión, ¿no es la actitud de ellos más bien una advertencia que un ejemplo? Ahora vemos (suponiendo que la Parusía nunca tuvo lugar) que ellos acariciaban una vana esperanza y vivían en la creencia de un engaño. Y si estaban equivocados en ésta, la más confiada y acariciada de sus convicciones, ¿cómo podemos confiar en sus otras opiniones? Considerar a todos los apóstoles y cristianos primitivos como envueltos en un egregio engaño sobre un tema que ocupaba un lugar prominente en su fe y en su esperanza es asestar un golpe fatal a la inspiración y la autoridad del Nuevo Testamento. Cuando Pablo declaró, una y otra vez: "El Señor está cerca", no expresaba su opinión privada, sino que hablaba con autoridad como órgano del Espíritu Santo. Las observaciones de Alford pueden ser refutadas mejor con las palabras de su propio contrarreplicador al Profesor Jowett:
"¿Escribía o no escribía el apóstol bajo el poder de un espíritu mayor que el suyo propio? ¿Nos habla Dios o no nos habla en la Biblia en algún sentido o no? Si es verdad, de todos los pasajes es en éstos, que tratan con tanta confianza del futuro, en los que debemos reconocer la voz de Dios; si no tenemos a Dios en estos pasajes, entonces, ¿dónde debemos escuchar todo esto?"
Encontramos el mismo tono de disculpa en las observaciones del Dr. Ellicott sobre este pasaje:
"Puede admitirse, quizás, que los escritores sagrados han usado un lenguaje en referencia al regreso del Señor que parece mostrar que los anhelos de esperanza casi se habían convertido en convicciones de fe".
Sería extraño que las afirmaciones más claras, más fuertes, y más a menudo repetidas de la fe y la esperanza de Pablo produjeran en la mente de un lector una impresión tan débil de sus convicciones como ésta. Pero no hay titubeos en la declaración del apóstol; no es incertidumbre lo que él pronuncia; es con tono firme y confiado que exclama gozoso: "El Señor está cerca". No expresa sus propias conjeturas, ni su propia esperanza, ni sus propios anhelos, sino que transmite el mensaje que se le confió, y, como fiel testigo de Cristo, proclama por todas partes la pronta venida del Señor.
LA APOSTASÍA MANIFESTÁNDOSE YA
1 Tim. 6:20,21. "Oh, Timoteo, guarda lo que se te ha encomendado, evitando las profanas pláticas sobre cosas vanas, y los argumentos de la falsa llamada ciencia, la cual profesando algunos, se desviaron de la fe".
Es importante notar que, a partir de varios indicios en esta epístola, se ve que la defección de la fe que habría de caracterizar a los postreros días ya se había instalado. Pablo advierte a Timoteo contra los "falsos maestros" con sus "fábulas y genealogías interminables". Le advierte contra "los que naufragaron en cuanto a la fe", "los que deliran acerca de cuestiones y contiendas de palabras -- hombres corruptos de entendimiento y privados de la verdad". Evidentemente, estos "lobos con piel de oveja" ya estaban devorando el rebaño. Por lo tanto, ubicar la apostasía en una era post-apostólica es pasar por alto la obvia enseñanza de la epístola. Era un mal presente, no distante, lo que el apóstol desaprobaba: la peste había comenzado en el campamento.
LA PARUSÍA EN LA SEGUNDA EPÍSTOLA A TIMOTEO "AQUEL DÍA" - ES DECIR, LA PARUSÍA, ESPERADA
2 Tim. 1:12. "Es poderoso para guardar mi depósito para aquel día". 2 Tim. 1:18. "Concédale el Señor que halle misericordia cerca del Señor en aquel día". 2 Tim. 4:8. "La corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día".
En todos estos pasajes, la alusión es al "día del Señor", el día por excelencia; el día de su aparición; la Parusía.
Todo el tenor de estos pasajes indica que Pablo consideraba "aquel día" como muy cercano en ese momento. En espera de él, prorrumpe en júbilo triunfante, como si estuviese a punto de recibir la corona de victoria: "He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida". ¡Cuán evidentemente son esperados, como muy cercanos, todos estos sucesos: su propia partida, su corona, "aquel día", y la aparición del Señor! ¿Diremos que su espera era demasiado optimista? ¿Que el día todavía no ha llegado? ¿Que su corona todavía está guardada? ¿Que Onesíforo todavía no ha alcanzado misericordia? Esta suposición es increíble.
LA APOSTASÍA DE LOS "POSTREROS DÍAS", INMINENTE
2 Tim. 3:1-8. "También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita. Porque de éstos son los que se meten en las casas y llevan cautivas a las mujercillas cargadas de pecados, arrastradas por diversas concupiscencias. Éstas siempre están aprendiendo, y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad. Y de la manera que Janes y Jambres resistieron a Moisés, así también éstos resisten a la verdad; hombres corruptos de entendimiento, réprobos en cuanto a la fe".
Evidentemente, "los postreros días" de este pasaje son idénticos a "los postreros tiempos" de 1 Tim. 4:1. Esto es tan obvio que no necesita ninguna prueba. El intento de distinguir entre los "postreros" tiempos de un pasaje y el otro, que Bengel parece sancionar, es, pues, inútil. Es apenas necesario añadir que "los postreros días" eran los días del propio apóstol, el tiempo que era presente entonces. Él está hablando, no de un futuro distante, sino de un tiempo que ya comenzaba; porque es claro que él traza el cuadro de los caracteres descritos de la vida. Las indicaciones de la apostasía venidera ya eran evidentes. "De éstos son los que", etc. (vers. 6). Se supone que Timoteo se encontraría con aquellos tiempos, y con aquellos hombres malvados de los cuales le exhorta a alejarse. La siguiente nota de Conybeare y Howson se acerca mucho a la verdad, aunque no llega a la verdad total:
"Esta frase (escataizhmeraiz), usada sin el artículo, habiendo llegado a convertirse en una expresión familiar, denota por lo general la terminación de la dispensación mosaica. (Véase Hechos 2:17; 1 Ped. 1:5,20; Heb. 1:2). Por esta razón, la expresión generalmente denota (en la era apostólica) el tiempo presente; pero aquí apunta a un futuro inmediatamente cercano que está, sin embargo, fundido con el presente (véase ver. 6,8), y era, de hecho, el fin de la era apostólica. (Compárese con 1 Juan 2:18: "Este es el último tiempo". La larga duración de este último período del desarrollo mundial no les fue revelada a los apóstoles; ellos esperaban que el regreso de su Señor le pondría fin en su propia generación; y así se cumplieron las palabras de Jesús, de que nadie sabría el tiempo de su venida".
Esta explicación final es la que no puede admitir nadie que crea que los apóstoles hablaron y escribieron por el poder del Espíritu Santo; y, a pesar de la opinión casi unánime de sus críticos de que seguramente estaban errados, nosotros estamos con los apóstoles antes que con sus críticos.
El comentario de Alford sobre este pasaje se contradice dolorosamente, y muestra a qué cambios quedan reducidos los eruditos para salvar el crédito de los apóstoles cuando no pueden creer sus sencillas declaraciones. Dicen:
"Mayormente, el apóstol escribió y habló de ella (la venida del Señor) como que tendría lugar pronto, no sin muchas y suficientes señales, sin embargo, proporcionadas por el Espíritu, de un intervalo, no corto, que transcurriría primero".
Pero, ¿cómo ocurriría pronto un suceso, y sin embargo, ocurriría primero un período largo? O, ¿debemos suponer que el Espíritu Santo enseñó una cosa mientras los apóstoles escribían y hablaban otra? Si ellos dijeron lo que dijeron con respecto a la cercanía de la Parusía cuando en realidad no tenían ningún conocimiento ni ninguna revelación sobre el tema, claramente excedieron su comisión, y cometieron lo que la Palabra de Dios declara como uno de los pecados más presuntuosos -- añadieron a las palabras de la profecía que tenían la comisión de transmitir. Rechazamos la explicación en su totalidad. No sólo no es una explicación no natural, sino completamente inconsistente con cualquier teoría de inspiración de la palabra de Dios.
El pasaje que tenemos delante es sumamente importante para delinear el carácter de "la apostasía". La temida aparición ya había comenzado a revelarse, y es evidente que el apóstol la describe por haberla observado en realidad. Figelo y Hermógenes, que abandonaron al apóstol; Himeneo y Fileto, con su palabrería profana y vana; los serviles engañadores, que convertían en prosélitas a las mujeres débiles de mente; los hombres de mentes corruptas, réprobos en cuanto a la fe, que resistían a la verdad; éstos eran la vanguardia del ejército de langostas de "erroristas" y apóstatas que venían a cubrir y a devastar el hermoso rostro del cristianismo primitivo. Su aparición indicaba que "los postreros tiempos" habían llegado, y que la Parusía estaba cerca. Podemos suponer, a primera vista, que el horrible catálogo de réprobos contenido en los primeros versículos del capítulo 3 describe la corrupción general de la sociedad fuera de la iglesia cristiana, pero es demasiado evidente que el apóstol está aludiendo a hombres que una vez profesaron la fe de Cristo. Tenían una "forma de piedad", pero "su fe había naufragado", eran verdaderos "apóstatas".
Que esta "apostasía" de la verdad ya se había instalado, es evidente por las reiteradas exhortaciones y advertencias que el apóstol dirige a Timoteo. ¿Por qué hablaría con tan apasionada vehemencia si el mal no haría su aparición antes de veinte o cuarenta siglos? Es absurdo decir que Pablo escribía para beneficio de futuras edades. Él era verdaderamente un hombre que vivía en su propio tiempo, y escribía a un hombre de su propio tiempo con relación a cuestiones de interés actual y personal para ambos, como cualquiera de nosotros que ahora vertiéramos nuestros pensamientos en una carta para un amigo ausente. Hay una total irrealidad en cualquier otro punto de vista sobre las epístolas apostólicas. Es imposible leerlas sin sentir los latidos del corazón en cada línea; todo es vívido, intenso, vivo. No es un peligro distante, visto a través de la bruma de los siglos, sino un peligro que es instantáneo y urgente: el enemigo está a las puertas, y el veterano guerrero, a punto de hundirse en el campo de batalla, alienta al joven soldado a ser fiel y a resistir hasta el fin.
ESPERA DEL FIN QUE SE APROXIMA
2 Tim. 4:1,2. "Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina".
Encontramos asociados juntos en este pasaje, como sucesos contemporáneos, a la Parusía, el juicio, y el reino de Cristo. Todos ellos están conectados y relacionados en su naturaleza y en el tiempo de su ocurrencia. Encontramos la misma disposición de sucesos en Mat. 25:31. "Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones", etc.
Se afirma claramente la cercanía de esta consumación. No es, como dice nuestra Versión Autorizada [en inglés], "que juzgará", sino "que está a punto de juzgar" [toumellontozkrinein]. Una afirmación como ésta podría ser suficiente para zanjar la cuestión tanto en cuanto al hecho como en cuanto a la creencia del apóstol en el hecho, de que el tiempo de la Parusía estaba cerca. Pero, en lugar de una sola afirmación, tenemos el tenor uniforme y constante de la doctrina sobre el tema en el Nuevo Testamento entero. Los que dicen que los apóstoles estaban errados sobre este punto deben tener una "facultad verificadora" para distinguir entre los pronunciamientos inspirados de ellos y los que no lo eran. Si Pablo fue inspirado para escribir krinein , ¿no estaba igualmente inspirado para escribir mellontoz?
La inminencia de la Parusía explica el fervor con el cual el apóstol insta a Timoteo a hacer todos los esfuerzos para desempeñar los deberes de su posición. "Predica la palabra; insta a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina". Estos mandatos se emplean a veces para establecer la normal intensidad y urgencia con que la función pastoral debería desempeñarse (y nosotros no condenamos la aplicación); pero es claro que Pablo no está hablando de tiempos y esfuerzos ordinarios. Es la agonía de una crisis tremenda; el tiempo es corto; es ahora o nunca; victoria o muerte. Éstas no son frases comunes sobre el diligente desempeño del deber, sino la alarma del centinela que ve el enemigo a las puertas, y hace sonar la trompeta para avisar a la ciudad.

LA PARUSÍA EN LA EPÍSTOLA A TITO
EN ESPERA DE LA PARUSÍA
Tito 2:13. "Aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo".
Aquí encontramos nuevamente lo que hace tiempo hemos llegado a reconocer, la actitud habitual de los cristianos de la era apostólica, la expectación de la venida del Señor. Esta expectativa es inculcada como uno de los principales deberes cristianos, y se identifica con una vida sobria, justa, y piadosa. Esto implica que el acontecimiento era considerado como cercano, porque, ¿cómo podría derivarse un poderoso motivo para velar de una contingencia remota y desconocida en un futuro distante? O, ¿cómo podría ser deber de los cristianos "aguardar" lo que no ocurriría durante cientos o miles de años? Es evidente que el apóstol considera que la edad presente, tonnunaivna, está acercándose a su fin, y exhorta a los cristianos a vivir en la actitud de expectativa de la Parusía, que debía introducir el nuevo orden, "el aiwno melln".

LA PARUSÍA EN LAS EPÍSTOLAS APOSTÓLICAS
EN LA EPÍSTOLA A LOS HEBREOS

Está fuera del ámbito de esta investigación discutir la cuestión de quién escribió la Epístola a los Hebreos. Aunque no haya salido de la misma pluma que la Epístola a los Romanos, y pocos de los que están familiarizados con el estilo de Pablo afirmarán que no lo ha hecho, su espíritu y su enseñanza son esencialmente paulinos, y podemos con justicia considerarla como uno de los más preciosos legados de la era apostólica. Su valor como clave del significado de la economía levítica y como contribución a la doctrina y la vida cristianas es inestimable; y ya sea que se la atribuyamos a Bernabé o a Apolo, o a cualquier otro colaborador de Pablo, podemos aceptarla sin titubear, "no como palabra de hombre, sino como la palabra de Dios, que lo es en verdad".
Ahora podemos adentrarnos aún más profundamente en la oscura sombra de la apostasía predicha. Fue para combatir a este formidable antagonista del evangelio que esta epístola se escribió; y el carácter judaico del movimiento anti-cristiano es evidente en la línea del argumento que su autor adopta. Nos encontramos en seguida en "los postreros días".
LOS DÍAS YA HAN LLEGADO
Heb. 1:1,2. "Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo".
La frase "en estos postreros días" o "en estos últimos días" muestra que el escritor consideraba el tiempo de la encarnación y el ministerio de Cristo como el período final de una dispensación o era. Encontramos una expresión algo similar en el cap. 9:26. "Ahora, en la consumación de los siglos" [episunteleiatwnaiwnwn], en que la referencia es a la encarnación y al sacrificio expiatorio de Cristo. Una era antigua, llámese mosaica, judaica, o del Antiguo Testamento, estaba terminando ahora; muchas cosas que habían parecido inamovibles y eternas estaban a punto de desvanecerse; y "el fin del siglo" o "los postreros tiempos" habían llegado.
LAS ERAS, EDADES, O PERÍODOS MUNDIALES
Heb. 1:2. "Por quien asimismo hizo el universo [mundo]".
Mucha confusión ha surgido del uso indiscriminado de la palabra "mundo" como traducción de las diferentes palabras griegas aiwn, kozmoz, oikoumenh, y gh. El lector no ilustrado que se encuentra con la frase "el fin del mundo", inevitablemente piensa en la destrucción del mundo material, mientras que, si lee "fin del tiempo", pensará naturalmente en la terminación de cierto período de tiempo, que es su correcto significado. Ya hemos tenido ocasión de observar que aiwn es correctamente una designación de tiempo, una época; y es dudoso que tenga jamás algún otro significado en el Nuevo Testamento. Su equivalente en latín es aevum, que en realidad es la palabra griega aiwn con ropaje latino. La palabra correcta para tierra, o mundo, es kosmoz, que se usa para designar tanto al mundo material como el moral. Oikumenh es correctamente el mundo habitado, "el habitable", y en el Nuevo Testamento se refiere a menudo al Imperio Romano, algunas veces a una porción tan pequeña de él como Palestina. Gh, aunque algunas veces significa la tierra de modo general, en los evangelios se refiere con mayor frecuencia a la tierra de Israel. Una correcta comprensión de estas palabras arroja mucha luz sobre muchos pasajes.
Es seguro que, en el tiempo de nuestro Salvador, los judíos estaban acostumbrados a dividir el tiempo en dos grandes períodos o edades, la edad presente [onunaiwn, oaiwnowtoz] y la edad venidera [oaiwnmellwn]. La edad venidera era la del Mesías, o "el reino de Dios". La misma división se reconoce en el Nuevo Testamento, y ya hemos visto que, según el punto de vista del escritor de la epístola, el fin de la edad presente se acercaba. (Véase el Commentary de Suart sobre Hebreos in loc.; el Testamento Griego de Alford; el Lexicon de Wahl. voc. aiwn).
Puede decirse, sin embargo, que, aunque la palabra sí significa principalmente una edad, en este caso el sentido de este pasaje requiere obviamente que traduzcamos aiwnaz como mundos. Debe reconocerse que suena grosero a nuestros oídos decir: "Dios hizo los mundos por medio de Jesucristo" y muy simple y natural decir: "Él hizo el mundo"; pero, cuando consideramos que el escritor de esta epístola no concebía mundos en el sentido en el cual nosotros usamos ahora esa expresión, esto quizás modifique nuestra opinión. Somos muy propensos a acreditarle al autor nuestras ideas astronómicas, y a suponer que él se refiere al sol, la luna, y las estrellas como otros tantos mundos. Pero no tenemos ninguna razón para creer que él tenía alguna idea como ésa. Los cuerpos celestes eran para él luces, no mundos. Con las edades, sin embargo, el autor de esta epístola, como hombre de letras, debe haber estado completamente familiarizado. Entonces, ¿qué quiso decir con que Dios hizo el universo [las edades]? Éstas eran las grandes eras, o épocas de tiempo, que la Suprema Sabiduría había ordenado y dispuesto; los períodos del mundo, como podemos llamarlos, que constituían actos en el gran drama de la Providencia. Parece haber una alusión a este ordenamiento de las edades, o períodos mundiales, en Hechos 17:26: "Les ha prefijado el orden de los tiempos" [orisazprostetagmenouzkairouz]; como también en Efe. 1:10: "La dispensación del cumplimiento de los tiempos". Se inclina fuertemente a favor de este punto de vista el hecho de que es sustancialmente la adoptada por los padres griegos.
EL MUNDO VENIDERO, O EL NUEVO ORDEN
Heb. 2:5. "Porque no sujetó a los ángeles el mundo venidero, acerca del cual estamos hablando".
Este pasaje aclara el tema aún más. Aquí tenemos una de las eras - el mundo venidero - es decir, no un mundo material, sino un sistema u orden de cosas análogo a la dispensación mosaica. Hay una evidente comparación o contraste entre la economía mosaica y el estado nuevo o cristiano. La primera fue puesta bajo la administración de ángeles; era "la palabra hablada por ángeles"; "por disposición de ángeles" (Hechos 7:53); fue "ordenada por medio de ángeles en mano de un mediador" (Gál. 3:19). Pero la nueva edad, el reino de los cielos, fue administrado por uno mayor que los ángeles, el mismo Hijo de Dios; prueba de la superioridad de la dispensación cristiana sobre la judía.
Es ciertamente algo singular que encontráramos la palabra oikoumenh aquí, donde debíamos haber esperado encontrar aiwna. Si hubiera sido oikonomian, como en Efe. 1:10, estaría más de acuerdo con nuestras ideas del verdadero significado; pero no hay derecho a suponer que una palabra haya tomado el lugar de la otra. De que la alusión es al sistema o al orden de cosas introducido por Cristo no puede haber ninguna duda, y la frase es equivalente al "reino de los cielos". Puede añadirse que se dice que "viene", mellousa, una palabra que implica cercanía, como "la ira venidera", "la gloria venidera", "el mundo venidero".
EL FIN, ES DECIR, DE LA EDAD, O DEL EÓN
Heb. 3:6. "Si retenemos firme hasta el fin la confianza y el gloriarnos en la esperanza". Heb. 3:14. "Con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza del principio". Heb. 6:11. "La misma solicitud hasta el fin, para plena certeza de la esperanza".
Ya hemos tenido ocasión de observar la significativa frase "el fin", como se usa en el Nuevo Testamento. No significa hasta el fin, o el fin de la vida, sino el fin de la edad. Alford observa correctamente:
"El fin que se tiene en mente no es la muerte de cada individuo, sino la venida del Señor, que es llamada constantemente por este nombre".
LA PROMESA DEL REPOSO DE DIOS
Heb. 4:1-11. "Temamos, pues, no sea que permaneciendo aún la promesa de entrar en su reposo, alguno de vosotros parezca no haberlo alcanzado. Porque también a nosotros se nos ha anunciado la buena nueva como a ellos; pero no les aprovechó el oir la palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeron. Pero los que hemos creído entramos en el reposo, de la manera que dijo: Por tanto, juré en mi ira, No entrarán en mi reposo; aunque las obras suyas estaban acabadas desde la fundación del mundo. Porque en cierto lugar dijo así del séptimo día: Y reposó Dios de todas sus obras en el séptimo día. Y otra vez aquí: No entrarán en mi reposo. Por lo tanto, puesto que falta que algunos entren en él, y aquellos a quienes primero se les anunció la buena nueva no entraron por causa de desobediencia, otra vez determina un día: Hoy, diciendo después de tanto tiempo, por medio de David, como se dijo: Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones. Porque si Josué les hubiera dado el reposo, no hablaría después de otro día. Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios. Porque el que ha entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas. Procuremos, pues, entrar en aquel reposo, para que ninguno caiga en semejante ejemplo de desobediencia".
Este es un pasaje extremadamente importante e interesante, no sin sus oscuridades y dificultades, que han ocasionado mucha diversidad de interpretaciones. Algunos han encontrando en él un argumento para la perpetuidad del cuarto mandamiento, y la observancia del primer día de la semana como el sábado cristiano. Otros han interpretado el argumento entero en un sentido ético y subjetivo, como si el escritor exhortara a alcanzar un cierto estado mental llamado el reposo de fe: cesar de la duda y la autodependencia, y obtener perfecto reposo de la mente mediante la plena confianza en Dios. Tales interpretaciones, sin embargo, erran por completo el punto del argumento, y son más glosas ingeniosas que deducciones legítimas.
¿Cuál es la dirección del argumento? Es muy evidente que el objeto del escritor es advertir a los cristianos hebreos contra la incredulidad y la desobediencia poniendo ante ellos, por una parte, la recompensa de la obediencia, y por la otra, el castigo por la desobediencia. Tenía a la mano un ejemplo señalado, memorable para todos los israelitas, es decir, la renuncia a la tierra de Canaán por sus padres a consecuencia de su incredulidad. Habían provocado al Señor para que jurase en su ira: "No entrarán en mi reposo".
Según el punto de vista del escritor, había una notable correspondencia entre la situación de los israelitas que se aproximaban a la tierra de la promesa y la situación de los cristianos que esperaban el cumplimiento de su esperanza, la promesa del reposo. Para hacer más clara esta correspondencia, el escritor muestra que el reposo prometido al antiguo Israel, y el prometido al pueblo de Dios ahora, eran realmente una y la misma cosa. La entrada a la tierra de Canaán no era en modo alguno el todo, ni siquiera la parte principal, del prometido reposo de Dios. El escritor prueba esto demostrando que, mucho después de que los israelitas se establecieron en Canaán, el Señor, por boca de David, en el Salmo 95, repite virtualmente la promesa hecha a los israelitas en el desierto, y le dice al pueblo: "Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones". La repetición de la orden implica la repetición de la promesa, y también de la amenaza; como si Dios estuviese diciendo: "Crean, y entrarán en mi reposo. No crean, y no entrarán en mi reposo". De aquí se sigue que hay un reposo además y más allá del reposo de Canaán.
Luego sigue la explicación del reposo del que se habla, es decir, el "reposo de Dios", que Él llama "Mi reposo". Ciertamente ese nombre nunca se le dio a la tierra de Canaán, ni se le puede aplicar a nada que no sea el "reposo" del cual leemos en el relato de la creación, cuando Dios efectivamente reposó de toda "su obra que había hecho" (Gén. 2:2,3). Este era el sábado de Dios, el reposo que Él santificó y llamó su reposo. Por lo tanto, debe ser a este reposo - el reposo santo, sabático, celestial - al que se refiere principalmente la promesa. De ese reposo de Dios, Canaán era sin duda el tipo, pues aquél era el reposo de los israelitas después de los peligros y las fatigas del desierto; pero la posesión de Canaán estaba lejos de agotar el pleno significado de la promesa, y por lo tanto el reposo todavía permanecía, y era guardado en reserva para el pueblo de Dios. "Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios".
El escritor de la Epístola a los Hebreos evidentemente consideraba el "reposo de Dios" como una consumación no muy distante. Dice de él: "Los que hemos creído entramos en el reposo". Esto no significa "ir al cielo a la muerte", sino la expectativa de la pronta venida del reino de Dios, la esperanza tan fuertemente acariciada por los primeros cristianos (Rom. 8:18-25). Considerar estas exhortaciones y apelaciones como ordinarias y comunes de la enseñanza religiosa es despojarlas de la mitad de su significado. Es verdad que hay un sentido en el cual pueden aplicarse a todos los tiempos, pero tenían un significado y una fuerza en aquella particular coyuntura que nos es difícil comprender ahora. Los cristianos de aquella época estaban, por decirlo así, en la línea que separaba lo antiguo de lo nuevo, entre la era que estaba terminando y la que estaba comenzando. Creían que el día del Señor estaba justo a las puertas, que Cristo regresaría pronto, y que entrarían con Él en el reino de los cielos, el reposo de Dios. De aquí el deber de que se "exhortaran unos a otros, y tanto más cuanto veían que el día se acercaba; de que guardaran firmes hasta el fin el principio de su confianza; de que se esforzaran por entrar en aquel reposo, no fuera a ser que algunos de ellos parecieran no haberlo alcanzado".
En los versículos 9 y 10 de este capítulo, el escritor de este capítulo muestra lo apropiado de llamar a este prometido reposo "sabadismo" o reposo sabático. "Por tanto, queda un sabadismo para el pueblo de Dios. Porque el que ha entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas". Hay una ambigüedad en este lenguaje, tanto en griego como en inglés. Puede significar que todos los fieles que han partido han cesado de sus trabajos en la tierra, y ahora disfrutan del reposo y la recompensa del cielo. Este es el sentido que normalmente se le atribuye a las palabras. (Véase el Comentario de Stuart sobre Hebreos, in loc.; Conybeare and Howson, etc.). Hay que confesar, sin embargo, que la relevancia de este lenguaje así interpretado en relación con el asunto en discusión no es muy evidente, y que la construcción gramatical difícilmente justificará esta explicación. El argumento afirma, no que los cristianos han entrado en ese reposo, sino justamente lo contrario. Como Conybeare y Howson muestran muy correctamente, que el escritor declara "que el pueblo de Dios nunca antes ha disfrutado de ese perfecto reposo, y que, por lo tanto, ese goce es todavía futuro". Entonces, ¿quiénes son los que han entrado? Evidentemente, es Cristo, el Precursor, que entró detrás del velo en el nombre de nosotros; nuestro gran Sumo Sacerdote, que ascendió a los cielos; el Josué del Nuevo Testamento, el Capitán de nuestra salvación, que "entró en su reposo", cesando en su obra de redención, como su Padre cesó de su propia obra de creación. Esto demuestra lo correcto de llamar al cielo "sabadismo", "un reposo de Dios", pues aquí tanto el Padre como el Hijo guardan el sábado eterno. Puede añadirse que esta interpretación nos alivia del sentido de incongruencia que se siente al comparar la cesación de los trabajos del cristiano con la cesación de la obra de la creación por parte de Dios; es también perfectamente relevante al argumento en el contexto.
No sólo soportan las palabras este sentido, sino que no soportan ningún otro, como lo demuestra muy bien Alford. (Véase el Testamento Griego, in loc.). Ahora podemos ver la fuerza del argumento en su totalidad. El escritor demuestra las fatales consecuencias de la incredulidad y la desobediencia por medio del ejemplo de los antiguos israelitas (cap. 3:7-19). Tenían una gran promesa de entrar en el reposo de Dios, que perdieron por su incredulidad (cal. 3:7-19). Pero aquella promesa de reposo todavía se ofrece, y todavía se puede perder. Fue ofrecida a Israel nuevamente en el tiempo de David y por boca de él; no se agotó por la entrada de los israelitas en Canaán (cap. 4:4-8). En aquel entonces, la promesa se refería al estado celestial, el reposo de Dios mismo, cuando Él guardó el sábado después de la obra de la creación (cap. 4:3-5). Pero Cristo también guarda su sábado, habiendo cesado de la obra de redención, como el Padre cesó de la obra de la creación (cap. 4:10). Queda, pues, todavía un sábado, o reposo celestial, para el pueblo de Dios (cap. 4:9). Procuremos, pues, entrar en aquel reposo de Cristo y de Dios, amonestados contra la incredulidad y la desobediencia por el ejemplo del antiguo Israel (cap. 4:11).
Encontraremos en la secuela mucha luz arrojada sobre este tema de la entrada en el estado celestial, y la relación con él en que estaban los santos tanto antes como desde la venida de Cristo.
LA CONSUMACIÓN DE LOS SIGLOS
Heb. 9:26. "De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo [kosmou] ; pero ahora, en la consumación de los siglos [aiwnwn], se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado".
En este versículo tenemos un caso notable de la confusión que surge de la traducción de dos palabras diferentes, kosmou y aiwn, con la misma palabra "mundo" [la versión hispana traduce "siglos"].
La expresión sunteleiatwnaiwnwn tiene precisamente el mismo significado que sunteleiatouaiwnoz, y se refiere a la era judía que estaba a punto de terminar. Moses Stuart traduce el pasaje así: "Pero ahora, al final de la [dispensación] judía, Él ha hecho su aparición una vez para siempre", etc. Esta es otra prueba decisiva de que "el fin de la era" [en la versión hispana "la consumación de los siglos"] era considerada como cercana por las iglesias apostólicas.
EXPECTACIÓN DE LA PARUSÍA
Heb. 9:28. "Y aparecerá por segunda vez, sn relación con el pecado, para salvar a los que le esperan".
La actitud de expectación mantenida por los cristianos de la era apostólica se muestra incidentalmente aquí. Esperaban, en esperanza y con confianza, el cumplimiento de la promesa de Su venida. Suponer que ellos esperaban un suceso que no ocurrió es imputarles, a ellos y a sus maestros, una cantidad de ignorancia y error incompatible con respecto a sus creencias en cualquier otro tema.
LA PARUSÍA SE ACERCA
Heb. 10:25. "Exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca".
Por supuesto, "el día" significa "el día del Señor", el tiempo de su aparición, la Parusía. Ahora se había acercado; no podían verla acercándose. Sin duda, las indicaciones de su aproximación predicha po nuestro Señor eran evidentes, y sus discípulos las reconocieron, recordando sus palabras: "Cuando veáis que suceden estas cosas, conoced que está cerca, a las puertas" (Mar. 13:29). No es correcto tergiversar estas palabras en un sentido no natural o doble, y decir con Alford:
"Aquel día, en su sentido grande y final, siempre está cerca, siempre listo para irrumpir en la iglesia; pero estos hebreos vivían en realidad cerca de uno de aquellos grandes tipos y anticipaciones de él, la destrucción de la Santa Ciudad".
Al mismo efecto es su nota sobre Heb. 9:26:
"Los primeros cristianos hablaban universalmente de la segunda venida del Señor como cercana, y en realidad siempre lo estuvo y lo está".
Los cristianos hebreos vivían cerca de la verdadera Parusía que nuestro Señor predijo, y su iglesia esperaba, antes de que pasara aquella generación. No es verdad que la Parusía "está siempre cerca, y siempre lista para irrumpir sobre la iglesia". Esto no es más cierto que decir que el nacimiento de Cristo, su crucifixión, o su resurrección están siempre listas para irrumpir. La Parusía era tan distintamente un suceso específico, con su lugar apropiado en el tiempo, como la encarnación o la crucifixión; y hacer de ella una forma fantasma, que aparece y desaparece, siempre viniendo pero nunca llegando, distante y cercana, pasada y futura, es vaciar la palabra de todo significado. Creemos que Cristo, en su discurso profético, tenía a la vista un suceso pleno; un suceso con un lugar en la historia y la cronología; un suceso cuyo período Él mismo indicó claramente, no ciertamente la hora, ni el día, ni siquiera el año preciso, pero dentro de límites bien definidos, el período de la generación existente. Tal era, manifiestamente, la creencia del escritor de esta epístola. Para él, la Parusía era un acontecimiento bien definido, cuya aproximación podía ver; ni puede detectarse en su lenguaje, ni en el lenguaje de ninguna de las epístolas, ningún rastro de doble sentido, ni de una Parusía parcial o preliminar, sino de una Parusía grande y final.
El comentario de Conybeare y Howson es mucho más satisfactorio:
"'El día'" de la venida de Cristo se veía aproximándose en este tiempo por el amenazante preludio de la gran guerra judía, en la cual Él vino a juzgar aquella nación".
LA PARUSÍA INMINENTE
Heb. 10:37. "Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará".
Esta declaración mira en la misma dirección que la precedente. La frase "el que ha de venir" [oercomenoz] es la designación acostumbrada del Mesías, "el que viene". Esa venida ahora está a la mano. El lenguaje a este efecto es mucho más expresivo de la cercanía del tiempo en griego que en inglés: "Todavía un poquitito", o, como lo traduce Tregelles: "¡Un poquito, cuán poquito, cuán poquito!". La reduplicación del pensamiento al final del versículo: "vendrá y no tardará" también indica la certeza y la prontitud del acontecimiento que se aproxima. Este es el comentario de Moses Stuart sobre este pasaje:
"El Mesías vendrá prontamente y, al destruir el poder judío, pondrá fin al sufrimiento que vuestros perseguidores os infligen".
Esto es sólo parte de la verdad; la Parusía trajo mucho más que esto al pueblo de Dios, si hemos de creer a las garantías dadas por los inspirados apóstoles de Cristo.
LA PARUSÍA Y LOS SANTOS DEL ANTIGUO TESTAMENTO
Heb. 11:39,40. "Y todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido; proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros".
El argumento que aquí se trae a su conclusión es de gran importancia, y merece muy cuidadosa consideración. Se encontrará que presta un poderoso apoyo indirecto a los puntos de vista propuestos en esta investigación, y que de hecho proporciona la verdadera clave para su explicación.
Habiendo ilustrado en este capítulo undécimo su posición principal - la fe en Dios era la característica distintiva de aquellos justos cuyos nombres adornan los anales del Antiguo Testamento - el escritor llama la atención al hecho de que Abraham, Isaac, y Jacob nunca entraron realmente en posesión de la herencia que se les había prometido. No obtuvieron la tierra de Canaán; nunca vieron la Jerusalén terrenal. "Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido" (ver. 13). Luego declara que estos padres de Israel eran conscientes de un significado más profundo de la promesa de Dios que una mera herencia temporal y terrenal. Mientras habitaba como extranjero y peregrino en la tierra de la promesa, Abraham miraba más allá, "a la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios" (ver. 10). Es evidente que esto no puede referirse a la Jerusalén terrenal, pero el lenguaje parece apuntar a alguna ciudad bien conocida descrita así. Pero, ¿a cuál otra ciudad puede estarse aludiendo que no sea la ciudad descrita en Apocalipsis como "teniendo doce fundamentos", "la ciudad del Dios viviente", la Jerusalén celestial? La correspondencia no puede ser accidental, y proporciona más que una presunción de que cualquiera que haya escrito la Epístola a los Hebreos haya leído la descripción de la Nueva Jerusalén en Apocalipsis. No es una ciudad, sino la ciudad; no es la que tiene fundamentos, sino "los fundamentos", una ciudad particular y bien conocida.
Pero volvamos. La confesión de los padres de que eran extranjeros y peregrinos en la tierra era una declaración de su fe en la existencia de una "patria mejor", "los que esto dicen, claramente dan a entender que buscan una patria", no cualquier patria terrenal, sino "una mejor", esto es, "una celestial" (vers. 14,16). Esta fe en una herencia futura y celestial, que ellos veían sólo "de lejos" era verdadera, no sólo en relación con Abraham, Isaac, y Jacob, sino en relación con la compañía entera de los antiguos creyentes (ver. 39). Ni uno sólo de ellos recibió el cumplmiento de aquella divina promesa que su fe había abrazado: "todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediamte la fe, no recibieron lo prometido" (ver. 39).
Este es un hecho que vale la pena considerar. Hasta ese momento, de acuerdo con el autor de esta epístola, los santos del Antiguo Testamento habían estado esperando, y todavía esperaban, el cumplimiento de la gran promesa que Dios había hecho a Abraham y a su simiente, y todavía no habían recibido la herencia, ni habían entrado en la patria mejor, ni habían visto la ciudad construida por Dios, que tenía fundamentos. ¿Cómo era esto? ¿Cuál podría ser la causa de la larga demora? ¿Qué obstáculo les impedía la entrada al pleno goce de su herencia? La pregunta ha sido anticipada y contestada. "Aún no se había manifestado el camino al Lugar Santísimo", como lo indicaba la continuada existencia del templo y sus servicios (cap. 9:8). El acceso al lugar de santidad y privilegio no se permitió sino hasta que se hubo abierto el camino mediante el sacrificio expiatorio de Cristo, el gran Sumo Sacerdote, el Mediador del nuevo pacto; no podía conferir un título perfecto a sus súbditos por el cual pudieran ser admitidos para entrar en posesión de la herencia (cap. 9:9). El mero ritual no podía quitar las barreras que el pecado había erigido entre Dios y el hombre; y por lo tanto no había entrada, ni siquiera para los fieles bajo el antiguo pacto, en los plenos privilegios de la condición de santos e hijos. Pero esta barrera fue quitada por el sacrificio perfecto del gran Sumo Sacerdote. "El Mediador del nuevo pacto", mediante la ofrenda de sí mismo a Dios, redimió las transgresiones cometidas bajo el pacto antiguo, o la economía mosaica, librando así a los súbditos de aquel pacto de sus incapacidades, y haciéndole competente para que los escogidos "recibieran la promesa de la herencia eterna" (cap. 9:11-15).
El argumento de la epístola, pues, requiere suponer que, hasta que el sacrificio expiatorio de la cruz fue ofrecido, la bienaventuranza de los santos del Antiguo Testamento estaba incompleta. En este sentido, estaban en desventaja en comparación con los creyentes bajo el nuevo pacto. Estos últimos fueron en seguida puestos en posesión de aquello para lo cual los primeros tuvieron que esperar largo tiempo. La superioridad de los creyentes ahora, bajo la dispensación cristiana, sobre los creyentes bajo la anterior dispensación, es un punto fuerte en el argumento. Nosotros, dice el escritor, no tenemos ningún período de demora prolongado interpuesto entre nosotros y la herencia prometida; "nos hemos acercado a ella"; "estamos entrando en ella"; "Dios ha provisto alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros". Es decir, los antiguos creyentes no sólo no tenían ninguna precedencia sobre los cristianos en el disfrute de la herencia prometida, sino que tuvieron que esperar largo tiempo, hasta que llegara la plenitud del tiempo en que, habiendo abierto Cristo el camino hacia el Lugar Santísimo, pudiesen entrar, junto con nosotros, en posesión de la herencia prometida.
Es apenas necesario preguntar: ¿Qué esta herencia prometida de la cual tanto se habla aquí, y que los santos del Antiguo Testamento esperaban en fe? Incuestionablemente, es la que Dios prometió a Abraham, Isaac, y Jacob (ver. 9); la que los patriarcas miraron de lejos (ver. 13); aquélla en la cual sus ilustres sucesores creyeron pero que nunca recibieron (ver. 19). Es "la promesa de la herencia eterna" (cap. 9:15); "la esperanza puesta delante de nosotros" (cap. 6:18); "la ciudad con fundamentos" (cap. 11:10); "una mejor, esto es, celestial" (cap. 11:16); "un reino inconmovible" (cap. 12:28). Es en realidad la verdadera Canaán; la tierra prometida; "el reposo de Dios"; "el reposo que queda para el pueblo de Dios" (cap. 4:9). Es algo de lo cual el escritor habla de principio a fin. Regrese el lector en sus pensamientos al capítulo cuarto, donde primero comienza la discusión con respecto al prometido reposo. Evidentemente, aquel "prometido reposo" es idéntico a la "tierra prometida", y la "tierra prometida" es idéntica a "la herencia prometida"; y todas estas diferentes designaciones - ciudad, patria, reino, herencia, promesa - significan una y la misma cosa. La Canaán terrenal no era el todo, no era la realidad, sino sólo el símbolo de la herencia que Dios prometió a Abraham y a su simiente. Esa promesa, lejos de haberse cumplido exhaustivamente mediante la posesión de la tierra bajo Josué, era todavía mantenida en reserva para el pueblo de Dios. Pero ahora había llegado el tiempo en que la herencia estaba a punto de ser entronizada y disfrutada, y los creyentes del pacto antiguo, junto con los del nuevo, habían de entrar en seguida y juntos en el reposo prometido.
Hay una notable correspondencia entre el argumento contenido en este pasaje y las afimaciones de Pablo en sus epístolas a los gálatas y a los romanos, que sirve para arrojar luz adicional sobre todo el tema, pero también para probar cuán enteramente paulino es el argumento de Hebreos. Seleccionamos algunos de los principales pensamientos en Gál. 3 a manera de ilustración.
Ver. 16. "Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo".
Ver. 18. "Porque si la herencia es por la ley, ya no es por la promesa; pero Dios la concedió a Abraham mediante la promesa".
Ver. 19. "Entonces, ¿para qué sirve la ley? Fue añadida a causa de las transgresiones, hasta que viniese la simiente a quien fue hecha la promesa", etc.
Ver. 22. "Mas la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes".
Ver. 23. "Pero antes que viniese la fe, estábamos confinados bajo la ley, encerrados para aquella fe que iba a ser revelada".
Ver. 29. "Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa".
Ahora bien, haciendo lugar para la diferencia en el propósito que Pablo tiene en mente al escribir a los gálatas, se verá cuán notablemente apoyan sus afirmaciones las de la Epístola a los Hebreos.
1. En ambas encontramos el mismo tema: la herencia prometida. 2. En ambas se admite que la herencia no fue realmente poseída y disfrutada por aquellos a quienes se prometió primero. 3. En ambas se muestra que el cumplimiento de la promesa fue suspendido hasta la venida de Cristo. 4. En ambas se muestra que este acontecimiento (la venida de Cristo) produjo un cambio en la situación de los que esperaban esta herencia. 5. En ambas se argumenta que la fe es la condición para heredar la promesa. 6. En ambas se asegura que por fin ha llegado el tiempo en que está a punto de realizarse la verdadera posesión de la herencia.
Muy similar es el alcance del argumento en la Epístola a los Romanos:
Rom. 4:13. "Porque no por la ley fue dada a Abraham o a su descendencia la promesa de que sería heredero del mundo [tierra, kosmoz = gh], sino por la justicia de la fe".
Ver. 16. "Por tanto, es por fe, para que sea por gracia, a fin de que la promesa sea firme para toda su descendencia; no solamente para la que es de la ley, sino también para la que es de la fe de Abraham, el cual es padre de todos nosotros".
Rom. 5:1,2. "Justificados, pues, por la fe tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios".
En estos versículos encontramos:
1. La misma herencia prometida (ver. 13). 2. La misma condición para la posesión de ella, es decir, la fe (ver. 2). 3. La suspensión del cumplimiento de la promesa durante el período de la ley (vers. 14,16). 4. La entrada de los creyentes bajo la dispensación cristiana en el estado de privilegio y herencia (cap. 5:2). 5. La expectación de la plena posesión de la herencia. "Nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios" (cap. 5:2).
Tomando juntos todos estos pasajes, podemos deducir de ellos las siguientes conclusiones:
1. Que el gran objeto de la fe y la esperanza establecidas tan constantemente en las Escrituras como la consumación de la felicidad de los creyentes tanto bajo el Antiguo como del Nuevo Testamento es uno y el mismo; y, ya sea que se le llame "la tierra prometida", "la herencia prometida", "el reino de Dios", "la gloria que ha de ser revelada", "el reposo de Dios", "la esperanza puesta delante de nosotros", todas estas expresiones significan una y la misma cosa y apuntan a una recompensa celestial, no terrenal. 2. Que este era ek verdadero significado de la promesa hecha a Abraham. 3. Que el cumplimiento de esta promesa no podía tener lugar hasta que apareciese la la verdadera "simiente" de Abraham y se ofreciese el sacrificio de la cruz. 4. Que los santos del Antiguo Testamento tuvieron que esperar hasta entonces, antes de que pudiesen recibir la herencia prometida - esto es, antes de que pudiesen entrar en plena posesión y disfrute del estado celestial. 5. Que los santos del Nuevo Testamento tenían esta ventaja sobre sus predecesores - no tuvieron que esperar la realización de su esperanza. 6. Que los santos del Antiguo Testamento, y los creyentes del Nuevo, habían de entrar al mismo tiempo en posesión de la herencia; no "ellos sin nosotros", ni "nosotros sin ellos", sino simultáneamente (Heb. 11:40).
Es evidente, sin embargo, que el escritor de la Epístola a los Hebreos no consideraba que ni los santos del Antiguo Testamento ni los del Nuevo habían entrado todavía en posesión de la herencia. El mismo propósito y la misma meta de todas sus exhortaciones y apelaciones a los creyentes hebreos es advertirles contra el peligro de abandonar la herencia a causa de apostasía, y animarles a estar firmes y a perseverar para que pudieran recibir la promesa. "Temamos, pues, no sea que permaneciendo aún la promesa de entrar en su reposo, alguno de vosotros parezca no haberlo alcanzado" (Heb. 4:1). "Porque os es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa" (Heb. 10:36). No era suya todavía, pues, en posesión verdadera; pero todo el argumento implica que estaba muy cerca, tan cerca que casi se podía decir que estaba al alcance de la mano. "Los que hemos creído entramos en el reposo" (Heb. 4:3). "Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará" (Heb. 10:37). Esto indica claramente el período de la esperada entrada en la herencia: es la Parusía; "la venida del Señor"; el día largamente esperado; la plenitud del tiempo, cuando los santos del AT y los del NT entraran simultáneamente en posesión de la herencia prometida; la tierra del reposo; la ciudad con fundamentos; la patria mejor, esto es, la celestial; el reino inamovible; "la herencia incorruptible, incontaminada, inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros".
Pero, puede objetarse: Si ya ha venido la simiente "a quien fueron hechas las promesas"; si ya se ofreció el sacrificio del Calvario; si el gran Sumo Sacerdote ha rasgado el velo y quitado el muro; si se ha abierto el camino al Lugar Santísimo, ¿no se sigue que la posesión de la herencia sería otorgada inmediatamente a los santos del AT, y que ellos entrarían en el reposo prometido junto con el Redentor resucitado y triunfante?
Este es el punto de vista que han adoptado muchos teólogos, que fijan la resurrección de Cristo como el período de avance y de gloria de los santos del AT. Pero es claro que la doctrina apostólica fija ese período en la Parusía, y esto por la razón dada en la Epístola a los Hebreos (cap. 10:12,13). Aunque el gran Sumo Sacerdote había ofrecido su único sacrificio por el pecado; aunque se había sentado a la diestra de Dios, su triunfo todavía no había llegado plenamente. Todavía estaba "esperando de ahí en adelante a que sus enemigos fuesen puestos por estrado de sus pies". Al mismo efecto es la declaración de Pablo en 1 Cor. 15:22. La consumación se alcanza en etapas sucesivas; primera, la resurrección de Cristo; después, los que son de Cristo, en su venida; luego, "el fin". El edificio no fue coronado sino hasta la Parusía, cuando el Hijo del hombre vino en su reino, y sus enemigos fueron puesto bajo sus pies. Esa fue la consumación, el fin, cuando el gobierno mesiánico delegado habría de cesar; lo ceremonial, local, y temporal habría de fundirse con lo espiritual, universal, y eterno; cuando Dios fuese revelado como el Padre, no de una nación, sino del hombre; cuando todas las distinciones seccionales y nacionales fuesen abolidas, y "Dios fuese todo en todos".
Mientras tanto, cuando esta epístola se escribió, el sistema mosaico parecía intacto: "el tabernáculo exterior" todavía estaba en pie; el judaísmo, aunque era un tronco hueco, cuyo corazón se había deteriorado totalmente, todavía tenía una semblanza de vigor, pero había llegado la hora en que la economía entera habría de ser suprimida. Un diluvio de ira estaba a punto de derramarse sobre la tierra y abrumar la ciudad, el templo, y la nación; el juicio de los impenitentes y el pueblo apóstata tendría lugar, y los santos del AT, con los creyentes en Cristo, juntos "entrarían en el reposo" y "heredarían el reino preparado para ellos desde la fundación del mundo".
Cuando recordamos que, de acuerdo con algunos expositores, esta epístola se escribió en el umbral de la gran guerra judía que terminó en la destrucción de Jerusalén; o, según otros, después de su estallido, podemos concebir cuán intensa expectación debe haber producido en los corazones cristianos aquella crisis que se aproximaba. La largamente esperada consumación ahora no era cuestión de años, sino de meses o días.
Antes de dejar este interesante pasaje es apropiado hacer alusión a las opiniones de algunos de los más eminentes expositores en relación con él.
El profesor Stuart pierde el camino por completo. Declara a Heb. 11:40 "un versículo extremadamente difícil, sobre cuyo significado ha habido multitud de conjeturas", y expresa su opinión de que "la cosa mejor" reservada para los cristianos no es una recompensa en el cielo; porque tal recompensa se les ofreció también a los santos de la antigüedad.
"Tengo, pues", añade, "que adoptar otra exégesis del pasaje entero, que refiere epaggelian [la promesa] a la prometida bendición del Mesías. Interpreto, pues, el pasaje entero de esta manera: Los santos de la antigüedad perseveraron en su fe, aunque el Mesías les era conocido sólo por la promesa. Nosotros estamos más obligados que ellos a perseverar: porque Dios ha cumplido su promesa con respecto al Mesías, colocándonos en una condición mejor adaptada a la perseverancia que ellos. Tanto es nuestra condición preferible a la de ellos que hasta podemos decir que, sin la bendición de que disfrutamos, su felicidad no podría haberse completado. En otras palabras, la venida del Mesías era esencial para la consumación de su felicidad en gloria, es decir, era necesaria para su teleiosiz".
Se verá que Stuart confunde por completo lo que quiere decir el escritor. La epaggelia no es el Mesías, sino la herencia, la promesa de entrar en el reposo. Además, no capta la relación del tema con el tiempo entonces presente, y que toda la fuerza del argumento reside en el hecho de que estaba cercano el momento en que la gran promesa de Dios se cumpliría.
El Dr. Alford aprehende el argumento mucho más claramente, pero no capta el sentido preciso del todo. Cuán cerca está de aproximarse a la verdadera solución de la dificultad puede verse en la siguiente nota:
"El escritor implica, como de hecho parece atestiguarlo el cap. 10:14, que el advenimiento y la obra de Cristo han cambiado el estado de los padres y los santos del AT en una bendición mayor y más perfecta, una inferencia que nos impone la Escritura en muchos otros lugares. De modo que su perfección dependía de nuestra perfección; su perfección y la nuestra fueron introducidas al mismo tiempo, cuando Cristo 'por una sola ofrenda perfeccionó para siempre a los santificados'. De manera que el resultado con relación a ellos es que sus espíritus, desde el tiempo en que Cristo descendió al Hades y ascendió al cielo, disfrutan de la bienaventuranza celestial, y esperan, junto con todos los que han seguido a su glorificado Sumo Sacerdote dentro del velo, la resurrección de sus cuerpos, la regeneración, la renovación de todas las cosas".
Esta explicación, aunque en algunos respectos no está lejos de la verdad, es inconsistente con las afirmaciones de la epístola, pues supone que los santos del AT todavía esperan su completa felicidad, y reducen hasta a los creyentes del NT a la misma condición de espera de una consumación todavía futura. ¿Qué sucede, entonces, con kreittonti, la "alguna cosa mejor" que Dios, según el escritor, había provisto para los cristianos? La ventaja a la que él tanta importancia le da desaparece por completo. Y si la Parusía nunca tuvo lugar, los creyentes del NT no tienen ninguna ventaja en absoluto sobre los santos de la antigüedad.
El Dr. Tholuck hace las siguientes observaciones sobre el estado de los santos que han partido antes del advenimiento de Cristo:
"Los santos del AT se reunieron con los padres, y quizás fueron en parte trasladados a una esfera superior de vida; pero, como la salvación completa sólo se alcanza por medio de la unión con Cristo, cuyo Espíritu, que mora en el interior, vivificará también nuestros cuerpos recién glorificados, así también los padres que se reunieron con Dios tuvieron que esperar el advenimiento de Cristo, como Él mismo dijo de Abraham, que se regocijó de ver Su día".
Es curioso encontrar varias opiniones similares expresadas por el Dr. Owen en su tratado sobre Hebreos (vol. 5, p. 311):
"Creo que los padres que murieron bajo el AT tenían una admisión más cercana a la presencia de Dios que aquella de la cual habían disfrutado antes. Estaban en el cielo delante del santuario de Dios, pero no eran admitidos del velo adentro, al Lugar Santísimo, donde todos los consejos de Dios se muestran y están representados".
Mucho de lo que es verdad está mezclado aquí con algo erróneo. Todas estas opiniones concuerdan en la conclusión de que la obra redentora de Cristo tuvo una poderosa influencia sobre el estado de los creyentes del AT; pero ninguna de ellas aprehendió el hecho, tan legiblemente escrito sobre la faz de esta epístola, de que no fue sino hasta que el entramado externo del judaísmo fue barrido, y Cristo había venido en su reino, que la herencia prometida fue abierta para los creyentes, bien del AT o del NT, y que la Parusía fue el tiempo señalado para que ambos grupos entraran juntos en posesión del "reposo de Dios".
LA GRAN CONSUMACIÓN ESTÁ CERCANA
Contraste entre la situación de los cristianos hebreos y la de los israelitas en Sinaí
Heb. 12:18-24. "Porque no os habéis acercado al monte que se podía palpar, y que ardía en fuego, a la oscuridad, a las tinieblas y a la tempestad, al sonido de la trompeta, y a la voz que hablaba, la cual los que la oyeron rogaron que no se les hablase más, porque no podían soportar lo que se ordenaba: Si aun una bestia tocare el monte, será apedreada, o pasada con dardo; y tan terrible era lo que se veía, que Moisés dijo: Estoy espantado y temblando; sino que os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos, a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel".
En este pasaje tenemos una poderosa exhortación a la firmeza en la fe, reforzada por un vívido paralelo, o más bien, contraste, entre la situación de sus antepasados hebreos mientras permanecían de pie temblando ante el monte Sinaí, y la posición ocupada por ellos mismos, de pie, por decirlo así, teniendo delante el monte de Sion y todas las glorias de la herencia prometida. Lo cierto es que, en esta representación, hay tanto un paralelo como un contraste. La semejanza reside en la cercanía del objeto - la reunión con Dios. Como los israelitas en el monte Sinaí, los cristianos hebreos se habían acercado [proselhluqate] al monte de Sion; como sus padres, habían estado cara a cara con Dios. Pero, en otros respectos, había un fuerte contraste en sus circunstancias. En el monte Sinaí, todo era terrible y espantoso; en el monte de Sion, todo era adorable y atractivo. Y esta era la perspectiva que ahora tenían delante suyo. Unos pasos más, y estarían en medio de aquellas escenas de gloria y de gozo, a salvo en la tierra prometida. No puede haber dudas con repecto a la identidad de la escena que aquí se describe: es una visión cercana de la "herencia", "el reposo de Dios", tan constantemente presentada en esta epístola como el ultimátum del creyente - una vez contemplada, de lejos, por patriarrcas, profetas, y santos de la antigüedad, pero ahora visible para todos y dentro de unos días de marcha - "la ciudad con fundamentos", "la patria mejor, a saber, la celestial".
Aquí se presenta una pregunta interesante. ¿De qué fuente extrajo el escritor esta vívida descripción de la herencia celestial? Por supuesto, es fácil decir: Es un pronunciamiento original del Espíritu, que habló a los profetas. Pero el autor de la epístola evidentemente escribe como si los cristianos hebreos supiesen y estuviesen familiarizados con las cosas de las cuales él habla. Es evidente que el cuadro del monte Sinaí y sus circunstancias acompañantes se derivan del libro de Éxodo; y si encontramos los materiales para el cuadro del monte Sinaí listos y a la mano en cualquier libro particular del NT, no es incorrecto suponer que la descripción fue tomada de allí. Ahora bien, la verdad es que encontramos cada uno de los elementos de esta descripción en el libro de Apocalipsis; y cuando el lector compara cada característica separada de la escena presentada en la epístola con su contraparte en el Apocalipsis, le será fácil juzgar si la correspondencia puede o no puede ser sincera, y cuál es el cuadro original:
Monte de Sion Apoc. 14:1 La ciudad del Dios viviente Apoc. 3:12; 21:10 La Jerusalén celestial Apoc. 3:12; 21:10 La innumerable compañía de ángeles Apoc. 5:11; 7:11 La asamblea general y la iglesia de los Apoc. 3:12; 7:4; 14:1-4 primogénitos, etc. Dios, el Juez de todos Apoc. 20:11,12 Los espíritus de los justos hechos perfectos Apoc. 14:5 Jesús, el mediador del nuevo pacto Apoc. 5:6-9 La sangre del rociamiento Apoc. 5:9
Mirando la exacta correspondencia entre las representaciones de la epístola y las de Apocalipsis, parece imposible resistir la conclusión de que el escritor de esta epístola tenía en mente las descripciones de Apocalipsis; y su lenguaje presupone el conocimiento de ese libro por parte de los cristianos hebreos. Esta conclusión conlleva la inferencia de que Apocalipsis se escribió antes de la Epístola a los Hebreos, y en consecuencia, antes de la destrucción de Jerusalén. Nos encontraremos con el tema nuevamente cuando entremos a considerar el libro de Apocalipsis; mientras tanto, baste observar que tanto en esta epístola como en Apocalipsis los acontecimientos que se narran son considerados tan cercanos como para describirlos como realmente actuales; en la epístola, la iglesia militante se ve como que ya ha llegado a la herencia, y en Apocalipsis las cosas que han de suceder pronto se ven como hechos consumados.
LA CERCANÍA Y LO FINAL DE LA CONSUMACIÓN
Heb. 12:25-29. "Mirad que no desechéis al que habla. Porque si no escaparon aquellos que desecharon al que los amonestaba en la tierra, mucho menos nosotros, si desecháramos al que amonesta desde los cielos. La verdad del cual conmovió entonces la tierra, pero ahora ha prometido, diciendo: Aún una vez, y conmoveré no solamente la tierra, sino también el cielo. Y esta frase: Aún una vez, indica la remoción de las cosas movibles, como cosas hechas, para que queden las inconmovibles. Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor, porque nuestro Dios es fuego consumidor".
El paralelo, o más bien el contraste, entre la situación de los antiguos israelitas que se acercaron a Dios en Sinaí y la de los cristianos hebreos que esperaban la Parusía es llevado aún más adelante aquí con el propósito de instar a los últimos a soportar y a perseverar. Si era peligroso desestimar las palabras habladas desde el Monte Sinaí - la voz de Dios por boca de Moisés - cuánto más peligroso es dar la espalda a Aquél que habla desde el cielo, la voz de Dios por medio de su Hijo. La voz desde el Sinaí estremeció la tierra (Éx. 19:18; Sal. 68:8); pero una convulsión más terrible estaba cerca, por medio de la cual, no sólo la tierra, sino también el cielo, habrían de ser removidos finalmente y para siempre.
Pero, ¿qué es este inminente y final "conmover y remover la tierra y el cielo"? Según Alford,
"Es claramente erróneo entender, con algunos intérpretes, esta conmoción como el mero derrumbe del judaísmo delante del evangelio, o de cualquier otra cosa que se cumplirá durante la economía cristiana, excepto su glorioso fin y su glorioso cumplimiento".
Al mismo tiempo, admite que:
"El período que transcurre [antes de que este zarandeo tenga lugar] no será sino uno, sin admitir que se divida en muchos; y ese uno es corto".
Pero, si es así, seguramente la catástrofe debe haber sido inmediata porque, sobre la suposición de que pertenece al futuro distante, el intervalo debe ser por necesidad muy largo, y divisible en muchos períodos, como años, décadas, siglos, y hasta milenios.
El comentario de Moses Stuart es mucho más al punto:
"Que el pasaje respeta los cambios que serían introducidos por la venida del Mesías, y la nueva dispensación que Él iniciaría, es evidente por la lectura de Hageo 2:7-9. Tal lenguaje figurado es frecuente en la Escritura, y denota grandes cambios que han de tener lugar. Así lo explica el apóstol, en el mismo versículo siguiente. (Comp. Isa. 13:13; Hageo 2:21, 22; Joel 3:16; Mat. 24:29-37).
La clave para la interpretación de este pasaje se encuentra en la profecía de Hageo. Al comparar los símbolos proféticos en ese libro, se verá que el "hacer temblar el cielo y la tierra" es evidentemente emblemático y sinónimo de "trastornar tronos, destruir reinos", y revoluciones sociales y políticas y similares (Hageo 2:21,22). Tales tropos y metáforas son los mismos elementos de la descripción profética, y sería absurdo insistir en el cumplimiento literal de tales figuras. Constantemente se usan prodigios y convulsiones para expresar grandes revoluciones sociales o morales. Que los que encuentran difícil creer que la abrogación de la dispensación mosaica pueda ser prefigurado en lenguaje de tan tremenda sublimidad consideren la magnificencia del lenguaje empleado por profetas y salmistaspara describir su introducción. (Véase Sal. 68:7,8,16,17; 114:1-8; Habacuc 3:1-6).
Entonces, ¿qué es la gran catástrofe representada simbólicamente como sacudir los cielos y la tierra? Sin duda es el derribamiento y la abolición de la dispensación mosaica, o pacto antiguo; la destrucción de la iglesia y el estado judíos, junto con todas sus instituciones y ordenanzas. Había "cosas celestiales" que pertenecía a aquella dispensación: las leyes, y estatutos, y ordenanzas, que eran divinos en su origen, y que podrían llamarse correctamente "el bagaje espiritual" del judaísmo - éstos eran los cielos, que habrían de ser conmovidos y removidos. Había también las "cosas terrenales": la Jerusalén literal, el templo material, la tierra de Canaán - éstas eran la tierra, que dee la misma manera debía ser conmovida y removida. En realidad, estos símbolos equivalen a los que empleó nuestro Señor cuando predijo el destino de Israel. "Inmediatamente después de la tribulación de aquellos días [los horrores del sitio de Jerusalén], el sol se oscurecerá, y la luna no dará su lumbre, y las potencias de los cielos serán conmovidas" (Mat. 24:29). Ambos pasajes se refieren a la misma catástrofe y emplean figuras muy similares; además de lo cual tenemos la autoridad de nuestro Señor para fijar el acontecimiento y el período del cual Él habla dentro de los límites de la generación que entonces existía; es decir, las referencias sólo pueden ser al juicio de la nación judía y la abrogación de la economía mosaica en la Parusía.
Aquel gran acontecimiento debía preparar el camino para un nuevo y superior orden de cosas. Un reino que no puede ser conmovido habría reemplazar las instituciones materiales y mutables que eran imperfectas en su naturaleza y temporales en su duración; lo material daría lugar a lo espiritual; lo temporal a lo eterno; y lo terrenal a lo celestial. Esta era con mucho la mayor revolución que el mundo hubiese presenciado jamás. Trascendía con mucho en importancia y grandeza hasta la entrega de la ley en el monte Sinaí; y como ella, estuvo acompañada por terribles señales y maravillas, convulsiones físicas, y fenómenos portentosos. Era adecuado que prodigios similares, y aún más terribles, acompañaran su abrogación y la apertura de una nueva era. Que tales portentos precedieron realmente a la destrucción de Jerusalén no tenemos dificultad en creerlo; primero, basándonos en la analogía; segundo, por el testimonio de Josefo; y, sobre todo, por la autoridad del discurso profético de nuestro Señor.
Pero no es tanto a cualquier nueva era sobre la tierra como al glorioso reposo y la gloriosa recompensa del pueblo de Dios en el estado celestial a lo que el autor de la epístola dirige la esperanza de los cristianos hebreos. En aquel reino eterno los fieles siervos de Cristo creían que estaban a punto de entrar, y ninguna consideración estaba más calculada para fortalecer a los débiles y confirmar a los vacilantes. "Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor".
EXPECTATIVA DE LA PARUSÍA
Heb. 13:14. "Porque no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la por venir".
Bien dice Alford:
"Este versículo llega al lector con un tono solemne, considerando cuán corto fue el tiempo que duró en realidad la menousapoliz [ciudad duradera], y cuán pronto la destrucción de Jerusalén puso fin al sistema judío, que se suponía sería tan duradero".
Esto es irreprochable, y podemos decir: "¡O si sic omnia!". El comentarista ve claramente en este caso la relación entre el lenguaje del escritor y las circunstancias verdaderas de los hebreos. Este principio habría sido una guía segura en otros casos en que nos parece que a él se le escapó por completo el punto principal del argumento. Los cristianos a quienes se escribió la epístola habían arribado a la escena final del sistema judío; la catástrofe final estaba cerca. Oyeron el llamado: "Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus plagas". Jerusalén, la ciudad santa, con su templo sagrado, sus torres y palacios, sus muros y baluartes, ya no era una "ciudad duradera"; estaba a punto de ser "conmovida y removida". Pero el santo hebreo podía ver, más allá de sus lágrimas, otra Jerusalén, la ciudad del Dios viviente; un hogar duradero y celestial, muy cerca, y "bajando", como si fuera "del cielo". Esta era la ciudad venidera [thnmellousan = la ciudad que pronto vendría], a la cual alude el escritor, y que él creía que ellos estaban a punto de recibir. (Heb. 21:28).

LA PARUSÍA EN LA EPÍSTOLA DE SANTIAGO
Un interés especial acompaña a esta epístola, por cuanto manifiestamente pertenece a "los últimos días", el período final de la dispensación. Es una voz dirigida al Israel disperso de Dios desde dentro de la ciudad condenada a muerte, cuya catástrofe estaba cerca en ese momento. Es el último testigo a la nación tanto dentro como fuera de los linderos de Palestina. Aunque dirigida a los creyentes hebreos, contiene evidencias de la degeneración en la iglesia cristiana y la extrema corrupción de la nación. Abunda la iniquidad, y el amor de muchos se ha enfriado. Pero Santiago de Jerusalén, como uno de los antiguos profetas de Israel, testifica en favor de la verdad y la justicia con resuelta fidelidad, hasta que obtiene la victoria del martirio. Las alusiones directas a la Parusía en esta epístola son pocas en número, pero claras y decisivas en carácter, y es claro que la epístola entera está escrita bajo la profunda impresión de la próxima consumación.
VIENEN LOS ÚLTIMOS DÍAS
Sant. 5:1,3. - "¡Vamos ahora, ricos! Llorad y aullaad por las miserias que os vendrán. ... Habéis acumulado tesoros para los días postreros".
Esta osada acusación contra los poderosos opresores y ladrones de los pobres en los últimos días el estado judío nos recuerda las advetencias del profeta Malaquías: "Vendré a vosotros para juicio; y seré pronto testigo contra los hechiceros y los adúlteros, contra los que juran mentira, y los que defraudan en su salario al jornalero, a la viuda y al huérfano, y los que hacen injusticia al extranjero, no teniendo temor de mí, dice Jehová de los ejércitos" (Mal. 3:5). Aquel juicio se acercaba ahora, y el juez "estaba delante de la puerta".
Nada puede ser más franco que ewl reconocimiento que hace Alford de la importancia histórica de esta conminación, y su expresa referencia a los tiempos del apóstol. Dando razón de la ausencia de cualquier exhortación directa a la penitencia en esta denuncia, dice:
"Que una exhortación como esta no aparezca aquí se debe principalmente a la cercana proximidad del juicio que el escritor tiene delante". Nuevamente observa: "Howl [ololuxein] es una palabra del Antiguo Testamento limitada a los profetas, y usada, como aquí, con referencia a la cercana proximidad de los juicios de Dios". Nuevamente: "No se debe pensar en estas miserias como el fin natural y determinado de todas las riquezas mundanas, sino como los juicios enlazados con la venida del Señor: comp. ver. 8, 'la venida del Señor está cerca'. Puede ser que esta expectación todavía estuviese íntimamente ligada a la próxima destrucción de la ciudad y el sistema político judíos, porque hay que recordar que son judíos aquellos a los que se les dirigen estas palabras".
El único inconveniente de esta explicación es el uso desafortunado de la frase "puede ser" en la última oración. ¿Cómo podría pensarse en la incertidumbre en un caso tan sencillo? Nuestra preocupación es con lo que estaba en la mente del apóstol, y seguramente ningunas palabras pueden transmitir un testimonio más fuerte a su convicción de que "los últimos días" y "el fin" estaban a punto de llegar.
En su nota sobre el ver. 3, Alford da el significado del apóstol con perfecta exactitud:
"Los últimos días (es decir, los últimos días antes de la venida del Señor), etc."
Es interesante descubrir que el Dr. Manton, un teólogo que vivió en los días en que una exégesis rigurosa no se practicaba mucho, y una exposición de la Escritura era cualquier significado que se le atribuyera, ha discernido con gran perspicacia el significado histórico de ésta y otras alusiones de Santiago a la Parusía. Por ejemplo, acerca de la cláusula: "El moho de ellos devorará vuestras carnes como fuego", Monton dice:
"Posiblemente haya aquí alguna alusión latente a la manera en que ocurrió la ruina de Jerusalén, en la cual muchos miles de personas perecieron a causa del fuego". Nuevamente, acerca de la cláusula: "Habéis acumulado tesoros para los días postreros", observa: "No hay ninguna razón convincente para que tomemos esto en sentido metafórico, especialmente puesto que, con amplio permiso del contexto, el propósito del apóstol, y el estado de cosas en aquellos tiempos, podemos conservar lo literal. Por lo tanto, debo entender las palabras simplemente como una intimación de sus próximos juicios; así que me parece que el apóstol grava la vanidad de ellos al atesorar y acumular riquezas cuando aquellos días de dispersión, fatales para la comunidad judía, estaban a punto de sobrecogerles".
CERCANÍA DE LA PARUSÍA
Sant. 5:7. "Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor". Sant. 5:8. "La venida del Señor se acerca". Sant. 5:9. "He aquí, el juez está delante de la puerta".
Tres declaraciones claras, cortas, nítidas, alarmantes, todas significando la inminente llegada del "día del Señor".
El comentario de Manton sobre estos pasajes, aunque lo persigue el fantasma del doble sentido, es en general excelente:
"¿Qué se quiere decir aquí? (Sant. 5:7). ¿Cualquier venida particular de Cristo, o su solemne venida a un juicio general? Respondo: Posiblemente ambas; los cristianos primitivos creían que ambas ocurrirían juntas. 1. Puede referirse a la venida particular de Cristo a juzgar a estos hombres impíos. Esta epístola se escribió aproximadamente treinta años después de la muerte de Cristo, y sólo transcurrió un corto tiempo entre ese suceso y los últimos momentos de Jerusalén, de modo que hasta la venida del Señor significa hasta la destrucción de Jerusalén, que también se expresa en alguna otra parte como la venida, si hemos de creer a Crisóstomo y Ecumenio acerca de Juan 21:22: 'Si quiero que quede hasta yo venga', esto es, dicen ellos, venga a la destrucción de Jerusalén".
Luego, conntinúa dando un significado alterno, se acuerdo con la costumbre de los expositores del doble sentido.
Acerca del versículo octavo: "Porque la venida del Señor se acerca", Manton observa:
"O a ellos primero para un juicio particular; porque no quedaban sino unos pocos años, y entonces todo se perdió; y probablemente eso es lo que los apóstoles quieren decir cuando hablan tan a menudo de la cercanía de la venida de Cristo. Pero, se dirá: ¿Cómo podría esto ser propuesto como argumento de paciencia a los piadosos hebreos que Cristo vendría y destruiría el templo y la ciudad? Respondo: (1) El tiempo del solemne proceso judicial de Cristo contra los judíos fue el tiempo en que Él se defendió con honor de sus adversarios, y el escándalo y el reproche de su muerte habían pasado. (2) La proximidad de su juicio general terminó la persecución; y cuando los piadosos eran atendidos en Pella, los incrédulos perecían por la espada romana", etc.
Acerca del vers. 9: "He aquí, el juez está delante de la puerta", Manton descarta por completo el doble sentido, y da la siguiente explicación irreprochable:
"Había dicho antes: 'La venida del Señor se acerca'; ahora añade que 'está delante de la puerta', una frase que no sólo implica la certeza, sino lo súbito, del juicio. Véase Mat. 24:33: 'Sabed que está cerca, aún a las puertas', de modo que esta frase da a entender también la rapidez de la ruina de los judíos".
Es fácil ver que la perdonable ansiedad por encontrar un uso actual didáctico y edificante en toda la Escritura reside en la base de gran parte de la exposición de teólogos como Manton, y les inclina a adoptar significados alternos y ajustes, que una exégesis estricta no puede admitir. Pero el lenguaje del apóstol en este caso no necesita ninguna explicación, pues habla por sí solo. Muestra la actitud de expectativa y la esperanza con la que las iglesias apostólicas esperaban la manifestación del regreso de su Señor. Una iglesia perseguida necsitaba pacienciabajo las injusticias infligidas por sus opresores. Su clamor era: ¡Oh, Señor! ¿Hasta cuándo? Se consolaban con la certeza de que el día de liberación estaba cerca; "el juez", el vengador de sus injusticias ya estaba "delante de la puerta". "Aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará". ¿Cómo es posible reconciliar esta confiada esperanza de una liberación casi inmediata con una consumación todavía futura después de que hubiesen pasado dieciocho siglos? No hay sino dos alternativas posibles: o Santiago y los otros apóstoles estaban burdamente engañados en su esperanza de la Parusía, o aquel acontecimiento sí ocurrió, de acuerdo con su esperanza y la predicción del Señor, al final de la era judía. Si adoptamos esta última alternativa, la única compatible con la fe cristiana, tenemos que aceptar la inferencia de que la Parusía era la gloriosa aparición del Señor Jesucristo para abolir la dispensación mosaica, ejecutar juicio sobre la nación culpable,y recibir a su fiel pueblo en su reino y su gloria celestiales.






 
 

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